![]() |
| Portada Tomo VIII / Último Reino / Quignard |
Por Marcela Ocampo
Escribir, para Quignard, es un destierro incesante que busca lo perdido, el estremecimiento que hay antes del tiempo y que solo puede depositarse en la alineación de las letras negras inscritas en la página. La escritura no toma la palabra, no rompe el silencio.
Según refiere en el undécimo tomo de su «Último reino», hay una relación inescrutable entre la depresión y el tapiz, entre la melancolía y el bordado. Durante años Quignard concibió tapices inmensos para que lo insoportable transcurriera, para que naciera algo que no fuese un rostro: un paisaje, una puerta, un lugar. Miniaturas de manuscritos reproducidas en papel de estraza para trasladar al lienzo del tapiz; entre ellas, carabelas en el mar, gabarras entrando al puerto de Ragusa, Eros en la alcoba de Psique a punto de volverse cuervo, el ladrón Renard pergeñando su estafa. Había en ello una suerte de necesidad de remontarse a las ruinas de todas las cosas, con esa misma obstinación con la que, incluso en la cercanía de la muerte, él insiste en seguir leyendo.
La lectura y el tejido no toman la palabra, no rompen el silencio. Entonces, otra miniatura se suma al tapiz: la Tejedora de almas (2015) de Guillermo Vélez no toma la aguja para forjar enlaces, ligaduras; abre huecos, en cambio, en la costura, crea un rostro sin definición de las formas como rechazo a la unidad. Como el niño absorbido por los libros en uno de los textos de Quignard, «cuyo rostro fue dado a cambio de la faz de la muerte». Un exceso de soledad; un encierro de pinceladas púrpuras y rosas.
Entre la concentración de la lectura y la contemplación en la lectura que se suspende: la muerte, a lo mejor un alma; luego la «fisura edénica», luego la «extraña oquedad», un intervalo como «barranco formidable», las puntadas y las sombras, el color.
