Por Sara Giraldo Posada

El sueño de una "piba"



Uno de los primeros recuerdos que tengo es sentada en un sofá con mi papá, comiendo cheetos y viendo un partido de la selección Colombia. No me pregunten qué partido era. Es posible que ese sea el génesis de mi afición por el deporte rey.

Vivía en Medellín y estudiaba en un colegio musical, aunque parecía de régimen militar. Practicar deportes era prohibido, imagínense si nos lesionábamos, no podíamos tocar. Un tendón levantado en un dedo y adiós violín por quince días. Ese era el argumento, a fin de cuentas era un colegio de música y estaba implícito en el contrato que si uno se matriculaba allí, era esa disciplina la que debía prevalecer.

Yo no tenía talento para tocar violín, ni para leer partituras, ni para nada relacionado con la música, es más, me retiraron del coro del colegio porque físicamente no podía afinar. Me hicieron ir a un otorrinolaringólogo para que hallara el problema. Tenía nódulos en las cuerdas vocales. Cantar nunca iba a ser una posibilidad para mi -poco me ha importado, yo grito y malcanto cuanta canción se me atraviesa por la cabeza o suena en el carro-.

La censura que tenían el colegio contra los deportes terminó significando nada para mi. Como no había canchas de ningún tipo, armaba arcos con piedras o con botellas o con lo que hubiera a la mano. Fue ahí, en la portería, donde inició mi pasión por jugar fútbol. Los tres palos y unos guantes Diadora amarillos que me regaló mi abuelo me llenaban de emoción: yo iba a ser como Mondragón.
La verdad, el cuento de ser arquera me duró muy poco. Pronto, llegué al medio campo y de ahí no me volví a mover jamás. Cuando tenía siete u ocho años le dije a mi mamá que quería entrar a una escuela de fútbol, que quería entrenar. Ella, se puso a la tarea de inscribir a la pequeña pelirroja en una, pero no fue posible. Las niñas no juegan fútbol. No me recibieron en ninguna.

Después de eso, como dice Sabina: la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Yo solo quería jugar fútbol. Por fortuna, para mis intereses futboleros, mi papá decidió aceptar un trabajo en otra ciudad y así, partió toda la familia para Armenia. Había pasado un año del terremoto y les juro que hubiera preferido vivir en cualquier parte del mundo que allí. La diferencia entre la capital paisa y la quindiana era del cielo a la tierra.

El panorama mejoró cuando fuimos a visitar el colegio al que íbamos a entrar mi hermana y yo. Era feo, les confieso, pero no tenía ni un instrumento musical a la vista y la mejor parte era que tenía una cancha de fútbol. UNA CANCHA DE FÚTBOL. No lo podía creer.

Desde que entré a estudiar ahí, mi vida fue diferente. Ahora podía jugar fútbol. Allí, me puse mi primer uniforme, estrené mis primeros guayos (antes jugaba en tenis) y también nos llevaron al primer partido que vi en un estadio. Era Quindío vs América, yo tenía unos doce o trece años -desde eso mi animadversión por el rojo de Cali ya estaba ahí-.

Entrenaba dos días a la semana con el equipo del colegio, jugaba los interclases con mis compañeras de salón, jugaba los intercolegiados y jugaba cada vez que podía. Llegaba a mi casa después de clases o de entrenar y seguía pegándole al balón. Era disciplinada y tenía talento (modestia aparte), a diferencia de la música, lo que fuera para fútbol me era innato.

Veía a las niñas de la selección Colombia de fútbol, yo ya estaba en décimo de bachillerato, y me veía a mi. Me veía con la amarilla jugando por el mundo, pero no sabía cómo se llegaba allá. En Armenia no había equipos de mujeres. Era un imposible. Tampoco sabía que podía buscar una beca en el extranjero para estudiar y jugar fútbol. Eso lo supe cuando ya era muy tarde.

Cuando entré a la universidad, el fútbol casi que salió de mi vida. Una vez me inscribí para el torneo de micro de la facultad, aunque nunca me gustó el micro, para volver a las canchas. En el segundo partido me desgarré el muslo y fue el fin, nos eliminaron y no pude jugar más. Me dediqué después al tenis y a montar en bici. Ambos deportes en los que no necesitaba reunir dos equipos de mujeres, que déjenme decirles, era una empresa jodida.  

Anoche vi la primera final profesional de fútbol femenino en Colombia, un estadio con 33.000 espectadores. El Campín de Bogotá estaba lleno. Un marco digno de un partido de últimas fases de torneos internacionales. Me emocioné tanto, no se imaginan cuánto. Las chicas jugaron a un nivel altísimo, un despliegue de profesionalismo y talento. Mis ídolos habían sido Mia Hamm, Marta, Yorelis Rincón, Abby Wambach, Caril Loyd y Alex Morgan. Pero estoy segura de que pronto se agregarán otras figuras, aunque ahora tendrán nombres más familiares.

En el 2017 se creó en Colombia la liga femenina de fútbol. Tuvo inicio el 19 de febrero, hicieron parte dieciocho equipos, se jugaron 104 partidos, participaron futbolistas de Argentina, Paraguay, Uruguay, Venezuela, Brasil, Chile, Estados Unidos, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Costa Rica y Guatemala. Fue una revolución trasnacional. Además, contamos con árbitros mujeres, avalados por la FIFA, que ahora aparecen en la baraja para el próximo mundial.

Finalmente, Independiente Santafé se coronó como el primer campeón de la Liga Águila femenina. Sin dudas, fue el equipo más sólido de todo el torneo. Sin embargo, lo más llamativo para mí ayer, fueron las entrevistas que  les hicieron a las ganadoras al final del partido. Las historias de cada una de ellas habían sido similares a la mía. El fútbol se les había hecho esquivo, pero de alguna manera lograron vencer cualquier barrera para dedicarse a este deporte. Les confieso que lagrimeé casi una hora, mientras las escuchaba, veía nuevamente imágenes del estadio -lo que pareciera ser un récord mundial: mayor cantidad de espectadores que pagaron por entrar a un partido de fútbol de mujeres-. La victoria de Santafé es la victoria de todas las niñas colombianas que quisimos practicar este deporte y que pudimos hacerlo o no. No importa. Ese era el sueño de todas y cada una.

Ahora, queda esperar que la segunda edición del torneo, programado para 2018, sea igual o mejor que este. Esperamos que los equipos profesionales de Colombia (aunque será obligación para 2019) que aún no tienen versión femenina como Nacional, Millonarios, Cali o Junior, la constituyan. Ojalá logremos ser un referente internacional y podamos acoger a todas aquellas que no tienen forma de jugar en sus países porque no hay equipos. Cuando la Liga se consolide, vamos a tener selecciones más fuertes, mejores jugadoras. Podremos pretender seriamente perseguir un mundial.

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