Por Como esta tarde para siempre Jáiber Ladino Guapacha Jaime Manrique novela colombiana

ME GUSTARÍA PENSAR QUE DIOS NO ES VANIDOSO





Jaime Manrique. Como esta tarde para siempre. Planeta Colombia, 2018

Jáiber Ladino Guapacha

Hace unos días Francisco visitó una parroquia en Roma, en la que tuvo un encuentro con los niños que le hacían preguntas y él respondía. Uno de ellos no fue capaz de preguntar en voz alta, delante de todos, lo que le oprimía el corazón. Se acercó entonces al pontífice, dialogaron algo lejano para las cámaras y los micrófonos. Entonces Francisco explicó que, después de haberle pedido al niño su autorización, el peso que oprimía al niño era la inquietud por el más allá del alma de su padre. Murió hace unos meses y era ateo. ¿Estaría al lado de Dios?
A veces pareciera que una inmensa mayoría ha descartado los problemas teológicos como preocupación cotidiana. Pareciera que los únicos que aún le dan vueltas al asunto son cada vez más fundamentalistas y dialogan menos con las ciencias y la cultura. Sin embargo, esa forma de la filosofía que es la literatura, de vez en cuando nos recuerda que hay sujetos, parecidos a nosotros, que aún padecen la encrucijada que viene desde los mismos inicios del canon: la lucha de los hombres contra los designios de los dioses: El hijo de Abraham que cambia de nombre cuando lucha-con-Dios, Israel, o los aqueos y los troyanos que suplican el fin de una batalla en la que los olímpicos toman partido, crean estrategias, revelan secretos, traicionan.

Hay quienes ven en nuestros días la ausencia de dioses: la pérdida de lo sagrado, la incapacidad del catecismo para explicar el sentido de la vida, las estructuras sociales fundiéndose con el monopolio financiero. Pareciera que sólo un reducto de nostálgicos sigue asistiendo a los cultos, recurriendo a las oraciones, debatiendo profecías. Sin embargo, las coyunturas políticas parecieran demostrar que la oferta religiosa es un buen caldo para cultivar votantes.

Intento reconstruir ese contexto para dar cuenta de la última novela de Jaime Manrique, Como esta tarde para siempre. Que dos hombres se amen, que sean pareja, que uno de ellos contraiga una enfermedad terminal y que decidan suicidarse a través de un tercero, puede leerse como un simple relato, hasta que la evocación del escenario nos pone delante de una trama que nos obliga una sola respuesta: adhesión o rechazo. Esos dos hombres fueron sacerdotes y ahora llegan a nosotros, entre la ficción y la no-ficción, como lo acostumbra la novela, para plantearnos el dilema del perdón: ¿Cómo ser comprensivo con dos hombres que se mintieron a sí mismos y luego a una comunidad?

Desde una postura laica, agnóstica o atea, si se quiere, está presente el reclamo por no rebelarse contra una estructura asfixiante en la que no podía realizarse plenamente su relación erótico-afectiva. Del otro lado, la del creyente, queda un sinsabor parecido al dolor que dejan las traiciones. Pueden coincidir, los dos sectores, en que un retiro silencioso y claro, hubiese sido la solución más decorosa. Pero Manrique no ha escrito una apología para moralizar, ni una biografía para canonizar. Lo suyo, como lo ha sido su literatura, es para “no traicionar el don de su poesía”, esa que nos hace leerlo y exclamar “Manrique tiene cojones”.

Su novela no apuesta por el escándalo ni tiene que ver con afanes de propaganda gay o anticlerical. La veo más cercana de una necesidad de amar, de darles una nueva oportunidad, de abrirles un cielo, a esos amigos suyos que han muerto a causa del virus del VIH-SIDA. Aún hoy, con toda la ciencia que se ha escrito para explicarnos la enfermedad, con la experiencia de un ineficiente sistema de salud, con el peso de una legislación que enriquece al burócrata y explota al médico, pareciera que no se ha podido superar el estigma de la enfermedad. Quizá porque nuestra obligación de mercadeo es imposible con una publicidad del deterioro, seguimos cometiendo el crimen de la marginación.

Días antes de que la novela se presentara oficialmente en Colombia, Jaime Manrique visitó la ciudad de Pereira y allí me dio la pista para esta lectura. Al preguntarle por la religión en una narración sobre curas, me respondió generosamente hablando de una infancia y adolescencia sin el peso de la religión; de la molestia con el sistema de creencias como control político de masas. Al final, me regaló con la enseñanza de su madre, a los ochenta, cuando se dedicó con sus amigas a ayudar a “las viejitas”, las que estaban solas, enfermas, en los Estados Unidos, cantándoles, orándoles, auxiliándolas, no para que se convirtieran a ninguna religión, sino como una forma de la compasión. Eso le ayudaría mucho a ella para morir de una forma tranquila. “Todo es muy lindo”, le decía. La fe como un paliativo para el sufrimiento humano y, añadiría yo, la literatura como una de sus expresiones. La novela como la forma de testimoniar lo mejor que le puede pasar a uno cuando ama de verdad, entre la contradicción y el consenso, entre la testarudez y los acuerdos, lo que está ahí, cuando se tiene al otro.

Ahora bien, esa apertura en el interior de la pareja se abre, en la novela de Manrique hacia los destinatarios de la misión evangélica: los marginados. Pero no sólo los que están por fuera de la heteronormatividad y la vida sin enfermedad, sino aquellos colombianos que padecen esas formas de la violencia que desde lo doméstico trascienden al problema de la tenencia de las tierras y las transacciones ilegales que sobre ellas se realizan, bien sea en el santuario de la selva manchado por la lucha intestina, bien sea en el cordón de la ciudad donde algunos militares encuentran la sangre joven que necesitan ofrendar para un ascenso, una recompensa, vendida como la del enemigo.

“Me pregunto, Ignacio, si es necesario que tú creas en Dios para que la gente se acerque a él. Si tienes la vocación de ayudar a los que sufren, significa que has sido bendecido con ese don. Me gustaría pensar que Dios no es vanidoso. Tal vez a Dios le importa más eso que el hecho de que nosotros seamos creyentes o no”

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Por El hotel de los difíciles Espiar a los felices Hemingway en Santa Marta Javier Zamudio novela colombiana

Escribir




Javier Zamudio

La escritura cayó sobre mí como un aguacero que se desploma en un día soleado. No se me había ocurrido que podía intentar ser escritor. Era, si mucho, un borracho que rayaba cuadernos y leía libros de filosofía y literatura. Odiaba los salones de clase. Me escabullía, compraba una botella de vino en almacenes Ley y me ocultaba entre la marihuana ajena a leer mis libros. Bebía y leía con voracidad. En las noches “escribía poemas”, alucinado por el alcohol ingerido. Malos poemas, por supuesto.

Comencé a transcribir aquellos versos usando una vieja computadora. Era una caja grisácea, muy parecida a un televisor de perilla, que chillaba cuando se conectaba a internet. Luego, los imprimía y los llevaba a la universidad para compartirlos con quienes, atravesados por el sueño y el hambre, contemplaban con sus ojos rojos la Plazoleta de Banderas de la Universidad del Valle. Nos reuníamos unas cuatro o cinco personas y leía en voz alta aquellos versos. No recibía aplausos, sino tragos de vino o aguardiente. Por aquellos días, estaba de moda pasar una temporada en el manicomio, consumir pastillas psiquiátricas y otras cosas de la misma naturaleza.

Yo mismo pasé algunos días encerrado, después de que el exceso de alcohol y pastillas para dormir me condujeran a una crisis alucinatoria. Había creído ver a una amiga fabricando muñecos con piel y carne humana; había corrido a casa, perseguido por un camión de helados, y había terminado en el piso de mi cuarto, observando las sombras arrastrase a lo largo de las ventanas. Me llevé una edición de Los cantos de Maldoror a la clínica psiquiátrica, que leía entre clases de cerámica, dopado con varios calmantes parecidos a pepitas de azúcar, o en las noches, usando una pequeña lámpara y mientras observaba el rostro de cemento de mi compañero de cuarto, quien permanecía amarrado, pues había intentado matar a la última persona que durmió en la misma habitación con él. Los jueves venía la psiquiatra a entrevistarme.

—¿Cómo te sientes hoy, Javier?
—Perfecto, doctora, mejorando, sin alucinaciones, muy animado. Nada de ideas suicidas.
Descubrí que la única manera de salir era tomando mis pastillas a la hora precisa y, si por alguna razón se pasaba, corría a buscar a la enfermera para pedírselas.
—¡Qué juicioso eres! —me decía metiéndolas en la boca.

Una noche se equivocó de medicamento y me administró una píldora roja que me produjo un movimiento involuntario de las extremidades hacia atrás; por un momento creí que me partiría a la mitad. Durante mi estancia terminé de leer Los cantos de Maldoror y escribí varios poemas malos.

Años más tarde gané mi primer premio literario. Un pequeño galardón que recibí como si fuese el Nobel. La noticia me llegó un viernes vía telefónica. Después de una típica juerga, caminé hasta la papelería de mi padre. Había comprado una bolsa de mentas para disimular el tufo. Tenía los ojos vidriosos y desenfocados, pero, haciendo mi mayor esfuerzo, me dispuse a ayudarle a cerrar el local. Eran las diez de la noche. Fue, entonces, cuando el teléfono sonó y me apuré a contestar afinando la voz.

— Aló—dije extendiendo la “o” más de lo normal.
—Buenas noches, ¿me puede comunicar con el señor Javier Zamudio?
—Sí, con él—dije aguantando el hipo que suele darme cuando la borrachera comienza a esfumarse.
Queremos informarle que ha obtenido el...

Sentí un nudo en la garganta que me dejó sin habla el tiempo que aquella voz me explicó dónde y cuándo debía presentarme para la premiación. Conocía el lugar, la Biblioteca Centenario, había estado un año antes, acompañado de dos amigos, saboteando la premiación del mismo concurso, ofreciendo vino a los asistentes y leyendo poemas de Raúl Gómez Jattin.

Colgué el auricular, miré los ojos miel de mi padre, su piel cobriza de cansancio y le conté. Había premio en dinero. Mi padre sonrió, me abrazó. Tiempo después me publicaron mi primer libro, uno de poesía. Malo, por supuesto. Del premio no quedó más que un fantasma al que huyo. Dije a mis padres que abandonaba mis estudios universitarios para dedicarme a escribir, estuvieron de acuerdo. Casi les pareció una gran idea. Escribir, por aquellos días, como todo sueño, parecía algo sencillo de lograr. En unas hojas blancas, cuya primera cara estaba llena de números y tablas de contabilidad, escribí mis primeros cuentos: Espiar a los felices, La mejor noticia de su vida, La agenda negra. Gané otro premio, esta vez de relato. Años más tarde, ganaría tres más. Hice lo más sensato: no volví a escribir poesía. Me arrojé hacia la narrativa. Escribí dos novelas impublicables. Una de ellas sobrevive en mis anaqueles virtuales. Otra, escrita a mano, fue arrojada a la parte trasera de un carro de la basura en un ataque de cordura.

Fue a mediados del 2008, cuando tenía 25 años, que comencé a pensar en publicar fuera de Colombia. Esta preocupación por publicar afuera nació cuando la escritura se convirtió en algo serio, definitivo, y mientras me enfrentaba con una realidad editorial que consideraba escasa. Muchos de los escritores caleños que suenan ahora con gran fuerza, me eran completamente ajenos. Lo que conocía se resumía a pequeños círculos de escritores regionales y aquellos que pertenecían a los grandes grupos editoriales, que veía como inaccesibles para alguien que comenzaba. 

Así que me dije que lo primero era hacerme una trayectoria, encontrar (o dejarme hallar de) mis lectores y pensaba que publicando fuera de Colombia tenía más posibilidades de alcanzar estos propósitos. Una afirmación que, sé ahora, no está exenta de ingenuidad.



Sin embargo, esto no se concretó hasta el 2015, cuando se publicó mi novela, Hemingway en Santa Marta, editada por la editorial hispano-canadiense Lugar Común. Antes, durante los años 2010 y 2013 escribí El hotel de los difíciles, novela publicada recientemente en Canadá y en Argentina, y publiqué varios cuentos en revistas como Número, Odradek, que era una maravilla, porque se dedicaba de manera exclusiva al género, y más tarde en El Malpensante, en la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, en Hermano Cerdo, Literal Magazine, Rio Grande Review, y muchas otras más. Los cuentos escritos durante esos primeros años conformarían mi libro Espiar a los felices.

La noticia de la publicación de mi primera novela me llegó mientras estaba en Quito. Huelga decir que mis días de alcoholismo y fiestas habían concluido años antes. Había llegado la vida familiar y el goce de pasar los días con las novedades cotidianas. Cuidaba parte del tiempo de mi hijo, trabajaba en traducciones y había iniciado un proyecto nuevo de novela, cuya última corrección (espero en realidad sea la última) estoy leyendo. Si bien publicar afuera era mi propósito, fue una casualidad que el libro se publicara en Canadá, que el editor de esa editorial, donde no recordaba haber enviado mi novela, fuera barranquillero y hubiese estudiado en la Universidad del Valle. Según los correos electrónicos, un año pasó desde el envío de mi novela hasta su respuesta de aceptación. Ese fue el tiempo que la editorial se tomó para evaluarla.  



Publicar afuera significó un triunfo. No sólo por el simple hecho de publicar de manera tradicional, que ya es una hazaña, sino por haber alcanzado un objetivo propuesto. Sin embargo, desconocía todo lo que implicaba. El libro no se distribuiría en Colombia, por lo que mi rol como autor sería casi inexistente en el país. No residía en Canadá, lo que complejizaba la promoción de la obra. No había tiempo de pensar en eso. Después de una celebración familiar, vino el contrato, las correcciones, diseño, ver el libro maquetado. Todo sabía a victoria.

A pesar de las desventajas visibles, el libro fue bien recibido. No sólo ha encontrado su hueco en el mercado norteamericano, sino que también mereció algunos elogios de lectores de Estados Unidos y Canadá, donde se distribuye. Su publicación llevó a la editorial a apostar por mi otra novela, El hotel de los difíciles, la cual también se ha publicado en Argentina. Ninguno de estos libros llega a Colombia y comprarlos desde aquí es costoso. Sólo mis cuentos, editados por la Universidad EAFIT, se consiguen.

Publicar afuera estando en Colombia es como habitar un limbo, en el que te sabes leído, pues los lectores te buscan para contar sus experiencias de lectura, preguntar por los libros. No estoy en Canadá, pero mis libros sí, por lo que algo de mí se escabulle por sus librerías y bibliotecas, en las manos de los lectores que se atreven a verme desde allá. Mis libros no están aquí, pero estoy yo para contarles lo que sucede con ellos.






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Por JUAN PABLO PLATA

Seminario Literatura y Periodismo · Corporación Cultural Babilonia




Una mirada a la relación entre literatura y periodismo que brindará las herramientas más efectivas para el profesional en la escritura literaria y/o periodística para todas las plataformas que hasta el día de hoy conocemos. Este Seminario internacional nos permitirá rescatar algunos de los elementos fundamentales de la literatura y las escuelas del periodismo narrativo para procurar un oficio más responsable y más efectivo. Está dirigido a escritores de ficción y no ficción, ilustradores narrativos, periodistas radiales, estudiantes universitarios de programas como Literatura, Periodismo, Comunicación, programas de educación transmedia y narradores digitales.
Grupo en Facebook del Seminario
https://www.facebook.com/events/910542172438660/permalink/913151892177688/

El Seminario se llevará a cabo del 8 de mayo al 11 de mayo de 2108, en el Centro cultural Hacienda El Cedro Cr 7 # 150-21. Bogotá. D.C. Colombia.
Procedimiento de inscripción: Consigne en la cuenta de ahorros del banco DAVIVIENDA No. 007700666139 a nombre de la Corporación Cultural Babilonia el valor de la inscripción y envíe comprobante escaneado a corporacionbabilonia2017@gmail.com Valor de la inscripción con descuento hasta el sábado 21 de abril 80.000,oo pesos colombianos. Valor de la inscripción entre el 23 de abril y el 7 de mayo de 2018 120.000,oo pesos colombianos.  Adjuntar al recibo escaneado los siguientes datos: • Nombre completo • Teléfono de contacto • Dirección de residencia o trabajo (opcional) • Profesión – ocupación • Cómo se enteró del Seminario.  La inscripción al Seminario: Literatura y Periodismo incluye: • Escarapela y recordatorio • Entrada a toda las sesiones • Certificado de asistencia.
Programa del Seminario. 
(Haga clic en las imágenes para verlas en mayor dimensión)






Conferencistas.




















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Por Daniel Ángel En esa noche tibia de la muerta primavera Montes de María novela colombiana Rifles bajo la lluvia

Periplo vital y literario



Con motivo de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Revista Corónica ha invitado a una serie de escritores a hablar de su recorrido vital y literario. Abre la serie el novelista colombiano Daniel Ángel.




Daniel Ángel

Mis tres libros: Montes de María, que retrata la masacre del Salado, ocurrida en el año 2000, ganador de la convocatoria para la feria del libro de Saltillo y publicado por el Estado de Coahuila, México, en 2013; Rifles bajo la lluvia, que relata el recorrido del general Rafael Uribe Uribe durante la guerra de los mil días, publicado por el sello independiente Desde abajo, en 2016, y En esa noche tibia de la muerta primavera, publicado por la UIS, que narra el último día de vida del poeta bogotano José Asunción Silva, y que ganó el premio nacional de novela, son novelas que han tenido que abrirse paso con paciencia [la paciencia del labriego que ara tierras rebeldes], para llegar hasta el lector, para que se den a conocer y para que aparezca alguna reseña en los medios. Las editoriales independientes y universitarias, al no tener la fuerza económica de las grandes industrias del libro, deben elegir con sumo cuidado los libros que imprimen, porque mientras una de estas editoriales publica dos o tres obras, una grande presenta al mercado diez o quince. Esto quiere decir que la paciencia que rezuman tanto editores independientes como autores que son publicados por ellas, es infinita, porque las ventas se dan con lentitud, y porque no se recurre a los medios masivos para su publicidad y rara vez las revistas especializadas dan cuenta de estas obras; por tanto, su única arma es la calidad, y el voz a voz, la recomendación que se da de lector a lector.

Alguna vez leí, en un periódico virtual, un artículo de una editora mexicana que trabajaba en una editorial independiente en el que afirmaba que eran estas editoriales y las universitarias las que mejores libros publicaban porque el criterio con el que seleccionaban sus obras era netamente literario, estético, con el rigor que procura la selección exacta del libro, a diferencia de las grandes editoriales que publicaban obras, que por pésimas que fueran a nivel literario, supondrían grandes ventas. Y aunque sabemos que esto ocurre cuando las ventas de los libros sobre narcos o paras o youtubers, superan por un margen muy alto las ventas de las magníficas novelas publicadas por, digamos en este caso, los escritores colombianos, debemos estar agradecidos por esas ventas exuberantes, ya que son fuente económica para que se publiquen las bellas obras. Además, siguiendo con el caso, la literatura colombiana está viviendo un emerger, los novelistas, en mi caso y el que en algo conozco, pasan por una de esas épocas primaverales en las que la cosecha es generosa [porque aran en tierras bienaventuradas].



Sin embargo, el ser escritor, el convertirse en escritor, el que te conozcan o te presenten como escritor se compone de dos elementos: por un lado, el despojo, la desnudez, el quitarte el miedo de que seas leído y criticado, en cierta forma el perder el equilibrio mental y dejarte manosear de los lectores; y por otro, la necesidad de decir algo, la necesidad de transformar la realidad en la que sobrevives, la necesidad de comunicarte, aunque ese proceso comunicativo sea asincrónico y le des al lector todo el tiempo para que rumie tus palabras y las destruya y las haga suyas y las arroje, luego, al fuego. Y entonces, adviene la pregunta genética: ¿para qué el escritor escribe? Si se quiere fama, lo más recomendable es convertirse en un ser camaleónico que se cuele en los cocteles de lanzamientos de libros y hable con los autores, y se haga amigo de los editores y los invite a beber unos tragos, o que gane premios y prestigio para que las editoriales independientes vuelquen sus miradas sobre ellos, o que trabaje con esmero, que pula su obra, la lustre, alimente el campo, lo abone, y sumerja muy profunda la semilla para que la cosecha sea fructífera. Pero, si por el contrario, el escritor lo que desea es ser leído, sin las pretensiones y las imposturas de la fama, no le producirá mayor angustia ser publicado por una editorial independiente. Y sin embargo, ¿este escritor no quisiera que a diferencia de 100 lo leyeran 1000?

Hay que ser sinceros, todos los escritores queremos ser publicados por las grandes editoriales, sea cual sea el motivo de la escritura, sea cual sea la posición estética, moral o política del que se sienta ante el ordenador a reconstruir el mundo y a creer que sus palabras le salvarán la vida a alguien. Todos queremos que compren nuestros libros y queremos ver nuestros rostros de perfil [el abominable arquetipo, el mío es el del sombrero] en páginas completas de los periódicos.



Pero, la escritura es la escritura. Como oficio ornamental, como ejercicio espiritual, como acontecer político, como hendidura de la carne, como manifestación metafísica de nuestra respiración; y el hecho de escribir y ser publicado es sensacional, maravilloso y terrorífico a la vez. En mi caso, he contado con la dicha de haber sido publicado por una editorial independiente que demuestra con serios argumentos, el respeto y el amor que tiene por la literatura de alta calidad; por una editorial estatal de otro país que regaló más de tres mil ejemplares de mi libro a los estudiantes de las escuelas públicas, y por una editorial universitaria que ha propendido por promover a escritores jóvenes y con talento [o eso creo]. Espero que mi próximo libro sea publicado por una editorial grande, que impriman la imagen de mi rostro [con sombrero y no de perfil], en una valla publicitaria y que se vendan miles de copias, y miles, para tener más personas con quien hablar, con quien debatir y unos pesos de más, para comprar otro terreno, donde la siembra sea más generosa.
             

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Por Sara Giraldo Posada

París-Roubaix: El infierno del norte





Si leyéramos hoy cualquier periódico del mundo, probablemente nos encontraríamos con algo así: “Mañana tomará lugar el tercer Monumento del año, la París-Roubaix, una carrera de un solo día que recorre 257 kilómetros, 54,4 de ellos en pavé (adoquines), cuya meta se encuentra en el velódromo de Roubaix y el último vencedor fue Greg Van Avermaet…” Pero sin duda, lo que no encontraríamos en la prensa es lo que realmente significa esta carrera para quienes existimos en este universo llamado ciclismo.

La París-Roubaix es conocida como la Clásica de clásicas, aunque su mejor denominación es El infierno del norte. Sí, EL INFIERNO. Un título que a duras penas le hace justicia a lo que debe ser correr, o sufrir, esos 257 kilómetros. En este Monumento, el pelotón recorrerá las puertas del Hades, es decir, los primeros 95 km, antes de encontrarse con ese inframundo: 25 tramos de adoquines -que en total suman más de 54 km- y constituyen, tal vez, la prueba más exigente del ciclismo de ruta.

Dichos sectores se clasifican con estrellas, de una a cinco, siendo cinco la expresión de mayor dificultad. Los más largos son el tramo 25 (Quiévy-Saint-Python) y el 16  (Hornaing-Wandingnies-Hamage) con 3,700 mt cada uno. No obstante, los más difíciles y trascendentales, según la historia de la carrera, cada uno con una longitud de 2,400 mt , son el 4 (Carrefour de l’Arbe) con cuatro estrellas y el 18 (Trouée d’Arenberg) calificado con cinco estrellas. Un par de tramos para purgar las penas, sin duda. Alguna vez Chris Horner se refirió a este empedrado así: “Deja que te explique, hay una gran diferencia entre Flandes y la París-Roubaix. No son ni siquiera parecidas. En una los adoquines son usados diariamente por los autos, bien cuidados, y por el estilo. La otra, es completamente diferente...Lo mejor que se me ocurre para describirla es lo siguiente: hacen un camino de tierra, lo sobrevuelan con un helicóptero y ¡dejan caer un montón de rocas desde el helicóptero! Así es la París-Roubaix. Es así de dura. Es ridículo.”

Ninguna otra carrera con pavé se acerca a lo que es el Monumento francés. El Tour de Flandes o  la Gante Wevelgem, tienen adoquines, sí,  pero no tienen baches, resaltos, irregularidades ni tramos de tierra. A ello se refería el ganador de la Vuelta a España 2013. Las características de esta superficie, la convierten en el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de pinchaduras.



Ahora bien, este panorama siempre es susceptible de empeorar. En otras palabras, lo más probable es que la jornada esté acompañada por lluvias, pues la primavera europea también se siente tentada a hacer parte de tan maravilloso acontecimiento deportivo. Cuando esto sucede, se empiezan a escuchar las palabras “épica”, “legendaria” y “mítica” entre todos los aficionados. En el momento en que el pavé se humedece, el barro empieza a aflorar y poco a poco se encarga de vestir a todos los corredores del mismo color. El gris-marrón uniforma al pelotón, los escandalosos colores brillantes de las escuadras sucumben también ante al poder del Infierno del norte. Los ciclistas empiezan a flaquear, las caídas (aisladas, reiteradas, grupales, masivas) se vuelven el foco favorito de las cámaras, y el grupo termina reduciéndose minuto a minuto. Dijo una vez Sean Kelly: “una París-Roubaix sin lluvia no es una auténtica París-Roubaix.”

En este momento, la batalla no es entre los equipos, no es ciclista contra ciclista, ni siquiera es hombre contra hombre, esta es una guerra al interior de cada participante, una que solo se puede ganar si se cruza la meta. Si me forzaran a pensar en la banda sonora de la carrera diría: No pain no gain de Scorpions. Es por esto que Sam Kelly también dijo: “...fue la carrera más horrible de correr, pero la más bonita de ganar.”



Pocos hombres se han inmortalizado al alzar en sus brazos el trofeo de la Clásica del terror más de una vez. Claro que, Roger de Vlaeminck y Tom Boonen, ambos belgas, han tenido el privilegio de levantar cuatro veces el trozo de pavé de 15 kilos que se entrega al campeón de la odisea ciclística. También, con tres rocas, Eddy Merckx y Fabian Cancellara, han asegurado su puesto en esta historia.

Dicho lo anterior, respecto de la edición 2018, tal vez, los titulares de mañana serán: El Quick-Step Floors, invencible,  o Van Avermaet lo hace de nuevo, o (el que esperaría ansiosamente) Sagan, amo del Infierno. Esto atiende a que, el equipo belga, absoluto favorito para llevarse el Monumento, alineará mañana en carrera a Niki Terpstra (reciente campeón del Tour de Flandes), Zdenek Stybar y a Phillipe Gilbert. Cualquiera de los tres con inmensas chances de vencer mañana en el velódromo de Roubaix. Ante los tres mosqueteros del Quick-Step Floors, se enfrentarán Greg Van Avermaet, campeón vigente; Peter Sagan, la estrella eslovaca del ciclismo mundial, que corre para el Bora-Hansgrohe; Jasper Stutven, corredor del Treck Segafredo, que se perfila como otro serio candidato, y; mi as bajo la manga, Sep Vanmarcke, el belga del EF Education Fisrt-Drapac. Los siete son los que considero candidatos para coronarse en la Clásica de clásicas.



Para finalizar, les transcribo las palabras de Theo de Rooy, después de finalizar la París- Roubaix de 1985,  en  en una entrevista para CBS: “Es una mierda...esta carrera, es un montón de mierda, estás sufriendo como un animal, no tienes tiempo para mear y te lo haces encima. Vas pedaleando sobre el barro, resbalando y es una mierda...debes limpiarte si no quieres perder la cabeza.” A lo que el periodista le pregunta si volverá a correrla alguna vez, y de Rooy contesta: “¡Por supuesto! Es la carrera más bonita del mundo”.

Así como dicen que un partido de fútbol entre Uruguay y Paraguay hay que verlo con canilleras puestas, no se saquen el casco mientras ven esta carrera.


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Por VIDEOTECA CORONICA

Alejandro Carpio: cómo escribir series

Conversación con Alejandro Carpio, autor de El papel de lija. Carpio ha sido colaborador de Revista Corónica y actualmente es profesor asociado del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Cayey. En 2009 obtuvo su doctorado en Literatura Española en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. El papel de lija obtuvo el accésit en el Premio Alba Narrativa 2011.

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Por Jerónimo García Riaño

El joven Karl Marx: una cátedra de historia y filosofía en el cine


En el último año del colegio tuvimos un profesor de filosofía que nos ponía a leer un libro por cada periodo escolar. Es decir, leíamos cuatro libros de filosofía al año. Él nos daba completa libertad para elegir el libro que quisiésemos leer y, por supuesto, hacer el análisis respectivo al texto, tratando de descifrar, a nuestros escasos 15 o 16 años, qué quería decir el autor con todas esas palabras extrañas plasmadas en el papel.

Por mi influencia familiar, ligada a un pensamiento de centro izquierda, me interesé por los libros de Marx, de Engles y de Lenin. Es decir, llené mis ojos de materialismo histórico y dialéctico durante ese año. Me leí Manifiesto del partido comunista, Miseria de la filosofía (una respuesta que le da Marx a Joseph Proudhon, un filósofo francés que había escrito Filosofía de la miseria), El Estado y la revolución y el ¿Qué hacer?, de Lenin. Y de ñapa, un pequeño folleto, pero no menos filosófico, llamado El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Engles.

Todas esas lecturas, sumadas a otras vivencias en casa y en el colegio, despertaron mi interés por las tendencias de pensamiento comunista y socialista, mirándolo como una opción para salir del Estado esclavista en el que nos encontrábamos gracias al capitalismo (¡Qué diferente se lee ahora!). Inclusive conformé un grupo con cuatro compañeros más (uno de ellos ahora es un poeta reconocido) llamado GRE, Grupo de Revolución Estudiantil. Fue un grupo que duró poco tiempo, hasta que el rector dio un grito diciendo que eso estaba prohibido (era un colegio católico, entre otras cosas), y nosotros, despavoridos, nos “dispersamos” y dejamos el asunto ahí. Ese grupo no paso más de ser una hoja llena de estatutos incumplidos.

Esas ideas de izquierda fueron cambiando con el paso de los años, y esas lecturas, que ahora me parecen densas, se convirtieron en un bello recuerdo de los años adolescentes. Sigo creyendo que las cosas pueden cambiar, pero la postura crítica se hace desde otros escenarios.

Sin embargo, encontrarme con esta película que narra la historia del joven Marx, haciéndose gran amigo, casi hermano, de Engles, y buscando que su idea política sea escuchada en toda Europa, me conecta con mi historia, con aquellos libros leídos. 

Esta película, dirigida por el haitiano Raoul Peck, es una cátedra de filosofía, de la historia del surgimiento del materialismo dialéctico como parte de un pensamiento político. Quien quiera enterarse del origen de este pensamiento que influyó en la política europea en el siglo XIX, debe ver este trabajo. La reconstrucción histórica en esta cinta muestra los detalles detrás de las publicaciones que hizo Marx en esos años, antes de que escribiera El capital, su obra cumbre. Narra su rivalidad intelectual con Proudhon, con otros pensadores que acercaban la revolución con la religión, y el surgimiento de su amistad con el joven millonario Frederick Engles, quien apoya a Marx en su pensamiento filosófico, lo ayuda en la construcción de algunas de sus obras, y lo sostiene económicamente, porque Marx, además de ser pobre, tenía una esposa y dos hijas por mantener, hasta ese momento.

Las actuaciones de August Diel (Marx, y el famoso Mayor Dieter Hellstrom en “Bastardos sin gloria”) y de Stefan Konarske (Engles, y el capitán Zito en “Valerian y la ciudad de los mil planetas”), ambos alemanes, son muy destacadas. Es una película que se mueve en tres idiomas: inglés, alemán y francés, y los actores se desenvuelven muy bien por estas aguas poliglotas. También fue un gusto ver la actuación de Vicky Krieps, la actriz de Luxemburgo que interpreta a la esposa de Marx, pero que también se destacó en el papel protagónico de la nominada al Oscar, “El hilo fantasma”, donde también actúa Daniel Day-Lewis.

Es una película que vale la pena ver por el contexto histórico en el que se desarrolla, por la manera en que alguien lucha por sus ideales, y entrega su vida en ello. De eso se trata al final esta obra: la constante lucha que enfrentamos con aquello que queremos lograr.

Al final, cuando salí del teatro, pensé en Alemania. En ese país que le dio vida al pensamiento materialista dialéctico, pero que también, años después, se convirtió en el centro del pensamiento nacional-socialista. Es un país que alimentó a Marx, a Engles, y también a Hitler.

¡Muy recomendada!

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Por John Better

La boda de Mr Black


El reciente matrimonio entre el cantante de champeta, Mr Black, y su compañera de vida, Yuranis León, ha causado todo tipo de reacciones. Algunas personas se refieren al suceso como “el evento de más fina corronchería del que se tengan noticias en Colombia en los últimos años”. Otros, consideran todo un logro y hazaña que un chico salido de las calles destapadas de la Cartagena marginal se haya tomado sin prejuicio lugares icónicos de la ciudad,, como el Teatro Adolfo Mejía, lugar de la recepción y la Iglesia Santo Domingo en donde la pareja recibió oficialmente “la bendición de Dios” después de su matrimonio civil en 2016.
Particularmente, pienso que toda arandela matrimonial es un espectáculo de pésimo gusto, Desde las uniones más humildes en que la parentela se endeuda hasta el cuello para que el vecindario entero diga que ellos son de mejor familia, hasta las pomposas bodas del Jet Set nacional con sus novios circunspectos, ponqués de cien pisos tan soberbios y barrocos como la iglesia, pálidas damas de honor Therassimente uniformadas, señoras de Carulla (Robo el término a Carolina Sanín) peinadas y enlacadas al mejor estilo Norbertiano, fotógrafos de CARAS conocidas, entre otros especímenes que se mueven en estos rutilantes eventos sociales.
Volviendo al Sr Black, un detalle que llamó especialmente la atención, fue la corona que usó como parte de su ajuar. Se ha especulado que era de oro macizo, de plástico, de hora loca, de “Caballito"( casquitos de papaya azucarados) entre otros materiales. De lo que haya sido, era una corona, y quien ciñe una, así sea por un instante, es miembro momentáneo de la realeza, en este caso un soberano de la champeta .
Pero creo que el uso de esta corona iba más allá al hecho de autoproclamarse como representante absoluto de un género musical.
Lo de Mr black fue más una sátira festiva en esa Cartagena que se amuralla para sus clases más populares. El arriesgado performance del cantante llevaba, a mi parecer, un mensaje explícito.

“El señor negro” era en aquel instante mediático un esclavo liberado de las cadenas y al azote, ahora llevaba sobre sus sienes la corona de España, una manera champetua y VACILABLE de burlarse de un estandarte que nunca mereció reverencia alguna. Ahora, Black era quien se mofaba de aquellos que un día pusieron la bota del conquistador sobre la espalda de los suyos (los nuestros). Pudo haber elegido un traje negro como su tez, pero no, optó por uno blanco inmaculado para cubrir su cuerpo negro, su cuerpo de raza pura, su cuerpo africano templado como un cuero de tambora, con ese traje también cubriría por una noche todos los cuerpos castigados por la esclavitud, el costoso traje no era más que un accesorio de denuncia, la piel metafórica que recubre a la supremacía blanca y racista de Cartagena. Traje que luego el rey de la champeta se quitaría transpirado y un poco mancillado.

Felicidades a Mr Black por su boda, de corazón le deseamos toda la felicidad de este mundo y parafraseando una conocida champeta, ojalá nunca le falté una tabla en la cama.

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Por John Better

LA LEVE BISEXUALIDAD DEL SER






Para un hombre gay   en edad madura –Digamos entre los 30 y 50 años-enamorarse de otro hombre  mucho más joven, si bien puede resultar una experiencia solo comparable a la de encontrar una perla dentro de una lata de atún, también  corre el riesgo de que la nueva aventura termine siendo un naufragio irremediable con tumba marina asegurada. Más si “el amado” –como diría Platón en El Banquete-nunca estará dispuesto a un sacrificio -y solo asuma su relación como una forma  de intercambio de belleza por sabiduría al mejor estilo griego.
El asunto se hace un poco más complejo cuando el joven amado lleva acabo sus deseos en la clandestinidad, huyendo tal vez del señalamiento de una sociedad heteronormativa donde la religión es el máximo castrador de las libertades. En este punto traigo a colación las palabras de la filósofa Pop, Verónica Louis Ciccone (Más conocida como Madonna) incluidas en su libro Sex y el single "Justify mylove” (Justifica mi amor) incluido en Erótica, su álbum de 1992 : “Poor is the man whose pleasure depends on the permission of another.” Traduzco: “Pobre es el hombre cuyo placer depende del permiso de otro”.

Partiendo de esta premisa, es apenas obvio que “el amado” en el instante de cualquier acorralamiento donde se vea amenazada su identidad sexual o su noble "reputación", estará dispuesto a cortarte la cabeza y servirla a la misma Salomé en una charola de plata. Con tal de salir ileso ante el ojo escrutador de la moral será capaz -como el apuesto y arrogante Lord Alfred Douglas hizo con Óscar Wilde-de hundirte en la más pavorosa de las mazmorras para que escribas tu propia balada carcelaria. Como el Judas hizo con el Cristo, te negará una y mil veces , y con las monedas cobradas por su traición se comprará una nueva, reluciente e hipócrita moral que le permita ser eximido de toda culpa y no salir corriendo a colgarse del primer árbol que se cruce en su camino.

Ahora bien, “el amante” (Tal vez usted o el que escribe estas líneas) pretende algo más, quiere todo, poseer por completo al objeto de su deseo. Para ello se vale de artificios diversos,  despliega una red de seducción que va desde el escribirle poemas, obsequiarle libros,  interpretaciones de obras pictóricas, hasta invitaciones a comer, beber o ínfimas dádivas de dinero.
El romance empieza,  embriagados,  celebran el mundo reciente, al mirarse el uno al otro mil galaxias revientan, nuevas estrellas aparecen en el oscuro cielo de sus pupilas.
En retribución, el amado entrega su cuerpo, sus besos, sus más manoseadas palabras de cariño: un “mi amor” inesperado desde el otro lado del teléfono, un  “te quiero”, un “te amo” después del sexo, y otras cosas por el estilo.  En aquellos instantes todo es un paraíso Adánico: dos hombres creados por un mismo Dios, dos adanes con sus costillas completas sintiendo la hierba mojada del edén bajo sus pies. Dos seres en una misma ciudad separados por años de diferencia y muchas veces por  pocas cuadras de distancia.


Pero un día en que el cielo es tan azul como de costumbre y ninguna señal de mal presagio se divisa en el horizonte, aparece ELLA, y ahora son tres en escena, la sala del teatro empieza a llenarse de a poco a contemplar una función inesperada, tal vez el peor de los montajes. Ahora todo  es un incipiente y encubierto “ménage à trois emocional”, un juego lúgubre  donde quedarse significa las  lágrimas y el desasosiego.  En este nuevo banquete platónico,  el amado es salomónicamente dividido en dos mitades, pero el hambre del amante es demoníaca, no desea compartir nada, y allí  empieza a ponerse peligroso el asunto, cualquier cosa podría suceder. El amante explota en histerias consecutivas ante su joven preciado, discuten a solas, delante de ella, de su madre o  la virtualidad de las redes,  y ahí todo empieza a arruinarse. “El hombre al que amas es el monstruo al que temes”, dice otro filosofo popular llamado Bryan Warner (Marilyn Manson). Sabias palabras, entonces la única salida que queda es huir, correr lo más rápido que puedas. ¡Escapar!.



 Verlaine tiene un arma: ¡Bang,  bang!

El 10 de junio de  junio de  1873 en un hotel de Bruselas, los poetas y amantes, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, se reunieron después de una breve separación. Ese día, encerrados en la habitación, hablaron, bebieron, se embriagaron, y tuvieron sexo.  Verlaine estaba en la capital belga tratando de convencer a  Constanza Mautè,-su exmujer -de volver con él. El autor de los Poemas Saturninos, había conocido al joven poeta dos años, dos años atrás cuando Rimbaud le envió a su residencia en París una carta que contenía algunos poemas que deseaba que fueran evaluados por Verlaine , mayor diez años que él , aunque su afición por la absenta lo hacía ver  como un hombre viejo. Lo que vino después fue el romance más escandaloso del que hasta la fecha se tenga noticia en el mundo literario. El  matrimonio con Constanza Mautè- quien contaba con 17 años- se vino a pique con la presencia  del  joven  y futuro poeta maldito a quien Verlaine hospedó en su propia casa.

Días antes de aquel encuentro en Bruselas, Verlaine escribió a su amado: “solo conmigo puedes ser libre, piensa quien eras antes de conocerme”.  Por su parte, semanas antes, Rimbaud le había enviado una misiva  s  por su partida a Bélgica: “vuelve, vuelve querido amigo, único amigo, juro que seré bueno”,   tras la apariencia de súplica en la carta del muchachito se escondían las intenciones de   un ser malvado y egoísta que solo deseaba doblegar al otro con  una sola palabra. Tal vez lo único que deseaba de Verlaine era la aprobación a su obra, después de haberla enviado a otros escritores franceses de la época y nunca obtener respuesta.
Y ya sabemos que un hombre que pasa largas temporadas en el infierno nunca será bueno, sin duda se convertirìa en un genio, en el averno se cocinan gran parte de ellos.





Pero Verlaine le  tenía a su amado algo más que reproches aquel julio de 1873. “Bang , bang”,  sonaron  dos disparos, el primero fue directo a una chimenea , el otro, rozó la muñeca del joven poeta que empezó a sangrar. Verlaine   sintió vértigo. Discutieron más, el chico herido abandonó la habitación, su amante lo siguió. Salieron a la calle, se origina un pequeño escándalo, un policía los intercepta. Rimbaud lo acusa de intento de asesinato,  sale a luz el romance,  aunque  el amado días después retira la  denuncia  a su amante, la “sodomía”  es un delito en Europa. Verlaine  pasaría dos años encarcelados entre Bruselas y Mons, escribe libros esplendidos, se convierte al catolicismo. A lo mejor durante todo ese tiempo en prisión a Verlaine se le vendrían una y otra vez las palabras dichas a su amor antes de disparar: “esto te enseñará a irte de una buena vez”.
Después de salir de la Cárcel,   tuvo un último encuentro  en Sttugard con su insufrible compañero, así lo describió Rimbaud: “Llegó con un rosario en la mano, tres horas después había renunciado a su Dios y reabierto las 98 heridas de nuestro salvador”

Verlaine estaba equivocado, su amado era el mismo demonio, lo más parecido a un hombre libre. La libertad que le ofrecía el amante a su amado en aquella misiva de   1873 no era más que una vida algo confortable dentro de la legalidad, asunto que a Rimbaud nunca le interesó ya que  no podía amar a más nadie que no fuese el mismo. Verlaine era el masoquista y el luciferino párvulo el instrumento de su aflicción.
Rimbaud  siempre vio a Matilde, la esposa de su amante, como una cosa hecha para el placer, una mujer adinerada sin ningún interés por el arte incapaz de entender a un genio como Verlaine.
En la película Total Eclipse (1995) dirigida por Agnieszka Holland y protagonizada por David Thewlis (Verlaine) y Leonardo DI Caprio (Rimbaud) hay un dialogo imaginario entre Constanza y Rimbaud , en esta escena la mujer dice a su rival: ¿por qué nos haces esto? Refiriéndose  a la relación destructiva entre él y su marido. A lo que el endemoniado  poeta responde: “Te lo devolveré pronto y solo un poco dañado”. Constanza fue el refugio para un artista atormentado por sus sentimientos, en este tipo de relaciones, la mujer parece reducirse a una sicoanalista encargada de ajustar los desequilibrios del hombre. El amor a veces es la peor de las bebidas, si  la absenta y el opio hicieron de Verlaine un despojo, la pasión por su joven amado lo fulminó como un rayo.
El amor entre hombres de naturalezas proclives a sensibilidades artísticas puede producir  el arte más puro o el caos total, más si hay terceros que desequilibren el supuesto orden y peso  del amor.
Debo concluir diciendo que soy el amante del que habló Platón, me retiré a tiempo del campo de guerra y padecimiento  que representó mi “amado”, salí fracturado, despreciado y casi muerto. Para mí solo queda la hoja en blanco a la que me enfrento día tras día, a él, una Constanza Mauté lo esperará por siempre en cualquier esquina.

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