domingo, 24 de enero de 2021

Guillermo Vélez y el refugio patafísico

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L levo tres años viviendo en México: cambié dos veces de ciudad y cinco de casa. Hace varios meses llegué a una nueva casa y hace un año la vida nos cambió. La nueva casa no existe para mí. Afuera hay un bosque-jardín, alrededor de éste hay calles y edificios, y una iglesia que un inglés amuralló entre piedras con formas de olas de mar. Afuera del barrio, le siguen árboles y más edificios, calles y avenidas. Y más a lo lejos está el mar del pacífico y del otro extremo el Popocatépetlel y la mujer dormida, la Iztaccíhuatl. Afuera está la vida. Y yo no salgo más allá del cubículo de una habitación. Mi casa no existe porque está contenida en el pequeño espacio que habito: mi habitación, que es como un cuadro. Yo miro siempre dentro de un cuadro que contiene toda la humanidad, y que Guillermo Vélez pintó. 

Foto de Olga Lucía Jordán


Acerco mi ojo derecho sobre el orificio redondo de un visor. Mi ojo izquierdo se encoge, un lado del rostro se arruga y así el derecho pasa de ver borroso a ver nítido el cuadro diminuto que con la lupa del visor se hace grande. Paso de un cuadro a otro: hay fondos con cortinas de ojos, de rostros escondidos. Los rostros que resaltan, a su vez, nunca son los rostros de una persona clara y definida. En la frente hay más ojos. Dentro del ojo, otros ojos. Hay bocas mudas y bocas ocupadas entre lenguas que se rozan y se enredan. Hay cuerpos que se funden y se hacen uno solo. Hay cuerpos que los rodea un aura de flores y colores, como un arcoíris que se desprende de la piel. Hay cuerpos que entre los pechos y la panza y los sexos contienen rostros y ojos y bocas. Y hay pechos que llevan el corazón dibujado y encendido. Y pechos que contienen el cuadro de un paisaje. 


Pero también hay rostros nítidos con ojos desorbitados: El insípido, El sabio perverso, El tímido temido, El admirador, El indio sesum, El salamero, El fantoche y el modesto. Son “Los pirobos”, los personajes malévolos que aparecían en la prensa y que están ahí: son nuestros vecinos, familiares, amigos. Son cuadros con un anuncio: somos nosotros o lo que potencialmente podemos ser. 

En sus cuadros está petrificada el alma de la humanidad. Tienen todo de lo que hoy muchos carecemos: el tacto sin miedo. Están todos los perfiles. Todo lo que somos. Porque en nuestro rostro no está nuestro rostro: está el rostro de la madre, el padre, la abuela, el abuelo… de quienes por décadas les heredamos la historia, la sangre, el amor. Contienen un rasgo, una contorsión de la piel, una forma de mirar. En nuestro rostro están todos los gestos que afloran y nos cambian: los vestigios de la juventud y los trazos del porvenir. 

 ***

Hoy Guillermo Vélez cumpliría 66 años. Nació en Armenia, Quindío, “casi morado”, decía él y contaban los demás. Dentro de la panza de su madre, a quien él llamaba con devoción Doña Yolanda y le encendió una vela todos los días de su vida, estaban su hermana Gloria y él, que nació minutos después; por eso el color. Desde pequeño pintaba las separatas de los cómics de la prensa y recitaba de memoria los versos de los poetas malditos, influenciado por su padre en noches de borrachera. Desde pequeño aprendió del amor y la cocina, por su madre. Y por su padre, aprendió la disciplina y la norma. Y quizá, también por el amor y la disciplina fue rebelde y contestatario. 

En esa infancia detenida hay una imagen burlesca que se recrea una y otra vez, algo que es puramente patafísico: la infancia prolongada, que se interpreta y recrea. En su adolescencia efervescente decidió vivir en Manizales para estudiar psicología, “para entender la humanidad, los monstruos que nos habitan”... Y quizá una vez entendió algo de esa monstruosidad que somos, se retiró y plasmó la humanidad entre colores y trazos. 

Sus primeras pinturas son pájaros que tienen cuerpos de humanos y danzan plácidos sobre un fondo blanco, acaso el cielo o la tierra. De los pájaros pasó a los duendes, rostros descolocados que invocaba para vivir. Y de los duendes, los monstruos y entre éstos, más rostros y paisajes con cuerpos diminutos amandose. 



Cuando Guillermo Vélez tenía 50 años la patafísica se le desocultó. Antes, todo en él fue ingenuamente patafísico, inconsciente. Después, todo fue manifiesto. Había encontrado su territorio, el lugar más explosivo de su y para su creación. Decía: 

      
        Patafísico, no por pintor, Patafísico por cerebro, actitud, desenfado. 
        Patafísico, el hábil palabrero que deshoja techos con las alas de los pájaros. 
        Patafísico, es quien duerme soñandose muerto. 
        Patafísico, el girador de nueves que se vuelven un ocho. 
        Patafísico primate del enredo, semental del desmedro. 
        Patafísico A y Z sin autoridad del diccionario. 
        Patafísico cocinero con el hambre de alimento. 
        Patafísico pintor, ese soy yo, que de puro marrano vende chorizos. 

Hace tres años y medio que he ido construyendo el mapa de su vida. De una vida que creí conocer pero que terminó siendo muy desconocida. No bastaba con leer sus cartas y diarios. Ni escuchar las largas entrevistas que hice a otros. Tampoco con ver sus cuadros en una sucesión que parecía interminable. Iba y venía por su archivo una y otra vez. Leía sobre arte, sobre sus oráculos, los poetas y, sin entender mucho, sobre eso de la patafísica. 

De la patafísica supe entonces que está regida por todas las excepciones y que en ella todo, tarde o temprano, se oculta, y cada tanto se desoculta. Supe también que en ella todo fenómeno es individual y por lo tanto defectuoso; por eso ella, la ciencia de las soluciones imaginarias, se rige bajo las excepciones y en ella todo opera con un análisis infinito. Supera todos los tipos de conocimiento. Me pregunto si tal vez, ahora que estamos en problemas que quizá sean irreparables, con el viento contagiado, el temor por el otro, distanciados de lo que creímos era nuestra realidad, una ciencia como ésta no sería acaso la que podría salvarnos ahora y desde siempre. 


A Memo Vélez quizá lo salvó porque descubrió tras de sí todo lo propiamente imaginario: el juego, el rigor, las soluciones creativas. Pasó más allá de lo falso y lo verdadero. Fue ahí cuando supe que en realidad no lo conocía. Y quizá eso nos pase a muchos de los que creímos conocerlo. A lo mejor tendremos que despertar a la consciencia patafísica para saber más sobre él, y sobre el mundo y nosotros. 

En su pintadero de Filandia, allá en Ceculpa, el Centro Cultural Patafíso, hay un letrero, que aún permanece, y sentencia: “Pinte huevón hasta que se muera”. Y así fue: pintó hasta el final; cuadro tras cuadro, rostro sobre rostro, sucesiones de ojos multiplicados que miran y acechan. 

Dejó una obra pintada con furia, “producto de la guía espiritual de un sin número de enfermadores que están en permanente goce y promiscuidad conmigo. Enfermadores descerebrados y patafísicos como Alfred Jarry, poeta francés, Fernando Pessoa, poeta portugués, Cesar Vallejo, poeta peruano, León de Greiff, poeta colombiano”. Una obra cargada de poesía, de un expresionismo íntimo, múltiple, síquico.

Su obra, dicen, está cercana al expresionismo, al arte figurativo, gestual, psicológico, obsesionado con los rostros. Memo decía que era más bien una obra intimista: “un intimismo dirigido a mí mismo”. 

Quizá quienes creemos conocerlo y quienes aún no lo conocen tengamos que ver una y otra vez la sucesión de gente que está en sus cuadros: “Yo produzco y le doy al espectador bases para relacionarse conmigo. Hago figura humana; pongo dos ojos, aunque no correspondan a la realidad de un rostro. Pero sobre la base de una serie de símbolos como la asistencia de lo que podrían ser ojos y muchas veces no lo son, el rostro crea, idea algo, se proyecta sobre mi trabajo”. 

O tal vez no, quizá nos baste con mirarnos adentro porque detrás de la masa corpórea, de la carne que nos sostiene de pie en el mundo, detrás de nuestros ojos, narices y bocas, todos somos los mismos. 

Memo estaba convencido de que cuando pintaba le daba vida a las cosas; “ellos quedan con algo de vida, y tienen derecho a existir (...) pinto al tamaño natural. Si en el formato me cabe una cabeza, pinto una cabeza, si me cabe un cuerpo, pinto el cuerpo… pero nunca pinto en formatos pequeños, porque no sirvo para trabajar la figura humana más pequeña que la natural porque siempre quedo como con angustia, porque si les dan la posibilidad de salir del cuadro, y salen a la calle, les dicen enanos”. 

Foto de Olga Lucía Jordán
Es verdad, sus cuadros ahora siguen ahí, presentes: recuerdan todas las intenciones, los deseos, los secretos y los impulsos de la humanidad. Sus cuadros están por ahí, regados por el mundo. 

Ahora las fotos de sus cuadros, las cartas que revelan su intimidad creativa y las palabras de los otros están en la habitación de una casa lejana de la suya, en donde crece el guayacán amarillo con sus cenizas. Pero dentro de poco, sus cuadros y el manifiesto de su vida volverá a su casa y quedará plasmada en el papel de un libro que, espero, usted pueda tener en sus manos. Y quizá así todos comprendamos el lugar del refugio de los rostros y ojos que pueblan su obra y a su vez, que nos pueblan a nosotros. Tal vez así, el mundo patafísico en el que habitamos se devele en nosotros y tras el develamiento se comprenda al universo entero.



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Publicado por Catherine Rendón
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

4 comentarios:

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  2. excelente cronica con tintes de Jarry, Vian, Cortázar... y tantos pocos patafisicos que en el mundo han sido... abrazo dsd Madriz.

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