Por: Gustavo Agudelo
Que la mujer es un diablo filosófico es un cuento más viejo que el mundo y tan cierto como que las filosofías occidentales reniegan de la mujer porque agota las definiciones, les desborda las certezas y ya se sabe que lo mejor es no lidiar con vainas que no se entienden porque es más fácil hacer de cuenta que no existen.
Vamos a llamarlo Señor D. Ya saben ustedes, estimados lectores, que en estos tiempos de confrontación ideológica, de IA, de un capitalismo ávido de devorar cuanto encuentra sin pensar que se destruye a sí mismo, dándole la razón a Walter Benjamin que decía que el propio sistema había establecido las "condiciones que posibilitan su propia abolición", proteger la identidad es todo un acto de resistencia, tal como lo intuyó Kafka al empezar a escribir El proceso en agosto de 1914 y, dicho sea de paso y perdonarán esta confesión kafkiana, porque quien esto escribe prefiere respetar el anonimato que ser juzgado en los tribunales, perder un dinero que no tiene y que de tener lo usaría para cualquier cosa distinta a pagar una demanda.
Del Señor D puedo decir que no tengo claridad exacta sobre cuántos años tiene, aunque sé de buena fuente que hace mucho perdió la oportunidad de unirse al Club de los veintisiete, pero no la de hacerse acreedor a esa hermosa cita de Cervantes en el Quijote cuando dijo que "frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años". Tampoco puedo decir que cumpla con las condiciones que lo harían acreedor al título de hidalgo en las complejas tramas sociohistóricas del Barroco, aunque teniendo en cuenta que hidalgo significa "hijo de algo", y al no quedar más remedio que reconocer que por fuerza tiene que ser hijo de alguien por más que sea un bebé in vitro, puedo reconocerle al Señor D su hidalguía. Los datos que he recolectado también anuncian que gusta de la cerveza, es un excelente bailarín y tiene la virtud de desplegar un discurso cuya estética responde al ritmo de la música que está bailando. Esto no es un dato mejor si tenemos en cuenta que el Señor D sufre de un terrible defecto de carácter que lo hace afín al pensamiento de izquierdas, a la lectura devota de Marx, a la melancolía social que deriva en cierta predilección por formas de la economía comunitaria, la tiranía y el control estatal que no cuentan con ningún tipo de respaldo teórico serio y bien podrían clasificarse dentro de la literatura fantástica. En defensa del Señor D. puedo decir que lo de creer en cosas que no existen no es sólo un defecto del pensamiento de izquierdas, puede encontrarse también en el pensamiento de derechas que defiende el libre mercado, la moral y el Estado de Israel.
El problema de todo esto, queridos lectores, es que el Señor D, no contento con encarnar a la perfección esa definición de hombre que hace Montaigne cuando escribe que "ciertamente, el hombre es un objeto maravillosamente vano, variable y ondeante; es difícil fundar en él un juicio constante y uniforme"; la que considero una definición justa sobre todo en aquello de "vano, variable y ondeante", no así en los juicios ya que juzgar a un hombre no es difícil; basta con saber si gusta del estructuralismo, de Lacan o de Agustín Laje para concluir que es un hombre horrible del que hay que mantener distancias y Montaigne lo dijo así porque le dio por aislarse del mundo, encerrarse en su Torre de la biblioteca y renunciar a cualquier interacción que no fuera la de sus libros. Decía que el problema del Señor D es que le dio por enamorarse, llegándole el amor en forma de mujer problemática a la que no pudo definir con los conceptos extraídos de El capital y de la Crítica al Programa de Gotha, cumbre de la teoría fantástica y religiosa porque sólo con religiosidad, fanatismo o ambas pueden seguirse las ideas de un tipo que vivió más endeudado que Carlos V, era un pésimo administrador financiero y dependía por completo de la caridad de su mejor amigo, lo que sumió al Señor D en tal incertidumbre que perdió el sueño, el apetito y la confianza en sus certezas teóricas de manera tal que durante semanas se le vio meditabundo y cabizbajo mientras le contaba a su terapeuta sobre lo bien que le habían servido esos libros en otros momentos, cuando al ritmo de la música citaba de memoria a Trotsky y a Iósif Stalin, usándolos como respaldos teóricos y bibliográficos para una teoría de su autoría que consideraba definitiva, pese a que pasaba por alto el hecho de que uno persiguió al otro sin descanso hasta que terminó muerto a manos de Ramón Mercader, un catalán que servía como espía de la NKVD, y cuya madre era más fanática que santa Mónica.
Que a la mujer le llame problemática no es, ni mucho menos, una descripción de su carácter o la declaración solapada de machismo del que Dios me ampare, me libre y tenga a bien protegerme porque no existe ni un solo registro mítico o histórico donde la mujer sea responsable de nuestra expulsión del Paraíso o haya hecho caer ciudades inexpugnables a manos de ejércitos agamenónicos sólo por no negarse a ser secuestrada por un hermoso príncipe troyano, y lo digo aquí más como una afirmación de la imposibilidad del Señor D para definirla bajo las premisas metodológicas sobre las que había construido su mundo. Ese no saber qué hacer era algo nuevo para él y lo llevó a releer de nuevo sus libros de cabecera, no como quien espera encontrar respuestas definitivas, sino como quien busca desesperadamente el camino de una fe que ha perdido. Bendito Marx que estás en los cielos, si quieres, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. ¿Cómo era posible que no supiera que hacer? Las mujeres son fáciles, el marxismo, en cambio, muy difícil. Pensó que aquello sería temporal, como las ráfagas de agosto que a veces se extienden hasta septiembre, pero no más allá. La dejó ser. Una noche después del amor le escuchó decir que la monogamia era un invento antiquísimo para preservar la especie y que a ella no le gustaban los hombres o las mujeres, eso era demasiado simple; ella amaba la belleza y belleza había en todas las criaturas de Dios. Aquello lo desconcertó. Además de negar de manera descarada todas las tesis de Engels, una declaración de ese tipo no sólo era herética, sino que la ponía del otro de la cerca en la tundra siberiana.
El Señor D no volvió a conciliar el sueño. Divagando en esas filosofías, preguntándose, pobrecito, por qué a las personas de izquierdas les pasan cosas de derechas o, lo que es lo mismo, por qué a la gente buena le pasan cosas malas. Que la mujer es un diablo filosófico es un cuento más viejo que el mundo y tan cierto como que las filosofías occidentales reniegan de la mujer porque agota las definiciones, les desborda las certezas y ya se sabe que lo mejor es no lidiar con vainas que no se entienden porque es más fácil hacer de cuenta que no existen o, si es imposible negar su existencia, las relegamos al margen para mirarlas con sospecha; confirmando de una vez por todas de que no hay nada más frágil que una certeza filosófica. Una mujer que resiste a las clasificaciones ideológicas no debería ser una sorpresa para el Señor D, pero ahí lo tienen ustedes, dedicando canciones, enviando cajas con dulces finísimos fabricados por una multinacional estadounidense, caminando al encuentro de su amada bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos como un personaje de Woody Allen mientras espera a que el vigilante del edificio donde ella vive abra la puerta de vidrio que lo separa de la lluvia y las delicias metafísicas del amor, y al que no saluda ni agradece porque Marx lo libre de confraternizar con una persona sin estudios que no se ha leído El capital y no sabe nada de la lucha de clases. Vivir en el mundo es mucho más complicado cuando se conocen los mecanismos mefistofélicos que lo sostienen que simplemente vivir en él sólo preocupándose por sobrevivir. Él es de los primeros; eso lo hace diferente. Emprende el camino por las escaleras porque el planeta está muy jodido como para gastar energía en el ascensor. El Señor D llama a la puerta. Afuera llueve a cántaros. Es momento de agradecerle por los chocolates y decirle que prefiero seguir saliendo con mujeres que volverme a encontrar con él.