Por Keren Marín

Títere a tres manos

Antes de la llegada del Oficial Matthew Perry al Puerto de Uraga, Japón se encontraba aislado del resto del mundo. Durante la era de Edo (1603-1868), el Shogunato Tokugawa proclamó el cierre total del país. Comerciantes y misioneros europeos fueron expulsados y se limitó el trato con los países occidentales a leves intercambios económicos. Japón se replegó sobre sí mismo y durante 230 años conoció el mundo a través de los testimonios que llegaban del Reino de Chosen (Corea) y la China Imperial. Mientras tanto, al otro lado del océano, Europa deliraba con la nación nipona: la imaginó vestida de sedas y protegida por guerreros samurais, con jóvenes doncellas tocando el shamisen bajo un árbol de cerezos florecido. Fue tanto el delirio occidental por develar los misterios del sol naciente, que envió emisarios, comerciantes y embajadores para convencer al Shogunato de abrir las fronteras. Ninguna treta sirvió y Japón siguió de espaldas, observando tímidamente desde la ventana como gran parte de Asia Oriental era conquistada por la Armada Británica.

Esta es también la época del teatro y la poesía, del wabi-sabi (el arte de la imperfección) y el ikebana (arte floral). El tiempo de peregrinación de Matsuo Basho, Yosa Buson y Kobayashi Issa. De los dramas humanos de Chikamatsu Monzaemon y del Ukiyo-soshi: la novela picaresca y pornográfica. Los guardianes y mecenas de este mundo artístico y cultural son los mercaderes y comerciantes. Ellos son quienes llenan las ciudades de restaurantes, lupanares y casas de poesía. El arte deja de estar en los jardines, las pinturas imperiales o  los textos budistas. Es allá, en los barrios de los mendigos y las prostitutas donde la vida encuentra su eco y su forma; y los hombres del común, ansiosos de representar sus experiencias y sufrimientos, hacen del teatro el vehículo a través del cual sus vivencias pueden abrirse paso ante la omnipresencia de los dioses.

Frente a este panorama surgen y se perfeccionan el Kabuki y el Bunraku, formas de expresión que, contrario a las formas de teatro cultivadas por la nobleza, sitúan lo mundano como eje de sus representaciones. En este sentido, las historias religiosas -shintoístas y budistas- desaparecen de escena y son reemplazadas por los destinos angustiosos del ser humano, ante lo cual estas artes buscan, más allá de entretener, conmover los sentidos. Ejemplo de ello son Los Amantes Suicidas de Sonesaki, obra que relata la incertidumbre amorosa de Tokubei, un joven mercante, y Ohatsu, una hermosa hetaira. Ambos personajes atraviesan por los caminos del desarraigo, la traición y la soledad. Nada en el mundo les pertenece salvo su vida y ellos, como tratando de liberar la carga de un barco que pronto va a naufragar, deciden deshacerse de ella: en el bosque de Tenjin, Tokubei corta la garganta de su amada para luego atravesar, con la misma navaja, su cuello.

(Kanjuro Kiritake III (izquierda) y Kazuo Yoshida en la clásica obra ‘los Amantes Suicidas de Sonesaki’ en el Teatro Nacional. Fuente: The Japan Times)

Historias de este tipo hacen del Kabuki y el Bunraku expresiones artísticas de gran popularidad y tradición en Japón. El primero se reafirma como el arte de cantar y bailar mientras que el segundo como el arte de los títeres y narradores. Este último, en oposición al Kabuki, no busca el realismo ni la naturalidad: su fuerza reside en las metáforas y los simbolismos, en el sonido del shamisen que nombra aquello que carece de palabras. Además, en el Bunraku los títeres no son simplemente objetos inanimados. A través de ellos, maestros, músicos y dramaturgos encuentran un camino de disciplina, autoafirmación y conocimiento. Para manipular un títere (cuyo papel sea el de protagonista principal) se requieren tres titiriteros: el titiritero en jefe (omo-zukai) sostiene la cabeza así como la mano y el brazo derecho. El segundo titiritero (hidari-zukai) controla la mano y el brazo izquierdo mientras que el tercero (ashi-zukai) mueve las piernas. En el caso de los personajes secundarios o extras, suele haber uno o dos titiriteros únicamente pues estos son más pequeños, tienen rostros más sencillos y no requieren, por ende, de movimientos sofisticados.  


Finalmente, durante la era Meiji (1868-1912) tanto el Kabuki como el Bunraku expanden su influencia, pues es en este periodo cuando Japón, asediado por las potencias extranjeras y en plena crisis de su sistema militar, decide finalmente abrir sus fronteras y evitar así la confrontación con occidente. Así pues, obras teatrales como Hamlet y Madam Butterfly empiezan a ser representadas en estos espacios y los dramaturgos japoneses a ser reconocidos al otro lado del pacífico (Chikamatsu Monzaemon será conocido como el “Shakespeare Japonés”). Hoy en día, el Bunraku y el Kabuki son patrimonio de la humanidad y siguen siendo por excelencia, las artes tradicionales que representan con mayor profundidad y entrega los amores contrariados, las venganzas sempiternas y los dramas eternos y fútiles de aquella humanidad que pierde el rumbo y vuelve sobre sus pasos una y otra vez. Sí "se extingue el día - pero no el canto - de la alondra".


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