Como esta tarde para siempre Jáiber Ladino Guapacha

ME GUSTARÍA PENSAR QUE DIOS NO ES VANIDOSO

lunes, abril 23, 2018Revista CORONICA





Jaime Manrique. Como esta tarde para siempre. Planeta Colombia, 2018

Jáiber Ladino Guapacha

Hace unos días Francisco visitó una parroquia en Roma, en la que tuvo un encuentro con los niños que le hacían preguntas y él respondía. Uno de ellos no fue capaz de preguntar en voz alta, delante de todos, lo que le oprimía el corazón. Se acercó entonces al pontífice, dialogaron algo lejano para las cámaras y los micrófonos. Entonces Francisco explicó que, después de haberle pedido al niño su autorización, el peso que oprimía al niño era la inquietud por el más allá del alma de su padre. Murió hace unos meses y era ateo. ¿Estaría al lado de Dios?
A veces pareciera que una inmensa mayoría ha descartado los problemas teológicos como preocupación cotidiana. Pareciera que los únicos que aún le dan vueltas al asunto son cada vez más fundamentalistas y dialogan menos con las ciencias y la cultura. Sin embargo, esa forma de la filosofía que es la literatura, de vez en cuando nos recuerda que hay sujetos, parecidos a nosotros, que aún padecen la encrucijada que viene desde los mismos inicios del canon: la lucha de los hombres contra los designios de los dioses: El hijo de Abraham que cambia de nombre cuando lucha-con-Dios, Israel, o los aqueos y los troyanos que suplican el fin de una batalla en la que los olímpicos toman partido, crean estrategias, revelan secretos, traicionan.

Hay quienes ven en nuestros días la ausencia de dioses: la pérdida de lo sagrado, la incapacidad del catecismo para explicar el sentido de la vida, las estructuras sociales fundiéndose con el monopolio financiero. Pareciera que sólo un reducto de nostálgicos sigue asistiendo a los cultos, recurriendo a las oraciones, debatiendo profecías. Sin embargo, las coyunturas políticas parecieran demostrar que la oferta religiosa es un buen caldo para cultivar votantes.

Intento reconstruir ese contexto para dar cuenta de la última novela de Jaime Manrique, Como esta tarde para siempre. Que dos hombres se amen, que sean pareja, que uno de ellos contraiga una enfermedad terminal y que decidan suicidarse a través de un tercero, puede leerse como un simple relato, hasta que la evocación del escenario nos pone delante de una trama que nos obliga una sola respuesta: adhesión o rechazo. Esos dos hombres fueron sacerdotes y ahora llegan a nosotros, entre la ficción y la no-ficción, como lo acostumbra la novela, para plantearnos el dilema del perdón: ¿Cómo ser comprensivo con dos hombres que se mintieron a sí mismos y luego a una comunidad?

Desde una postura laica, agnóstica o atea, si se quiere, está presente el reclamo por no rebelarse contra una estructura asfixiante en la que no podía realizarse plenamente su relación erótico-afectiva. Del otro lado, la del creyente, queda un sinsabor parecido al dolor que dejan las traiciones. Pueden coincidir, los dos sectores, en que un retiro silencioso y claro, hubiese sido la solución más decorosa. Pero Manrique no ha escrito una apología para moralizar, ni una biografía para canonizar. Lo suyo, como lo ha sido su literatura, es para “no traicionar el don de su poesía”, esa que nos hace leerlo y exclamar “Manrique tiene cojones”.

Su novela no apuesta por el escándalo ni tiene que ver con afanes de propaganda gay o anticlerical. La veo más cercana de una necesidad de amar, de darles una nueva oportunidad, de abrirles un cielo, a esos amigos suyos que han muerto a causa del virus del VIH-SIDA. Aún hoy, con toda la ciencia que se ha escrito para explicarnos la enfermedad, con la experiencia de un ineficiente sistema de salud, con el peso de una legislación que enriquece al burócrata y explota al médico, pareciera que no se ha podido superar el estigma de la enfermedad. Quizá porque nuestra obligación de mercadeo es imposible con una publicidad del deterioro, seguimos cometiendo el crimen de la marginación.

Días antes de que la novela se presentara oficialmente en Colombia, Jaime Manrique visitó la ciudad de Pereira y allí me dio la pista para esta lectura. Al preguntarle por la religión en una narración sobre curas, me respondió generosamente hablando de una infancia y adolescencia sin el peso de la religión; de la molestia con el sistema de creencias como control político de masas. Al final, me regaló con la enseñanza de su madre, a los ochenta, cuando se dedicó con sus amigas a ayudar a “las viejitas”, las que estaban solas, enfermas, en los Estados Unidos, cantándoles, orándoles, auxiliándolas, no para que se convirtieran a ninguna religión, sino como una forma de la compasión. Eso le ayudaría mucho a ella para morir de una forma tranquila. “Todo es muy lindo”, le decía. La fe como un paliativo para el sufrimiento humano y, añadiría yo, la literatura como una de sus expresiones. La novela como la forma de testimoniar lo mejor que le puede pasar a uno cuando ama de verdad, entre la contradicción y el consenso, entre la testarudez y los acuerdos, lo que está ahí, cuando se tiene al otro.

Ahora bien, esa apertura en el interior de la pareja se abre, en la novela de Manrique hacia los destinatarios de la misión evangélica: los marginados. Pero no sólo los que están por fuera de la heteronormatividad y la vida sin enfermedad, sino aquellos colombianos que padecen esas formas de la violencia que desde lo doméstico trascienden al problema de la tenencia de las tierras y las transacciones ilegales que sobre ellas se realizan, bien sea en el santuario de la selva manchado por la lucha intestina, bien sea en el cordón de la ciudad donde algunos militares encuentran la sangre joven que necesitan ofrendar para un ascenso, una recompensa, vendida como la del enemigo.

“Me pregunto, Ignacio, si es necesario que tú creas en Dios para que la gente se acerque a él. Si tienes la vocación de ayudar a los que sufren, significa que has sido bendecido con ese don. Me gustaría pensar que Dios no es vanidoso. Tal vez a Dios le importa más eso que el hecho de que nosotros seamos creyentes o no”

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