sábado, 29 de noviembre de 2025

Narrar como un caracol

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Sobre Claire de Luz Marina, de Edwidge Danticat

 


Por Paula Andrea Marín Colorado

 

Pero cuando ella entraba al mar y se echaba de espaldas, con la cara hacia el cielo, mientras su padre estaba en otra parte del mar, en algún lugar donde ella no alcanzaba a divisar su bote, esperaba que, si el mar desaparecía en ese momento, ella desapareciera también, y así no tendría que extrañar a su padre, y él no estaría triste y ella no se preguntaría todo el tiempo dónde estaba él buscando una vida mejor, chéche lavi, Pero ¿y si no existía una vida mejor? ¿Cómo él no sabía eso? ¿Cómo las personas adultas, granmoun, no comprendían estas cosas? ¿Cómo podían no comprenderlo todo?

 

Claire de Luz Marina, Edwidge Danticat.

 

Caminamos detrás de Rigaud, uno de los muchísimos haitianos que trabajan en el hotel. Nos dice que podemos pronunciar su nombre como el de “Rigo”, nuestro famoso ciclista. Me sorprendo de que conozca esos detalles de la cultura colombiana, pero luego me digo a mí misma que subvaloro los alcances de los premios de ciclismo. Media hora después, entiendo mejor la situación: Colombia es uno de los mejores mercados para el turismo de Punta Cana y lo vemos: a cada paso, nos encontramos, sobre todo, con colombianos que, al igual que nosotros, han escogido ese punto de República Dominicana para sus vacaciones. La mitad del turismo en la isla está en manos de consorcios españoles y la otra mitad de estadounidenses; como en casi todas las islas del Caribe, la economía depende, sobre todo, de ese turismo, cuya industria comenzó a fraguarse (con socios españoles) desde la década de 1970, y que le da trabajo no solo a los dominicanos, sino a los haitianos que logran pasar, con muchos esfuerzos, la frontera y conseguir un permiso para trabajar en la isla. Le pregunto a “Rigo” si va mucho a Haití para ver a su familia; me contesta que no, porque la difícil situación política de su país no lo permite. La economía del país está en manos de quince familias que se reparten el poder, me explica “Rigo”; para lograr su independencia, Haití pidió un préstamo a EEUU y luego se lo cobró con creces, agrega.

República Dominicana y Haití comparten el territorio de una isla; en la repartición, a los dominicanos les correspondió la parte donde la tierra es más fértil. Los dominicanos se autoperciben, sobre todo, como mulatos; a los haitianos los perciben como negros. Cuando llegamos a Santo Domingo, luego de ver el horripilante mausoleo de Colón y de volver a entender que España hizo en América una cruzada, una guerra santa para justificar la colonización, un dominicano se queda mirando con sorpresa la cámara fotográfica analógica que lleva mi sobrino colgada en el cuello. El hombre nos cuenta que su hijo y él viven en mundos distintos, en épocas distintas, que su hijo jamás ha visto una de esas cámaras, que no entiende que él hable de “maricas” ni que diga “malditos haitianos”. Luego alaba la belleza de la cámara; mi sobrino y yo le sonreímos y nos alejamos para seguir al grupo de turistas. La ciudad se divide en dos, nos dice el guía: del puente para allá la zona peligrosa, la de la pobreza extrema y las bandas criminales; del puente para acá está lo que el turista puede ver: las huellas más antiguas de la colonización española. De vuelta al hotel, a lo largo de los 197 kilómetros de carretera, me sorprende ver tanta publicidad de programas de radio. En la era del Internet y de los celulares, la radio sigue siendo fundamental en la cultura dominicana y también en la haitiana.

 Es extraño cómo llegan los libros a nuestras manos. Hace veinte años leí, en El Malpensante, unos cuentos de la escritora haitiana Edwidge Danticat. Me gustaron tanto que copié la ilustración que acompañaba los cuentos y conservo aún ese dibujo a colores. Nunca había visto un libro de Danticat en una librería (aunque tampoco lo había preguntado), hasta que hace un par de meses, recorriendo el Salón de Editoriales Independientes de la Fiesta del Libro de Medellín, encontré un par de libros de la autora, publicados por Banda Propia, una editorial chilena. Comencé el libro cuando regresé de República Dominicana; uno de los hilos conductores de la novela es una estación de radio y los periodistas que trabajan allí.

Leer a Danticat es recordar la fascinación que sentí hace veinte años cuando leí aquel par de cuentos. Si fuera novelista, quisiera escribir una novela con la sutil tristeza de este libro, con su belleza que tiende a escaparse de las manos, como una mariposa, pero que también, como una mariposa, podemos seguir en su vuelo, con su “música de alas”, como diría don José Asunción Silva. Danticat empieza a desenrollar la historia, como si siguiera la espiral de la concha de un caracol, de afuera hacia dentro, del fin al principio, para luego devolverse, retornar, allí donde vida y muerte siempre se tocan, siempre son uno, donde parece que algo terminara o que algo volviera a empezar.

Aún escucho las olas del mar, aún escucho el creole en susurros, veo la playa en la que viven los pescadores, en la parte más pobre de Ville Rose. Los veo reunidos para acompañar a la mujer que acaba de perder a su marido, llevado por una ola gigantesca; los veo ir en grupo, buscando a la niña que aún no quiere irse a su nuevo hogar; los veo encontrando un cuerpo en la playa y tratando de revivirlo. Veo a la mujer que fue violada por el hijo homosexual del patrón, para demostrarle a su padre que él también podía; veo a ese padre siendo dueño del mejor colegio de Ville Rose y de la emisora más grande, esforzándose por no perder su lugar de patriarca dentro y fuera de su casa; veo al hijo marchándose a Miami, como casi todos los hijos de la clase media haitiana. Veo a la mujer que perdió a su esposo, por un asesinato equivocado, y que perdió a su hija en un accidente de tránsito de un tuk tuk; la veo buscando en la venganza, en cuerpos de hombres jóvenes y en su trabajo en el almacén de telas el alivio a su dolor. Veo al padre que perdió a su esposa el día del parto de su hija, esa hija a quien no le puede dar nada más que un plato de comida y una cama para dormir en una choza de la playa. Veo a la periodista subyugada por el patriarca, pero tratando de recuperar su dignidad dándole voz a quienes no habían sido escuchados. Veo al chico con sueños de periodista, tratando de salir del ambiente de violencia y tráfico de drogas de su barrio, quedando atrapado por un cruce de cuentas entre pandillas y los comerciantes, policías, jueces y políticos que usan sus servicios. Veo a Claire, a sus siete años, sus pies descalzos, sus lágrimas untadas de arena, en la última noche que pasará junto a su padre.


Edwidge Danticat, Claire de Luz Marina. Lucía Stecher y Thomas Rothe, trads. Banda Propia, Concón (Chile), 2022.

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Publicado por Paula Andrea Marín C.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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