Notas sobre El entusiasmo, de Remedios Zafra
Paula Andrea Marín C.
A Daniel, por “obligarme” por fin a leer este libro.
Amo lo que hago
Eso decimos casi todas y todos quienes trabajamos en el sector
cultural, académico o artístico, así no ganemos lo suficiente para vivir, así
debamos tener tres trabajos distintos para completar lo que necesitamos para
pagar las cuentas, así lleguemos extenuados a fin de semana y a fin de mes y a
fin de año y así, uno tras otro. Pasé así casi veinte años, antes de tener un
trabajo que hoy es un verdadero privilegio: uno que me permite vivir sin estar
pensando en que debo ahorrar todo lo que pueda para tener dinero con qué vivir
los meses en los que estaría sin contrato. Pasé también casi veinte años
utilizando mis fines de semana y mis noches, la Navidad, escribiendo artículos
y libros sin que esto me representara bonificaciones o puntos salariales en las
instituciones en las que trabajaba; lo hacía porque amo lo que hago: investigar
y escribir, y enseñar lo que investigo y sobre lo que escribo.
Recuerdo dos episodios que me hicieron poner un alto ante
este sacrificio elegido: en el primero, es 31 de diciembre y yo, un poco antes
de la medianoche, sino trabajando en un artículo, mientras mi familia me llama
para que vaya a comer. Sigo un rato hasta que las náuseas y el vómito me lo
impiden. Mis padres y yo pasamos la noche de año viejo y recibimos el año nuevo
en el puesto de salud del barrio (el mismo donde moriría mi padre nueve años
después…), mientras me ponen suero y ellos sujetan mis manos. Un año y medio
después me fui de casa de mis padres porque por fin había conseguido un trabajo
de más de ocho horas a la semana y todo estuvo bien hasta que decidí que quería
hacer un doctorado y me di cuenta de que necesitaba tres trabajos para poder
pagar lo que cuesta hacer un doctorado sin beca en Colombia. Cuatro meses
después, me recuerdo sentada en el sofá cama de mi sala sin poder moverme,
presa de un ataque de pánico. Recuerdo el llanto que no se iba, recuerdo llorar
en los buses, en los colectivos, mientras iba al trabajo, recuerdo entrar a
clase, pero no recuerdo nada de esas clases, porque me fue imposible
prepararlas por esos días; tampoco podía leer ni escribir. Mi cerebro había
entrado en paro gritándome: “¡Ya no puedo más!”. Mi colon estalló y tuve que
estar en cama algunos días… Como pude, terminé ese año -sin poder pedir
licencias ni nada parecido- y me presenté a varias becas, hasta que fui
seleccionada en una de ellas -otro lujo, otro privilegio de pocos en este país-. Mi vida cambió y empecé a recuperar mi salud. La
sigo recuperando…
Aún hoy que tengo este trabajo de lujo y que soy consciente
de que tenerlo se convierte cada vez más, desafortunadamente, en una excepción dentro
del ámbito cultural, académico y creativo, me tienta la idea de trabajar los
fines de semana para leer y escribir todo lo que no puedo leer y escribir entre
semana, porque las tareas siempre son muchas y no dejan tiempo suficiente para
leer, tomar notas, analizar, pensar todo lo que siento que debería leer, anotar,
analizar, pensar… El tiempo nunca alcanza, entre otras cosas, porque muchas de
esas tareas son cuestión de llenar formatos, formularios, de resolver asuntos
administrativos, enviar o contestar correos electrónicos, pero también porque
tenemos –tengo- instalado el ship de
la autoalienación productiva que insta a no descansar, a ver el trabajo como la
única manera de ser, como aquello que nos define y sin lo cual nos volvemos
inútiles, inexistentes dentro de un sistema alimentado por siglos con estas
ideas.
Aún hoy que tengo este trabajo de lujo me tienta la idea de
aceptar invitaciones a eventos en los que te piden que prepares una ponencia o
una conferencia, una “charla”, porque les “encanta” tu trabajo, porque admiran
mucho lo que haces, pero no hay ningún pago a cambio; solo una promesa que nos
ha seducido a todas las académicas y a todos los académicos, todas las
creadoras y todos los creadores: conseguir más ojos que nos miren y nos
reconozcan en redes sociales, conseguir más oídos para nuestras palabras, para
nuestra voz.
En su libro, El
entusiasmo, Remedios Zafra escribe sobre todos estos asuntos que he
mencionado y, sobre este último, la autora española –de quien había leído Frágiles, sin mucho interés- nos deja
una advertencia: si no miramos bien desde dónde estamos aceptando esa
invitación, quizás estemos contribuyendo a aumentar la desigualdad entre
quienes recibimos un pago mensual por nuestro trabajo y quienes la tienen
difícil para llegar a fin de mes. Esa invitación gratuita que yo puedo aceptar
porque tengo resueltos mi techo y mi comida, se convierte en un mayor prestigio
para mí, pero para quien no tiene resuelta la supervivencia diaria, se
convierte en otro motivo de frustración. Cuando se nos paga con la promesa de
reconocimiento, hay alguien que podrá capitalizar ese sacrificio de tiempo,
dinero y energía, y hay otro que pagará con su cuerpo cansado, adolorido y
frustrado. Zafra enfatiza en que esta ecuación es muy común en los trabajos que
guardan relación con la cultura, el arte y la academia, trabajos que, además
tienden a ser realizados más por mujeres que por hombres y en los que estos
últimos ocupan, más que las mujeres, los pocos puestos de trabajo estables y
bien pagos.
Para Zafra, el trabajo cultural, académico y artístico
replica los vicios que existen en los trabajos de cuidados: tienden a ser
feminizados para restarles valor y no pagarlos o pagarlos mal. El mundo del
arte, de la cultura y de la academia, además, están atravesados por una
creencia que ha hecho mucho mal desde hace mucho tiempo: pensar que son
trabajos “del espíritu” y que el dinero los corrompe. Por esta razón,
deberíamos hacerlos “por amor” y no esperando una ganancia por ellos. El
problema es que hay unos pocos que pueden vivir de esos trabajos y hay
muchísimos que se encuentran mal pagos, cansados y frustrados y que, sin
embargo, sostienen la maquinaria que permite que los primeros sigan
capitalizando su “talento”. Estos muchísimos se convierten en competencia el
uno para el otro, viven aislados, en sus pequeños apartaestudios, en
apartamentos compartidos o en un cuarto en la casa de sus padres, realizando
trabajo virtual, freelance. Este aislamiento impide que se reconozcan
como parte de un colectivo explotado y evita que se unan para conversar y
acordar modos de actuación, para empezar a exigir que las cosas funcionen de un
modo diferente.
Una dificultad adicional es el hecho de que en los trabajos
del sector cultural y creativo cada vez hay más dificultad en distinguir entre
el profesional y el aficionado, porque las herramientas tecnológicas y las
redes sociales están al alcance de muchas personas que pueden compartir sus
talentos, su vocación más fácilmente (“gratis”), y porque la fama construida en
unos días o en unos meses puede llegar a pesar más para una editorial, para una
galería, para una productora, que una obra construida en años.
“¡Enhorabuena has sido seleccionada para evaluar un artículo!”
Zafra también habla en su libro de las dificultades que ha
tenido para publicar sus trabajos por la mezcla que hace entre investigación y
creación, entre diversas áreas del conocimiento, entre discurso ensayístico y
literario –y El entusiasmo es una
buena muestra de ello-. Entiendo de qué habla y qué nos dice esto sobre las
formas rígidas de la academia. Desde hace 10 años, hago algo que está a
medio camino entre las humanidades y las ciencias sociales, que dialoga, sobre
todo, con la literatura –mi área de formación-, pero a veces más con la historia
cultural, la sociología y algunas veces con la etnografía. Este año, una vez más, una revista de historia me dijo que mi artículo no es de su área y
también una revista sobre lectura y escritura me dijo que el mismo artículo sobre
historia social de la cultura escrita no es de esa área; he conocido sociólogos
que afirman que las y los profesionales en estudios literarios no podemos hacer
sociología de la literatura porque no somos sociólogos, y antropólogos que
afirman que tampoco podemos hacer etnografía. Dirijo una revista de estudios
literarios y cada vez me convenzo más de que en ellos somos más abiertos a
dialogar con otras áreas de lo que lo son las y los colegas de ciencias
sociales -y quizá por ello nos respetan menos como académicas y académicos,
pero prefiero esta flexibilidad a encerrarme en más rigidez científica de la
que ya tenemos-. Mientras un historiador o historiadora, sociólogo o
antropólogo puede escribir sobre literatura y enviar y, la mayoría de las
veces, publicar sus artículos en revistas académicas de literatura, un o una
profesional en estudios literarios no puede enviar su artículo de historia
cultural a una revista de historia si no tiene títulos de historiador o
historiadora o si su tema coquetea con objetos de investigación que no son
tradicionalmente históricos.
Cada vez me aburre más pasarme días enteros formateando un
artículo para que se acomode a las normas de extensión, citación y referencia
de la revista que he elegido para enviarlo -ojalá aprenda pronto cómo hacer que
la IA haga este trabajo-; cada vez me aburre más que el Comité Editorial me
diga que no, no por la calidad del artículo, sino por su temática, porque eso
significa otro día perdido buscando otra revista y acomodando en otro formato
el texto para un nuevo envío. En esos dos envíos ya se ha ido más de la mitad
de un año, si la revista es responsable con los tiempos de respuesta a las
autoras y autores… Cada vez me dan más ganas de publicar solo libros, aunque
también cada editorial universitaria pida normas distintas y se demore incluso
más meses para dar una respuesta sobre la propuesta que le hemos enviado. Para
una escritora o escritor, para una investigadora o investigador, publicar es la
manera que tenemos de ampliar nuestra voz, de compartir nuestras ideas,
nuestros descubrimientos, así sea con un pequeño público, como lo es el público
lector académico. Por más críticas que se le puedan hacer -y con toda razón- al
sistema de puntos salariales de las universidades y al sistema editorial
académico y universitario, este no es peor que el sistema editorial
independiente o el de los grandes grupos. Al menos, en el universitario –en su
mayoría- nos reciben nuestros textos y tenemos más seguridad de que nos den una
respuesta por ellos. Al menos, en el universitario aún nos escuchan, aún les
parece que tenemos algo que decir. A las otras editoriales no les interesamos;
para ellas, no existimos. Algunas y algunos dirán que quién nos manda a no
saber escribir o a investigar sobre temas insulsos; yo digo que las editoriales
no universitarias son mundos muy cerrados aún, en los que dependes de si
conoces o no a la editora o al editor o de si te conocen, de si les caes bien,
de si te ven posibilidades redituables a corto plazo.
Aún con la desidia y la tristeza que me produce pasar un día
o una semana buscando revistas para publicar y acomodando mis artículos, aún
cuando cada vez soy más consciente de que produzco conocimiento para seguir
alimentando a las voraces IA del planeta, sé que es la única manera que tengo
para publicar lo que escribo, porque en estas revistas o en estas editoriales
universitarias no importa (habrá algunas excepciones, por supuesto) si te
conocen o no, si les caes bien o no, si te consideran su par o no, si te
consideran uno de los suyos o no; lo que importa es que tu texto se acomode al
sistema, uno muy imperfecto en donde las áreas son rígidas, en donde las
evaluadores y los evaluadores hacen, por lo general, mediocremente su trabajo
(porque no es pago), en donde la visibilidad de las publicaciones depende de
sistemas exógenos y cuantitativos que desestimulan tanto el pensamiento
creativo como el rigor científico, que requieren de innovación y de paciencia. Sin
embargo, aún con esta imperfección del sistema, entrar en él es menos difícil
que ser publicado por una editorial independiente o de un gran grupo
transnacional y solo por ello mi posición seguirá siendo de defensa -sin
abandonar la crítica y las ganas de cambiar lo que no funciona- de ese sistema
editorial universitario al que agradezco por haberme convertido en lo que
siempre deseé ser: una escritora.
En el capítulo “La cultura indexada y el declive de la
academia”, Zafra hace una crítica de estos mismos aspectos. Ella puede hacerlo,
porque la publica Anagrama, pero no todas ni todos podemos publicar con
Anagrama ni ganarnos un premio de ensayo que nos abra la puerta de una
editorial fuera del circuito universitario. Me encantaría que mis libros los
publicara Anagrama, pero sé que los temas de investigación de los que me
interesa escribir son de interés para un público especializado, pequeño,
pequeñito. No se trata de negarme a soñar con que algún día uno de mis libros
sea publicado por una editorial con un alcance mayor al de las editoriales
universitarias de mi país, sino de mirar hacia dónde hay mayor equidad. Creo
que este cerramiento del mundo editorial más comercial y la rigidez del
universitario es el principal motivo para que cada vez haya más libros
autopublicados.
Me fascina la pregunta de Zafra que sirve como título de
este texto, me fascina porque es la primera vez que la veo en una reflexión
para un público amplio, sobre el trabajo creativo y académico. La sociología de
la literatura sí la ha tenido muy presente, pero en investigaciones que
circulan entre públicos especializados. Este libro de Zafra pone la pregunta en
primer plano: ¿De qué vive una escritora, un escritor, una investigadora o un
investigador? ¿Cómo paga las cuentas mensuales una escritora o un escritor, una
investigadora o un investigador? ¿Cotiza salud y pensión una escritora o un
escritor, una investigadora o un investigador? ¿Puede vivir una escritora o un
escritor de las invitaciones a eventos, de las columnas en la prensa, de los trabajos de correcciones de estilo, de sus
talleres de escritura creativa o de literatura, de los adelantos o de las regalías de las editoriales? ¿Puede vivir una investigadora o investigador de dar clases
hora cátedra y de evaluar proyectos de MinCiencias y de universidades? ¿Cómo es la
salud física y mental de una escritora o de un escritor, de una investigadora o
de un investigador?, ¿qué hacen cuando se enferman? Estas preguntas importan,
de esto deberíamos estar hablando mucho más: de la precarización del trabajo
creativo, cultural y académico; de decir más y más veces “no” cuando quieren
pagarnos con promesas de más ojos o de más oídos, de más contactos; de decir
más y más veces “no” cuando ya no necesitamos tanto más ojos y más oídos ni más
contactos y, sin embargo, contribuimos con nuestros “sí” a la precarización de
los demás; de decir más veces “no” a renunciar a nuestros descansos para seguir
trabajando; de decir más veces “no” a publicar en revistas académicas que
cobran por publicar; de decir más veces “sí” a revistas académicas que no nos darán puntos
salariales, pero sí más libertad de creación; de decir más veces “no” a
editoriales que no tienen un proceso claro y transparente de publicación, que irrespetan el tiempo y la creatividad de autoras y autores.
El libro de Zafra es, pues, un libro muy necesario para nuestra generación y para las que siguen –pese a sus repeticiones, a sus lugares comunes, a un par de capítulos que le sobran-, una invitación a ponernos un lente “íntimo y político” para que nuestras actuaciones en los ámbitos cultural, artístico y académico sean más sensibles a las inequidades, para que nuestras decisiones no las sigan alimentando, perpetuando.
Remedios Zafra. El entusiasmo. Precariedad y trabajo
creativo en la era digital. Barcelona. Anagrama: 2018.