domingo, 30 de agosto de 2026

Yo no sé cuál estrella me vio, de Fabián Buelvas

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Portada, himpar ediciones, 2026

En la bodega de redacción del diario El Septentrional, una bodega situada a orillas de una troncal del caribe, se reúnen en los descansos, a fumar, dos redactores, aspirantes a escritor, quienes aprovechan las horas muertas de calor para contarse las novelas que piensan escribir. Una va de un cocinero mercenario en la hipotética y factible invasión de Estados Unidos a Yemen, y otra de un anciano que escribe poemas a su hijo muerto. Dahiana, la editora de la revista colindante, añade en la imaginación de sus colegas la historia de historia de una mujer muerta que apareció en una bahía de la Guajira. 


El Septentrional es la metáfora del lugar donde se entierran las ilusiones, el lugar de penitencia de una oferta laboral precarizada a donde solo puedes caer cuando no hay más salida y del que solo puede salirse a través de la imaginación o si estás despedido. Cuando los propietarios lo despidan de la redacción, al narrador le quedará el tiempo suficiente para tomar las versiones de esas historias y fijarlas en novelas posibles. 


Miguel y el narrador (el Flaco), y Aramis y Dahiana, y luego Fionna, serán a la vez personajes y narradores, como Benengeli y El Quijote. El resultado es una quinta historia: Yo no sé cuál estrella me vio. Esa quinta historia contiene el diario y el método de redacción de las otras. Es a la vez una investigación policial que conecta el extraño caso de la muerta aparecida en la Guajira con los cuadros originales de Turner perdidos durante un trasteo en… Barranquilla. 


A historias así, que reflexionan sobre su propia creación, se les denomina metaliteratura. A la técnica de las historias dentro de otras historias o a las surgen de otros textos se les llama intertextualidad. A las historias donde autor, narrador, personaje son identificados como el mismo sujeto (las que vuelven ficción las vivencias) les dicen autoficción. Y a la novela que echa mano de todo eso se le llama novela posmoderna. Aquí hay de todo un poco. Pero en un sentido muy ramónbacca: literatura carnavalera. Es como el carnaval, donde todos llevan máscara y las clases se difuminan barrio abajo. Es mamadera de gallo y es en serio. Es erudito y anti intelectual a la vez. Es irreverente y formal. Es un juego de posibilidades, donde entre muchos datos imaginarios cabe también un dato real. Pero no sabemos si el peso del traje imaginario desfigura lo real mitificándolo, o el peso del atuendo real certifica la ficción. 


Por ejemplo: el día en que en un bar de Barranquilla se dio cita una generación de escritores contemporáneos, el malditismo aquel, para oír a John Better y a Fabián Buelvas y a Cristina Bendek y en el evento central Efraím Medina ofreció en su voz una del repertorio de Diomedes Díaz como parteaguas de la literatura costeña contemporánea. La canción decía: Yo no sé cuál estrella me vio en el día en que nací. Esa anécdota, esa noche, puesta dentro de una trama autorreferencial, visto como mitificación, se vuelve ficción. Aunque tome distancia de lo real, así se construye una leyenda generacional. Como el día en que la banda Soda Stereo hizo de telonera de la orquesta Rikarena en 1995. O el día en que según una fuente reservada de Ramón Illán Bacca la diva Greta Garbo desembarcó en Cartagena. No sabemos si es real, o si es inventado, pero lo que lo hace más real es saberlo así, narrado.


Regresa Fabián Buelvas con una novela humorística en el mejor estilo de Ramón Illán, Vonnegut y Kafka. Parodia sobre el oficio de escribir en el peor de los mundos posibles. En ese país metafórico todos los escritores están convencidos de que escribir es maravilloso hasta que hay que publicar. Un libro tan divertido solo podría surgir en una sociedad tan desparpajada como Barranquilla.


Yo no sé cuál estrella me vio, Fabián Buelvas, Himpar ediciones, Colombia, 2026 

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Publicado por stanislausbhor
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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