Miroslava Rosales (San Salvador 1985). Tiene a cargo El Monstruo Editorial y la sección “El vértigo de Hispanoamérica” de la revista Kiliedro. Su trabajo aparece en la antología Nuevas voces femeninas de El Salvador (2009), publicada por la Editorial de la Universidad de El Salvador; Una madrugada del siglo XXI (2010), selección, prólogo y notas por Vladimir Amaya; Las perlas de la mañana siguiente (2012), antología del taller literario El Perro Muerto; y en las revistas Palabras Malditas, La Comunidad Inconfesable, Cuadrivio, GRUNDmagazine, Paperfront Magazine, Excodra, La Hoja de Arena, Rojo Siena, Síncope, Ars, Cultura, Analecta Literaria, Contracultura. Cuento.



Con Andrés teníamos a una gata llamada Norma Jean, era hermosamente negra, altiva, con unos enormes ojos dorados y con un aura impenetrable. La amé desde que la trajo una noche de lluvia, envuelta en una pequeña tela roja. Me dijo que se la habían regalado en la oficina, y que sabía que nosotros seríamos los más indicados para cuidarla. Inmediatamente aprobé su decisión.
Andrés trabajaba en una ONG como antropólogo, y yo dictaba la cátedra de literatura latinoamericana en la universidad estatal. Nos conocimos dos años antes de traer a Norma Jean a nuestro apartamento, ubicado cerca de mi trabajo, para ser exacta a cinco minutos. Lo habíamos decorado con mis fotografías, y al principio solo teníamos de patrimonio nuestros libros, la cocina, una mesa de plástico, dos sillas, nuestra cama y las dos computadoras portátiles. Precisamente recuerdo nuestro primer encuentro: una tarde de junio en un centro comercial nos citamos después de haber pasado quince días chateando por Facebook, y entonces tendí el puente a su mundo de mar y claridades.
Los gatos ocupaban un puesto importante en su vida, y Norma Jean se volvió de pronto en la tinta indeleble de nosotros. De pequeño siempre habían aparecido, uno tras otro; a veces los recogía de la calle o simplemente dejaba que la estirpe continuara. En la casa de su madre albergaba cinco, y esto que ya había regalado varios a los vecinos y amigos. Pues bien, con Andrés teníamos muchas más afinidades, y sin duda, la literatura era de las más valiosas. Disfrutábamos (éramos cómplices en tantas cosas) que Norma Jean nos contemplara cuando hacíamos el amor. Nos sentíamos vigilados, y eso nos producía placer. La gata, en el silencio, constataba nuestros movimientos, mi llamado, la manera tan suave y a veces tan abrupta en la que Andrés sumergía su sexo en el mío, y me elevaba con sus caricias a un hermoso patio colmado de girasoles y hierba verdísima bajo un sol pleno de vitalidad y ternura. A veces, Norma Jean saltaba del escritorio de la habitación a nuestra cama cuando estábamos fusionándonos o le encantaba rozar la piel de mi pareja cuando terminaba. Nos despertaba muy temprano por su ración de Whiskas.
Pero sucedió que una noche, cuando regresé de una conferencia, nuestro edificio se destruyó, se volvió ceniza esparcida en el aire, una a una de sus columnas sucumbieron para dar paso al silencio. Andrés había estado tomando mucho. En el basurero y en la sala, habían muchas latas de cervezas vacías, y a esto había que sumarle una botella de ron ya terminada. Supongo que alguien lo había acompañado, pues no creo que solo hubiera consumido esa cantidad exorbitante. Pues bien, noté que había dejado encendida su computadora, y yo necesitaba trabajar en unos escritos. Pensaba apagarla y ocupar la mía, juro que esa era mi intención, solo que había dejado su cuenta de Facebook abierta. La cerraría: respetaría su privacidad, pero alguien lo saludó con un “amor”. Sospeché que podía ser una broma, un error, no sé. Era una chica que no conocía, así que le correspondí (mi curiosidad me venció). Ella preguntó cómo me sentía, y añadió que extrañaba mi cuerpo, que deseaba explorarme, y yo (¿cómo pude ser tan fría?) le dije que también; ella continuó preguntando si me acordaba de ayer, y yo “claro, no podría olvidar algo así”. Revisé su perfil y supe que estudiaba antropología, y que teníamos la misma edad y varios amigos en común. Me parecía una chica un tanto superficial (me causó rechazo su imagen) o más bien tuve envidia de su cuerpo torneado y exuberante. Pero no podía creer que Andrés me estuviera engañando, que después de tanta entrega me eliminara (era evidente que su comunicación ya venía de semanas, como pude comprobar con los mensajes y que sus encuentros habían sido desbordantes). Me decepcioné del amor que nos habíamos prometido (qué palabra más fuerte y cursi hoy que lo pienso) más allá de los papeles y el confort. No sabía si seguir con la conversación y presentarme, pero ella escribió:
―Noto que estás ocupado...
―No es eso ―respondí a los minutos, conteniendo mi devastación―. Solo me había levantado por un vaso de agua.
― Ah... bueno, y qué haces, amor — (¿Desde cuándo existía otro ser que le llamara como yo?)
―Terminando unos informes para mañana. Debo marcharme, la verdad. Lo siento―. No sé cómo tenía fuerzas para continuar tecleando y fingir. ¿Sabía de mi existencia esta chica?
―Bueno, me despido, ya no te molesto más. Besos.
―Gracias.
Y cada palabra fue un disparo, cada palabra agujereó los días que vivimos en el apartamento. Nuestro amor era un fraude como cada palabra que sirvió de ladrillo para nuestro edificio. Creía realmente que estábamos construyendo un “nosotros”, un “nosotros” perdurable y transparente, que podríamos seguir creciendo como nuestra biblioteca. Deseaba golpearme por lo ingenua que había sido, quería volcar toda mi fuerza contra la pared. En ese momento, podría haber raspado mis dedos. ¿Qué podía salvarse del edificio?
Norma Jean se subió al escritorio, y solo recordé cuando apareció en nuestra felicidad, pero qué felicidad me dije si ya ha parado en el tragante, si ya no podría ni siquiera dejarme tocar por Andrés. Me repugnaba imaginarme que haya venido a casa esa tal Estela, y se hubieran revolcado entre mis sábanas, y haya tocado mis cosas, y que le llamara gatita hermosa, y que yo bien gracias trabajando, y que se riera de mí. No sé, me atormentaba todo lo que tuviera que ver con nuestra relación, porque evidentemente había abandonado muchas oportunidades por sostener eso que llamábamos amor, y que hoy mostraba sus grietas sobre el pavimento.
Me levanté de la silla, y tomé entre mis brazos a la bella Norma Jean, a la suave Norma Jean, y empecé a caminar formando un laberinto.
Escuché que alguien intentaba abrir la puerta. Solté a la gata. Abrí. Andrés volvía y sentí su fuerte transpiración cuando se acercó e intentó besarme como de costumbre. Lo detuve. Lo odié. Le grité (admito que le hubiera escupido):
―¿Por qué me has hecho esto?
―¿El qué?
―Pues esto― y señalé la pantalla.
Se sentó, leyó el breve intercambio de palabras, aunque fulminante, y en un evidente tono de derrota dijo:
― Sé que debo explicarte... Solo espera que te explique...
―La verdad no merecía que jugaras así. Me siento burlada, Andrés. Podía esperarlo de otras personas, pero no de vos, no de vos, no de vos. Yo que siempre antepuse nuestra relación a mis demás proyectos.
— Lo sé. Entiendo, pero es que...
― No hay nada que explicar ya. La confianza que te tenía simplemente se ha destruido. No puedes esperar que después de esto continuemos bajo el mismo techo defendiendo lo indefendible.
―Óyeme, amor... pero es que... es algo más complicado de lo que parece.
―Por favor, en primer lugar, no me llames “amor”, ya no soy nada de ti. En segundo lugar, nuestra constelación es ya del pasado, y todo aquello que una vez fue hermoso, y que nos unía, o al menos así pensaba, pues ya no existe.
―Alejandra, sé que merezco tu desprecio, y solo puedo decir que has demostrado ser una mujer impecable en todos los sentidos, y que no...
―Andrés, por favor, mejor vete. Me hace daño tu presencia. No te preocupes por tus cosas, que no te robaré nada.
Él se hundió en un torrente de silencio como queriéndose aclarar lo sucedido. Sin duda, el río se había desbordado y ya no podía hacer algo para salvar los fragmentos que aún pudieran persistir.
―Estaré en la casa de Ernesto (su viejo amigo). Regresaré cuando estés con más calma ―y tomó las llaves del carro.
Alejandra se tiró al sofá rojo a llorar como cuando de pequeña se dio cuenta de la muerte de su madre, volvía ese sentimiento corrosivo de la orfandad. Norma Jean la miraba desde el escritorio como una esfinge. Horas más tarde también desaparecería para siempre.


Foto: Norma Jean antes de transformarse en Marilyn Monroe, Google Imágenes/ 

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