Reseña de la novela Los años 90 del escritor argentino Daniel Link, publicada por la editora Adriana Hidalgo en 2001


Por Stanislaus Bhor

He tenido una fijación anormal por un señor que vivió la mitad de su vida como dama y la otra mitad como adivino, desde que me enteré, años ha, en la interpretación memorable y andrógina que hizo César Badillo para Antígona del Teatro La Candelaria de Bogotá, de su secreto. Se llama Tiresias. El cadmio Tiresias. Y aparece en la Odisea, donde Ulises le cuenta al rey Alcínoo de un viaje que hizo al infierno para que el alma del adivino le revelara una forma para volver a Ítaca, y en Antígona donde anuncia la muerte de los dos hermanos que se matarán mutuamente, y en Edipo Rey donde devela la culpa propia al patricida (y le aconseja no escarbar en el pasado). Tiresias siempre usa frases sibilinas de las que nadie esclarece nada, porque obedecen a una revelación interna que sólo cobrará sentido cuando la profecía se cumpla. La leyenda dice que Tiresias el cadmio era ciego en castigo por haber visto a la divinidad (Atenea) desnuda, pero a cambio de la ceguera los dioses le otorgaron el don de profecía. Otra versión, recogida por Robert Graves, recuerda que Tiresias separó a dos serpientes que se apareaban y entonces Hera lo convirtió en mujer por siete años. Luego volvió a ver otro apareo de serpientes y regresó a su antiguo sexo. ¿Es posible que Los años 90 de Daniel Link sean una especie de cuaderno personal de un Tiresias moderno?

Hay historias que aspiran a no ser literatura y acaban siéndolo. Bien porque su materia se construye con lo que tantos desechan, o bien porque la pericia del autor (¿debí poner astucia?) rescata la materia execrable y la eleva a experiencia estética. Los años 90 de Daniel Link, sin serlo, se han convertido en literatura. Y es literatura hecha con material tan ecléctico como los apuntes para una clase sobre Peirce, con llamadas grabadas en un contestador automático, con diarios de viaje y cuadernos de encuentros sexuales, con diálogos capturados al vuelo, cartas, y papeles varios que al juntarse logran marcar la estela de un vida. Trataré de glosarla, cronológicamente, a riesgo de errar con algún personaje (pero mi religión me impide releer). En el primer capítulo, fechado en 1991, resume las llamadas al contestador de Manuel, un protagonista ausente, un personaje que empieza a cobrar forma y a volverse inquietante por no acudir a escena y se va caracterizando más mientras todos lo buscan pero a nadie contesta: su ex, su hija, su hermano, su socio del cine, su compañera de trabajo, sus amigos, sus amantes (de todos los sexos), todos buscan a Manuel para saludar, para festejar, para una cita de trabajo, para concertar un viaje, pero Manuel simplemente ha desaparecido. El siguiente capítulo, fechado en 1993, es un viaje de un realizador de cine por los festivales de Europa (acaso un diario de ese viaje que Manuel declinó y que siempre creerá, le cambiaría la vida.) El tercer capítulo está fechado en 1995 y son los apuntes para un la clase universitaria sobre Peirce y los niveles de la realidad, tal vez apuntes del propio Manuel. Sigue un capítulo fechado en 1997. Aquí la retórica es un diálogo telefónico cruzado entre la ex mujer de Manuel y la amiga benefactora que lo ha socorrido en su última crisis nerviosa. En éste se revelan algunos datos significativos: que Manuel se separó de su mujer, que Manuel vive solo y está tan amenazado por un colapso nervioso que le hace incapaz de afrontar una circunstancia tonta de la vida cotidiana como pagar a un obrero y pide ayuda a su amiga para ello. El  siguiente está fechado en 1999 y es la carta confesional que Manuel en primera persona dirige a su hijo para contarle por qué lo ha abandonado y por qué no va a volverlo a ver nunca más. Aquí aparece la calamidad familiar que obligó a Manuel a huir del mundo y a enclaustrarse en una pesadilla surrealista: una casa adaptada por él para que incluso la comida le llegue por entre un tubo. Y el último capítulo es un retroceso a 1998, pero aquí se recoge una novela de iniciación sexual femenina escrita acaso por Manuel antes de morir y publicada por un hermano como edición definitiva para ajustar cuentas con las versiones apócrifas que han diseminado los amigos y en que el autor queda como un pornógrafo. Este capítulo es un juego de espejos entre personalidades donde una muchacha fantasea escenas sexuales con amantes entre los que se cuenta, claro, un tal Manuel...

Los años 90 podría ser considerado por las mentes más optimistas como un sutil puzzle policíaco para iniciados: a la misteriosa desidia de Manuel, protagonista ausente, se añade su desaparición, luego un personaje secundario alude a la crisis del héroe, luego él protagonista mismo confiesa su tragedia y al final la ausencia se manifiesta en un fragmento de vida interior construida como ficción dentro de la ficción.
Para escritores como Daniel Link no hay papeles o documentos desacralizados que no puedan ser convertidos en materia literaria. La velocidad técnica de la comunicación humana ha desarrollado hoy una nueva textualidad y una nueva de percepción mediada por dispositivos y artefactos. Podemos prestar atención a más cosas, pero solemos perderla más rápido de lo que pensábamos. Esta facturación tal vez esté relacionada con la transferencia que hemos hecho de nuestra memoria a dispositivos de almacenamiento. La apuesta de Link es convertir esa memoria almacenada en aparatos y articularlas como formas y retóricas en un todo: en la obra. En los años noventas sobresale el recurso literario sobre el tema: el cambio de voces y la incorporación de formas y textualidades extraordinarias a la estructura es lo que hace a este libro excepcional, plusultracortazariano, si eso significa algo para alguien.

Tal vez los grados de la escritura sean cuerpo, mente y espíritu. En los años 90 el autor apela a cada uno de ellos. Esto puede corresponder, siguiendo el juego de Link, a la primeridad, segundidad y terceridad peirceana, conceptos que aluden a una realidad que nos llega por el instinto (el cuerpo), la imaginación (el pensamiento) o la simbolización (la obra de arte). Sí, cariño, ya sé que estoy vargaslloseando. Mejor: sé que estoy borgeluisjorgeando (cuando Borges habla de las categorías de Orígenes en Vindicación de la Cábala), pero lo digo, porque esta novela breve me hizo pensar (en el tercer capítulo) que podemos vivir en el mejor de los mundos posibles, y sin embargo corroborar que la vida como la felicidad es un espejismo; el el cuarto capítulo me hizo sentir compasión porque la aspiración humana del triunfo social y la armonía (pretexto de toda vida feliz) es tan frágil que puede desvertebrarse con el frenazo de una camioneta, y en el último, claro, me hizo masturbarme. Es decir que la escritura es efectiva porque fue directo a los tres órdenes fundamentales del ser humano.

No sé si esto sea una novela. A tantas cosas llaman novela en los últimos años. Pero creo que es una de las que anticipó, a comienzos de la primera década del siglo, la nueva textualidad que va a desfigurar la literatura.

Los años noventa, Daniel Link, Adriana Hidalgo Editora 2001, 161 p.g.

Imágen: Collage con juguetes rotos, Stanislaus Bhor

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