Por STANISLAUS BHOR

Joan Didion, El centro cede


Está sentada en su escritorio. Lee en voz alta. Es un fragmento en primera persona. Habla del recuerdo de aquella casa frente al océano pacífico. La casa a donde iban a visitarla sus sobrinos políticos. La casa en el acantilado. Bajaban a la orilla para pescar cangrejos, dice. Luego dice que había una cueva a la que solo podía ingresarse siguiendo la marea. Escribir es como cruzar esa cueva, esperar el momento preciso en que lo permita la marea. Habían ido al océano pacífico porque ella no resistía más años en Nueva York (tenía 28). La vida y los recuerdos se van acumulando unos sobre otros hasta llegar a un punto en que no sabes qué hacer con todo eso. La fuga fue el intento de hallar qué hacer con eso. El cambio de espacio es también un cambio de pensamiento. Que su vida coincida con la eclosión del hipismo, la contracultura, el consumo masivo de drogas, los asesinatos de Charles Manson hará que sea un testigo insobornable de su tiempo y ahí radica la importancia de su retrato. La mano permanece apoyada en la frente. Parece sostener el marco de sus lentes, pero es el rasgo esencial de su carácter. Las manos están guiando solas siempre lo que dice y piensa. Son las manos y no el rostro las que dibujan su pensamiento. Las manos son más libres que el rostro dicen los fotógrafos. El que busca su retrato captura estas manos y los momentos de soledad. Hay una concha marina a su derecha (a nuestra izquierda) y un león o una quimera a su izquierda (nuestra derecha). Las conchas que buscaba en el pacífico con los sobrinos y la pericia del mar la sosegaron en seis meses. La fuerza conque renació y logró escribir y reinventarse su estilo tiene la vibración del rugido. En la costa oeste encontró el camino para llegar a la primera novela y el estilo que marcó los libros que vendrían. Es fragmentaria como su pensamiento. El fragmento es el mejor recurso de una narración ensayística, porque permite escribir (leer) con interrupciones, porque permite cambiar de temas sin apelar al acumulado de la memoria total que está rota (y a la memoria dispersa del lector). De modo que aquí está sentada la autora de El año del pensamiento mágico, en su espacio, la dueña de esa escritura llena de unidades que comienzan y terminan. Unidades que se juntan con otras para crear una estructura de estructuras. Ahí está su persiana cerrada y su escritorio. Las piernas diagonales debajo de la mesa. El cuerpo desprevenido, inefable. Es solo cabeza y manos. El rostro de mirada atenta esconde lo que en realidad piensa. Hay un retrato distorsionado de ella misma vigilante desde el pasado, como si su pasado contemplara este futuro. Su pasado es lo que nos ha traído hasta aquí en medio de la sobreoferta de películas de Netflix. Su pasado convertido en discurso. Didion es esta voz que repasa su historia frente al lector. Que permite imaginar cómo se siente la vida cuando te abandonan tus seres queridos. Ahí está el antiguo monitor y su gran cpu donde redactó parte de su obra. Unas botellas de líquido oscuro. Un atril abierto con un libro enorme que debe ser un libro sagrado para ella. Al fondo un afiche promocional de la primera edición de Harp, el libro autobiográfico de su esposo John Gregory Dune. No hay forma de saber qué diría de ella John si hubiera alcanzado a estar vivo para hablar de la mujer a la que mejor conocía en este documental. Pero podemos saber lo que pensaba en el pasado. Él la entendía, por eso renunció a su trabajo para no dejarla enfrentar la inmensidad del día a solas. Se casó con él porque era escritor, porque necesitaba la seguridad de estar en pareja, porque ninguno de los dos usaba la palabra amor, porque nadie que no fuera escritor la hubiera comprendido y aceptado tal como era. Anaqueles repletos. Dos sillas de época con diversa comodidad. De la muerte de su hija Quintana Roo dirá, o lo oiremos decir más adelante, mientras vemos sus manos de piel traslúcida cruzadas por venas oscuras preparar un sánduche de queso y rúgula, que nadie conoce el lugar del duelo hasta que llega ahí. Luego tomará una pausa para rascarse la barbilla, meditar y volver a su moderna computadora: escribió sobre aquel dolor porque era indecible, porque nadie le había dicho qué hacer con ello. El duelo de Joan Didion es un acontecimiento tan personal y tan expuesto y tan minuciosamente reconstruido que cualquiera que se aproxime habrá de revivirlo como una catarsis necesaria. Todos perderemos aquello que amamos, o aquellos que nos aman nos perderán irremediablemente.

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