Por Larry Mejía

Las cosas que he ido escondiendo


Para Nicolás Suescún

Se murió en Bogotá mi amigo Nicolás Suescún y yo me voy en recuerdos de su vida y obra a esa ciudad donde él y yo en mayo nacimos.
La muerte se apresura en afanarnos hacia el olvido, dejándonos a la deriva con la luz del faro de la poesía intermitente pero diáfana.
Así las cosas en la distancia, la muerte de los otros que son nuestra vida misma, va borrando el paisaje que intento conservar en la mente, por tanto apresuro un recuerdo sobre ese poeta que veía por Bogotá con la devoción con que un creyente ve a un santo, cuando empezaba a escribir y su texto Pequeño poema a mi padre en espera de una larga y tendida conversación que tal vez jamás tendrá lugar, reflejaba la precisión con la que he querido escribir mis propias líneas.
En esos años veía a Nicolás de lejos, por referencias, por comentarios o lecturas de su obra. Eran sus amigos cercanos quienes me habían construido una imagen de él que luego pude apreciar y de la cual, como en pocos casos, no terminé decepcionándome al conocerlo.
Varias veces se escapó de mí su presencia, una de ella fue cuando nos invitaron al festival Poesía en Valencia, Venezuela, y yo preparé mis maletas con todos sus libros para que los firmara, pero a esa reunión no pudo asistir por problemas de salud y yo regresé a Bogotá privándome de conocerlo.
Nicolás representó para mí lo que pensaba entonces y sostengo ahora que debe ser un poeta, esto es: un hombre digno, un obrero de las palabras.
Los años pasaron, como pasan en Bogotá, entre lluvia y olvido y un día estando en Villa de Leyva, recibí la impensable noticia de que Nico había ganado el premio Vida y Obra, que le confería la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte. A este premio lo había postulado –sin que el mismo Nicolás lo supiera–, su ex esposa Stella Villamizar, quien poco después murió de cáncer.
Un par de meses luego Joatamario Arbeláez me llamó para trabajar en el proyecto que daría como resultado una biografía del autor. Lo que más me entusiasmó entonces fue la posibilidad de acercarme a su amistad, su obra la conocía bien.
Al regresar a Bogotá, Jota y yo nos pusimos a trabajar en el libro que presupuestamos terminar en un tiempo el cual se transfiguró gracias a la abundancia de trabajo inédito de Nicolás, que él mismo nos fue enseñando en el transcurso de la investigación.
Por esos días Nico con dificultad armaba sus recuerdos con los míos de él y concluyó una tarde de domingo diciéndome “cuando necesité saber algo sobre mí mejor te llamo”. De esas lagunas se reponía al leer una traducción suya de Blake o Ginsberg en su idioma original.
La investigación de su obra daba para años, era abarcar todo su trabajo y todos sus idiomas y toda su poesía, y toda su narrativa, amén de todas sus amistades, en contra del tiempo y en unas cuántas páginas. Por ellas desfilaron Edgar Plata, quien coincidió en un viaje que había hecho desde Alemania y a quien entrevisté por generosidad del otro amigo en común, el librero Camilo Delgado, que junto al poeta Álvaro Rodríguez componía el círculo más íntimo de allegados a Nico y que se sumaron con dos textos magistrales al libro; la novelista argentina Luisa Valenzuela, quien había sido novia de Suescún en el año 1969 cuando ambos fueron becarios del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa; Christopher Merril, el actual director del mismo Programa, a quien le escribí para que me hiciera llegar los documentos que existieran del paso de Nicolás por esa entidad; Matilde y Natalia Suescún, hijas del poeta, cuyo valor en el afán de esclarecer la vida de su padre fue ostensible; consultamos de igual forma los archivos de la Casa de Poesía Silva, que don Pedro Alejo Gómez, sólo consintió prestarnos cuando la Secretaría le obligó a hacerlo, pues él se sentía ofendido por una carta que Nicolás le había hecho llegar como respuesta a la negativa del burócrata de prestar el auditorio de su casa (la Silva), para una lectura del poeta Mauricio Contreras, quien también ayudó en el libro con su buena memoria y su habitual descreimiento.
Conseguimos entonces rescatar los Nicollages, que eran parte fundamental de la obra del homenajeado, ellos nos permitieron acercarnos al trabajo de Nicolás como ilustrador, una labor desconocida que se puede rastrear en El coronel no tiene quién le escriba y en el libro La obreriada, de Luis Vidales, cuyas portadas son autoría del poeta Nicolás.
Los anteriores son apenas unos cuantos nombres, trozos, volutas, fragmentos, que ayudaron a formar la biografía, pero ésta fue un homenaje que terminó fallido, pues cuando apareció la edición, la Revista Arcadia se encargó de boicotearlo. Es paradójico que en estos días de su muerte lo recuerden en sus páginas como lavándose las manos.
El libro no tuvo mayor difusión por el escándalo que la revista junto con el brillante profesor Camilo Jiménez hicieron resonar entonces.
A Nicolás no lo volví a ver pues yo me fui a Medellín y luego me vine a México, él por su parte siguió trabajando en una novela inédita que conformaba un universo único, Opiómana, era el título de ese libro que nos leyó a Jotamario y a mí durante el proceso de investigación.   
Una noche revisando El tigre de papel, documental de Luis Ospina, abrí mi Facebook y le dije a Ospina: “El tigre de papel es Nicolás Suescún”, a lo que Luis me respondió “Eres la única persona que ha reconocido la voz de Nicolás. Yo saqué ese audio de una entrevista por TV cuando él expuso sus collages en una expo llamada NICOLLAGES”. Yo no sé si Luis, haya querido hacerle un poco de justicia a Nicolás usando la voz del poeta como parte del registro sonoro que además de los collages, componían la obra del improbable Pedro Manrique Figueroa.
Muchas cosas se quedaron en el tintero de ese libro, la verdad por ejemplo. Verdad que en su momento nos conminaron a su biógrafo y a mí para que no fuera dicha. Les parecía deshonroso a los moralistas que contáramos por ejemplo que alguna vez Nicolás, en la cúspide de los cerros de marihuana que se fumaba, se le había ocurrido postularse a Alcalde de Bogotá, para cuyo propósito buscó firmas de los habitantes de la calle quienes en vista de la iniciativa del poeta, empezaron a componer largas filas frente a su apartamento para firmar a su favor; paradójico también, pues ellos en su mayoría carecen de identificación oficial.
Muchas cosas se van quedando en la memoria, pero de dos me acuerdo esta noche mexicana: una es la dedicatoria de Este realmente no es el momento, libro que sumaba la poesía de Nicolás, la dedicatoria decía: “Para Larry dedico este esperpento”. Y la otra es que le prometí a la esposa de Nicolás que un día, cuando él muriera y no tuviera que soportarla, yo escribiría su verdadera biografía.
Hoy 5 de mayo, día en que cumpliría años Nicolás, creo que este realmente sí es el momento.


Relacionados

0 comentarios:

Publicar un comentario

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos