John Better

UNA TARDE EN LA ISLA BONITA ( Un viejo recuerdo a propósito del sencillo homenaje a Madonna en el Museo de Arte Moderno de Barranquilla)

miércoles, mayo 16, 2018John Better







Y si la memoria no me falla, tendría unos catorce o quince años aquella tarde en que venía feliz, sentado en la última banca de la desaparecida línea de buses,  Palmas Magdalena. Deseaba que la destartalada chatarra volara por encima del tráfico endemoniado y llegara por fin a mi casa para escuchar el casete de Madonna que unas  maricas amigas me habían dado como obsequio de cumpleaños.

“La próxima parada, señor”, me animé a decir, algo asustado, temiendo que mi vocecita de alondra se quebrara a mitad del pasillo donde iban sentados un grupo de jóvenes y bellos soldados que canturreaban animadamente la tonada de la cantimplora.
“Anda, si a éste se le moja el carbón”, me pareció oírle a uno de ellos, pero ya no estaba a su alcance, como para que pudieran dejarme tatuada en el culo la huella barrosa de sus botas militares. Además, lo único en que yo pensaba era en escuchar a toda mierda el casete de Madonna.
Al girar la llave de la casa, todo estaba en silencio. Entré y me dirigí a la cocina. “Mi madre debe estar comprándome la torta”, pensé mientras me empinaba un cuartito de vino Cariñoso. Heladito, barato y horroroso vino Cariñoso que amenizó tantas cariñosas fiestas, navidades y noches de año nuevo en las que casi siempre yo terminaba en el callejón de alguna casa vecina con los pantalones abajo, mirando un cielo negro donde de vez en cuando una cereza pirotécnica chisporroteaba de luces y violentos estallidos que encubrían nuestros gemidos adolescentes.

Y quizás fue esa complicidad de saberme solo aquel día, la que me llevó a correr los muebles, la mesa, las sillas de comedor y dejar la sala desmantelada, acondicionada como un pequeño salón de baile para satisfacer mis delirios de “Fame”. Suspiré hondo y, con el mantel frutifloreado de la mesa, fui hasta el cuarto y me senté frente al pesado tocador de caoba, herencia de las mujeres de mi familia, el cual me tocó defender de más de una prima bruja que argumentaba siempre: “Tú no necesitarás ese tocador, eres el hombre de la casa y creo que se vería bellísimo en mi cuarto de paredes palo de rosa”. Para infortunio de ellas, el tocador se quedó conmigo. “¡Claro que te necesito!”, dije en aquel instante frente al espejo, al tiempo que enrollaba el mantel sobre mi cabeza al mejor estilo Carmen Miranda.

Abrí la paleta de maquillaje de mi madre y los colores se derramaron como un arco iris en polvo que empecé a sombrear sobre mi cara. Era tan joven entonces, y mi piel apenas era un retazo de seda imperial, una azucena salpicada de rocío mañanero levemente tocada por un jardinero negro. Entre algunos otros trapos, la sábana de pavos reales, esa fea sabana reservada para los días especiales en que alguna visita inoportuna echara ojo para alguno de los cuartos, me sirvió de faldón, y los bellos tacones color carne de mamá me dieron el toque final para mi performance privado.





“La última noche soñé con la isla de San Pedro”.

Play:

Un solo de congas aparece de pronto en medio del siseo de la cinta magnetofónica. Entonces, la austera sala de mi casa se convierte en un iluminado escenario decorado con frondosas palmeras de utilería y un dibujado mar Caribe, como telón de fondo, rompe tempestuoso. De repente todo se oscurece y una luz cenital se derrama sobre una roca de esmeraldas sobre la que estoy sentado de espaldas al público. Con la ayuda de un marinero de piel azabache me incorporo y llego hasta el micrófono. El roto mantel de flores y frutas se ha transformado en un vertiginoso tocado con piñas de vivas coronas, sandias, cabezas de caimanes y sangrientas uvas. Un par de tetas como gigantescos cocos jamaiquinos me han brotado de la nada amenazando con romperme el escote. La sábana de pavos reales se ha encogido en un tutú de vivos encajes color turquesa. Y así, frente a un imaginado auditorio de turistas portugueses, italianos y franceses, empiezo mi canción: Last night I dreamt of san Pedro, just like i’d never gone, i knew the song...

“El dijo que te ama”.

Pause:

La propensión al ridículo bajo el efecto de ciertas sustancias, es casi siempre algo inevitable. Sólo se necesitan unos whiskys de más, unas pitadas de más o unas sutiles aspiradas para desempolvar los más patéticos recuerdos. Bueno, sobre esa delgada capa de hielo de la memoria estaba yo, pobremente travestido, creyéndome la estrella de un mágico film. Allí estaba taconeando mi delirio:

Play:

Te dijo te amo, la la laaaaa, él dijo que te ama, te ama, te ¡krac! ¡krac! ¡krac! ¡track! ¡track!
Ahí quedé congelado, y como si un mal humorado director de cine hubiese dicho “corten”, toda mi puesta en escena se hace añicos. Las frutas y flores exóticas de mi tocado se marchitan de golpe y vuelven a ser el cagado mantel de moscas de la mesa, el bello telón con el mar Caribe a lo lejos se arruga en pleno crepúsculo y toma su forma original de raquítico almanaque. Un público enfurecido me escupe a la cara con insultos y rechiflas. Y es cuando caigo en cuenta de que la vieja casetera ha masticado con sus dientes metálicos la cinta de audio. Con algo de tristeza trato de reparar el casete. En ésas estaba cuando el toque de la puerta me tomó por sorpresa. “¿Quién es?”, dije temiendo que fuera mi madre y se diera de frente con este espantapájaros.


–Soy yo, Jorge –respiré más tranquilo y entreabrí la puerta para hacerlo pasar.
–¿Y tú por qué estas disfrazado?
–No estoy disfrazado, querido, es un performance –le contesté altanero.

Pero Jorge no entendía de esas cosas y hubiese sido inútil tratar de explicárselo. Era un chico tan ordinario, casi analfabeta.
–Mira, te traje un regalo –dijo él llevándose la mano hasta la entrepierna.
–Entonces vamos a abrirlo –respondí impaciente, y lo llevé al cuarto, le bajé la cremallera como quien descubre cuidadosamente el más preciado de los obsequios. Lo saqué de su empaque, tenso, casi una faca amolada en su erección, lo tomé con ternura y lo miré por un breve instante, antes de ponerlo en mi boca y empezar a cantar de lo lindo la más vulgar de las canciones.




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