Borges, un ekeko y la risa



6 de enero 2017

El Día de Reyes me puso a pensar en Gancio. Consiguió un puesto cerca del mercado en La Paz donde tenía el feto de una llama disecada sobre su escritorio. Él con el pelo hasta la cintura y la momia y un ekeko que fumaba al lado de una pila de manuscritos. Los cigarros nunca abandonaban la boca del muñeco ni del editor. Nunca le pregunté cómo llegó a Bolivia, supongo que por reciprocidad. A Gancio no le interesaba la vida de nadie. Si quiso saber qué hacía un paraguayo en Bolivia, nunca me lo hizo saber. Lo conocí de pura casualidad, estaba la puerta de calle abierta mientras una procesión religiosa crecía en una callejuela estrecha. Me metí para que no me aplastaran y bajé por un corredor lleno de luz hasta su oficina. Si lo que tenía se podía llamar oficina. Cuando asomé la cabeza me preguntó que qué libro venía a recoger. Allí me enteré que manejaba una librería a pedido y cómo los que pedían eran escritores comenzó a publicar sus libros. Cuatro meses después de que lo conocí, varias botellas de singani después, le llevé mi novela, con dos finales, para que los discutiéramos. Él guardó el sobre con las hojas en un cajón y nos acabamos otra botella. Cuando volví dos semanas después no estaba él, ni la momia, ni el ekeko, ni mi manuscrito. La noticia de García Ángel en ese libro argentino era lo primero que sabía sobre mi novela. No solo la había publicado sino que había publicado dos versiones de ella. Ja ja ja.

7 de enero 2017

¿Cómo habrán leído Garabatos? No me quitaba el sueño pensarlo porque no creía que estaba publicado pero ahora siento alfileres en las órbitas de mis ojos. Para empeorarlo leí un ensayo de Saer sobre Borges y pensé en Kafka leyendo La Metamorfosis en voz alta y teniendo que parar cada cierto tiempo por la risa que lo sacudía. Tantas infumables discusiones sobre el escarabajo y el totalitarismo y la burocracia y Kafka allí, cagándose de la risa. Y Borges burlándose de los franceses y luego las olas de deconstructores, estructuralistas et al. leyendo en contra del chiste. Un poco de contexto histórico nunca sobra. Cuenta Saer:

La “biografía sintética” de Paul Valéry apareció en El Hogar el 22 de enero de 1937, es decir una semana antes de que apareciera, en un artículo sobre Unamuno, la frase que cito al principio: “Nada gana el Quijote con que lo refieran de nuevo…”. Un año y medio más tarde, el 10 de junio de 1938, Borges reseña (y refuta) la Introduction a la Poétique, publicación en volumen del curso de Valéry en el Collége de France. De ese libro, Borges cita la idea de Valéry según la cual una verdadera historia de la literatura debería ser “una historia del espíritu como productor o consumidor de literatura, historia que podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor”. Más adelante, analizando otros conceptos (en especial el de la literatura como resultado de una simple combinatoria de las propiedades del lenguaje y, por otra parte, el de que la obra literaria solo existe en acto, lo que equivale a decir durante la lectura), Borges observa una contradicción: “Una parece reducir a literatura a las combinaciones que permite un vocabulario determinado; la otra que el efecto de esas combinaciones varía según cada nuevo lector”. Y Borges analiza esa variación histórica de un texto literario, tomando como ejemplo un verso de Cervantes.
      Espero que mis lectores ya perciban el sentido de mi demostración: en los escritos periodísticos que acabo de señalar está el origen del primer cuento de Ficciones, el primer cuento que Borges escribió, en 1939, después de un accidente grave, un cuento que, por otra parte, goza de una celebridad mundial y de una estima particular entre sus lectores franceses: me refiero a “Pierre Menard, autor de el Quijote”. Ese cuento ha servido a muchos estudiosos para deducir de él la quintaesencia de la poética borgiana, su manifiesto sobre la figura del creador y de su concepción de la literatura. En rigor de verdad, la idea que Borges tiene de la literatura es exactamente opuesta a la de Pierre Menard: su cuento es una sátira de “las normas parisinas en materia de sentimiento” y el personaje principal una caricatura, o una reducción al absurdo, de Paul Valéry. Comparar a Borges con su criatura sería, más que una equivocación crítica, una verdadera ofensa: para Borges, Pierre Menard es, en el mejor de los casos, un frívolo, y, en el peor, un plagiario y un charlatán.

Tengo que preguntar a Stanislaus si conoce al dueño de San Librario en Bogotá, he oído que puede conseguir lo que se le pida. Quizá pueda conseguir ambas versiones de mi novela o, por lo menos, una. Vuelvo a La subasta del lote 49. Imagino a Pynchon escribiendo desde el suelo, con una mano en el teclado, la otra sosteniendo su barriga. Su vecino debió odiarlo tanto mientras reía.

No hay comentarios:

RevistaCorónica se reserva el buen gusto de retirar del foro los mensajes que sean ofensivos

Con la tecnología de Blogger.