Por Larry Mejía

Pecado: un placer fugaz

"Yo no le tengo mucha confianza ni a las FARC, ni a Santos, pero me alegra que estén por lo menos planteando la posibilidad" L.R.



México. Una entrevista a Laura Restrepo, por Larry Mejía 


Llegó puntual a la cita y se presentó con esa amabilidad que tenían los bogotanos de muchos años antes de que yo naciera, esos de los que me habla mi papá o sobre los que he leído en novelas que intentan atrapar una historia que dejamos ir sin saber cómo ni hacia dónde.
Atravesamos la recepción de Random House Mondadori, y nos topamos con la sala García Márquez, la cual le hizo decir a Laura “¿y ahí qué?, ¿atiende su fantasma?”. Frente a la estancia, como una premeditada y terca designación de los muertos, pasamos a instalarnos en un lugar ambientado con libros y una foto de Ernest Hemingway, quien estaba sentado frente a su máquina de escribir, sí, sentado, no de pie como escribía Víctor Hugo.
Saberla ganadora de tantos premios y trotamundos de tantos mundos dentro de este mismo, me mantuvo nervioso, amén del desconcierto que produce escuchar a tres mil kilómetros de casa, el mismo acento con el que crecí.
Los saludos de parte y parte, parecieron los de un par de viajeros que toman un breve descanso antes de continuar con su viaje. Laura ha de seguir hacia Europa, donde actualmente vive junto a Carlos Payán, el fundador del diario La Jornada de México, y junto a su hijo, un joven dedicado a la novela gráfica.
Para romper el hielo –a falta de güisqui–, le recordé la frase de Capote “no hagas una entrevista, ten una conversación”, y así, con el tiempo en contra, empezó esta breve plática que me regresó por mucho la fe en un arte tan degradado como la literatura, cuyos más importantes personajes, consideran pagar por la fama un precio de abstracción que los hace parecer frente a los mortales, figuras de imposible acceso.
Las primeras preguntas –que no tenían mucho que ver con las redactadas para esta nota–, tuvieron que ver con la cacería de libros en Bogotá y en la recién inaugurada Ciudad de México; en tanto un nombre nos llevaba a otro; Laura me comentaba de Libia Cacho y de Leila Guerriero, pues está interesada en lo que escribió esta última sobre el suicidio, yo le conté de mi pesquisa sobre las Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska, que Laura conocía y por ese libro continuamos hablando de Mutis, y de otros autores a quienes yo he leído y con quien ella comparte un lugar en las letras de todos los países que ha tocado su existencia. Luego de la plática y de romper sin güisquis el hielo, le aventuré la primera pregunta a quien es hoy por hoy –y ojalá que por mucho– la escritora más importante nacida en Colombia.
LM: De niño vi una caricatura de Mafalda, la escritora de Quino; ella salía de su cuarto con una pancarta que decía algo así como “voy a arreglar al mundo”, su mamá le ripostaba “¿Ya tendiste tu cama?”, ¿Laura Restrepo, tiene su cama?
LR: Bonita pregunta. La verdad sí, casi que como en un ritual, pues es la única manera de arreglar algo. Hoy en día, por el tipo de vida que estamos llevando, arreglamos la huerta, tendemos la cama, vivimos en una tendencia de comunión con el contexto en que me encuentro. (Hizo una pausa y agregó), extraño viniendo de un trotskismo tan principista como el mío. Pero llega un momento en que uno entiende que si uno no hace eso, se va sin hacer nada.
LM: “Los colombianos siempre quieren la paz” dijo Laura en otra entrevista, ¿cree usted que Colombia está preparada para algo que no conoce? Digo, somos un país donde los violentos somos todos, ¿qué opina de la mentada paz de Colombia?
LR: Yo creo que el solo deseo ya moviliza, pero lograr paz en Colombia, sin que cambien las cosas además en el resto del mundo es una cosa que no se va a lograr. Pasa un poco como la Constitución de 1991, a lo mejor no se cumple, pero nada más tenerla ya te ofrece una ruta.
Yo no le tengo mucha confianza ni a las FARC, ni a Santos, pero me alegra que estén por lo menos planteando la posibilidad, eso te da una meta, una orientación, que sin duda es mejor que otra, también puedes decir “guerra”, eso sí que lo conocemos. Lo que pasa es que tu pregunta también lleva a algo muy jodido, tendríamos que pensar en eso que se dice siempre “por qué el colombiano siempre tan ligado a la violencia”, yo te diría ¿por qué siempre tan ligado a la muerte?, como en una especie de vocación sacrificial, donde parece que no sabemos vivir, pero sabemos morirnos, es nuestra ofrenda. No hablemos pues de buenos o malos, o de quiénes matan bien o quienes matan mal, en general todos queremos matar y todos queremos morirnos y lo sentimos como un gesto grandioso, como un único aporte. ¿Qué pasó, en qué momento se invirtieron los valores de la vida y la muerte para nosotros? Eso para mí es una gran intriga.
Intentando buscar respuestas, en medio de su silencio y el mío, pasamos a otros temas posibles, le hablé a Laura de mis novelas caóticas y ella me comentó sus proyectos serios, ordenados, seguros. Me hizo una peligrosa confidencia, pues me sugirió un tema sobre el cual yo podría escribir y de esa manera abordamos de forma muy sencilla el tema de la escritura; despojándolo un poco de esa carácter mágico, pero sin perder la emoción por la palabra y por el poder de las obras de arte en los procesos que revindican al hombre.
De la violencia de la colonia pasamos a la poesía y Laura, con precisión recordó a Gonzalo Arango y su Elegía a desquite, que es en pocas palabras una crónica del alma violenta de Colombia: “Sí, nada más que una rosa, pero de sangre. Y bien roja como a él le gustaba: roja, liberal y asesina. Porque él era un malhechor, un poeta de la muerte. Hacía del crimen una de las más bellas artes. Mataba, se desquitaba, lo mataron. Se llamaba “Desquite”. De tanto huir había olvidado su verdadero nombre. O de tanto matar había terminado por odiarlo.”
Para resarcir la violenta radiografía de esa leyenda del crimen en nuestro país, Laura decidió recordar unos versos de Aurelio Arturo que evidenciaron en ella una nostalgia que los inmigrantes llevamos a flor de piel. El tiempo presupuestado para la entrevista se pasó recordando poemas colombiano en una suerte de contrapunteo en el cual Laura llevó siempre la batuta.
Luego hablamos de las novelas colombianas y Laura insistió en que el lenguaje era una coraza en la narrativa del país, “adentro de nosotros somos herméticos”, aseveró. Como ejemplo de una trasgresión en esta costumbre habló del libro Lo que no tiene nombre de su colega Piedad Bonnet, y aclaró “yo creo que Piedad con ese libro derribó un muro gigantesco, mucho más grande de lo que se ha calculado. Yo pienso que Piedad hizo lo que había que hacer. Es que en otros países sí saben abrir las entrañas y mostrarla y nosotros no sabemos, pero ella lo hizo de manera magistral con un tema tan difícil”.

LM: Y siguiendo con las mujeres colombianas, ¿qué opina Laura de Ingrid Betancur?...

(Frente a su silencio pasé a otra pregunta.)

LM: Hace un par de semanas le pregunté a Elena Poniatowska por Fidel Castro, y en esta oportunidad trataré de precisar, ¿qué opina usted sobre la persecución de Castro con respecto al caso Padilla y a Reinaldo Arenas?

LR: La revolución se ahogó en ese tipo de atrocidades y de estupideces. Yo creo que Cuba sigue siendo nuestro mejor sueño. No ha habido en América Latina un mejor sueño.

LM: ¿Es más sencillo el camino de la literatura para las mujeres o para los hombres?

LR: Sí y no.

Mientras la puerta de la sala se abría y cerraba cada minuto, recordándonos los compromisos de Laura con los diferentes medios, recordé una pregunta que mi amiga Isabel Portilla me había sugerido hacerle:

LM: ¿Qué leía usted a los 20 años?

LR: A esa edad yo leía al boom latinoamericano, esas novelas que nos entregaban al continente en libros uno tras otro.

Hablando de un par de libros de esa época y dejando pactado una nueva cita durante su estancia en México, se nos pasó la mañana y cometí el Pecado que fue no hablar de su nuevo libro Pecado, en el cual debió concentrarse nuestra reunión.
Agotado el tiempo en este Placer Fugaz de recordar poemas para recordar la patria, le pregunté a quemarropa y a manera de despedida algo que tenía que cuestionarle a alguien que dictó clases en la Universidad Nacional de Colombia. Me respondió con tres palabras que dejaron en claro su ingenio frente a la realidad del país donde nacimos.

LM: Laura, un exalcalde de nuestra ciudad dijo “tenemos que pensar si queremos hacer de la Universidad Nacional la mejor universidad del país o la universidad de los pobres”. ¿Usted qué piensa?

LR: Las dos cosas.

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