Por LC Bermeo Gamboa

Los últimos dinosaurios


Por L. C. Bermeo Gamboa

Muchas de las recreaciones que muestran cómo fue la era de los dinosaurios culminan con una imagen donde un grupo de T. Rex, Triceratops y Brachiosaurus se ven sorprendidos en medio de la noche, cuando cae un meteorito desde el cielo, iluminando el paisaje prehistórico; al describir esto recuerdo la brutal —entiéndase impactante— animación que aparece en el videoclip Do the evolution de Pearl Jam. Mi pregunta al respecto es: ¿qué estaban haciendo esos dinosaurios cuando cayó el meteorito? Aquí la respuesta: estaban en un recital de poesía.

Esta impresión, la de presenciar los últimos ritos de un culto antiguo, la tuve en la Universidad Santiago de Cali, la noche del pasado jueves 27 de abril, cuando pasé por el programa Cazando Escritores. Este evento pensado para visibilizar nuevos talentos en la literatura regional y nacional es realizado por los mismos creadores de Cazadores de Libros, un grupo en Facebook que posee más de 27.000 miembros que, en Cali y otras ciudades de Colombia, comparten libros a través de una divertida y estimulante dinámica de búsqueda en sitios públicos. Con este exitoso precedente se esperaba que Cazando Escritores tuviera una repercusión comparable, sin embargo esa noche cuando se presentaban las obras de dos nuevos poetas vallecaucanos: Alejandra Lerma y su servidor, nos encontramos con que sólo llegaron 10 asistentes a un auditorio con capacidad para al menos 200 personas.

Mandado a apagar uno de los aparatos de aire acondicionado que nos estaba petrificando y sentados en semicírculo frente a la mesa, empezó un conversatorio y recital donde la poeta Alejandra Lerma en diálogo con el escritor Juan David Ochoa comentó sobre la poesía que halló en la experiencia de la muerte y el duelo, seguido su servidor presentó Tesis sobre el fracaso y picado por el poeta Leopoldo de Quevedo intenté explicar la belleza de no lograr lo que se espera en la vida, de que, por ejemplo, era triste no ver más personas en estos eventos, triste pero bello, porque sólo las minorías logran entablar esa relación de intimidad que toca profundamente a los individuos, lo cual es un auténtico acercamiento entre poetas y lectores. En Adiós a todo eso, la serena biografía de Robert Graves, el poeta inglés menciona que lo determinante en su vocación literaria no fue la guerra, estuvo en la Primera Guerra Mundial donde fue herido y dado oficialmente por muerto, sino el salón de la casa donde su padre organizaba un Círculo de Lecturas Shakesperianas, al cual no asistían más de cinco personas, entre ellas el poeta Algernon Charles Swinburne quien tenía la costumbre de parar el coche donde llevaban al pequeño Robert, para cargarlo y darle un par de besos. Por esto considero que los encuentros decisivos con la poesía, aquellos que definen un interés real por  la literatura, no suceden en el marco de un evento masivo y espectacular, por el contrario, he notado con frecuencia que son momentos cotidianos casi anodinos los que dejan vislumbrar esa belleza. No hace falta recordar a ese niño que empezó su vida literaria en la biblioteca de su padre cuando en un volumen de la Enciclopedia Británica leyó la palabra Tyger y sintió miedo imaginando aquel animal.

Comenté el incidente de Cazadores de Escritores a mi amigo Pablo, quien desde Buenos Aires dijo que allá es igual y peor, a veces no asiste nadie, afirma que realizar eventos literarios independientes como tertulias, lanzamientos de libros, recitales y conversatorios con escritores a los que sólo defiende su calidad y no una maquinaria editorial multinacional: “Es como jugar a ser cristiano en tiempos del Imperio, diez locos reunidos en una catacumba”. Esto muy en sintonía con lo dicho por Baricco en Los bárbaros: “Donde antes había la librería en la que el dependiente sabía y leía, hay ahora macrotiendas de varios pisos donde uno también encuentra CD, películas y ordenadores, donde antes estaba el editor que trabajaba en busca de belleza y de talento, hay ahora un hombre-marketing que mira con un ojo al autor y con dos al mercado; donde antes había una distribución que funcionaba como una cinta transportadora casi neutral, hay ahora un paso angosto por donde sólo pasan los productos más aptos para el mercado; donde antes había páginas de reseñas, hay ahora clasificaciones y entrevistas; donde antes había la sobria comunicación de un trabajo realizado, hay ahora una publicidad desbordante y agresiva. Sumadlo todo, y os haréis una idea de un sistema que, en todos y cada uno de sus aspectos, ha optado por privilegiar el lado comercial”, cabe agregar: donde antes estaban la tertulia y el recital en casa de un vecino culto y entusiasta, ahora hay un festival para turistas que piden autógrafos y toman fotografías y videos para ver si con todo este ‘valor agregado a la literatura’ se atreven en el trajín de su diario vivir a leer el libro del famoso escritor que trajeron de sus vacaciones culturales; donde antes había una biblioteca familiar o pública a la que se podía acceder en cualquier momento de nuestras vidas, ahora hay un vacío cotidiano que sólo puede llenar una feria del libro que vende anualmente sus entradas.

Esta “sospechosa vocación por los beneficios” que observamos detrás de los eslóganes humanistas de los grandes eventos literarios ha creado varios malentendidos tanto para escritores como para lectores. El primero, según el cual un escritor que no es invitado a estos eventos es un escritor sin calidad literaria que no vale la pena leer; el segundo, que un evento literario que no tenga asistencia masiva y repercusión mediática es porque es un evento pobre sin trascendencia cultural. Otro malentendido sería creer que la masiva asistencia a eventos literarios se corresponde con el alto nivel lector de una determinada población, sería como afirmar que al realizarse un Mundial de Fútbol en Colombia tendríamos mejores futbolistas, cuando a lo que más podríamos aspirar es a tener mejores estadios. En particular, como lector, pienso que uno debe estar abierto a encontrar en cualquier recital de pueblo a un gran poeta y mantenerse prevenido para no comprar basura mediatizada en alguna feria internacional. Como escritor hay que disfrutar la intimidad de un evento minoritario y apelar a los valores intrínsecos de la poesía, evitar caer en poses y vicios del mundillo literario, y fortalecer a sus promotores para que mantengan estos espacios, puesto que ellos son los últimos herederos de una tradición de tertulias y recitales que han sido vitales para la continuidad de la cultura, cumplen un papel valioso en la transmisión de ideas, el encuentro de pensamientos divergentes, la creación de movimientos y la valoración de nuevos artistas.

Hay quienes censuran al que se atreve a criticar los grandes eventos literarios, fundados en la envidia que pueda sentir quien no es invitado a participar, suponiendo de hecho que esto es algo deseable por todos los escritores o el único medio para hacer una carrera literaria, primero por ambición y segundo por notoriedad pública. En lo personal no poseo el pragmatismo necesario para aceptar aquellos argumentos, aún confío que un buen autor puede pasar a la historia con pocos, pero buenos lectores que le den trascendencia. Afirmo que Ferias, Festivales, y Premios, son un mal necesario. Como diría mi amigo Pablo Hernán Di Marco: “Son tan fundamentales como vergonzosos”. Afirmo, también, que se puede prescindir de estos simulacros literarios y lograr una buena obra, consolidada a través de esos antiguos espacios literarios en vía de extinción. Por ello es válido criticar así no te inviten, así como es válido defender porque sí te invitaron, aunque más estimulante sería conocer un escritor disidente que siendo invitado a estos eventos tenga el carácter de criticarlos abiertamente, algo por lo menos común cuando se nos invita a una tertulia. Sin embargo para complacer nuestros anhelos bien podemos asistir a un Festival siendo parte del público y salir igualmente decepcionados.

Ahora bien, se publican estadísticas sobre Festivales y Ferias literarias, hablan de las maravillosas instalaciones, de los artistas que amenizarán el evento y de la cantidad de premios nobel que estarán por allí interactuando con el público tal como los pavorreales de un zoológico. Yo por mi parte hablaré de algunos milagros menores que suelen presenciarse en tertulias y recitales con contados testigos.

En 1804, durante una tertulia en uno de esos salones parisinos gobernados por cultísimas damas, se conocieron el joven romántico Simón Bolívar y el sabio alemán Alexander von Humbolt, en la misma noche se descubrió un continente y empezó su emancipación. Mucho antes en la Londres del siglo XVI un grupo de prosistas y dramaturgos se reunían en la Taberna de la Sirena a compartir sus proyectos, entre los selectos invitados estaban John Donne, Sir Francis Bacon, Christopher Marlowe, William Shakespeare y al menos una vez Giordano Bruno. Dos siglos después por la época de la cita no programada entre Bolívar-Humbolt, el enfermizo poeta John Keats visitaría aquel antro y escribiría: “Almas de poetas muertos ya idos, ¿qué Elíseos habeís conocido, mejor que la Taberna?”. En Rusia, a principios del siglo XX se realizaban recitales con tanta devoción que cuando Boris Pasternak se equivocaba al leer un poema, su público lo corregía. Sólo 13 personas integraban el grupo de Los panidas que se reunía en El café globo de Medellín durante los años veinte, entre esos 13 estaban el filósofo Fernando González y el poeta León De Greiff que escribió la Balada trivial de los trece panidas. Más al norte de Colombia, en Cartagena de Indias, el hijo poeta del tendero Bernardo López se reunía con algunos amigos a leer poesía y filosofía en el local comercial, el hijo se llamaba Luis Carlos y le decían El Tuerto López debido a su ojo bizco. Y para concluir, vale la pena recordar una reunión en casa de Victoria Ocampo por el año de 1932 cuando presentaron a Borges y Bioy, de ese encuentro sin protocolo nació gran parte de la literatura hispanoamericana del siglo XX y de nuestros días.


Ante esto, es válido preguntarse sobre lo que podemos considerar un evento literario: si aquel llamativo por su despliegue, infraestructura y gran cantidad de asistentes, o también este otro sin logística y con poca asistencia, pero con alta calidad en la relaciones que establece entre autores, lectores y libros. Intuyo que cualquier lugar donde dos personas puedan hablar y leer libremente es el ideal para dispersarse lo suficiente de la realidad que bien puede llegar el juicio final y cogerlos por sorpresa.

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