Crónica sobre el terremoto del 10 de agosto de 2026 en Colombia
Por Isabella Lamprea Trujillo
Es domingo. Planificamos mental y físicamente el comienzo de una nueva semana. Para algunos, es un día de descanso en casa, una pausa necesaria para recuperar fuerzas y no llegar agotados al lunes. Encendemos el televisor o permanecemos conectados a las redes sociales como una de las maneras en que entendemos el “ verdadero descanso”. Seguimos una rutina que de alguna manera, nos hace sentir que sabemos qué viene después. Pero, en ocasiones, olvidamos que el cambio puede llegar en cuestión de segundos: sin avisos, sin premeditaciones, simplemente sentimos la alteración. Aquellos 90 segundos en los que el pulso de la tierra alteró el nuestro y que permanecerán durante años en la memoria de quienes los vivimos.
Hay algo particular en el corazón: mientras mantiene su ritmo, rara vez pensamos en él. Un latido sigue a otro, marcando un compás que casi nunca percibimos. Con la tierra ocurre algo parecido. Vivimos sobre ella sin detenernos a pensar que bajo nuestros pies existe un movimiento permanente, un pulso que forma parte de nuestra existencia. Pero cuando ese ritmo cambia, comprendemos cuánto dependemos de su constancia.
El 10 de agosto de 2026 comenzó como cualquier otro día, hasta que la tierra cambió su ritmo y por unos instantes, todo pareció detenerse.
Salí corriendo con mis padres hacia los jardines de la casa. Aunque siempre había vivido agradecida de estar rodeada de árboles, en ese instante solo pensaba en qué momento podrían venirse encima de nosotros. Cuando finalmente terminó, recuerdo haber quedado en completo shock, intentando comprender cómo era posible haber sentido aquellos movimientos debajo de mis pies. Estaba en el jardín, completamente descalza y agarrada de la mano de mi madre.
Las pantallas dejaron de ser entretenimiento para convertirse en fuentes de información. Esa misma información fue la que me permitió llegar casi de inmediato a los lugares afectados. Aun así, seguía sin comprender del todo qué estaba ocurriendo ni qué me esperaba.
Recuerdo la sonrisa de mis padres al saber que iría a ayudar, pero también podía ver la preocupación en sus ojos.
Mientras caminaba hacia una de estas zonas afectadas en Cali , encontré fachadas derrumbadas y escombros sobre las veredas. Con cada paso, mi ansiedad aumentaba. No conocía con exactitud la ubicación, pero continué hasta que una gran montaña de escombros me marcó el final . Varias personas estaban encima de esta , formadas en una fila, retirando lo que había quedado de un edificio.
La imagen era tan irreal que me detuve durante unos cinco segundos, preguntándome si aquello era un sueño demasiado vivido.
Al girar hacia mi izquierda, encontré un parqueadero que se había convertido en refugio para los pacientes que habían tenido que ser evacuados de una clínica. Había personas en el suelo, algunas con carteles hechos a mano sobre el pecho con sus nombres y una clasificación marcada por sectores y cinta amarilla: desde pacientes de cuidados intensivos hasta pacientes de piso.
Por un momento, me acerqué nuevamente a la zona donde continuaban retirando los escombros. Se escuchaban gritos preguntando si había alguien con vida. Veía rostros marcados por la preocupación y el cansancio, pero también por la esperanza.
Me acerqué a una persona de la Cruz Roja y pregunté:
—¿En qué puedo ayudar?
Su respuesta fue sencilla:
—”Agarra guantes y tapabocas. Estamos esperando sobrevivientes.”
No puedo explicar cómo aquella frase marcó mi despertar. Fue lo que me hizo entender que no estaba dentro de un sueño, esto era real. Y si por un momento había sentido que todo era irreal, era porque estaba ocurriendo en mi país, en mi hogar, en el Valle que llevaba en la sangre y que ahora me llamaba. También me hizo recordar cuánto había olvidado lo que significaba estar aquí después de tantos años viviendo en el extranjero.
Durante las horas que siguieron, vi cómo el miedo comenzaba a convivir con algo más poderoso: la necesidad de ayudar. Personas que no se conocían compartían agua, comida, herramientas, información y palabras de aliento. Cada persona parecía encontrar una manera distinta de sostener a otra. Ese día no vi a los caleños sonrientes y bailando salsa. Ese día vi el significado de la empatía en los caleños.
Desde entonces entendí la empatía desde otra perspectiva. Comprendí la humanidad en su versión más pura y frágil, cuando todo parece desmoronarse. Desde aquel día decidí no parar.
El impacto de un terremoto no termina cuando la tierra deja de moverse. Hay movimientos que continúan mucho después, aunque ya no puedan medirse con un sismógrafo. Permanecen en el cuerpo, en la memoria y en la manera en que volvemos a mirar aquello que antes considerábamos seguro.
Después de aquellos 90 segundos, nada parecía exactamente igual. Las calles que minutos antes eran parte de nuestra rutina se transformaron en escenarios desconocidos. Una fachada derrumbada podía convertirse en el recuerdo de un hogar; una puerta abierta, en la incertidumbre de quienes aún buscaban a alguien; una montaña de escombros, en la esperanza de encontrar una vida debajo de ella.
Pero también hubo otro impacto, uno menos visible. El terremoto nos recordó, de manera abrupta, lo frágiles que somos. Nos hizo comprender que aquello que damos por sentado; una casa, una cama, una conversación pendiente, la presencia de nuestros padres, un abrazo puede cambiar en cuestión de segundos.
Quizás se volvió un cliché decir que debemos “ vivir el presente”, vivir aquello que nos hace sentir vivos. Lo repetimos con tanta frecuencia que en ocasiones, las palabras pierden su significado.
Llevamos una vida tan acelerada que olvidamos incluso respirar correctamente, mientras permanecemos en una alerta casi constante. Olvidamos abrazar sin prisa, tener tiempo de calidad, sentarnos a conversar tranquilamente mientras disfrutamos de la brisa del valle, jugar una partida de parques o sonreir a la persona que se encuentra a nuestro lado.
Nos acostumbramos tanto a correr que en ocasiones, confundimos estar ocupados con estar vivos.
Y quizá la pregunta más difícil no sea cuánto tiempo nos queda, sino qué estamos haciendo con él. Si cada día pudiera ser el último, ¿realmente estamos eligiendo vivir o simplemente estamos aprendiendo a sobrevivir? ¿A quién estamos abrazando? ¿A quién estamos dejando para después? ¿Qué conversaciones seguimos aplazando? ¿Cuántas veces decimos que no tenemos tiempo para aquello que en realidad más nos importa?
El 10 de agosto entendimos que la tierra también tiene un pulso. Ese día cambió su ritmo y cambió también el nuestro.
Cuando la tierra deja de temblar, el corazón continúa latiendo.
En memoria de quienes se fueron y de quienes dedican su vida a salvar la de otros. (Dra. María Victoria Guzmán , Dra. Julisa Figueredo, Dra. Perla Constanza Álvarez, Enf. Sandy García, Piloto. Mehmet Cankaya)
