Por Keren Marín

Los ojos de Buda


En la antigua ciudad de Polonnaruwa, al norte de Sri Lanka, se erigen los budas de Gal Vihara.  Estas imágenes esculpidas a mediados del siglo XII, representan distintas facetas en la vida de Buda: la meditación, la enseñanza y la muerte. En ellas, los ojos de Buda permanecen cerrados, pues son recordatorio del camino hacia la iluminación interior. Por su parte, en el templo  Jokhang en el Tibet, Jowo, la estatua que representa a Buda a la edad de 8 años, tiene los ojos abiertos. En ella, su visión no es solo física sino también espiritual: es manifestación de la sabiduría, lo celestial, el dharma (enseñanza, verdad, virtud).

Sin embargo, para que estas imágenes logren hacer presente a Buda, deben ser consagradas y coincidir a su vez con el ser que representan. En este sentido, la imagen no busca únicamente evocar sino instruir: ella es recordatorio de la historia sagrada y lazo que conecta a héroes pasados y presentes. A través de su contemplación, el camino de la iluminación y la renuncia se hace claro, pues es a su vez, representación física de la vida y enseñanzas de Buda. Para que ello se vea reflejado a través de la piedra o el bronce, durante la construcción de la imagen el dharma debe ser otorgado ritualmente: los monjes recitan plegarias y mantras y depositan escrituras, ornamentos, piedras preciosas y reliquias en el interior de la imagen. En el caso de las esculturas, los artistas hacen los órganos internos con barro como representación de la mortalidad y finitud del ser.  Durante la construcción, los devotos llevan regalos y ofrendas a los templos mientras esperan con impaciencia, el día en que la imagen pueda ser revelada.

Con el transcurrir de los meses, la imagen logra finalmente hacer presente a Buda. No obstante, sólo cobra vida cuando se realiza el Netra Pinkama, es decir, la ceremonia de los ojos. Ellos son lo último que el artista pinta, pues al ser lo que otorga verdad, presencia y existencia, la imagen se convierte a su vez en testigo de lo que le rodea. Para realizar esta tarea, el artista queda a solas con sus aprendices. No mira nunca a la imagen y pinta los ojos de espalda y a través de un espejo que es sostenido desde lo alto por uno de sus ayudantes. Así pues, el artista únicamente observa el reflejo, de modo que no recibe la imagen directa de los ojos que está pintando. Una vez finaliza la ceremonia, los presentes se alejan sin cruzar la vista con la imagen de Buda. Por su parte, el artista sale con los ojos vendados y deposita su mirada en algo que luego destruye: una vasija, un trozo de madera, un animal. Tal precaución obedece a que una vez se abren los ojos de Buda, estos infringen la muerte sobre la primera mirada humana: al inicio todo es oscuridad.

Luego de ello, la imagen dejará de lado su poder de destrucción y será por el contrario un recordatorio sobre la iluminación y el destino. Sin embargo, una vez abiertos los ojos no hay modo de volver a la ceguera. La imagen presenciará la guerra y los desastres y será testigo de la muerte y la enfermedad. Ejemplo de ello es la imagen de Jowo destrozada por el Ejército Rojo durante la reconquista del Tibet, el Templo del Diente de Buda (Sri Lanka) como espacio de ataques entre la guerrilla de los Tigres Tamiles y el Gobierno cingalés en 1998,  los saqueos a los templos budistas por parte del Ejército Japonés durante la segunda Guerra Mundial o los Budas de Bamiyan (Afganistán) destruidos por el gobierno talibán a mediados de 2001. Sin embargo y pese al sufrimiento que presencia la imagen, seguirá erguida pese a la tenacidad del horror. Quien la vea sabrá que existen otros caminos y encontrará en ella, la fuerza que la realidad le ha negado.

Foto: Steve McCurry (The Path to Buddha)

Relacionados

2 comentarios:

  1. Mas bonitos los ojos de Guacharaca, quien recuerdo se vio represndida porqu alguna vez casi despedaza el Buda ese barrigon cuya panza prometía buena fortuna a quien se la sobase. La Guacharaca la mordio y hay que ver la furia de esa señora, la que era dueña del Buda barrigon y a quien tanta sobadera de panza no le fue recompensada con fortuna. O bueno, mas o menos, porque tuvo a una Guacharaca a quien perseguir.

    ResponderEliminar
  2. /extraña forma esta de entender la simbología de una estatua de buda, sobre todo en lo que se refiere a los ojos, su pintura y sus efectos... no digo que no sea así en determinadas escuelas o lugares, pero hay otras pautas menos invasivas y/o destructivas que incluyen en el denominado Dharma, básicamente, la filosofía y sobre todo la psicología de la visión profunda de un ser excepcional que supo ver la revolución en la evolución... nada que ver con creencias supersticiosas que se resuelven con la destrucción de lo primero que se ve al terminar de pintar los ojos de la estatua, mucho menos un ser vivo... una vasija, un trozo de madera, un animal, se dice en este artículo... Algo que no me es del todo ajeno, ya que pude comprobar los sacrificios ceremoniales de animales en un viaje a Nepal, claro que esos ofrecimientos no eran en un templo budista, si no en uno hinduista dedicado a Shiva, cerca de Katmandú...

    ResponderEliminar

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos