Por Keren Marín

En cualquier lugar, fuera del mundo

“Estoy aquí y nadie me conoce, soy un rostro anónimo en esta multitud de rostros anónimos, estoy aquí de la misma manera que podría estar en otro lugar, es lo mismo, y esto me hace experimentar un gran dolor y una sensación de libertad hermosa y superflua, como un amor contrariado”
Anywhere out of the world - Antonio Tabucchi

Siempre que llego a algún lugar por primera vez busco algún espacio que pueda convertir en mi refugio. Su elección depende únicamente del silencio: si puedo escucharme, es el lugar indicado. En este pequeño cuartel me esconderé cuando la tristeza sea más fuerte que la vida misma y el peso de la compañía se haga insoportable. Esta es una precaución que tengo siempre presente, pues de no existir salidas de emergencia ¿qué sería de (nos)otros?

Mi último viaje no fue la excepción. En un pequeño pueblo bordeado de ríos y llanuras, encontré una hermosa biblioteca rodeada de saltimbanquis infantiles. Entre sus estantes descoloridos y los carritos de plástico que rodaban bajo las mesas encontré mi refugio. Allí era posible regresar a la infancia y por ende a lo primigenio: el asombro y los descubrimientos. En alguna de estas jornadas, cuando el espíritu parecía perderse y divagar por los callejones de la angustia, encontré una colección de libros llamada Inmigrantes. Esta colección, editada por Peregrino Ediciones, la componen cinco textos en los cuales se relata la experiencia vital de sus autores en distintas latitudes: Breslavia (Polonia), Moscú (Rusia), La Habana (Cuba), Lisboa (Portugal), Buenos Aires (Argentina)

Cada uno de estos relatos es una reflexión a través de lo que implica el desarraigo, la peregrinación y el encuentro. La acción de viajar como posibilidad de transformación y reconocimiento, la mirada que cambia de perspectiva, el espíritu que reconoce en otros rostros alegrías semejantes. Además, los autores se posicionan desde diversas orillas: nos relatan sus conflictos emocionales sin dejar de lado las historias que se esconden en aquellas ciudades milenarias. Junto a ellos recorremos la ciudad y sus estrechos callejones, reconocemos los libros y la música que han hecho de sus habitantes seres melancólicos o lúcidos y exploramos la noche y sus excesos.

El primer libro de la colección al que llegué fue el de Thomas Sparrow. Mediante sus letras reconocemos a Breslavia, ciudad que después de la organización territorial de la posguerra pasó a ser parte del territorio polaco y cuyos habitantes llegaron de Leópolis (Ucrania) no sin antes llevar consigo toda la biblioteca Municipal: el Ossolineum. El traslado sucedió en 1947 y esta es la historia, según Sparrow, “de hombres y mujeres que decidieron en medio de la desesperanza y las ruinas de las ciudades, reubicar la historia escrita de un pueblo para que esté, privado de su territorio, no tuviera que empezar de cero. Siempre al fin y al cabo, existe la esperanza de un buen libro”. Breslavia se presenta así como una ciudad atravesada por la guerra pero a su vez por el ensueño: ni el ejército rojo ni el ejército alemán doblegaron su espíritu. El humor también es uno de sus fuertes: hay bares en que cuelgan imágenes de Lenin y Stalin y las meseras sirven la comida con un uniforme que dice claramente CCPP (abreviación cirílica de Unión soviética).

Esta imagen contrasta con el relato de Francisco Montaña sobre Moscú. En él reconocemos la Unión Soviética de la década de los ochenta y su devenir cultural: los libros editados clandestinamente y las disidencias basadas en la poesía y el arte. La influencia de los versos de Maiakovski en las juventudes comunistas y los legados cinematográficos de Dziga Vértov. Moscú se nos presenta como una ciudad de contrastes: sus calles repletas de árboles frutales y manzanas callejeras frente a su arquitectura básica y gris. Esta es también la ciudad de los susurros, en donde se conspira a través de la música, el cine y especialmente a través de la lectura. Ejemplo de ello es el viaje que emprende Montaña hacia Leningrado para conseguir Crimen y Castigo, pues Dostoievski había sido descatalogado por las autoridades por considerarse nihilista y burgués. Sí, la silenciosa oposición de los lectores.

Este legado socialista es redescubierto por Nicolás Ordóñez en la Habana. Primero a través de las Revistas Sputnik en donde los viajes a Siberia son promocionados como si fuese un destino caribeño y cuyas columnas sobre ajedrez y la carrera espacial nos devuelven a los tiempos de la Guerra fría y la imagen de Laika orbitando la tierra. Ordóñez también descubre a Cuba a través del ingenio de sus habitantes: las cadenas de nieve enviadas desde la URSS y adaptadas al clima tropical, la pericia de los campesinos, quienes frente a la prohibición de matar vacas, roban de noche parte de su carne y las dejan con vida y como no, el mercado negro de calzoncillos nicaragüenses en el vedado. Cuba es considerada en su alegría y tiempo, a través de las funerarias llenas de risas y el tono carmelita en los uniformes de los funcionarios públicos.



De repente, esta latitud llena de jolgorio y bailes empieza a desvanecerse cuando nos acercamos a Lisboa: ciudad alegre y triste. En ella, Felipe Cammaert nos advierte sobre las tágides, sirenas de agua dulce que adornan las aguas del Tajo y son la perdición de los marineros que llegan a la ciudad. Nos guía también a través de la saudade -como emoción y como vocablo- y sus múltiples significados y acepciones. Lisboa se nos presenta como un lugar triste y cautivador, cuna de poetas y de versos: desde Charles Baudelaire hasta Enrique Vila Matas se han dejado contagiar de su aire melancólico y sus antigüedades escondidas. Es un rinconcito blanco y resplandeciente, de ancianos en las aceras y nombres extensos. Ciudad de heterónimos y homónimos, pues solo basta contar cuantos Silva viven en una misma calle.

Finalmente, nuestra travesía como lectores termina en Buenos Aires (cerca al corazón). En ella Tatiana Andrade nos enseña el otro mundo porteño, el de los jubilados y los mercados chinos y el estudio salvaje y culinario del lenguaje bonaerense: el “tira más que una teta de carreta, cuídate de perro rabioso y de hombre sospechoso o quien nace lechón muere cochino”. Buenos Aires ritual y sensible: el mate, los amigos, las enharinadas cuando alguien termina la universidad y la forma particular de hacer las milanesas. Las marchas que se toman las calles y el subte, la política en todas sus formas y colores, las arengas contra la muerte y a favor de la esperanza y la utopía.

Esta colección es una magnifica travesía. Una puerta que abre en distintas direcciones y siempre logra sorprendernos. A través de ella comprendemos que el mundo es nuestro refugio y las letras, el modo de construir aquel escondite soñado.

Imágenes:
Map of the world 1883 (Pinterest)
La Diligencia Libros (Catálogo digital)

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Por CAMILA GARCÍA CUENTO

Mi madre compró una obra de arte

Bordado de Emily Barletta, animación de Camila García



Hace unos años sucedió en nuestra casa algo que en otras familias habría podido provocar el divorcio, en la nuestra creo que fortaleció el amor entre mis padres, no sin antes obligarlos a superar una serie de malos ratos. Vaya si fueron malos.

El triunfo de mi madre es el triunfo del arte frente a la economía, pero quizás también el del descalabro frente a la cordura. Pasábamos por una muy mala situación económica que nos imponía una vida austera. Mi padre había conseguido un trabajo que duraba sólo un mes y resolvía apenas un mes de esa muy austera vida que llevábamos. Mi madre había ido haciendo los ajustes necesarios, ahora era una excelente cocinera vegetariana, se las había arreglado para que comiéramos delicioso con muy bajo presupuesto, sabía siempre qué estaba en cosecha y qué era más barato, así como qué día eran las promociones en los supermercados. En lugar de leche tomábamos leche de alpiste, en lugar de carne berenjenas, eso, además de ahorrarnos dinero, nos garantizaba una buena salud. Cada uno de nosotros había hecho pequeños cambios o sacrificios que contribuían a una inteligente utilización de los recursos.

Mi padre trabajó juiciosamente ese mes. Cuando recibió el pago se lo dio a mi madre que siempre había administrado muy bien el dinero, era una maga, parecía que la plata se multiplicaba en sus manos. Una vez nos dijo que habían aparecido cien mil pesos más como por arte de magia. Todos sonreímos incrédulos, esas cosas tontas que creen las mamás, pensé. Bueno, como he dicho, mi padre le dio el dinero para que hiciera lo de siempre, pero en vez de eso ella se fue y compró dólares- que estaban altísimos por ese entonces -y se los envió por Western Union a una artista neoyorkina que estaba teniendo éxito.

Bordado de Emily Barletta, animación de Camila García 
A la semana llegó a la casa un paquete, mi madre salió feliz a recibirlo y lo desempacó delante nuestro, era un bordado sobre papel, lo abrió con una delicadeza maravillosa, pensé entonces en lo bellas que son las manos de mi madre. Estaba tan feliz que su rostro pareció rejuvenecer diez años. El bordado era una de esas cosas que sólo las mujeres pueden hacer, la artista tenía una motricidad fina asombrosa y había creado una obra de arte impecable. Pasado el alboroto que produjo aquel exquisito paquete llegado de Nueva York, mi padre le preguntó quién había enviado eso y por qué. Lo compré, dijo mi madre, cuánto te costó, preguntó él, 1.300 dólares. ¿De dónde has sacado el dinero? Usé todo lo que me diste y pedí prestado lo que faltaba.

Nos quedamos fríos. ¿Y el arriendo? preguntó mi padre. El arriendo lo debemos, dijo mi madre con una tranquilidad pasmosa. Se deschavetó, dijo mi hermano. Mi padre, que es un hombre muy decente, nos ordenó salir de la casa. Van a dar una vuelta por ahí, se van a comer un helado, tengan, dijo mientras nos alcanzaba cinco mil pesos. Cuando regresamos vimos que la discusión había sido fuerte porque mi madre no le hablaba, ignoró a mi padre durante tres días completos, tres días sin mirarlo a los ojos, y además lo mandó a dormir al sofá. Al tercer día mi pobre padre parecía un moribundo.

Hicieron las paces. Cada vez que alguno de nosotros hacía un comentario deprimente, mi madre nos decía que miráramos aquel bordado por unos minutos y alababa su belleza. Ese mes fue mucha gente a la casa y no había quien no alabara el cuadro de la artista neoyorkina. Al tiempo que nos consumía la angustia por la falta de dinero nos alegraban los elogios de nuestros amigos al cuadro, mi madre siempre decía que era de una artista neoyorkina que estaba teniendo mucho éxito y que en unos años esa obra de arte iba a costar un dineral. Vi la envidia en el rostro de algunas de sus amigas.

Para cubrir los gastos vendimos el televisor y un sofá, mi madre dijo que cualquier cosa que nos dieran por ese aparato era ganancia porque “la televisión de hoy es una porquería”, dijo también que en vez de ver televisión íbamos a leer o a ver películas por internet, sobre el sofá dijo que era feo, “es color caca y además es incómodo, no necesitamos un sofá incómodo que nos dañe la espalda”, mi padre le dio la razón, había dormido tres días en el sofá y sabía de qué hablaba.

El bordado sigue estando en la misma pared y alegra nuestra casa y nuestra vida, yo ya no vivo con mis padres, pero siempre que voy lo miro un rato  y pienso que si no fuera por él no habría entendido nunca el amor de mi madre por el arte.

*Vea aquí la animación que acompaña este cuento y acá la historia detrás de bambalinas. 



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Por John Better

PORNOGRAFÍA CASERA



Candy y yo hemos decidido grabarnos culeando. Me tomó tiempo convencerla. Sólo espero que esta vieja video-ocho haga bien su trabajo. Para calentar un poco, he pasado encerrado en el cuarto toda la mañana mirando películas de Rocco Siffredi. Ya voy por la segunda paja. Este italianito sí que sabía comérselas a todas. Sólo hay una cosa que me disgusta de su rutina, eso de que las chicas terminen siempre chupándole el culo. Tengo el televisor sin volumen, pero no sé a quién engaño con eso. Mi madre sabe lo fanático que soy del porno. Siempre se vive quejando de los manchones que voy dejando en las sábanas. Sí, mamá, ya lo sabe bambino, parece decirme la Cicciolina desde ese póster donde la tengo de piernas abiertas con su chochito sonrosado por la transparencia del pantis. Lo que más me arrecha de la Cicciolina es su voz y por supuesto sus tetas y también cómo la chupaba. Ella tenía una delicadez única, un charme que no le he visto a ninguna actriz del género. Ella te la chupaba como pidiéndote permiso, pero ¿qué es lo que estoy diciendo? Como si alguna vez me la hubiera culeado. Bueno, sólo en sueños, pero ésa es otra película.
Mi fiebre de porno empezó cuando tenía 18 años. Un día caminaba por el centro, sin rumbo fijo. Estaba de permiso en el regimiento, recuerdo, cuando de pronto se cruzó en mi camino el cine royal. Un gran afiche de exhibición sirvió de carnada. Una tal Roxana Doll vestida de camarera erótica, que no ofrecía resistencia ante dos sujetos que le mordisqueaban las tetas, aparecía en el cartel. Tus preciosas criadas era el título de la película, título que años más tarde descubrí que era falso. Por lo general nunca colocaban el nombre original de las películas. Optaban siempre por nombres más sugestivos como Novias de las puertas traseras, Don pijote de la mancha, Alicia en el país de las verguillas, Penetreitor, entre otros nombres curiosos para atraer al público. Así que me decidí a entrar al cine. A tientas pude encontrar un asiento libre en la parte de atrás de la sala. El piso estaba algo resbaloso. Al encender el primer cigarrillo, la luz del encendedor me reveló por unos segundos lo que ocurría alrededor, aunque prefiero no describirlo.
Había llegado a tiempo para ver la película desde el inicio. La gran pantalla del teatro se iluminó con el intro de un sujeto con pinta de yuppie que llega a un lujoso hotel preguntando por su reservación. No había pasado la primera escena de voltaje y ya tenía una erección del tamaño de un zepelín. Luego el sujeto de la peli entra a un ascensor y marca el piso diez. Al abrirse la puerta, lo deja a la entrada de una suite con grandes ventanales que muestran la panorámica de una moderna metrópolis, Nueva York a lo mejor. Seguido hay un corte inesperado y quien supongo es Roxana Doll, una rubia platino de ojos azules, se pinta los labios ante un espejillo en forma de corazón. Su labor es interrumpida por una especie de conserje que le pide llevar unas toallas a la habitación 514. La escena prosigue con la camarera rubia entrando a la habitación indicada por el conserje. Al fondo puede oírse el sonido de una regadera abierta. Sin ser invitada, la camarera entra al baño y en ese ni cómo ni porqué de las películas porno empieza a chupársela al sujeto del inicio de la cinta. Él la coge del cuello y le mete el sublime trozo hasta el fondo de la garganta.
Hasta ese momento era lo más grandioso que había visto en la vida. Tanto era mi ensimismamiento, que no me percaté hasta ya muy tarde de esa mano bajándome la cremallera, esa boca que se hundía lentamente tragándose toda mi verga. Quien quiera que haya sido se quedó en el anonimato de esa oscura sala de cine. Tan solo reconozco que fue un estupendo blow job como dicen los gringos y que de solo recordarla hace que se me ponga dura.
Después de aquello empecé a comprar revistas pornográficas. Mi proveedor era el Fredy, un negro que tenía su punto de venta en la esquina del centro comercial Avianca, justo frente al edificio de la Caja Agraria. Hustlers, Suecas, Glory Holes, leía de todas, pero mi favorita era la Yanca, una publicación under española que compraba no tanto por el sexo sucio de sus fotografías como por las historias de Kiko Warro, un tío vicioso madrileño que haría pear de vergüenza a Miller o Bukowski. Más de una vez me hice una buena paja leyendo estas cochinas historias, donde el Kiko casi siempre terminaba ensartándoles a las chicas un enorme nabo de cerámica.

A lo mejor hoy, que Candy está tan complaciente, acceda a mis caprichos y me lea a viva voz una de esas historias o por lo menos se la deje meter por detrás, porque llevo años insistiéndole y nada. Por lo pronto no más pornografía por hoy, mejor coloco un CD de Michael Bolton para darle un toque romántico a esta sucia pocilga antes de que ella llegue

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Por J S de Montfort

Extraños en la ciudad, un cuento de J.S. de Montfort

J. S. de Montfort (España, 1977). Escritor y crítico literario. Autor de Fin de fiestas, ed. Suburbano 2014. Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid) y Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona). Ha sido editor en Revista Hermano Cerdo y actualmente es responsable de prensa de Editorial Malpaso.


1.

Qué debe estar pensando en estos momentos la vecina del bloque de enfrente (que queda muy cerca, a menos de diez o doce metros, quince a lo sumo); te ha visto pasando por delante del balconcito (la cortina corrida de par en par, y a ti que no se te ocurrió que algo habrías de hacer con los pantalones caídos). Caminando como un pato, la mano llena de semen pegajoso (ingeniero, ingeniero, pero cómo no tienes un maldito paquete de kleenex!); te escondiste hacia el lado del sofá, y con un gesto definitivo corriste la cortina. Zas.
Solo queda un resquicio, resquicito, pequeño: a través del que miras.
La vecina parece estar hablando con alguien, pero luce calmada y sobria; quizá no te haya visto, oh, sí, puede ser; quizá haya creído ver un reflejo, un fantasma. Oh, sí, seguro.
De todos modos... bien pensado, teniendo en cuenta que... qué más da, si  no sabes siquiera cómo se llama, ni si es soltera o casada o viuda, ni su edad, a qué se dedica. Nunca has intercambiado una sola palabra con ella.
Bah, una sombra más en esta ciudad llena de sombras. Una extraña.
Hay más de un millón y medio como ella.
Ellos sí son los verdaderos fantasmas y no tú.
Un fantasma, por definición, es una proyección psíquica.
fan-tas-mas



*
A las once habrían de venir a revisar las vigas. Es impepinable que hagan las catas, así te lo dijo Wilfredo, tu inquilino, el que ahora habita este piso tuyo, el ingeniero. Im-pe-pi-na-ble, ok-man.
(si no se entrega el informe del laboratorio al ayuntamiento, donde se asegura que el edificio no corre riesgo de derrumbe, os denunciarán; no solo al ingeniero, también a tí. Esto es: a toda la comunidad. O peor: si no se entrega el informe y hay un riesgo severo de derrumbamiento, cualquier día se nos caerá encima el techo... qué más da)

Son ellos, los que han llamado al timbre. Los de las catas.
Y no son ni las once; faltan nueve o doce minutos.
¡Ah, qué poca seriedad!
Las once son las once, no las once menos diez o menos nueve.


[…]

En un periquete lo haremos, dice el operario, quien tiene a su lado a una arquitecta, imperterrita
(sabes que es la arquitecta porque la semana pasada  fue a tu piso; al operario no lo conoces, es diferente del que vino a tu casa).

Y es verdad: así sucede.
En un pispás, listo.

2.

Son las once de la mañana, en punto (de la mañana del día siguiente).
Has vuelto al piso del ingeniero Wilfredo.
Tú eres un hombre libre, ahora. Ayer no, porque ayer dependías del compromiso adquirido.
Hoy no.
Por eso has vuelto a la casa del ingeniero.
Por eso has vuelto a las once: porque ayer tenías una cita a las once, una obligación, un compromiso. Por eso y porque se da la circunstancia de que tienes llaves para entrar.
Pero hoy no, no hay ningún compromiso ya, vuelves porque tienes las llaves (y no solo las que te prestó Wilfredo, sino una copia extra -y él no lo sabe-): vuelves porque esta es tu forma de demostrarle al mundo... que hey, estoy aquí porque quiero, me da la gana hacerlo de esta manera, a sabiendas de que nada me reclama, a sabiendas de que no pesa sobre mí ninguna responsabilidad.
Yo soy un anarquista, piensas, y no me debo a nada ni a nadie.

*

Hubo algo mezquino en ese silencio tuyo.
Rocío te acababa de preguntar si ya había vuelto el ingeniero, si te había pagado lo que te debía. Pero tú levantaste los hombros, como diciendo “a mí que me registren”.
Ella: qué raro, dijo, escucho ruidos en la casa. Espero que no se esté escondiendo para no pagarte.
Tú: vendrán de otro lugar... seguramente. Los ruidos.
Y es lo más probable, si algo hay de sobra en estos pisos-colmena del centro de la ciudad son los ruidos, se cuelan por todas partes.
Las paredes parecen papel de fumar.
(Rocío no sabe nada del tema de las catas, del favor que te pidió el ingeniero; Rocío está muy ocupada tratando de no volverse loca con los turnos infernales que le ponen en el hospital, y con las huelgas, las manifestaciones, las entrevistas en la radio, los artículos que manda a los diarios, etc etc etc quieren desmantelar -privatizar- su hospital, y su puesto de trabajo corre serio peligro -ya han puesto en la calle a más de veinticinco o treinta, ya perdiste la cuenta-. Rocío está luchando con uñas y dientes por mantener su trabajo)

*

Bebes un bloody mary.
Rocío un martini.
Bebes otro bloody mary.
Rocío sigue con su martini.
Bebes otro bloody mary.
Rocío sigue con su martini.
Así pasáis una noche de sábado, muchas noches de sábado, en el Tutto bene, un bar de lesbianas que queda justo en la esquina de vuestro piso. Te gusta que esté a tu lado, bebiendo. Rocío. Y te gusta su silencio cómplice, mortecino. A veces te da la sensación de que no está
           
      (pero esto, como yo habría de averiguar después, era la más pura verdad: ella no estaba)

*

Mientras bebías y bebías bloody maries pensaste mucho en hacer el amor con Rocío (porque hace cuántos días, semanas... oh, dios). Pero cuando ya estáis en la cama, todo listo... ella , patapún, se duerme rápida, como un rayo, y no te da tiempo.
Rocío, Rocío... imploras. Pero nada.
Siempre está tan cansada.
En el colchón solamente queda vivo tu cuerpo.
Ella duerme, o no está.
         
                   (no está, ni su calor, ni su pelo flamígero, ni su almohada, ni sus ojos cerrados; tampoco su respiración: esto también lo averiguaré más tarde)

La valentía del vodka te indujo a pensar que quizá podrías haberle dicho a Rocío que eres tú, el que hace los ruidos en la casa del ingeniero. En fin, que no pasa nada.
Es solo un juego inocente: vas allá y te masturbas (o no, o no siempre).
Una mentirijilla. Se habría reído.
Pero no, mejor no contarle nada.
Está tan ocupada siempre
Se pensará que la engañas, seguro que te has montado ahí un picadero, te dirá, que con la connivencia de tu vecino andáis con las orgías (Wilfredo es un proxeneta, te dijo un día, me da asco).
Qué más da.
No importa.
Nada importa.

3.

Te recuerdas muy feliz, estando con tu hija en el puerto olímpico.
Antes de todo esto de ahora, esta... uhm: anarquía.
Se puede ir andando desde tu casa, al puerto olímpico, se pasa uno por lo menos cuarenta y cinco minutos caminando. Y Las Ramblas están llenas de estímulos, de gente, de voces, de idiomas, de colores: son una fiesta pagana. ¡Un delirio de hermosura!
Ya tiene uno, así, media tarde solucionada.
¡Mira, cariño, qué trasantlántico tan portentoso! Y le señalas a tu hija hacia el oeste, justo al lado de la torre del teleférico. ¡Mira, cariño! Le diriges con la mano su carita dulce, contra el sol, y gritas excitado, igual que gritabas hace cinco u ocho años, cuando eras tan feliz, con tu hijta.
Y le gritabas: qué belleza, mi chiquitina, mira qué belleza.

Unos turistas te miran raro, no con pena, sino con esa alegría de quien descubre un hecho extraordinario y no acaba de darle pábulo.
Estás tú solo, le hablas a nadie. Le mueves la carita a un ser inexistente.
Piensan los turistas que eres un performer. Un actor que interactua con otros actores invisibles, en una representación fantasmagórica. Y genial
                                             (a los turistas cualquier tontería les parece genial)
Te tiran un euro. Y la jovialidad de la moneda atrae a alguna monedilla más
          (tú, descubierto en tu farsa, continúas; exageras, teatralizas: quieres más monedas,
                                                                                                                                       las necesitas)
*

Hace años que tu hija dejó de visitarte (muchos, tantos).
Tu mujer te puso una orden de alejamiento.
Esto Rocío no lo sabe (no lo sabía).
Le dijiste que tuviste una mujer, una vez, hace muchos años.
Pero nada de hijos. Rocío detesta los niños.
“Mi feminismo me impide doblegarme a mi matriz”, así se las gasta(ba) Rocío.
Piensas en esto, de camino a casa, en los beneficios personales (esto es: para ti) del feminismo, en que esta es la única razón quizá por la que dejaste que Rocío viniera a vivir a tu piso. O acaso dejaste que se enamorara, si es que esto acaso sucedió (para ti, sin embargo, el amor está agotado: lo usaste una vez, hasta sus últimas consecuencias, y ya).

Pero toda esta quimera, este deseo de verdad (pensar que Rocío te ama, te amó) proviene de la cerveza peleona, que te embota la mente. Te sientas a descansar en uno de los bancos de la sede central de Correos, en la Plaza de Colón. Te hacen compañía cinco latas de Voll-Damm, acurrucadas a tu derecha, solícitas: junto a las costillas.
La noche es apacible; tanto que te quedas dormido.
Te despierta un guardia municipal, cuando el alba ya se anuncia en el horizonte.
No están a tu lado las cervezas, te las robaron (y también el reloj, aunque ahora mismo no seas consciente). Pero bueno, es un reloj de mierda, te dirás al descubrirlo, mañana, lo compré en un puestecito de los chinos, te dirás. Qué importa.

4.

El ingeniero no vuelve, ni te llama
(y le has debido dejar por lo menos ya seis mensajes en el contestador).
No debería extrañarte, de todos modos. Es frecuente en él. Desaparece y, al cabo de un cierto tiempo x, reaparece, pero nunca solo. Siempre viene con alguna rumbosa chavalita dominicana.
Si un día le registran este piso lo empapelan, seguro. Tiene mogollón de fotografías de adolescentes en posiciones lascivas. Algunas, ejem, muy muy menores de edad. En una esquina de la foto, impreso en colores dorados: un teléfono de contacto. Y un nombre, seguramente falso.
Pero a ti esto no te incómoda (ni tampoco excita); sencillamente no es de tu incumbencia.
Tú piensas en la droga que sabes -o sospechas- el ingeniero tiene guardada en el congelador.

Speed.

(te ha invitado otras veces, no a speed, sino a cocaína, el speed es de pobres)

Piensas: podría cogerle un poquito, apenas nada... seguro que no se entera.
Pero te da miedo que te pille. El ingeniero tiene unos brazotes musculotes capaces de tumbar a un toro. Tú lo viste: no a un toro, pero sí a tres yonquis. Una noche.

(tu mismo rostro fue hogar para una de sus hostias, cuando le exigiste con demasiada insistencia que te pagase el alquiler, una vez que venía con retraso -esto lo vi yo, no es necesario que nadie me lo cuente-; luego se disculpó, te pagó, o eso me dijiste, e incluso te regaló una botella de Jack Daniels, sí, pero la hostia no te la quitó nadie: yo la vi con estos ojitos míos grises, el moratón)

Estos edificios, y no solo sus paredes, sino también los cristales, son puro papel de fumar. Se escucha todo. Oíste (y viste, pues no pudiste resistir la tentación de asomarte al balconcito de tu casa) cómo Wilfredo se enfrentaba con tres macarras y los tumbaba a porrazos. A los tres. Lo has oído también como amenaza a la gente, por teléfono.
Y da miedo. Mucho mucho miedo.
Así que, ejem... mejor me la cojo suave (te gusta esta expresión latina, se la has oído a Wilfredo).

Te masturbas. Pero en el baño, nada de excentricidades hoy.
Para relajarte.
Y luego echas un vistazo a las estanterías del salón.

*

Un enamorado por primera vez
no osa desnudar con el pensamiento a la chica idolatrada
 ni considerarla naturalmente

Esto es lo que encuentras, en una página marcada, subrayada, anotada. Le das la vuelta y buscas en la portada. Dice: Confusión de sentimientos, de un tal Stefan Zweig.
Ay, madre mía, a ver si el Wilfredo nos ha salido gay...

*

En definitiva, que en tu aplicación para la búsqueda de alguna actividad (tu vida profesional es una de puro rácano, apenas te exige nada: es lo bueno de ser rentista), te decides por dedicarte a este librito breve.
Y cada mañana vienes un rato (pero siempre a las once) y vas leyendo algunas páginas.
Sí, es gay. Te dices. O un sentimental.
El amigo Wilfredo.
O no.
Ahora el confuso eres tú, porque la dedicatoria, en la primera página, no deja lugar a dudas.
¿o sí?

Dice:

Para que nunca me olvides.
Y una fecha: 17 de abril de 1993.
Firmado por Luis Alfredo F.


No entiendes nada

(pero esto no es cosa nueva en ti)

5.

El Raval es tu vida, y más específicamente esta calle estrecha, menuda, inhóspita. Y, aun más, este mismo edificio-colmena por cuyas escaleras vas bajando (no hay espacio suficiente para el ascensor, así que nunca tuvo ni tendrá). Naciste en esta planta quinta (donde está el piso de tus padres, que ahora es tuyo). Siempre te ha gustado pensar este piso como una torre vigía, en lo más alto. Si alguien sube hasta aquí se escucha el crujido de los pasos en la escalera de madera: nadie puede sorprenderte en esta atalaya, te dices. Un buen lugar para vigilar el mundo.
Además, también el piso de al lado es tuyo, donde vivían tus abuelos y ahora vive Wilfredo. Toda la quinta planta en tu poder (al menos mientras no regrese Wilfredo)
No sales de estas calles del Raval si no es estrictamente necesario. Aquí tienes todo lo que un hombre podría necesitar. Tu razón de ser está aquí.
Con el alquiler del piso de Wilfredo has venido pagando la manutención de tu hija (no te dejan verla, pero tienes que pagar sus gastos, eah que sí).
De la miseria que te queda, salen tus gastos propios: exiguos, roñosos, como una alpargata.

*

Este es tu mundo: los tres bares de la esquina, uno con terraza (magníficos los precios, baratos; y aquí no hay turistas, solo gente del barrio, de toda la vida). En una calle paralela a esta hay otro bar, de comida tradicional (menú barato, entre semana, mucho currela). Y si te sientes atrevido, en una noche loca, puedes alejarte cuatro o cinco calles, al antiguo cabaret Sin gracia (que ahora se llama La Taberna Maravillosa). Nada de gin tonics con pepino ni mariconadas, whisky on the rocks: cuatro euros.
La vida es agradable aquí...
Pero Rocío es un alma cosmopolita.
Y eso os trae algunos problemas.
No desde hace tiempo, ya unos meses largos, desde que comenzó la lucha sindical para que no privaticen el hospital donde trabaja Rocío (no está en Barcelona, el hospital, sino en la periferia: en el extranjero, en tu opinión).
Lo que quiero decir es que anda tan ocupada... que para mí es una bendición, me dijiste, lo recuerdo (pero yo sabía que era mentira, cómo no iba a saberlo), una de aquellas pocas noches en las que me contaste tu vida, puesto que sus demandas respecto a mí, respecto a lo que es o debería ser un buen novio, me decías, tienden hacia la nada más absoluta. Y mi anarquía, en este contexto, halla su razón de ser.

(recuerdo perfectamente esa frase, tan pulida y limpia para un borracho que solía tartamudear tanto)

O, al menos, así me lo expresan mis instintos. Mi natural tendencia al desparrame.
                                         (eso me dijiste, o algo así)
Téngamelo en cuenta, señorita (ah, y esa caballerosidad tuya tan desgastada y apolillada, igual que tú): solo un ácrata es capaz de sentarse a las siete y cuarto de la mañana, en la terraza del Tres Tombs, y pedirse una ginebra con naranja.
Yo.
(hay que ser un hombre de valor para adentrarse en terreno enemigo, me dijiste)
Un ácrata, ah, sí, ya se lo dije: pero también -de vez en cuando- un sibarita.
Porque lo soy, yo, de sibarita.
Aunque este esnobismo tonto, este orgullo de propietario, de potentado (tengo dos pisos, recalcabas siempre, dos; no uno: dos), vaya, me dura más bien poco. Porque, además, escúcheme señorita (nunca te aprendiste mi nombre, África, África, África) estoy en territorio enemigo, me repetías, y es que a ese bar vienen un chorro de turistas.

*

A pesar de haber vivido toda tu vida aquí, no eres muy popular entre los vecinos.
Fantasmas, te parecen todos. De tan vistos como los tienes puedes mirar a su través

(me acuerdo de una noche de lunes, aburridísima, te pregunté: ¿eres capaz de mirar a través mío?
Te quedaste callado. No me dijiste nada. No tuviste agallas)

Van pasando vecinos, y siempre hay alguno que te saluda (bueno, que hace algún gesto con la cabeza, como un desquite, igual que si quisiesen sacarse una mosca del peluquín).
Entretanto, lees un libro que le has birlado al ingeniero.
Cartas a Evelina, se llama.
Es un intelectual del carajo, este Wilfredo

(cómo te gustaba repetir esto, cuando era evidente que el tipo era un bruto, un animal; quizá lo hicieses para impresionarme, pienso ahora, no para seducirme, desde luego, y no porque pensases que no tenías ninguna oportunidad conmigo -no sé, quizá alguna tuvieses, quién sabe, la vida es tan rara-, sino porque no te interesaba el romance, tú única preocupación era la botella, eso y nada más)

*

SEÑORA: Yo he cambiado mucho! De pocos años a esta parte soy otro, es decir, soy el mismo en otro. Esto no tiene nada de particular si usted tiene en cuenta que no he hecho otra cosa que no sea obedecer a la más general de las leyes de la Naturaleza.

(Esto es lo que pone en la primera página del libro, Cartas a Evelina, te intriga)

*

Tú también eres otro en tí mismo, piensas, ayudado por la fuerza de las varias cervezas (y de los dos whiskies). Antes de ser un anarquista tú eras un hombre de bien. Lo recuerdas. Honrado, y trabajador (durante larguísimos años fuiste mecánico). Estuviste tan enamorado de ella, de tu mujer... tanto. La conociste aquí, en el Raval. Vivía en tu mismo edificio. Toda la vida juntos, desde chicos. Os hicistéis novios a los doce años, y luego os casásteis, y luego... qué pasó luego.
Pues qué va a pasar, hombre. Lo sabes perfectamente.

Ella y tú érais primos.
Primos lejanos, sí, pero primos, en fin de cuentas: ambas familias originarias de Extremadura.

Pides un trifásico (café, leche, coñac), en un intento por aclararte, por ver las cosas con alguna perspectiva. Y porque, además, ya se ha hecho la hora de comer, y tienes las piernas entumecidas.
Pero volver a casa... no, te aburres en tu casa, y aquí, de todas formas, se está tan agustito... pides un whisky más. Solo uno más. Pero no. Imploras. Y te dicen que no. Solo uno. Que no. U-no.No.U-no. No. Que no. No.
Tuputamadrecabrón.
Explotas: mí, a mí, mímímí... a mí. Tuputamadrecabrón.
Y le das una patada estupenda a la mesa. Salen volando algunas sillas.
Hijodelagranchingada
(los nuevos camareros son mexicanos, qué risa, pensaste entonces, recuerdo que me lo dijiste)


Maldices el suelo que pisas, gritas en todas direcciones.
Un extraño, un fantasma (pero tú no lo oyes, obcecado por tu grito) le dice a otro:
 joder, otra vez el tío este gritando lo de los cien millones de pesetas.

(Y es verdad: yo lo he visto. Me enseñaste la cartilla del banco. No parecía una falsificación)

Te los ingresaron por equivocación. Fueron tuyos, sí, pero eso apenas duró un microsegundo. Nada. Pluf, Ni eso.
Desaparecieron
(aunque tú crees que siguen siendo tuyos, que te adornan)


Unos turistas, son una familia: un chico adolescente, una niña de unos siete años, un hombre robusto, de unos cuarenta, y su mujer, más frágil, rubia. Te miran con una mezcla de curiosidad, pasmo y miedo, en tanto que te acercas a ellos.

Pero no quieren comprobar tu cartilla de ahorros, les apasiona lo esperpéntico del espectáculo
                                                                              (no habrán leído a ValleInclán, pero eso da igual; casi nadie ha leído a Valle-Inclán)

Sacan unas monedas, te las dan.
Y huyen.
Tú sigues con la cartilla del banco en la mano, esa cartilla que llevabas el día en el que yo te conocí. En el portal de tu edificio-colmena, donde yo me mudaba.
Esperaba a que regresase mi nueva compañera de piso, Rocío. Tu Rocío, la misma. Sí. De eso me enteraría más tarde. No era tu novia, pero qué más da.
Contradecirte era una perdida de tiempo.
Se te metía algo en la cabeza y no había manera de sacártelo.

Dudo que tengas una hija (aunque nunca se sabe). Lo del amor de tu vida sí me lo creo. Lo de tu mujer, tu prima. Lo creí desde el primer momento. No se bromea con eso.
Uno puede fanfarronear con cientos de cosas, pero no con el amor.
Eso una mujer lo sabe. Lo percibe. Lo siente.
Quizá esa fuera la razón -la única razón- por la que dejé que Diego, el portero del bar de copas donde trabajaba, al lado de casa (yo también me hice ravalera, nunca quería salir de ahí, de ese mundo fascinante que ahora extraño tanto), no te echase a la calle, aquella primera vez que viniste a verme (no sé cómo te enteraste de que trabajaba allí, te lo diría Rocío, supongo), aun cuando era del todo obvio que andabas muy muy pasado de vueltas. Pero tú no podías vivir tu vida si no era con una copa de más (con unas cuantas, en verdad).
Te caíste de la silla, armaste jaleo. Aquel día.
Pero, no sé, había algo lastimero en tus ojos abatidos.
Esos ojos implorosos que no sé ya si siguen contemplando el mundo, ese pequeño mundo del Raval, un mundo fascinante que yo también compartí contigo, y con cientos de personas más, hace ya por lo menos diez años.

Ahora he vuelto a mi pueblo.

Es lunes, dicen que es el día más triste del año. Lo acabo de ver por la tele.
Quizá por eso me acordé de ti, ahora. Quizá por eso me serví yo también un whisky, de buena mañana, como a ti te gustaba.
Y me resulta raro, porque apenas charlamos cinco o seis veces. Me fuiste contando estas cosas y quizá muchas otras que no recuerdo (algunas cuantas mentiras seguro, los borrachos sois así, qué le vamos a hacer). Luego alguna vez nos cruzamos en la escalera, pero tú ni me veías: era para ti un fantasma, igual que todos los otros. Me borraste.
Lo extraño es que me acordé hoy de ti, pienso, y de todas estas cosas tuyas. Pero, sin embargo, y fíjate qué curioso es el mundo, apenas recuerdo el rostro de Manuel, mi novio de aquella época, con el que estuve saliendo por lo menos un año, o un año y medio. Y lo quería, Lo quise mucho. Creo.

Ahora no tengo trabajo, y me paso las horas estúpidas en casa, a la espera de que vuelva mi madre de un recado, de ver a una amiga, de misa, de donde sea que se haya marchado, ya me da igual (sí, tuve que volver aquí, a este pueblo odioso, me ejecutaron la hipoteca de la casa, qué rara es la vida, joder).


África, sí, como el continente, así me llamo.
Pero tú erre que erre, que no, que África es y no puede ser más que el nombre de un continente, no un nombre de persona.
Se te metía algo en la cabeza y no había manera de sacártelo.
Qué más da.
Pero yo sí que me acuerdo de tu nombre, eso no se me ha olvidado: Ra-úl Ce-ba-llos Gar-cí-a.
Raúl es un nombre bonito, sí, pienso, un nombre adecuado para una persona real,
de carne y hueso; y de buen corazón.
África no. En eso quizá sí tenías razón, he de concedértelo.
África (el nombre, pero también la persona: yo) no es más que un chiste, y uno de los malos. Igual que esos que solías contarme tú, cuando no sabías ya de qué más hablar.
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Foto: Miroslav Tichy

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