Por ARTICULOS PIROPOS STANISLAUS BHOR

Hermenéutica del piropo bestial


Por Stanislaus Bhor

I
Berlín ha caído, arrasada por los combates entre la Volkssturm (Tormenta del pueblo) y el ejército rojo que va tomando calle a calle, va quemando casa por casa, en dirección al Reichstag. En una de las calles liberadas se asienta un cuerpo del ejército ruso. Allí ocurre la historia: una mujer decide, después de ser violada por una veintena de hombres, que lo mejor es conseguirse un dueño con poder, porque si le pertenece a uno, no le pertenece a todos, pero, si no es de nadie, cualquiera la tomará a su gusto y uso.
La película se llama Una mujer en Berlín, y está basada en el diario anónimo de una de las mujeres tomadas como botín de guerra por el ejército Ruso a la caída de Alemania, en abril de 1945. Todas sus escenas destacan la furia y el encono de un ejército ensañado con la población civil, inerme, como retribución a la sevicia que mostró el invasor nazi al asolar Rusia. Paradójicamente, serán las mujeres humilladas las que comprenderán el encono y los motivos del humillador.
La trama está compuesta por escenas de bacanal, casi festivas, celebraciones por la derrota del contrario y violaciones reiteradas. En una de esas escenas que destila testosterona, un oficial menor del ejército rojo ha sido herido. La enfermera del cuerpo de ambulancia, rodeada de un corro de soldados, se dispone a extraer la esquirla y hacer curación de la pierna del oficial. El oficial, malherido, al ver la botella de antiséptico con que será cauterizado, sugiere a la enfermera: “mejor oríname la herida”.
Los soldados celebran este humor de quirófano. Todos ríen. La protagonista, alemana, pasa de largo y oye la escena y se abraza a sí misma, como protegiéndose de las miradas testiculares.

II
En ocasiones, la metáfora más eficaz está en la inversión, la desnudación (si se permite) de la metáfora: su revés. Asociar los senos de una mujer, de poco busto, con pandebonos, es una metáfora de mecánicos. El origen está en la experiencia de la textura del pandebono (según el libro de Sofía Ospina es un pandequeso, blando y tímido, de ligera elevación). La metáfora resulta una experiencia poética si se usa a la inversa: el que muerde un pandebono y evoca la tesitura del seno de una mujer.
En el universo del piropo bestial, de mecánicos, y obreros,  las partes de la mujer suelen convertirse en partes de un bistec, o en comestibles diversos: “qué jamona”, “toda esa carne y yo con hambre”, “mami, qué pechugotas”. Comentarios que manifiestan el querer hacer con la presa un puro gulash. La inversión de la metáfora ennoblece al objeto inanimado –una experiencia gustativa- al transformarlo en una imagen de la voluptuosidad: vinos que saben a leche de la mujer amada, por ejemplo.
Decir de las tetas que asemejan pandebonos o pechugas o los muslos jamones ¿es todo lo que puede dar un mecánico? Las bisociaciones son lo más fácil, porque el piropo nace de juntar dos experiencias conocidas: una lúbrica con una gastronómica, ambas hedonistas. En ironía y circunloquios, sin embargo, hay algunas piezas magistrales de mecánicos que funcionan con una lógica distinta, el giro abrupto: “lindas piernas, ¿cuándo se abren?”.

III
Uno de los piropos más bestiales de que tengo noticias lo repetía, en el colegio donde estudié, el loco Valbuena (quien antes de la graduación decidió sumarse a un grupo paramilitar): “Dime dónde cagas para ir a revolcarme”.
Era esa la forma de elogiar la esteatopigia de un culo inenarrable (de cuya dueña sería mejor no acordarme).

Vivo en una casa con dos mascotas ancianas. Una vez al mes, cuando su ama las baña y las acicala con champú recamier, y las peina, y las saca a pasear, las perritas esperan el momento del descuido para revolcarse justo en el sitio donde percibieron un ligero olor a mortecino, o donde reposan las boñigas de un caballo. Los mulos que empujan los vehículos de tracto animal (transporte usual de recicladores en este pueblo con ínfulas de llegar a ser ciudad) al no ser alimentados con pasto y heno, sino con sobras de comida humana, expulsan un estiércol fétido, concentrado en acidez y similar al de los porcinos, más que de pollinos.
Creo que fue en un libro de David Mamet donde leí que lo que atrae a los perros para revolcarse en la inmundicia es un instinto de supervivencia atávico, heredado del tiempo en que eran salvajes: los perros, asegura Mamet, se revolcaban sobre los restos de animal muerto para camuflar su olor y despistar a los depredadores. Hace años leí, en un reportaje sobre técnicas de camuflaje de drogas implementadas por el genio delictivo de Pablo Escobar, que el capo incluyó mierda de tigre para frotar a los embarques de cocaína. Al embadurnar con mierda de carnicero los cargamentos que saldrían por el aeropuerto internacional, lograba despistar a los perros antinarcóticos. Estos, entrenados para detectar droga con el olfato, al percibir los rastros de tigre, empezaban a llorar, de miedo, se apartaban lo más lejos posible del carnicero, olvidándose así de la droga que volaba directo de Colombia a una fosa nasal en Estados Unidos.

“Dime dónde cagas para ir a revolcarme” es, parece, un instinto atávico, y no un elogio del culo.


IV
He consultado a varias amigas para sondear si a ellas gusta o disgusta que los hombres lancen piropos ásperos en la calle (y en el fondo, para ver si confiesan cuál es el más ingenioso y el más denigrante que les han aplicado). Las opiniones están divididas: al cuarenta porciento le agrada el piropo bestial, y al otro cuarenta porciento le disgusta los galanteos morbosos. El último veinte por ciento no sabe/no responde.
Son cinco amigas las que conforman esta tímida muestra estadística; dos de ellas se mueven en un contexto universitario (las que les desagrada) y otras se movilizan a diario en espacios populares, lo que les obliga a recibir galanteos en talleres, esquinas, callejones, buses y, tal vez por ello, han aprendido a convivir y ni les va ni les viene.
La mitad más una vive en ciudades multiénicas y pluriculturales como Bogotá y Medellín y Bucaramanga, y las dos restantes en un pueblo de idiosincrasia santandereana. Las que se ofenden, sin embargo, no dejan de sonreír en privado si el piropo contiene una ironía sutil: es decir, si el significado real es opuesto al literal.
Los piropos que más les agrada (a toda la muestra, en común acuerdo) son los que destacan partes de su cuerpo (cuando al galanteo coincide con la parte que más les gusta a ellas embellecer), o con aquellos observadores acertados que destacan precisamente el lugar donde más se retocaron antes de salir de casa. Ejemplo: algunas se sienten orgullosas porque les alaban el escote el día que pasaron horas eligiendo la blusa más vaporosa para un día de sol. Y a otras agrada que les alaben las piernas cuando llevan zapatillas y minifalda para descrestar. Un ejemplo de giro significativo, y detallismo agudo, es este: “o se te alargaron las piernas, o se te acortó la falda.” A otras oir comentario sobre los ojos que se esmeraron en delinear "pero éste es el colmo, compañero":
-Mamita, tienes unos ojos como para chuparte las tetas.
El más vulgar que le han dicho a una, que llamaremos, a efectos de la ficción, Yuain, se lo dijo un moreno, acento costeño, camisa floripondia, en la facultad de ingeniería de la Universidad Industrial de Santander (valga decir que Yuain es alta, esbelta, espigada. Usa tacones con medias de mallas y es litigante de derecho). El costeño exclamó: “Uy, qué hembra tan alta, apenas le doy puelculo”.
Yuain sintió hielo en los bajos, el corazón que le palpitaba en las sienes, vino una náusea, y luego de aplicarle la cara más ruda que pudo invocar, murmuró un adjetivo adecuado al tamaño de la expresión, despectiva, midiéndolo de abajo arriba: “cagajón.”
Los compañeros del costeño le celebraron el boomerang con una carcajada, y desde entonces el caribeño fue conocido como “Cagajón” en toda la Universidad Industrial de Santander.
Las que están acostumbradas a oír a diario piropos de albañiles, vendedores ambulantes, obreros dela rusa, nada las sorprende. “Ahí viene una reina…”, dijo el ruso al ver pasar la dama por ese pequeño campo visual abierto a sus ojos morbosos desde el palco del andamio. La dama irguió la testuz, caminó en puntas de pies, se pavoneó ante la mirada de otra transeúnte que volteó a mirar a la halagada, y luego empezó a desmoronarse por dentro cuando el mismo albañil corrigió: “…con pechos de varón.”
A la misma dama, otro día, mismo albañil, dejando de trabajar, le gritó desde el andamio: “Mi vida, cuando te miro siempre se me pone duro… el cemento”.
La que dice no saber y no responder si le gustan o disgustan, es una amiga especial: tan desprevenida y andrógina que ni siquiera advierte cuándo un hombre le dedica un elogio a sus dos tetas tipo Fellini. Apenas ayer, en la venta de películas piratas de la carrera séptima con calle 19 -centro de Bogotá-, le dijeron el siguiente, que es casi una muestra de trato diferencial para con el prógimo: “por ser a usted se las dejo en mil”. Sentí envidia, de su par de tetas, porque el tipo no se lo dijo mirándola a la cara sino al sostén, y eso es  pura y dura discriminación sexual: ¿por qué tenía yo que pagárselas a dosmil? ¿Por no tener un par de tetas tamaño Anita Ekberg? Parece.)


V
Soy demasiado nervioso y tardo en el pensar, como para decirle una sandez a una desconocida. Sin embargo, tuve una efervescencia sexual hacia los 13 años que me dejó interiorizada una fórmula, y es evocándola con que empecé a escribir estas notas sobre el piropo bestial. Es el más vil que he oído y, lo acepto, inferido (en mi descargo solo puedo alegar que me enseñó a rezarlo mi amigo Abel Antonio Merchán). Está en verso, y recordado así, en la cara melosa y extasiada de mi amigo Abel, resulta casi una plegaria responsorial:

“Oh, estrella matutina, si no me das tu vagina, me hago la paja en la cama y me la suerbo como una gallina.”

A primera vista, empieza como los poemas heroicos, con admonición a la diosa, en un vocativo inusual: “oh, estrella matutina”. La estrella matutina es venus. Venus es la deidad del amor griego, que recobraba la virginidad al final de cada hora de amor (venéreo viene de su nombre). Luego, el orate amenaza de constricción a la diosa: exige placer o anuncia que con o sin su beneplácito se lo proporcionará a sí mismo, al modo bíblico. Y remata, con la imagen temible del devorador de su propia simiente. Un piropo bestial de edad masturbatoria. Lo que me sugiere es que los usos del piropo, como los libros, como las universidades, como los barrios, tienen edad, tienen estrato, nivel de escolaridad, carácter y estética.

VI
Recuerdo otros más rubicundos, que practiqué en una adolescencia de gañán. Al paso de la niña punk del pueblo, un mamasanto (que se las daba de santo) al que recordaremos aquí simplemente como "morbosón", se quedó mirando su pelo recortado sin orden, sus jeans rotos, su cigarrito en la comisura, y dijo: “si usted me lo da, me fumo una libra de marigüana.”
Ella volteó y le estampó un beso.
Por eso la amábamos.

VII
Pero volvamos a las damnificadas del mal gusto: A Loló, mi amiga, actriz de teatro, le bajaron las ínfulas de impactar por la silueta con esta falsa atribución: “adiós, mamitarica, nos vemos en el circo”. Traumatizada, jamás volvió a usar el pantalón de soles dorados que compró a los hippies del mercado de las pulgas.
“Se lo maman a uno y después no conocen”, le dijo un transeúnte, con atavíos de metalero, a dos de mis encuestadas.
Otro aclaró: “están ricas las dos, para que no peleen”.
A las otras dos una voz les preguntó, al oírlas gritar una expresión de júbilo por ver a la estrella Manu Chao en una calle bogotana: “¿Se humedecieron?”
Otra, primer año de maestría, sociología, universidad de Antioquia, me sugiere que en boca de damas y no de hombres, ha oído peores muestras de obscenidad:
“Adiós, tarrao” dicen en Medellín las mujeras a los mujeros.
“Te espero en mi cama, corazón de melón, con condón puesto y sin pantalón.”
El más hermoso que le han dicho a mi dama, lamento no habérselo dicho yo: fue un susurro, proveniente de una boca de mendigo, en una calle cualquiera del norte de Bogotá:
“Niña, me tenés caminando en las pestañas”
La elegancia, el decoro, la pureza de la imagen. Si algo no podemos negarle al diablo es el buen gusto.

VIII
Uno de los cumplidos más antiguos de que se tenga noticia lo incluyó Homero, o sus diascevastes, en la Iliada: cuando Helena camina a la muralla para ver el combate entre su marido y su raptor (París y Agamenon), uno de los ancianos que la ve correr murmura al paso: “razón tienen los Aqueos para ir a la guerra por esta mujer”. No dice Homero que es la más bella. Hace que lo diga un hombre en senectud, disminuido para el deseo, con lo que se enfatiza aun más el esplendor de la más bella de las mortales. Lo exaltante es que el deseo que provoca Helena se exprese por la boca de un anciano asexuado, antítesis de la belleza griega.
Otro de los piropos célebres registrados en la literatura, está en Guerra y paz, de Tolstoi, cuando un regimiento de soldados rusos morbosean a la esposa del cirujano de campaña y le piden que les endulce el café. Ella dice que ya no hay azúcar para endulzar en la despensa. El soldado le dice que para él basta con que introduzca el dedito en la bebida. Aquí la mujer es convertida en dulzura, derretida, ingerida, asimilada y transubstanciada en hemoglobina.
Sería un cliché si la dulzura fuera convertida en mujer. El cliché es una imagen que se da con modelos que son estereotipos previos. "Tus labios de rubí" es una falsedad, pero significa que son rojos, intensos, brillantes, hermosos, y que el tipo, además, quiere una mamada.

IX
El coqueteo es una promesa sexual que no se cumple. El piropo galante es aceptado por algunas damas, porque su perfecta selección establece que su uso es metafórico y no literal. El piropo bestial, en cambio, es directo y procaz, sin sentidos figurados; va directo al pistilo y a los estambres. Los piropos, la exaltación de la belleza ajena, son la traslación de una experiencia poética a las imágenes y  palabras y sentidos que más tenemos a mano. En cada uno, su formación, su entorno, su léxico, se define y resuelve por la correcta o ingeniosa selección del adjetivo. No hay alternativas: o usamos metáforas, o usamos piropos bestiales. O decimos lo que pide el instinto, o revestimos el instinto con bellas imágenes, que al final son elegantes falsedades.
Los piropos, como los lugares comunes de la retórica, no tienen propiedad intelectual, pero un genio se esconde en el lugar común (Camus). Genio y poesía hubo en el que dejó dicho estos piropos bastante acrobáticos que encuentro en poemas de distintas épocas:

¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?

Puto es el hombre que de putas fía, /y puto el que sus gustos apetece;/puto es el estipendio que se ofrece/ en pago de su puta compañía

No dejes para el gusano lo que le puedes dar al cristiano.

No desearás a la mujer de tu prójimo, en vano.

¡Niña, usted es pluscuamperfecta!

X
¿Qué diría usted -me preguntaron hace años, a la salida del cine -si se encontrara por la calle a Uma Thurman?
Tres palabras, vinieron a mi mente, al materializarse la aparición:
-Azótame, humíllame, golpéame.
El piropo es la intuición vernácula de la belleza.


XI
¿Cuándo fue que la expresión “echar los perros”, que era en su origen desdeñar, (más aun: expulsar de sus dominios) se convirtió en algo cercano a seducir?
Contexto de uso: “le eché los perros en un viaje a Cajasán, hace exactamente 15 años”.
Una pista, en Biografía del Caribe, sobre Leoncico, el perro de Vasco Nuñez de Balboa: “tirar los perros a los indios, para que los devoren”.
Eran bóxer, los perros que trajeron los españoles, para exterminar indios Arahuacos, en el mar caribe.

XII
La metáfora (definición) consiste en trasladar un sentido directo a otro figurado por una comparación sobreentendida. Un piropo es la forma más irresponsable de hacer metáforas.

Imágenes: ffffound.com / Jane Fonda y Anthony Perkins / Mariel Hemingway, Google Imágenes / Elliot Erwitt, Museo de Prado / 

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2 comentarios:

  1. del sur...
    viva la madre que parió al hijo que plantó el pino del que sacaron el mango del martillo con el que clavaron los clavos de la pila en que te bautizaron... resalá

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