ESCRITORES escritura

Ser padre y escribir

jueves, junio 21, 2018Revista CORONICA

Foto de Jeisson Zamudio

Javier Zamudio


En el 2012 me convertí en padre. Tenía 29 años. Miguel, mi hijo, no nació hasta el 2013, pero desde que era una semilla creciendo en el vientre de su madre, la paternidad se convirtió en una bandera que alcé con orgullo, temor e ingenuidad. Nos enteramos y casi de inmediato iniciamos los preparativos. Las visitas al médico, la compra de vitaminas y demás prescripciones, se convirtieron en parte crucial de nuestra rutina. Vivíamos en un viejo edificio en Teusaquillo, en Bogotá. Era un lugar frío y sin ascensor, pero bien ubicado: cerca de bancos, de la Universidad Javeriana y del centro, a donde solíamos escapar los domingos.

Yo me dedicaba, con la pasión de un oficinista, a la traducción de documentos (desde literatura hasta manuales de bicicleta) y a la escritura de una novela. Angélica, mi esposa, enseñaba en la Universidad La Salle y escribía lo que se convertiría más adelante en su primer libro de poemas, Hilos sueltos. ¿Era posible escribir y ser padres?, me preguntaba con cierto nerviosismo. Mi esposa era la prueba de que era posible. Ella era madre de una hermosa niña de doce años, que soñaba con ser presidenta. Pero, ¿cómo? Desde que había comunicado la noticia a amigos y familiares, ya había recibido los típicos comentarios que vaticinaban el fin de algo que no había comenzado: mi carrera literaria. Para entonces, no había publicado gran cosa. Había ganado unos premios de poesía. Había publicado poemas (malos, por supuesto), en algunas revistas y en un libro. Había escrito algunos cuentos, que permanecían inéditos, había ganado un premio pequeño y había logrado poner un par de ellos en revistas de circulación nacional. Eso era todo. Lo que podía quitarme la paternidad era menos que nada.

Además, no dejaba de pensar en la relación de otros escritores con su paternidad. Tolstói, Hemingway, Faulkner, Joyce, Quiroga, Salinger, y muchos más habían sido padres. Sin embargo, casi todos habían asumido una paternidad desde el lindero. Se habían convertido en simples observadores, dejando el cuidado de sus hijos a sus esposas o criadas, y arrojándose a su trabajo. ¿Eso era lo que me esperaba si quería construir una carrera de escritor y ser padre? ¿La paternidad y la literatura son incompatibles?

Salinger no había sido un padre ejemplar. Tampoco Hemingway, quien dejaba a su hijo al cuidado de su gato mientras salía por unas copas. En París era una fiesta lo relata: «No necesitábamos niñeras, F. Puss (nombre del gato) era la niñera». Tolstói había asumido un papel de observador, padre de 13 hijos, se había arrojado a la literatura sin preocuparse por la paternidad. La única referencia a una paternidad activa me parecía encontrarla en Joyce, que (según recordaba haber leído) escribió el Ulises mientras cuidaba de su hija. ¿Eso no era lo que yo deseaba hacer? 

El 8 de febrero de 2013 la paternidad adquirió peso y llanto. Eran las 8:14 de la mañana cuando el cirujano me dijo, con una voz inmaculada, que había nacido un niño grande y sano. Lo que sucedió después, lo retraté en un poema que, si bien no es bueno, desborda ternura:

Cuando mi hijo nació / corrí por los pasillos para verlo, / el corazón me palpitaba en la yema de los dedos / y fui dejando el rastro de un padre primerizo / sobre los azulejos del hospital. / Me bastó la torpeza de mi instinto para encontrarlo. / Lo hallé envuelto en la desnudez del primer instante, /con la lluvia cayendo a cántaros de su boca, / un caudal de vida que me dejó estupefacto. / Ahora lo veo seguir mi voz con sus ojos, / abrir las manos, doblar sus pequeños dedos / hechos por un dios que no puede ser castigador, / ni déspota, un dios sin paraísos, / sin manzanas envenenadas. / Su rostro es mi reconciliación con la vida, / el atardecer florecido en la fotografía, / una noche estrellada de mi niñez, el amor en cada pétalo /cortado por la brisa.

La escritura se había convertido en el vehículo que filtraba la experiencia de la paternidad. Habíamos dejado el apartamento frío de Bogotá, remplazándolo por uno ubicado a treinta minutos del mar caribe. Teníamos tres cuartos. Además del principal, uno con las paredes pintadas y una bella cuna para el bebé, y otro donde me sentaba a escribir en la madrugada, hasta que los mosquitos se marchaban y el espacio quedaba incendiado de luz. La escritura se había dulcificado de manera misteriosa. Sin embargo, era pronto para decir cuál sería mi rol, si la escritura sobreviviría y si asumiría una paternidad activa o me quedaría en el lindero. Mi esposa había asumido la parte más difícil, no se despegaba de nuestro hijo, todavía demasiado frágil para el mundo. Yo iba aprendiendo a cumplir con mi parte. Lo bañaba, lo cambiaba y, con el paso del tiempo, aprendí a vivir la soledad de ser padre. Es decir, de serlo todo. Angélica no podía detener su vida, tenía que regresar a la poesía, a la academia, a la dicha de ser ella. Eso lo comprendí. No podía quedarme impávido, observando como el tiempo aumentaba de talla y estrenaba dientes.

Entonces, me decidí por ser Joyce.

No ha sido fácil. Todavía me quejo de no tener tiempo suficiente para trabajar y de todas las cosas asociadas con el cuidado de mi hijo. Trabajo en casa, por lo que permanezco la mayoría del tiempo con él. Estoy lejos de ser un padre feminista. En otras palabras, todavía duerme, agazapado en mi interior, un Hemingway o un Tolstói que trato de drenar en la experiencia cotidiana.

Pero, la literatura y la paternidad no pueden ser enemigos, cuando la primera se alimenta de la vida y la segunda es un corazón en plena carrera. Esto lo comprendí cuando comencé a inventar historias para mi hijo cada noche. Escribía las mejores pensando en conformar un libro de cuentos. Con el tiempo pasé a relatarle anécdotas, obligándome a examinar algunos de los momentos más importantes de mi vida, ejercicio que quizá hubiera sido imposible si me hubiera sustraído a la realidad maravillosa de ser papá. De hecho, este texto habría sido imposible sin él.

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