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Lecturas de 2015 por J. S. de Montfort

J. S de Montfort (España, 1977). Escritor y crítico literario. Autor de Fin de fiestas, ed. Suburbano 2014. Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid) y Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona). Editor en Revista Hermano Cerdo.

Creo que leí bastante este año pasado. Y bueno. Al menos lo que recuerdo. Es difícil siempre llegado este final de ciclo pensar en su totalidad en conjunto. Así que empecemos y a ver de qué me acuerdo.
Recuerdo con viva sorpresa y un agrado excitante ese compendio sobre la gestualidad y la literatura que son las piezas escénicas de Aproximación a nada (Culturama, 2014), del escritor colombiano Darío Rodríguez, de quien ya había leído -con sumo gusto- uno de sus libros anteriores: Observaciones desde una ventana (Garcín editores, 2013). Recuerdo también los relatos de Eduardo Jorda, contenidos en Yo vi a Nick Drake (Rey Lear, 2014), unos textos de factura clásica y aliento viajero. Recuerdo la sorpresa de leer a Carlos Yushimito (Los bosques tienen sus propias puertas, Demipage, 2014), a quien -por alguna razón- me había resistido a leer. Y mal que hice, me alegro de recordarlo ahora, pero también de haberlo leído (y de querer seguir leyéndole) sus historias extravagantes y su experimentación expresiva. Y hablando de relatos me quedé un poco al estilo coitus interruptus con Nueve (Demipage, 2014, de Rodrigo Hasbún, ya que esperaba un libro completo de relatos nuevos. Y no. Una emoción -truncada- parecida a la que tuve con Liliana Colanzi y su libro La Ola (Montacerdos, 2014). Espero que pronto podamos leerles ambos sendos libros nuevos de relatos. Ah, y leí también Los afectos (Random House, 2015), de Hasbún. Una novela. Buena. De expresividad seca, pero feliz.
Leí con enorme delectación Coronel Lágrimas (Anagrama, 2015) de Carlos Fonseca. Y la desaparición del paisaje (Periférica, 2015) de Maximiliano Barrientos, así como Ornamento (Periférica, 2015), de Juan Cárdenas, uno de los escritores contemporáneos que más me agradan y cuyos libros siempre suponen un interesantísimo desafío crítico. Descubrí con una emoción vibrante al escritor Pablo Ramos, con su novela La ley de la ferocidad (Malpaso, 2015), una novela que me dejó completamente loco (en enero se publica la tercera parte de su trilogía autorreferente: En cinco minutos levántate María; yo ya la leí y os puedo decir que es una potentísima novela breve, Ramos es uno de los grandes escritores argentinos de hoy día). Otro libro en esta línea es La Pecera, de Juan Gracia Armendáriz, de quien no había leído nada y de quien, después de la Pecera, quiero leerlo todo. Rumbosa y también feliz fue la lectura de Caracaos (Melusina, 2015), de Marc Caellas, un tipo apacible que, sin embargo, porta adentro un incendio que se desparrama siempre - sin renunciar al humor- en sus creaciones (sean en forma de libro o en forma de obra teatral, performance o lo que sea que se le ocurra hacer).
En cuanto a libros de poesía me sorprendió enormemente la versión de las Elegías de Duino (Sexto Piso, 2015) de Juan Rulfo y un librito precioso llamado En mi pradera, de Fredéric Boyer, también editado por Sexto Piso. Y qué decir de Eso, de Inger Christensen (de nuevo Sexto Piso). Eso es una barbaridad. Un libro explosivo y total. Casi indresciptible. Me gustaron también dos libros de El Gaviero, de jóvenes poetas (a los jóvenes poetas hay que leerlos siempre, y leerlos no viéndoles las flaquezas sino hipotetizándoles la gloria): la antología Mil novecientos violeta y el libro de Gabby Bess, Post Coño.  
Quería destacar también La línea de producción de la crítica (Consonni, 2014), del crítico de arte Peio Aguirre. Un libro que propone una discusión perentoria: el modo en el que la crítica puede -y debe- beneficiarse de la publicidad y el marketing.
¿Qué más? La primera novela de Maria Virginia Jaua: Idea de la ceniza (Periférica, 2015), un libro bellísimo que habla del modo de mantener un amor en vilo, de la potencia de la escritura y de la telequinesis del afecto. Pero también del duelo y de la teoría crítica. Un libro para mi muy especial. Y también lo es, de especial y único, La herida se mueve (Tropo Editores, 2015), de Luis Rodríguez. Un libro desconcertante, raro, ineludible para todos los amantes de la literatura más arriesgada y, al tiempo, desgarradora.
Ah, y Lydia Davis y Ali Smith (adoro a Ali Smith, su libro How to be both es espectacular: una pieza reversible, magistral). Y he leído y releído a Nabokov, a Sherwood Anderson, a Josep María de Sagarra, al escritor catalán Toni Sala, a Tabucchi y a Blanchot. No quiero olvidarme de Sarajevo (Malpaso, 2015), del periodista Alfonso Armada, un libro que me hizo llorar y me dio mucha tristeza, pero, al tiempo, entendí que debía leer y me hizo bien leerlo.
Por último, mi gran descubrimiento de este año: Stephen Dixon. Soy ya un fan total de Dixon.
En estos momentos leo a Sergio de la Pava (Personae), la 4ª (Lupercalia, 2014), de Mario Crespo y un librito fantástico que encontré esta tarde en una librería de viejo: Una tarde de monsieur Andesmas (Seix Barral, 1971), de Marguerite Duras, de quien tambén leí hace poco Destruir, dice (Tusquets, 1991).
Eso es todo, creo.
No, uno más: Young skings, de Colin Barret, un libro de relatos extraordinario de un narrador joven muy prometedor.
Y ahora sí, ya, dejo el recuento que se hace tarde y otros tienen que venir también a contar sus lecturas.
Que todos Vds. disfruten de un 2016 cargado de muchas y -esperemos- buenas lecturas.
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Lecturas de 2015, por L.C. Bermeo Gamboa

LC Bermeo Gamboa (Yumbo, 1985). Columnista del programa radial Torre de marfil de Yumbo Estéreo 107.0 FM y de la revista El cartel urbano. Autor de Antídotos de ruda (2005) y Libro del pan (2010). Editor de la revista Barbarie Ilustrada.

La primera lectura es siempre la que no alcanzamos a terminar el año que pasó, yo hice la transición al 2015 con Los documentos póstumos del Club Pickwick en la traducción de José María Valverde, nada me ha parecido más gratificante que ignorar todas novedades editoriales para leer, por el tiempo que sea necesario, la primera novela de Dickens —tenía 24 años— donde con una idea prestada, puesto que un periódico le había contratado para redactar textos humorísticos a las escenas inventadas por el ilustrador Robert Seymour, logró exhibir sus más notables influencias: Cervantes y Sterne.

Aprovechando el sistema de publicación por entregas —Dickens escribió Los documentos entre marzo de 1836 y noviembre de 1837 tiempo durante el cual se casó, tuvo el primero de sus diez hijos y empezó Oliver Twist, admirable en todo sentido si pensamos que todo lo escribió en su casa rodeado de su familia—, más un estimulante creativo que una limitación para la inspiración, en esta novela se desborda su capacidad para tejer sobre una trama básica un sinfín de pequeños acontecimientos extraordinarios donde el ingenuo Samuel Pickwick acompañado de sus seguidores, pero sobre todo de su sancho Sam Weller –que no estaba en la historia original, pero Dickens lo incluyó necesariamente para complementar al personaje principal— complican todo lo que está bien en el mundo para resolverlo del modo menos esperado o para dejarlo todo igual luego de muchos reveses. Hay que ver cómo los dueños de una pensión barata resuelven el problema de levantar a sus huéspedes y hacerlos desocupar temprano las habitaciones, Sam se lo explica al Sr. Pickwick con aquello de la cuerda de dos peniques (Capítulo XVI).

Los pickwickianos —diferentes a los Shandianos de Sterne que tanto admira Vila-Matas, aunque ambos se inscriben en una sola genealogía de naturalezas humorísticas– son los aventureros de lo cotidiano, para ellos cada situación obvia de la vida es toda una expedición y una inmersión en mundos desconocidos. En este libro el autor transmite el placer con que lo escribió y el apreció que tenía por sus personajes. A los mejores episodios que pasan en tabernas y reuniones familiares, también se le une la sátira de la época victoriana que iniciaba por entonces: políticos, abogados, sacerdotes, burgueses de provincia, son ridiculizados, las instituciones son sutilmente burladas, Dickens no las desaprueba, pero las debilita con las buenas maneras del caballero, mostrando sus absurdos. Acerca del matrimonio que es todo un misterio para los pickwickianos, y también lo era para Dickens recién casado, aporta reflexiones como esta: “Cuando seas un hombre casa’o, Samivel, comprenderás muchas cosas que ahora no comprendes; pero si vale la pena sufrir tanto pa’ aprender tan poco, como dijo el niño del asilo cuando acabó el abecedario, eso es cuestión de gustos”. Hay tanto para comentar de Los documentos, una obra  a la que deseamos volver por puro placer, nada más.

Luego vendrían este año las lecturas de Los papeles de Aspern de Henry James, tengo predilección por la literatura inglesa, es decir, por la literatura inglesa traducida al español —esa literatura específica es poco estudiada—, traducido también por Valverde; a la short novel principal se unen otros relatos sobre dramas de escritores en diferentes momentos de su vida creativa y social –por simple chismografía leí Vidas escritas de Javier Marías donde incluye un retrato de James, también de otros veinte escritores, la mayoría ingleses—: Lección del maestro, la del escritor novato frente al escritor consagrado que ya no puede medirse creativamente aunque administra muy bien su fama; La vida privada, la del escritor que desfigura su vida al punto de convertirse en un hombre diferente en la intimidad y en otro como escritor, finalmente nadie le reconoce sino en sus respectivos medios; La media edad, el escritor maduro y cansado de su fama que se enfrenta a un admirador profundo para terminar comprobando que fracasó con su obra; El lugar de nacimiento, aquí el tema es el autor como mito: un humilde bibliotecario se decide a cuidar la casa museo donde nació el gran autor nacional del que todos saben la leyenda y que los administradores han convertido en un espectáculo rentable, el bibliotecario sabe que todo es un simulacro y que Él no está allí, entonces sufre el dilema moral del lector crítico que valora la obra y es obligado a posar para un montaje.

Los libros clásicos son más baratos que las novedades, según esta lógica, por el precio de una novedad, se pueden comprar hasta tres clásicos, pensemos en lo último de Juan Esteban Constaín: El hombre que no fue jueves, lo dejo en su estante y me voy por tres de Chesterton con los que pasé parte del año: El hombre que fue jueves en la traducción de Alfonso Reyes, Ortodoxia en la edición de Porrúa y Lo que está mal en el mundo de Acantilado —este último un poco más costoso que los tres anteriores juntos, pero ya está claro mi punto de que por una novedad se pueden leer más clásicos—.

Estos tres libros de Chesterton configuran un manifiesto reaccionario y católico casi irresistible, yo no me he podido resistir, por ejemplo al encanto anacrónico de Lo que está mal en el mundo, allí reivindica a las tabernas como una institución cultural masculina, tal como en la edad media, ennoblece la pobreza como la misma cultura y delata las paradojas del progreso y la democracia. En El hombre que fue jueves, una novela policiaca en el fondo religiosa, pero como aclaraba Borges, lo divino en Chesterton siempre tiene algo de monstruoso. En Ortodoxia el ingenio nunca se ha esmerado como con Chesterton en defender tantas ideas moralmente correctas y conservadoras de las que la modernidad ha renegado con razón y esmero, pero sin tanta gracia.

Este año también descubrí otra obra de Diderot que, aunque Jacques El Fatalista es una obra maestra de la digresión, no debemos dejar de leer El sobrino de Rameau el famoso diálogo durante una noche entre un filósofo y un fracasado ilustrado cuyas críticas permanecen vigentes: “Lo importante es poder ir todos los días tranquilamente, libremente, agradablemente, al retrete. ¡O stercus pretiosum! Ese es el grandioso resumen de la vida en cualquiera de sus estamentos”.

Hay otras lecturas, no al margen, más bien, inmiscuidas entre las que acabo de comentar, no menos importantes, tal vez más influyentes y por eso mismo valdrían un comentario a parte, algunas lecturas agrupadas por un tema común de mi interés que aún no digiero del todo, y ni qué decir de las lecturas fragmentarias ¿por qué no mencionar alguno de los Cantares de Pound que hemos adelantado este año, ya que leerlos completos es desmesurado en tan corto tiempo? ¿Cuántos años de lecturas fragmentarias se necesitan para terminar Los cantares, para gente como yo que tiene la costumbre no leer completo? Pero la lista es de libros completos, palabra dudosa también, y la concluiré con estos que sí terminé:

—Textos I de Nicolás Gómez Dávila.—La educación del estoico de Fernando Pessoa (Heterónimo: Álvaro Coelho, Barón de Teive).—Jakob von Gunten de Robert Walser.—Bartleby el escribiente de Herman Melville en la traducción de Borges.—Poesía en la práctica y Los demasiados libros de Gabriel Zaid.—Una historia sencilla de Leila Guerriero.—Poesías completas de Konstantino Kavafis en la traducción de José María Álvarez (Hiperión), hasta ahora yo sólo conocía a Kavafis por las traducciones de Harold Alvarado Tenorio.—Notas para una ficción suprema de Wallace Stevens en la traducción de Javier Marías.—Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig.

Dejo un poco para comentar El viaje alrededor de mi habitación (1794) de Xavier de Maistre, esta obrita en la que un hombre acosado por la guerra prefiere viajar seguro en su propio cuarto donde cada objeto es símbolo o pretexto para una reflexión de la humanidad y el mundo, en una estructura abierta a interrupciones y distracciones, sin la extrema complejidad del Tristram Shandy (1760), incluso más breve que El viaje sentimental (1766), este viaje en francés escrito casi treinta años después que el de Sterne, es más relajado y su humor más amargo, por no decir más romántico, copio completo el capítulo XXIII: “Tenía yo una vieja parienta, mujer muy lista, cuya conversación era de lo más interesante; pero su memoria, a la vez inconstante y fértil, la hacía con frecuencia pasar de unos episodios a otros y de unas a otras digresiones, hasta el punto de verse obligada a implorar la ayuda de sus auditores. «¿Qué es lo que quería contaros?», decía, y también con frecuencia sus auditores lo habían olvidado; lo cual dejaba a toda la reunión en un apuro difícil de expresar. Ahora bien; se ha podido notar que el mismo accidente me ocurre con frecuencia en mis narraciones, y habré de convenir, en efecto, que el plan y el orden de mi viaje están exactamente calcados sobre el orden y el plan de las conversaciones de mi tía; pero no llamo a nadie en mi auxilio, porque he notado que el tema vuelve a presentarse por sí mismo y en el momento en que menos lo espero”.

Este año hago la transición al 2016 con Rojo y Negro de Stendhal, en la traducción de Carlos Pujol.



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Lecturas del 2015, por Gabriela Alemán

Gabriela Alemán. Escritora ecuatoriana. En 2015 fue finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez por su libro La muerte silba blues. 

Causas Naturales, Claudia Hernández (Punto de lectura, 2013), quince cuentos que vuelven a colocar a la salvadoreña entre los mejores de los cuentistas contemporáneos. Un universo cerrado, donde el lector entra para descubrir una nueva manera de entender el mundo.

Cualquier hombre es una isla, ensayos y pretextos, Mario Montalbetti (CFE, 2014), ensayos que desbaratan el lenguaje de la actualidad mientras se acercan a Vallejo y Brodsky desde otros ángulos. Una lectura deslumbrante e iluminadora.

Gramática Pura, Juan Fernando Hincapié (R + N, 2015), una novela que vuelve a la gramática cómplice del lector. Divertida, curiosa, diferente, con una narradora inolvidable.

Diario de la mujer invisible, Liliana Guzmán Zárate (U. Nacional, 2015), experimental y rica. Esta novela no teme desbordarse ni en su propuesta, ni en su tiempo, ni en la voz narradora. No defrauda.

Las diecinueve enaguas, César Mackenzie (U. Nacional, 2015), 183 páginas de ingenio y riqueza verbal. Un viaje por una ciudad y uno personajes decimonónicos que llenan de claroscuros a la Bogotá de finales del siglo XIX.

Jumma de Maqroll el Gaviero, Antonio García Ángel (Tragaluz, 2015), un ensayo etílico donde el alcohol ilumina los textos de Álvaro Mutis, desde los bares que frecuentó El Gaviero hasta los licores que prefería. García Ángel se mete de lleno en el mundo de Mutis y logra, con gran trabajo arqueológico, recomponer el Decálogo del buen bebedor. Una delicia de libro.

El pasado es un pueblo solitario, Osdany Morales (Bokeh, 2015), uno de los libros de poesía más inteligentes que he leído. Osdany, cubano que vive en Nueva York, parte de preguntas aleatorias hechas en inglés para recordar claves o contraseñas, las respuestas a ellas son los poemas que arman el libro. Un descubrimiento.

¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?, Luis Miguel Rivas (Planeta, 2015), el tono de los relatos de Rivas es como el rocío, una sorpresa placentera y nueva. Terminé el libro y quise buscar otro de él.

La ruidosa marcha de los mudos, Juan Álvarez (Planeta, 2015), un conjuro del lenguaje, un libro que no acaba, una apuesta que va a perdurar en el tiempo.

Los viernes, Juan Forn (Emecé, 2015), Forn ha hecho del relato breve de no-ficción una obra maestra. Esta colección es solo prueba de ello.

Estación final. Antología 1940-2011, Lêdo Ivo (Valparaíso, 2012), “Desde la infancia me acostumbré a esconder lo que amo, para evitar la envidia y la codicia, y ese rencor que desborda todos los corazones, aún de aquellos que son los más abastecidos por la fortuna del destino. Mis palabras eran un tesoro. Yo las enterré en las dunas, entre el viento y el mar.” ¿Cómo no lo había leído antes?
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Lecturas de 2015, por Fabián Buelvas

Fabián Buelvas González (Barranquilla, Colombia, 1985). Psicólogo. Sus escritos han aparecido en El Malpensante, Revista Bacanal, Revista Cronopio, Labrapalabra. 


No me gusta mucho leer listas de libros pero las leo de todos modos, satisfecho por saltarme mi prohibición pendeja. No me gustan porque sirven para constatar que no he leído casi nada de lo que otros consideran bueno o muy bueno, entonces una culpa sutil me embarga y me recuerda lo desordenado que soy al leer, y que mi promesa de corregir lo que creo es un mal hábito se queda en nada año tras año.

Esta es la primera lista que hago y me ha parecido un ejercicio dictatorial muy saludable. No necesariamente los libros aquí citados son los mejores que leí, pero todos sí que me retumbaron en la cabeza por semanas. Aprovecho para exponer algunas razones al respecto.

La muerte del obrero, de Paul Brito (2014, Collage Editores). Ocho relatos que pueden ser leídos como cuentos o como una novela breve. Fabián Roca, el protagonista de casi todos ellos, es un joven desempleado que no tiene cómo pagar sus estudios, así que se ve obligado a trabajar en los oficios más disímiles para sobrevivir. En ellos conoce a gente hostil y contrariada, rencillas laborales, y a una especie de gurú de una organización secreta que quiere destruir al mundo. La muerte del obrero es una crónica del hastío.

El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (1962, Minotauro). La novela está ambientada en un universo ucrónico donde las fuerzas del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial a los Aliados. El derrotado Estados Unidos es administrado al oeste por los japoneses y al este por los nazis. En medio de ese panorama, Hawthorne Abendsen escribe una novela que narra la victoria aliada, la cual está prohibida y es distribuida secretamente por la resistencia norteamericana.

Rebelión de los oficios inútiles, de Daniel Ferreira (2015, Alfaguara). Es un sumario de la violencia colombiana. Situada en los años 70, narrada por varias voces unidas por la injusticia y el horror, Rebelión de los oficios inútiles es el testimonio de aquellos personajes anónimos que fueron derrotados mientras luchaban para hacer valer sus derechos y los de los suyos. Las primeras 20 páginas son de una intensidad que te engancha enseguida.

Máscara, de Stanisław Lem (2015, Impedimenta). Lem es uno de los mejores escritores que he leído. En Máscara hay 13 cuentos que exponen su feroz inteligencia para predecir el futuro: máquinas con consciencia, invasiones espaciales a estrellas lejanas o el problema de la comunicación extraterrestre (“Sería tan raro como si a los caracoles les diera por hacerle una visita a las ardillas. No habría comunicación posible”, dice en uno de los relatos). Hay varios cuentos de juventud en los que las ganas de exponer una idea opacan su maestría como escritor.

Los jinetes del recuerdo, de Antonio Mora Vélez (2015, Collage Editores). Antonio Mora Vélez es uno de los pioneros de la ciencia ficción en Colombia. Este es su tercer poemario y tiene varios poemas que describen el fin de la vida en este planeta, como Apocalipsis XVII y Hongo rojo. Las imágenes de esos poemas, que parecen dictados por un vidente, me resultaron desoladoras.

Un lugar para que rece Adela, de Andrés Mauricio Muñoz (2015, Universidad de Antioquia). Andrés Mauricio Muñoz es un escritor que estudió ingeniería pero que parece relojero. Los siete cuentos de este libro son un ejercicio de tenacidad y paciencia para construir cada frase, para escoger cada palabra. También, como los relojeros, repara: los personajes se enfrentan a circunstancias que podrían terminar muy mal, pero salen de ahí más sabios y fuertes. Una carrera especial es uno de los mejores cuentos del libro.

Frente a un hombre desnudo, de Adriana Rosas (2014, Collage Editores). Estos cuentos nos recuerdan que la realidad está llena de grietas por las que se escapa el horror humano: la muerte, la violación, el masoquismo. La escritura de Adriana Rosas da la impresión de querer decir más de lo que está escrito, como si invitara al lector a reconocer sus propias debilidades entre cada párrafo. Son historias breves que a ratos parecen escritas para cine.

La azotea, de Fernanda Trías (2001, Laguna Libros). La casa que habitan Clara, su hija y su padre, es todo el mundo que existe. Clara teme salir a un exterior que le parece muy peligroso, su padre está muy viejo y senil para oponerse a los desvaríos de Clara, y la hija de ella es una bebé de brazos. La azotea es el único espacio libre para conectarse con lo que está afuera, espacio que se reduce cada vez más por los desvaríos agorafóbicos de Clara, quien ni siquiera puede sostener la casa que pretende habitar hasta el fin de los tiempos. La azotea es una novela dolorosa, con algunos momentos de ternura que la locura se encarga de disipar pronto.

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Lecturas de 2015, por René López Villamar

René López Villamar (Ciudad de México, 1979) colabora como crítico literario, narrador y ensayista en varias publicaciones en México y España, como La Tempestad, Vice, Pez Banana, y Tierra Adentro, de la cual además fue editor en jefe. Está antologado en Lados B (Nitro Press, 2014) y Cerati. Siempre seremos prófugos (Marvin, 2014).

El poder del mundo ha cambiado al este y al sur en la primera novela de Monyca Byrne, The Girl in the Road (Crown, 2014, todavía sin traducción al español), una novela con maravillosos protagonistas femeninos y ambientada en el futuro, aunque no es ciencia ficción. El mejor debut literario en tiempo recientes, Monyca es capaz de atajar temas complejos sobre identidad, migración, religión y sexualidad sin permitir que lector pierda nunca la capacidad de asombro por su versión del futuro.
También poderosa, pero ya de la pluma de un maestro, El Rey del Juego (Anagrama, 2015) es quizá la mejor novela de Juan Francisco Ferré a la fecha. Si Providence era su novela americana y Karnaval su novela europea, El Rey del Juego es su novela española, pero a la vez la más universal. Ferré está aquí en la cúspide de su capacidad narrativa, en lo más alto de la agudeza y el humor, y también en lo más acido y philipkadickiano de su crítica. Exigente y alucinante, no pude evitar consumirla como adicto en las 48 horas anteriores a escribir este texto.
Una tercia de libros tan inclasificables como impresicindibles de tres jóvenes autores mexicanos: Esquirlas de Luis Panini (27 Editores, 2014), novela sin ficción, escrita con presición quirúrgica pero a la vez es toda corazón; Kafka en traje de baño de Franco Felix, verdadero heredero de las crónicas de David Foster Wallace, menos la verborrea wallaciana, lo cual se agradece. Jaws (Tiburón) (Mantis, 2015) de Xitlálitl Rodríguez Mendoza es es el mejor poemario mexicano que leí este año: sobre aquello que se pierde (o se gana) en la traducción, mitad collage, mitad bomba atómica, 200% genialidad poética.
Apareció Nocilla Dream (Fitzcarraldo, 2015) y pronto fue mencionado como uno de los libros del año por The Guardian. No es de extrañar: no hay obra comparable en inglés a la de Agustín Fernández Mallo, como reseña un azorado Ben Marcus. Pero es Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1988–2012) (Joaquín Mortiz, 2015) la obra con la cual se encumbra ya como uno de los principales poetas españoles de su generación.
Páginas interiores (La Cifra/Rey Naranjo, 2015) es la primera incursión en el la novela gráfica de Jacky Beneteaud y Stéphane Courvoisier, pero la pirotecnia gráfica y estructural es una que otros artistas no alcanzarán en toda su carrera. Es, además, una historia de amor deliciosa. Por último, un cuento, “Impossible Dreams”, de Tim Pratt, ganador del Hugo en 2006, un cuento de ciencia ficción sencillo pero muy efectivo, no puede dejar de leerse. Se encuentra en varias antologías es español como “Sueños imposibles”.

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Lecturas de 2015, por Katherin Velandia

Katherin Velandia. Booktuber. Sus perfiles en la red: Facebook  [Leyendo por ahí - Katherin Celeste] Twitter [@KathVelandia Instagram] [http://instagram.com/katherin.velandia] Goodreads [https://www.goodreads.com/user/show/3] Lectorati [http://www.lectorati.com/reader/je_k] 

Juliana los mira, Evelio Rosero
Una escalera al cielo, Mario Mendoza
No todo lo que brilla es sangre, Alvaro Vanegas
Viaje al interior de una gota de sangre, Daniel Ferreira
Barrio Blues, John Jairo Junieles


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Lecturas de 2015, por Margarito Cuéllar

Margarito Cuéllar. Poeta mexicano. Premio Nacional de Poesía de la Universidad Autónoma de Zacatecas por la obra Estas Calles de Abril. Premio Nacional de Poesía (Calkini, Campeche,) y Premio Nacional de Cuento ( Campeche, México). Autor de Plegaria de los ciegos caminantes ( Universidad Nacional de Colombia 2000).

Algunas de mis lecturas en 2015. Otras han vuelto ya a sus anaqueles. Por alguna causa conservo una columna de libros leídos recientemente. No todos son novedades editoriales.

La nueva escritura sumaria. Antología poética. Ricardo Yáñez. Vaso Roto Editores, México-España, 2011.
El nadador en el mar secreto. William Kotzwinkle. Navona, Barcelona, 2014.
El fin de los libros. Octave Uzanne. Gadir. Madrid,  2010.
El cazador de instantes, Cuaderno de travesía (1990-1995). Rafael Argullol. Acantilado, Barcelona, 2007.
Breviario del caos. Albert Caraco. Sexto Piso, México-España, 2004.
Helene Hanff. 84, Charing Cross Road. Anagrama, 2002.
Opio en las nubes. Rafael Chaparro Madiedo. Babilonia, 5ª. Ed., 2007.
Me llamo Hokusai. Christian Peña. Fondo de Cultura Económica, México, 2014.
El misterio de la belleza. Nuno Judice. El Oro de los Tigres, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010.
Escribir una novela que atrape al lector. Silvia Adela Kohan. El Andén Express, Barcelona, 2008.
El arte de enseñar a escribir. Mario Bellatín. Fondo de Cultura Económica, México, 2007.
El color de la piel. Ramón Díaz Eterovic. Lom, Santiago de Chile, 2003.
Verdad posible. Eduardo Langagne. Fondo de Cultura Económica, México, 2014.
La piedra de Kata Tjuta. Yu Jian. China Intercontinental Press, 2015.
Memorias de la Revolución Cultural/ Conejitos. Lou Ying. Visor, 2014.
Antología poética. Cai Tianxin. China Intercontinental Press, 2015.
Pasaporte del apártida. Juan manuel Roca. Pretextos, Maderid, 2011.
Diarios 1945-1985. Salvador Elizondo. Fondo de Cultura Económica, México, 2015.
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Lecturas de 2015, por Orietta Lozano

Orietta Lozano, Cali. Poeta. Ha publicado ocho libros de poesía, una novela, un ensayo sobre Alejandra Pizarnik y una antología en colaboración del poeta Antonio Zibara, de poesía del Valle del Cauca. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus. "La poesía es un anfibio acechando la lengua de una mariposa".

El Atestado, Jean-Marie Gustave Le Clézio

El odio a la música: diez pequeños tratados, Pascal Quignard

La gruta de las palabras. Obra selecta, Vladimír Holan.

Nueve cuentos, J. D. Salinger.

Locos de amor, Sam Shepard

Patria Gotica, Rafael Bini

Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas

Festejar la ausencia, Beatriz Vanegas Athías

Diario de los  seres anónimos, Omar Ortiz 

El país de las últimas cosas, Paul Auster

El ayudante, Robert Walser

La Bastarda, Violette Leduc

Viernes o Los limbos del Pacífico, Michel Tournier

Kafka en la orilla, Haruki Murakami




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Lecturas de 2015, por Víctor Sampayo

Víctor Sampayo (Ciudad de México, 1976). Es escritor e investigador museográfico. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha colaborado en revistas literarias de México, Argentina, España, Venezuela y Chile, además de ser autor del libro de relatos Los días incendiados (2010).


Sé que las listas de “lo mejor del año” son, en el mejor de los casos, subjetivas (en el peor suelen ser agresivas estrategias de marketing), es decir, de una confiabilidad más bien escasa. Sin embargo, tengo la convicción, acaso ingenua, de que una lista con los mejores diez libros que leí durante este 2015 puede ser una especie de guía que, de caer en las manos adecuadas, abrirá un mundo lleno de asombro, imaginación y, por qué no decirlo, encuentros con uno mismo. Esta lista es sumamente heteróclita: no está basada en novedades o en otras categorías semejantes, sino en los que a mí me parecieron los mejores diez libros que leí de un total de sesenta y dos. Quizás el único factor común que tiene mi lista es que cada uno de estos títulos «eligieron» ser leídos aleatoriamente durante 2015, sin importar el país del autor o la época en que fue escrito.



Evangelios apócrifos, edición de Edmundo González Blanco

Desde el siglo II hasta poco después de las Cruzadas, surgieron gran cantidad de historias alusivas a Jesucristo y a su paso irrepetible por la Tierra. Todos los textos de este volumen fueron desechados por el canon eclesiástico debido a su singular heterodoxia: se trata de supuestos evangelios que describen la vida y muerte de la virgen María, la niñez de un travieso Jesús que además es consciente de sus poderes divinos, la muerte de José el carpintero, e incluso algunas versiones maniqueas —elaboradas durante la Edad Media— de la «venganza» divina contra los judíos cuando la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos. Además, está presente el evangelio agnóstico de Valentino que, según yo, podría ser una piedra fundacional para las descripciones del infierno y el paraíso en la Divina comedia de Dante. Si bien este volumen, compilado y traducido por Edmundo González Blanco, no abarca la inmensa totalidad de evangelios apócrifos que han sido descubiertos hasta la fecha, sí resulta una muestra interesante de las diversas visiones y lecturas que surgieron en lugares tan disímbolos como Egipto, Armenia, Arabia, Asia Menor, Europa, etcétera, a partir del nacimiento, muerte y resurrección del Hijo del Hombre.



Historia de los griegos, de Indro Montanelli

Con una prosa desenfadada, amena, y más enfocada en dar a los personajes la sangre y los humores humanos que en los acontecimientos puramente históricos, Indro Montanelli ofrece un detallado retrato de la Grecia antigua, partiendo de las civilizaciones minoica y micénica, acaso los primeros grupos humanos «civilizados» que poblaron Chipre y la vastedad de islas del Egeo, incluyendo las tierras continentales de la península griega, pasando por el dominio aqueo tras las guerra contra Troya, las migraciones dorias, las guerras contra el imperio Persa y el nacimiento de Atenas como el centro del saber, hasta culminar con la conquista romana del siglo III y II antes de Cristo. Un lapso de aproximadamente mil años en los que surgió, floreció y decayó una cultura de la que el Occidente actual es heredero. Muy recomendable para todos los públicos.



Las hortensias y otros relatos, de Felisberto Hernández

Felisberto Hernández tiene una prosa que se desmarca de las etiquetas. En sus relatos uno puede ser capaz de acceder a la realidad —o acaso a una nueva realidad, escondida bajo la alfombra de la cotidiana— mediante puertas que tal vez nunca son notadas en el día a día. Eso sí, es un autor muy exigente con el lector, quien debe tener lista y bien afilada la imaginación y el asombro ante hechos que, bajo otras circunstancias, estarían bañados con la luz de lo acostumbrado. Un libro para besarse las puntas de los dedos.



El hombre y sus símbolos, de Carl G.Jung

En este libro, el último que escribiera Carl Gustav Jung, ayudado de su más cercano círculo de colaboradores, su psicología está presentada de una manera comprensible para cualquier lector. El papel de los símbolos en el inconsciente humano está explicado mediante varios ejemplos de sueños que acuden con harta frecuencia a visiones arquetípicas, de tal forma que constituyen las emociones y el panorama ético y mental de un individuo; es decir, lo mismo pueden fomentar la capacidad creadora que la destructora. Y es que, según Jung, la psique inconsciente tiene el mismo proceso de evolución que cualquier otro aspecto humano, lo que explicaría que gente sin una gran erudición logre traer a colación en sus sueños situaciones que aluden a mitos sólo conocidos por unos cuantos especialistas o que han estado ahí desde que la humanidad discurre sobre la Tierra. Un libro destinado a la consulta constante.



Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas

Este es quizás el mejor libro que he leído de Vila-Matas. La exploración de los escritores del No, o como él los llama: los «bartlebys» (término surgido de ese personaje melvilleano, cuya principal característica es negarse a sí mismo), quienes prefirieron no seguir en los caminos de la literatura o, incluso, jamás emprenderlos, y sin embargo quedar en la memoria de ese arte que al final negaron. Rulfo, Tolstoi, Rimbaud, Walser, Kafka, Salinger, Melville, Maupassant, Traven y un gran desfile de tránsfugas literarios exponen, ya sea con palabras o con acciones, el porqué de su abandono de las letras, con lo que al final queda flotando la tesis de que la literatura «verdadera» podría contener la negación de sí misma. Un libro que roza la genialidad.


El peregrino encantado, de Nikolai Leskov

Las vastas peripecias de Iván Severiánich antes de tomar los hábitos de monje podrían caber en la vida de varios hombres. De ser un travieso siervo en las propiedades de un conde, comienza una peregrinación interminable por los más remotos confines de la tierra rusa para mostrar la sencillez de su alma en todo su esplendor. Nikolái Leskov, ese escritor que encarnara el arquetipo del narrador para Walter Benjamin, nos obsequia con El peregrino encantado una novela estrafalaria que, con humor tabernero y una fantasía desbordada, explora la identidad rusa y su profunda tradición, tanto religiosa como legendaria. Una obra maestra dedicada a los amantes de la risa y las historias extrañas.


El libro de los muertos tibetano, edición de Ramón N. Prats

La minuciosa y sobrecogedora descripción de los estados que debe atravesar un difunto desde el momento de su muerte hasta los instantes previos a su reencarnación (en caso de que no alcance la liberación mediante los diversos consejos que se le revelan), es decir, durante su vagabundeo en el Samsara, según la concepción budista-tibetana, convierten a este libro en un indispensable de todos los tiempos.


Pieza única, de Milorad Pavić

Desde Paisaje pintado con té no había disfrutado tanto de un libro de Pavić, sin contar, por supuesto, con el más grande de todos: Diccionario Jázaro. En el caso de Pieza única, Pavić muestra esas obsesiones que han hecho de él un escritor totalmente alejado de lo convencional: la simbología que encierra el lenguaje, los extrañísimos giros retóricos, los demonios, que suelen convivir con la gente común, desestabilizándola u orillándola hacia inesperados y desgarradores destinos; los sueños, con todo ese poder sibilino e inmaterial permeando en cada una de las situaciones que confluyen en un gran misterio, y esa complicidad que exige a sus lectores, quienes suelen jugar un papel activo en la construcción de los desenlaces. En sus mejores momentos esta novela llega a ser una verdadera delicia.


Guerra y Guerra, de László Krasznahorkai

Un historiador se encuentra en el archivo de un poblado de la provincia húngara un manuscrito fascinante de hace varios siglos. Sin embargo, encontrarlo, abandonar todo lo que había significado su vida hasta ese momento y huir hacia Nueva York para encontrarle una especie de eternidad al manuscrito a través de Internet, así como culminar con su existencia, se convierten en una serie de pasos inevitables. En Nueva York reside durante varias semanas con una pareja a la que relatará las aventuras descritas en el misterioso manuscrito; sin embargo, luego de encontrar que una sorda violencia ha barrido con todo a su paso, el historiador huye de Nueva York hacia Schaffhausen, en Suiza, donde buscará culminar sí sus días con toda calma... Una historia que deja la sensación delirante de que se ha sido testigo de uno de los muchos caminos que conducen a la locura.


Jin Ping Mei, de El erudito de las carcajadas

Leer este libro es casi como vivir una existencia paralela: está compuesto por dos voluminosos tomos (al menos en la edición de Atalanta), el primero de 1180 páginas y el segundo de 1620. Pero más allá de su monolítica extensión (a mí me llevó medio año leerlos) es un libro que quedará resonando en la mente del lector por mucho tiempo. El autor, que sólo es conocido por el seudónimo de Lanling Xiaoxiao Sheng  o El erudito de las carcajadas, nos ofrece un relato descarnado que describe con minucia realista los actos sexuales, la corrupción y los más variopintos vicios de la sociedad durante algunos años del reinado de la dinastía Song (siglo XII), por lo que en China se le consideró durante siglos como un texto «maldito». La edición de Alicia Relinque es invaluable por la cantidad de referencias a los juegos de palabras y eufemismo sexuales, sin los cuales el lector poco avezado quedaría huérfano o al menos extraviado de significados.

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