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El beso de Judas, Gioto |
Por: Gustavo Agudelo
Hace unos días asistí a una conferencia ofrecida por un académico. El propósito era noble: un recorrido por el concepto de “escuela” a lo largo de la historia de la humanidad. Me sorprendió mucho que la propuesta no cayera en el lugar común de empezar por la Antigüedad clásica, arriesgándose a transitar los tortuosos caminos del arte rupestre del Paleolítico. Sonreí. Y lo hice porque, lo confieso, a veces sospecho que muchos estudiosos consideran que el conocimiento fue inventado por los presocráticos (la búsqueda del Arkhé), patentado por los griegos, ajustado en el XVI y mejorado, dos bombas atómicas de por medio, en el siglo XX. La sonrisa me duró poco. El académico no tuvo ningún inconveniente en pasar de las escuelas griegas (usando “La Escuela de Atenas” de Rafael Sanzio como recurso) al Renacimiento no sin hacer mención a la caída de Roma en el siglo V d.C a manos de los visigodos antes de que “todo fuera oscuridad”.
Como medievalista aquello me desconcertó. Es como si, contándole a alguien un viaje por carretera, concentrara toda la atención de mi relato en el inicio y el tramo final y decidiera, deliberadamente, omitir mil kilómetros de recorrido. Nadie se sorprendió. Todos parecían dar por entendido que los mil años que van del siglo V al XV no fueron determinantes y basta con recurrir a palabras como iglesia, control, bárbaros y oscuridad para darlos por visto. Lo anterior puede confirmarse con el uso que se la ha dado al adjetivo “medieval” no sólo en el interior de la academia sino en conversaciones fortuitas del día a día. Sustantivos como “pensamiento, “comportamiento” o “postura”, sobre los que pueden tenerse valiosos y profundos debates, parecen perder toda amplitud semántica cuando se les agrega el adjetivo “medieval”.
Decir en la actualidad “es un hombre del medioevo” no es tanto un elogio como una manera de reconocer que esa persona no tiene la lucidez para convivir con sus contemporáneos porque sus maneras son anacrónicas, bárbaras e ignorantes. Hay un marco teórico para todo esto, desde luego, pero culpar a Hegel es reconocer que seguimos moviéndonos dentro de unos marcos comunes de pensamiento que nos garantizan seguridad y certidumbre pese a que nos llevan a vivir en una mentira compartida. Vendría bien volver a releer a Popper y discutir a profundidad su postura crítica expresada en “El mito del marco común”.
Lo más curioso de esa postura es que nos dice mucho de los tiempos que habitamos. Hay cierta superioridad en mirar hacia el pasado no como quien intenta comprender, sino juzgar y sacar réditos. Nos sentimos con la autoridad para definir y desacreditar como si la historia fuera un catálogo de acontecimientos que pueden explicarse por sí solos y no una ventana, un aleph, incluso una advertencia. Seguir definiendo el mundo desde la claridad hegeliana como marco teórico me hace pensar en la escena final de “El abogado del diablo” donde un Keanu Reeves espantado vuelve a caer en manos del mal al aceptar de nuevo la propuesta. -Vanidad- dice Al Pacino, -definitivamente mi pecado favorito-.
Toda definición es reduccionista, sí, pero también es hija ejemplar de su época. En las definiciones campean el miedo a la incertidumbre, que no es otra cosa que el temor a hacernos preguntas que terminen por derrumbar nuestras certezas y nadie quiere ser el Nils Runeberg de Borges, dejando al descubierto ese afán de querer responder a todo que tan bien representa al espíritu del mundo occidental. La definición hegeliana de la Edad Media es también la representación de lo que somos como especie: nos regocijamos con la luz y despreciamos nuestras sombras. Borges lo supo mejor que nadie. La mayoría quieren ser héroes, muy pocos aspiramos a ser Vincent Moon.
Los escucho muy orgullosos por los pasillos, contando la experiencia penosa, pero edificante de leer a Hegel, haciéndole saber a su interlocutor que el alemán es difícil y que su prosa brillante sólo se revela a unos pocos elegidos entre los que, por supuesto, ellos se encuentran. No lo recomiendan, claro está. Para qué lo van a leer si basta con su síntesis para comprender todo su sistema de ideas; leerlo es confundirse, ser desagradecidos con la labor de divulgación que han estado haciendo en lo que terminan su capuchino y su torta de naranja. Hay que quedarse con las ideas claras y distintas facilitadas por los amigolósofos de confianza. El fuego de Roma bailando en las pupilas de Alarico les basta para abrazar el reduccionismo hegeliano. No mencionan ni por asomo que la Edad Media no es tanto el fuego de una ciudad que arde como la teoría de la traducción de Jerónimo de Estridón, quien, en compañía de Paula de Roma, da a luz a la Vulgata o la resistencia ejemplar de Boecio que hace frente a la ignominia tirana a través de la reflexión y el amor al conocimiento.
¿Sabrán estos académicos que el lugar desde donde lanzan esos enfurecidos ataques hacia la gleba irredenta y la barbarie incivilizada tiene sus cimientos en el mundo medieval? ¿Sospecharán acaso que toda la dialéctica que acompaña a sus ideas bebe de un monje medieval que fue profesor en Aquisgrán, maestro de Carlomagno y respondía al nombre de Alcuino de York? ¿Intuirán que sus acalorados debates en pro de la verdad no provienen de los tribunales revolucionarios franceses sino de los debates contra las herejías que sostuvieron Agustín o Jerónimo? ¿Comprenderán que su amado enciclopedismo diderotesco fue prefigurado por un “bárbaro sin luz” llamado Isidoro de Sevilla cuando escribió las Etimologías en el siglo VII? Tal vez no y es grave; a lo mejor sí y es mucho peor.
Veo sus perfiles iluminados a medias por las lámparas de la cafetería, los escucho corregir a los traductores de las “Lecciones sobre la filosofía de la historia universal” o la “Fenomenología del espíritu” porque su alemán de Duolingo es mejor en muchos sentidos. Se declaran posmodernos, deconstruidos y eso está bien. Lo respeto. Yo, para usar una frase que les gusta mucho y repiten como un mantra místico, diré que “sólo sé que nada sé” y que, si de eso se trata la posmodernidad, bien pueden decir de mí que soy un hombre del medioevo, es decir, un bárbaro.
Gómez Dávila lo dejó claro, “No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado”.