DESTACADOS

Del silencio y la crueldad




Aurora Osorio


Maleza. Clara Llano. Sílaba Editores. 100 pág. 2016

Un marcado aire de derrota atraviesa los once cuentos de Maleza, estreno editorial de la antropóloga caleña Clara Llano (1967) que ingresa al panorama narrativo con una particular colección de historias que remite a la infancia y sus intrincados recuerdos. Una suerte de mosaico veraniego en el cual se contemplan las diversas contrariedades, decisiones y pesadillas de unas criaturas novatas que se enfrentan al peso de una tradición que no logran superar.

Maleza es el resultado de una eventualidad curiosa: Llano intentó cursar un doctorado en geografía pero en el transcurso de la escritura de su tesis sucumbió a la lectura de El Quijote de la Mancha aplazada por varios años, y comprendió a través de ese suceso que debía escribir ficción. Eligió el cuento y la maestría en Escrituras Creativas para este propósito.

Lejos de apelar a pasajes conmovidos o sucesos bienhechores, la cuentista se concentra en definir lo abyecto y delimitar su naturaleza a través de las múltiples experiencias de unos personajes que no siempre salen indemnes de sus hazañas y periplos. Con deliberada crudeza y distanciada del tono nostálgico, Llano recrea el horizonte de la niñez a partir de un bosquejo de circunstancias externas que encadenan a los personajes para revelar la derrota anticipada a la que están expuestos.

Estos seres que comparten una filiación generacional y una predilección por las aventuras, asisten al encuentro de lo cotidiano revestidos de una levedad espontánea, sin sospechar que precisamente ese gesto desprevenido será el germen de una contienda con el universo adulto que se presenta en ocasiones intransigente ante su escepticismo y su lento descubrimiento de la adolescencia.
Turbación y desencanto, sirven de atributos para definir las sensaciones que provienen de las criaturas que se alojan en Maleza. La suerte de sus itinerarios que casi siempre recalan en fracasos o en propósitos interrumpidos por el exterior dinamitan estas impresiones aciagas que los transforman en seres desolados, marcados por un algún evento de su etapa más despreocupada.

En especial, Llano se interesa por tópicos comunes a la niñez: el compañerismo, las andanzas arriesgadas, la convivencia obligada con familiares o desconocidos que comparten un mismo techo; pero así mismo atiende otras dimensiones humanas como la muerte, la venganza, el abuso y la humillación; caras de una moneda que revelan los oscilantes extremos del regocijo y la crueldad que provienen de la niñez.

Del paisaje campestre y las rutinas familiares surge un panorama a todas luces corriente, que no obstante comienza a tornarse tenso, hostil, enrarecido por un silencio sospechoso, que en ocasiones oculta un infortunio o una venganza inconclusa. La perversidad tan característica al hombre contagia al universo infantil de su proceder, despojando a los chicos de su ingenuidad y límpida extrañeza, para cederles, en cambio, una crueldad y desconfianza desmedidas que paulatinamente comprenden y aceptan como si de un hecho inapelable se tratara, de modo que las once historias recalan en actos imprevistos, en un gesto astuto o un siniestro movimiento, con el que intentan hacer frente al tedio o a una presencia que los amenaza.

La apuesta literaria de Llano se centra dosificar los detalles, en complejizar los escenarios narrativos a través de una entrega reducida de datos; sucesión de indicios y omisiones donde el recurso de la elipsis profundiza en la incógnita y dota de un relieve ambiguo a los sucesos. La acentuada reserva y una evidente economía del lenguaje son ingredientes que hacen memorables a cuentos como Intrusos, Ruido o Grieta que ostentan una atmosfera tensa, que apremia con exceder la corta extensión de los cuentos, y que no obstante, mantiene el cauce narrativo dentro de un límite preciso que no sobrepasa las ocho páginas.

Además, los breves títulos de Maleza evidencian los silencios que aprovecha en demasía la cuentista. Al servir de antesala a la narración, se conoce desde un inicio que su intención no es explicar sino sugerir. Con una sola palabra se condensa un escenario ambiguo, que evoca en su sólida reserva el privilegio de esas pausas tan características en la narración de Llano. De modo que títulos como Remolque, Tráfico o Ronda aluden a un leitmotiv o un indicio bosquejado con rapidez para insinuar o especular sobre los diversos caminos y pasadizos a tomar cuando se inicie la lectura de estos cuentos cortos.


El tono lacónico que sustenta a la narración no defrauda, al contrario, su acertado dominio le permite alcanzar un acento propio a la cuentista que a través de su moderación construye unos silencios premeditados que sugieren más de lo que afirman. Los secretos e interpretaciones en Maleza se convierten en moneda corriente, en constante aproximación a una narrativa esbozada con un recelo casi excesivo.
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¿Gaga? ¡Dadá! (1916 - 2016)

(Cabaret Voltaire en la actualidad. Foto de Gaetan Bally.©)    


Por Gretta Bott 



(Traducción. Por Juan Pablo Plata) 
Traducido para revista CORONICA con permiso exclusivo de Zurich Tourism y el autor. Todos los derechos están reservados para el texto y las fotos.©


Hace cien años Zúrich fue el lugar de nacimiento de un movimiento artístico irónico, ruidoso y colorido: Dadá. Desde su base en el corazón de la ciudad vieja de Zúrich, en la calle Spiegelgasse 1, en el barrio Niederdorf, el movimiento salió a conquistar el mundo; a influenciar artistas e intelectuales en países tan lejanos como Estados Unidos o Japón.

El sinsentido como forma de protesta 

Fundado en 1916 mientras la Primera Guerra Mundial causaba estragos por todo Europa, Dadá es casi imposible de definir, puesto que no puede reducirse a una sola forma de expresión. 
El movimiento; sin embargo, es conocido como antiburgués y anarquista, y al arte Dadá se le tilda de sinsentido, excéntrico y salvaje. Al buscar una forma de arte que liberara a la gente de la locura de los tiempos que corrían, los dadaístas experimentaron con varios estilos y medios. En su forma única, con sinsentido, humor e ironía ellos protestaron contra la atrocidad y la brutalidad de la guerra.


(Cabaret Voltaire en la actualidad. Foto de Elisabeth Real.©) 

Los miembros fundadores del movimiento provenían de diferentes países. Como otros artistas se habían exiliado al llegar a la neutral Suiza, donde aún podrían continuar con su trabajo creativo. Como lugar de refugio, Zúrich se convirtió en el epicentro para la vanguardia europea (avant-garde). La fuerza impulsora detrás de Dadá fue Hugo Ball. Un hombre del teatro y alemán. En febrero 5 de 1916, él y su mujer, Emmy Hennings, abrieron el Cabaret Voltaire: una taberna para artistas en Spiegelgasse 1 en el barrio Niederdorf. A ellos se unieron Hans Arp de Francia, Sophie Taeuber de Davos – la única suiza en el grupo-, además de Tristan Tzara y Marcel Janco de Rumania. Richard Huelsenbeck llegó de Berlín al cabo de una semana.  El Cabaret Voltaire se hizo popular por ser un lugar de reunión para personas e intelectuales con ideas afines. Este lugar estaba situado, de manera interesante, a tiro de piedra del apartamento de Lenin, quien también se encontraba exiliado allí para entonces.


(Sophie Taeuber en la imagen.©) 




(Hugo Ball en la imagen.©)


El origen del audaz nombre del movimiento está envuelto en una legenda. Una teoría popular es que uno de los fundadores simplemente tomó la palabra francesa para decir caballo de balancín – una palabra al azar entrevista al pasar las páginas de un diccionario Alemán – Francés. Otra versión dice que el nombre vino de la palabra rusa da, que significa sí. Algunos sostienen que el dadaísmo fue inspirado por un jabón manufacturado por Bergmann & Co cuyo logo era un caballito de balancín. Un manifiesto Dadá incluso dice: Dadá es el mejor jabón del mundo de leche de lirio.


Se propaga el virus Dadá

En Zúrich lo dadaístas crearon un sobresalto con las maneras poco convencionales de su arte y actividades insólitas. Llamaban la atención hacia ellos al publicar reportajes falsos en los periódicos – por ejemplo, uno sobre un duelo con pistolas entre dos dadaístas en la colina Rehalp, desde lo alto de la ciudad de Zúrich. Se aventaban a las puertas de las tabernas para gritar Dadá tan fuerte como podían sus pulmones para desaparecer con la misma velocidad con que habían aparecido. No por nada los bohemios y dandis de Dadá eran rara vez bien recibidos en los círculos conservadores de Zúrich. En línea con el adagio de relaciones públicas Las malas noticias son buenas noticias, ellos lograron que todos hablaran de su grupo y usaron esta forma temprana de mercadeo para ampliar el espectro de su causa. Y lo hicieron con grande éxito, a un punto que los ciudadanos suizos honestos y políticamente correctos nunca pesaron: desde su centro de operaciones en Suiza, Dadá conquistó el mundo.

Las campañas publicitarias conductuales ayudaron a Dadá a desarrollarse como un grupo Pan-Europeo. En 1921, Tristan Tzara lanzó Dada en París con la colaboración de André Breton. Después de un discurso de Richard Huelsenbeck en Berlín en 1918, Hannah Höch, George Grosz y otros, se integraron al movimiento. Huelsenbeck también inspiró a Kurt Schwitters, quien iría a fundar el submovimiento Merz en Hannover junto a Raoul Hausmann. Hannah Höch desarrolló fotomontajes, cuyos cimientos Sophie Taeuber ya había sembrado en Zúrich con sus composiciones de collages. En Nueva York -otro enclave para literatos, músicos y actores exiliados- Marcel Duchamp, Francis Picabia y Man Ray colaboraron bajo la sombrilla Dadá.

(Cabaret Voltaire. Foto de Gaetan Bally.©)

(Exhibición en Zúrich por el centenario Dadá. Foto de Gaetan Bally.©)  

El final está cerca

Entre más renombrado y famoso se volvía el movimiento, más se disputaban los miembros fundadores sus fines y objetivos. Hugo Ball dejó el grupo a pocos meses de fundarlo por un nuevo exilio en Ticino. A pesar de que las disputas internas llevaron al final de Dadá en 1923, su legado vive todavía: sus protagonistas fueron los precursores del Surrealismo- movimiento al que se mudaron muchos dadaístas- y fomentadores de los primero artista de performance al inventar poemas sonoros y dar pie a lo que se conoce en tiempos modernos como poesía actuada o poesía slam.

Los miembros fundadores de Dadá. ¿Quién es quién?

Hugo Ball

Fue director de teatro en Múnich e inició el Cabaret Voltaire. Dejó el movimiento unos pocos meses después de sus inicio.

Emmy Hennings

Se mudó a Zúrich con Hugo Ball. Cantaba, escribía poemas y libros. La pareja se trasladó a Ticino y disfrutaron de una cercana amistad con el escritor Hermann Hesse.

Marcel Janco

Llegó a Zúrich de Rumania a estudiar en ETH (Escuela Politécnica Federal de Zúrich). Exhibió sus pinturas en el Cabaret Voltaire y junto a Tzara y Huelsenbeck recitaron varios poemas simultáneos en Alemán, Inglés y Francés.

Tristan Tzara

Su nombre real era Samuel Rosenstock. Fue uno de los más fieles defensores del Dadaísmo. Escribió para las revistas Dadá y promovió el movimiento en Francia, Berlín y Nueva York.

Richard Huelsenbeck

Escribió el famosos manifiesto Dadá que los protagonistas del movimiento firmaron en 1918 y también fungió como el cronista del movimiento. En unión con George Grosz y otros, fundó la facción Dadá de Berlín.

Hans (Jean) Arp

Estudió arte en Weimar, Alemania, antes de ir a Suiza. Fue amigo de Wassily Kandinsky y conoció a los demás miembros de Dadá por medio de Tristan Tzara

Sophie Taeuber – Arp

Enseñó artes textiles en Zúrich y bailó danzas cubistas en el Café Voltaire. Es considerada una de las más importantes artistas de abstracción geométrica del siglo XX y su cara sale en el billete de cincuenta francos suizos de la octava serie que ha estado en circulación desde 1995.

Dadá en movimiento por el mundo

Ámsterdam 1923

El movimiento Dadá holandés alrededor de Theo van Doesburg estuvo centrado en la poesía. Su revista Mecano no duró mucho.

Barcelona 1916

El ex boxeador Jack Johnson peleó con el activista Dadá Arthur Cravan en un encuentro de boxeo burlesco.

Berlín 1918 - 1923
En una ciudad derruida, el movimiento fue muchos más político allí y entre sus integrantes estuvieron Hannah Höch y George Grosz.

Bucarés
De regreso de Israel, Marc Janco fundó en Rumania la revista de vanguardia Contimporanul.

Colonia 1920

La policía cerró la exposición de Max Ernst, Johannes Theodor Baargeld y Hans Arp por su obscenidad. Tiempo después fue reabierta.

Hannover 1919 - 1937

Al ser rechazado por el capítulo del movimiento en Berlín, Kurt Schwitters fundó un sub-movimiento llamado Merz.

Israel 1953

Fundada por Marcel Janco, la colonia Ein Hod todavía es un núcleo artístico de creación en Haifa.

México. Distrito Federal.

Arthur Cravan, un ciudadano británico nacido en Suiza, llevó Dadá a México cuando tuvo que huir de Nueva York por culpa de una provocación pública.

Nueva York 1916 - 1923

Artistas como Marcel Duchamp, Francis Picabia y Man Ray se involucraron en actividades anti-artísticas bajo la sombrilla de Dadá.

París 1920

Instigado por Tristan Tzara y André Bretón, el movimiento Dadá de París fue provocador con manifiestos, obras de arte, teatro y mucho más.

Tirol 1921 - 1922

Mientras pasaban tiempo en Tirol, Austria, los fundadores dadaístas continuaron trabajando en escritos, collages e imágenes.

Tokio 1923

Hisao Maki, Tomoyoshi Murayama y otros más fundaron MAVO un grupo constructivista Dadá. Ellos hicieron parte del movimiento del arte nuevo en ese país.

Zúrich 1916 - 1919 

Dadá se fundó en esta ciudad por artistas e intelectuales refugiados como un movimiento antiburgués y antiguerra. Su sentido de la ironía, el sinsentido y el humor fueron acogidos en muchos círculos artísticos en el mundo.


(Zúrich. Foto de Jan Geerk.©)
 

(Cabaret Voltaire. Foto de Christian Schnur.©)
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Colectivo 92







Sara Giraldo Posada

Ya llevaba algunos días en Buenos Aires, era jueves y aún no había decidido cuál era el plan. Me desperté tarde y me quedé con mi amiga ayudándole a arreglar el apartamento que estaba vuelto un caos, pues el día anterior había entregado unos diseños que llevaba armando durante cuatro jornadas seguidas sin dormir. Venía puliendo desde eso yo también mis pocas aptitudes para las manualidades mientras trataba de ayudarle en cualquier actividad de poca importancia pero que le quitaba tiempo. Fui por instantes asistente de diseñadora de indumentaria.

Arreglé el jardín, mientras ella recogía los recortes de tela, los alfileres del suelo -que habían encontrado hogar en las plantas de mis pies, llenos de ampollas consecuencia de todo lo que había caminado esos días-, guardaba las máquinas de coser y los hilos. Luego, desayunamos y partimos, ella a su facultad y yo, pues decidí a último momento ir a la Biblioteca Nacional y al Museo de Bellas Artes. Así que tomé el colectivo 92, me bajé en frente de la facultad de ingeniería de la UBA, a pocas cuadras de la biblioteca.

Al llegar al lugar, pregunté por la visita guiada, algo que normalmente no hago pero por alguna razón inexplicable sentí el impulso de hacer. Todo pasa por algo, me dirigieron hacia donde se encontraba Susana Jurado, una señora de más de sesenta años, que con un cariño exuberante por su trabajo, explica con espíritu de maestra –pregunta, regaña, evalúa, y si tienes suerte te da un “10 admirado con estrellas” cuando respondes algo bien- todo sobre la historia del lugar, la evolución de la escritura y del libro, también el estado de las bibliotecas en el mundo. Esta abuelita pintoresca, que según ella con la edad se ha vuelto menos tolerante a la estupidez humana, es la joya más preciada que tiene el sitio. Cuando nos presentamos, únicamente éramos ella y yo, comenzó su discurso así:

Argentina se independizó en 1810, el 25 de mayo. En septiembre del mismo año Mariano Moreno decidió construir la primera biblioteca pública de Buenos Aires. Argentina entonces no estaba federalizada, y para ello acudió a los ricos de la ciudad y los invitó a participar de su construcción por medio de donaciones de ejemplares o colecciones. No dejó de lado solicitar la colaboración de la iglesia católica que siempre ha tenido cantidad y calidad de textos invaluables, sin embargo la generosidad eclesiástica no fue acorde y muchos decidieron no realizar ningún aporte. Por fortuna para la cultura bonaerense, después argentina, Moreno no aceptó la negativa como respuesta e incautó los documentos. Así comenzó a conformarse el inventario de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, que en esa época reposaba en el Cabildo de la ciudad.

Ahora bien, cuando Argentina pasó a ser federalista y su capital se constituyó en Buenos Aires, la biblioteca pública de la ciudad adquirió inmediatamente el título de Nacional. Curiosamente en Córdoba parece que existía una biblioteca, o mejor, una colección de títulos más amplia, pues este lugar había sido el asentamiento de los jesuitas y por su afinidad con la ilustración y la cultura, poseían un mayor inventario de volúmenes.

De esta manera, la biblioteca se ubicó en la calle México, en lo que iba a ser un edificio para la Lotería Nacional de Argentina. Y allí permaneció por casi cien años, desde 1901 hasta 1992, cuando fue inaugurada la nueva sede.

La mudanza de la biblioteca fue causada por uno de sus directores más ilustres: Jorge Luis Borges, quien acudió personalmente ante el presidente Arturo Frondizi, a manifestarle que el edificio en que funcionaban las instalaciones no era un lugar adecuado para la correcta conservación de los ejemplares, ya que estos se ubicaban en estanterías a plena vista, es decir, expuestos a la luz, el ambiente y a los temidos ácaros (ahora el depósito se encuentra subterráneo y es climatizado), de esta manera el presidente ordenó, por Decreto, un lugar destinado a la construcción del nuevo edificio. Un área conformada por tres hectáreas, que se encontraba entre las avenidas del Libertador y Las Heras, y las calles Agüero y Austria. Justo donde había sido el palacio Unzué.

Esta era una residencia de veraneo de la familia que llevaba ese apellido, pues en la época, estaba justo a la orilla del río de La Plata – que hoy en día se encuentra a kilómetros del lugar-. Dicho inmueble fue incautado posteriormente por el Estado, aunque no hay registros de la razón para hacerlo (Susana cree que fue un asunto de impuestos, pero aclara que no es más que una suposición), y luego se convirtió en una residencia presidencial. El único presidente que habitó el edificio fue Perón, tanto así que allí fue donde murió Evita. Finalmente, este fue tomado y destruido por los militares, en su lugar, los milicos sembraron pasto con la ilusión de borrar de la memoria cualquier recuerdo de Juan Domingo y su esposa. Lo único que permaneció de la construcción fue la casa del servicio, que hoy en día, irónicamente, es el museo de Juan Domingo Perón.

Volviendo a la construcción de la Biblioteca Nacional de Argentina, desde 1958, que fue cuando Borges abogó por una nueva ubicación, hasta que esta se inauguró, pasaron treinta años.

En la actualidad, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, cuenta con una estructura arquitectónica brusca y, a primera vista, bastante impersonal. Por lo menos hasta que se entiende el origen de su estilo de construcción.

El estilo europeo brutalista, es concebido en la época entreguerras, por ello se preocupa porque la propuesta sea funcional y económica (no de bajo costo, sino que economice recursos), por ello utiliza como fachada hormigón sin revestimiento, prioriza la luz natural, las salas de lectura tienen un ventanal de 360°, y los sótanos  a través de unos cilindros o lucarnas que transportan la luz desde la planta baja, pueden también gozar de la iluminación del día.  El hall de entrada está despejado para hacer las veces de escenario al aire libre, es también propio de este estilo la construcción de rampas – como método de inclusión de los heridos en las guerras-, las cañerías a simple vista, así como los pisos colgantes, es decir, dentro de lo que desde afuera parece un solo piso, existen una serie de “cajones” que cuelgan, y así se aprovecha el espacio al máximo. Por último, desde el exterior, el edifico recuerda la forma de una mesa pues la parte superior, que es chata, se sostiene sobre cuatro columnas, similares a unas patas.

Al edifico lo cubren en este momento, externa e internamente, carteles y pancartas que protestan contra los 224  despidos producidos dentro de la planta de personal de la Biblioteca en lo que va corrido del período de gobierno del presidente Macri, que apenas se posesionó el 10 de diciembre de 2015 y, a su vez, en el corto mandato de su nuevo director Alberto Manguel, de quien muchos quisieran ver desde ya colgado el retrato dentro de la Sala del Tesoro – lugar donde reposan los documentos antiguos, valiosos y restringidos al público- donde solo tienen lugar aquellos de los directores que han fallecido.

Ahora, dentro de este edifico brusco y crudo, reposan artículos invaluables para la historia universal como dos rollos del antiguo testamento, veintiún incunables, que son libros que se remiten al período desde la creación de la imprenta hasta principios del Siglo XVI, una biblia original de Gutemberg primera edición, y también manuscritos de Santo Tomás de Aquino. Así como elementos originales de la biblioteca de la calle México como escritorios, sillas y lámparas para los lectores, que chocan abruptamente con la nueva dotación moderna y minimalista. Está, a su vez, el escritorio de Borges y de Paul Groussac (otro de sus importantes directores), un monumento a Evita, que se ubica en la parte posterior del lote, de cara a la Avenida del Libertador, y justo al lado, otro en homenaje al Papa Juan Pablo II, que fue donado por la comunidad polaca después de que él visitara el país y celebrara una misa desde ese mismo lugar.

Todo lo relacionado con los objetos más preciados del recinto me lo contó cuando entramos a la Sala del Tesoro, en el cuarto piso, a la que ningún visitante tiene acceso, sin embargo, ser la única de la visita que acompaña a la que posiblemente sea una de las funcionarias de la Biblioteca tiene sus ventajas. Después de que ella entrara primero y solicitara permiso para que yo pasara pudimos entrar, allí observé con mis propios ojos una página de la biblia de Gutemberg, y uno de los manuscritos de Santo Tomás de Aquino. Estos reposaban en una vitrina en el centro de la sala, en la que no había nadie más que investigadores acreditados y nosotras. Aunque mi primera reacción fue quedarme estática ante esos especímenes, Susana insistió en que era necesario que admirara y valorara otra cosa que para ella era importante, los contenedores de los libros que nos rodeaban, es decir, los estantes o bibliotecas. Todos eran de la antigua biblioteca de la calle México, en madera, gruesos, robustos, cálidos, con calados y figuras, algunos de ellos giraban. Sin duda unas estanterías dignas de guardar lo que guardaban. Recalcó enfáticamente esto, dijo que hoy en día estos muebles no se hacían más, y tenía razón, los de ahora están desprovistos de detalles, de amor, no tienen ningún valor agregado.

Después de admirar el mobiliario de la Sala del Tesoro, continuamos con el recorrido. Fue entonces cuando me contó que, como si fuera poco, la Biblioteca Nacional cuenta con una sala de lectura para no videntes, además con otra a la que se pueden entrar alimentos, pero nunca documentos de propiedad de la biblioteca, con el objetivo de servir como lugar de estudio para personas que se dirigen a la capital a cursar la universidad y posiblemente  en sus residencias no cuentan con un espacio apropiado para hacerlo.  

Por último, en 2010, cuando se cumplió el bicentenario de la Biblioteca, se construyó como homenaje el Museo del Libro y de la Lengua, en el que se expone de manera permanente la historia del libro y de las editoriales en Argentina, así como un recuento de la evolución del “lenguaje porteño”, también cuenta con una segunda planta en la que se presentan muestras o exposiciones que varían según la época.
Cuando pensé que ya era el final, me llevó a un sofá y me dijo que era importante que me contara varias cosas que se le habían quedado en el tintero, y con esa dulzura comenzó a relatarme que el hombre había empezado a escribir en las cavernas, sobre tejuelas –que son láminas de barro-, y básicamente sobre cualquier superficie desde finales del IV milenio a. C. Lo sorprendente es que a penas con la utilización del papiro en el Siglo IV a.C. fue posible borrar. Antes, lo que se escribía quedaba grabado, casi literalmente, sobre piedra. Con el papiro, era posible remover la tinta de su superficie, lo que repercutió no solo en ofrecer la posibilidad de equivocarse, sino que también se configuró una nueva manera de “eliminar” la memoria. Es imposible saber cuántos o cuáles textos fueron borrados para poder reutilizar el papiro.

También me compartió que ninguna biblioteca nacional del mundo presta sus libros para que los lectores se los lleven a sus casas, pues su función es custodiar los ejemplares. No obstante, la gran mayoría está disponible para consultar directamente en sus salas.

Otro de los datos maravillosos que compartió conmigo fue que por lo general, todas las bibliotecas nacionales se ubicaban en las capitales de los países, a excepción, por ejemplo, de la de Holanda que queda en La Haya, o el caso de Alemania, que posee dos bibliotecas nacionales, una en Leipzing y la otra en Frankfurt. En ese momento me preguntó cuál era la razón de este fenómeno, le contesté que por la división de Alemania del este y del oeste. Ese fue mi segundo 10 admirado con estrella de la tarde, el primero fue por responder cuál era la capital antigua de Brasil, que por cierto es otro de los países que no tiene la biblioteca nacional en su capital, que es Brasilia, sino en Rio de Janeiro. Situación que a Susana le parecía muy conveniente, toda vez que sostiene que como la población de Brasilia está conformada por políticos y economistas, es gente que no lee, o no entiende lo que lee por lo menos. De lo contrario viviríamos en un mundo mejor. Esa es su hipótesis.

Fue con este discurso que concluyó mi tour casi onírico por la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Susana, me llevó al primer piso, donde se encontraba una exposición de Rubén Darío, con la misma calidez y tranquilidad con que me paseó por todos los rincones del recinto. Ya era el momento de ir a casa, llevábamos más de cuatro horas de recorrido y aunque su edad era avanzada, su vitalidad y ritmo para caminar no estaban menguados en absoluto, la biblioteca estaba próxima a cerrar. Me dijo: “chao Sara, doblá a la derecha cuando salgás, no a la izquierda porque es oscuro y peligroso, vete hacia la Avenida Las Heras”.

Eso hice, ya era muy tarde para ir al Museo de Bellas Artes, tomé el colectivo 92 de vuelta a Bulnes con Guardia Vieja, regresé al mismo apartamento caótico, que supuestamente habíamos dejado en orden, pero que mi amiga ya  tenía patas arriba de nuevo pues estaba contra el tiempo trabajando en otro proyecto.





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El mundo aparte, por Ángel Castaño

Angel Castaño Guzmán. Editor en Revista Corónica.

El 2015 fue un año muy movido en el ya proverbial combate entre los académicos y Colciencias. El primer jab lo conectó el organismo estatal al formular la serie de requerimientos de la convocatoria 693-2014, que dejó de una pieza a muchos. La otra parte no tardó en contestar el golpe: Los docentes del Departamento de Literatura de la Nacional soltaron la bola de nieve: según ellos Colciencias desconoce la naturaleza de las humanidades. El inconformismo llegó al punto de quiebre: no someter el trabajo de sus semilleros al peritaje de Colciencias. El coraje de los literatos fue bien recibido por no pocas personas. La ruptura motivó, incluso, el apoyo de otras universidades, tanto públicas como privadas. Luego, ya es costumbre, el asunto perdió el interés del público y terminó en un punto muerto. El debate apenas duró un parpadeo: el mundo no da tiempo para detenerse a mirar en detalle las cosas. También, y es una de las mejores ironías del capitalismo, las cosas se reciclan para desaparecer de inmediato: así, en breve, volverá a ocupar la parrilla informativa otro altercado entre los púgiles que no se animan a noquear al otro, a dar el golpe final.

Minucias mediáticas aparte, el viejo recuerdo me sirve para traer a la palestra unas inquietudes: ¿hay pensamiento humanista en las aulas de clase y en las oficinas de las dependencias universitarias? ¿Las universidades son, en el fondo, fortines de la burocracia o reservorios de las ideas y los conceptos? ¿Acierta quien emplea el término humanistas para referirse a los catedráticos? En un principio, sí. ¿Acaso no merecen dicha distinción Pedro Henríquez Ureña, Harold Bloom, George Steiner, Rafael Gutiérrez Girardot, insignes botones de muestra del humanismo y a la par docentes de prestigiosos claustros? ¿Hay hoy por hoy humanistas en la Universidad colombiana? ¿Qué elementos debe reunir una persona para merecer el calificativo? ¿Basta dar clases en una facultad de humanidades para serlo?

Soy claro: creo inoportuno amén de injusto llamar humanistas a todos los doctores y magísteres que vegetan en las facultades de humanidades, bendecidos con suculentos salarios – La República publicó el año anterior un informe interesante: en Colombia los profesores universitarios con estudios de posgrado pueden ganar entre 9,3 y 30 millones al mes, una cifra, la verdad, nada despreciable si se tiene en cuenta lo obvio, los índices de pobreza del país–. Dejo de lado las odiosas cuestiones monetarias pues, dice la comparsa de Perogrullo, nadie gana tanto como cree merecer. Voy a lo importante: la producción académica y sus repercusiones en el diálogo social y cultural. El humanista con su labor intelectual eleva el debate público, ofreciendo luces e incógnitas. Ahí están los casos de Sanín Cano y Gaitán Durán, personajes cuyo magisterio estuvo más bien vinculado a las páginas de los periódicos y a la vida de la imprenta: el primero aportó una mirada novedosa a la crítica literaria, distinta a la impuesta por la escuela conservadora; el segundo, por su parte, le abrió las puertas del mundo europeo a una hornada de colombianos. ¿Hacen algo parecido los docentes de educación superior? Sí, pero no… En otras palabras, lo hacen unos cuantos, las famosas ovejas descarriadas. Y, lo peor, lo hacen en contra de las normas, del espíritu institucional de la Universidad que bendice a los conformes, a los sacerdotes de la mediocridad. Un repaso a vuelo de pájaro a los catálogos virtuales de las editoriales universitarias y a los índices de las revistas indexadas –me limité a ojear los datos relacionados con la literatura por aquello de la frase popular: zapatero a tus zapatos– deja una conclusión en borrador. Los profesores olvidaron una regla elemental de la cortesía literaria: la claridad beneficia la salud de los argumentos. De un tijeretazo, cortan toda posibilidad de réplica o controversia. Quien se le mida a la tarea de leer muchos de esos “ensayos” –las comillas, por dios, no son gratuitas– se topará con acertijos a modo de títulos y prosas indigestas. Van ejemplos de los trabalenguas –ojo, no en el espíritu travieso de Cabrera Infante–:

1)       Sobre las políticas de los cuerpos y las emociones para la construcción del proyecto de nación en la novela María de Jorge Isaacs (1868) y en la prensa* de 1900 a 1920 (El asterisco está en el original).
2)       Literatura y existencia: hacia una hermenéutica literaria basada en los presupuestos de una filosofía existencial.
3)       De una sujeto femenina a una sujeto mujer-crítica. Pedagogías del cuerpo en Languidez y Ocre de Alfonsina Storni
4)       El sentido religioso de la historia y valores eternos. Motivos religiosos, místicos y apocalípticos en La guardia blanca de Mijaíl Bulgákov.
5)       Una teoría del cielo para el neobarroco: interpelaciones entre la 'ficción autobiográfica' y el biografema.

No hace falta el olfato de un sabueso de Scotland Yard para darse cuenta que algo de cierto hay detrás de la cantinela según la cual la Universidad vive de espaldas a la sociedad, en una especie de pecera teórica. La jerga de especialista aleja sus trabajos de donde se cuecen los huevos: la agenda de opinión nacional. Encerrados en el estrecho círculo de las especulaciones abstractas, casi siempre terminan siendo glosas del pontífice de turno, llámese Lacan, Bajtín o Derridá. Los artículos académicos, en su mayoría, no responden a las lógicas del debate sino a las de la indexación, soslayando, de paso, la responsabilidad de los miembros del Alma Mater de construir una crítica cultural sesuda y al tiempo al alcance de los lectores. Ya es momento de dejar atrás el prejuicio de la ignorancia de la audiencia y de confundir la hondura con la aridez. Las ventas de El Capital del siglo XXI, no comparables a las del fenómeno E.L. James mas al fin y al cabo significativas, demostraron, entre otras cosas, el interés ciudadano en temas que escapen de la ligereza de los medios masivos y de las redes sociales. El éxito editorial de los volúmenes de Alain de Botton, de Michel Onfray, de Enrique Krauze o de Cristopher Hitschens está, en buena medida, cimentado en una escritura digerible cuando no estimulante.

El problema, sin duda, no se reduce a la falta de elegancia prosística de los profesores. Ellos –muchos de ellos– cayeron en la trampa de la docencia burócrata, se convirtieron en oficinistas del conocimiento, petimetres hábiles para atornillarse en sus mullidos puestos de comisiones curriculares. Condenan los eruditos la banalidad del discurso social y lo califican de síntoma preocupante. No obstante pocos salen de la molicie del otro mundo, como con malevolencia no desprovista de agudeza el presidente Lleras Restrepo llamaba a la academia.

Imagen: Panoramio
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El recolector de fresas

Camilo Rodríguez (Bogotá, 1987): Profesional en estudios literarios (Bogotá, 2010) con maestría en letras francesas (Toulouse, 2014) y comunicación (Toulouse, 2015), Camilo colabora en diferentes revistas literarias con traducciones, relatos cortos y poemas. Actualmente reside en México D.F., donde trabaja para el servicio de cooperación universitaria de la embajada de Francia en México. Cuento.

¡Yo no sé si ese mundo de visiones 
vive fuera o va dentro de nosotros; 
pero sé que conozco a muchas gentes 
a quienes no conozco!

Gustavo Adolfo Bécquer

Después de sacar la séptima canasta de fresas, Juan sintió un leve dolor en donde termina la espalda. No le prestó mucha atención, pues el fuerte trabajo del verano siempre le dejaba algunos malestares. De todas maneras, solo le quedaban cuatro días para terminar la temporada. —En la cosecha del año pasado, un torpe peón irlandés de esos que apestan a whisky diariamente, le había aventado una caja de abono sin avisar. Como consecuencia, su hombro izquierdo sufrió una grave lesión y el irlandés fue despedido al anochecer.

Ocho canastas, nueve canastas, diez canastas. La producción era rigurosa y acompasada. Las carretas iban llenas y regresaban vacías. Los hombres hablaban poco. Los capataces vigilaban a caballo e instruían de tanto en tanto a los nuevos recolectores. La hacienda estaba orquestrada con precisión, al igual que el clima, que ofrecía el mejor sol de Agosto.

La semana en que sufrió el golpe, Juan tuvo que usar una lámina de yeso sobre el hombro y quedó invalidado para cualquier tarea pesada. Lo único que pudo hacer en la hacienda fue alimentar a los perros que cuidaban las gallinas y regar una parte del cultivo por las tardes, antes de ir a misa de seis.

Al repique del sol sobre el verde de la montaña, el capataz sonó el silbato para anunciar el fin de la jornada. Los arrieros, recolectores y demás campesinos dejaron sus herramientas en el depósito del galpón para luego reclamar el sueldo y, probablemente, irse a la taberna o al casino. Sin embargo, Juan se sentía indispuesto esa tarde. Se excusó con sus compadres y se fue directamente a las literas. Antes de recostarse sobre el camastro, sintió otro agudo picón en plena espina dorsal, pero el cansancio que traía era tal, que apenas le dio importancia.

•••

Hacia la medianoche, Juan se dirigió al baño de los trabajadores. Cerró la puerta con seguro, se quitó el sombrero, el chaleco, la camiseta. Se giró delante del espejo. Constató que no estaba inflamado ni había tampoco algún indicio de contusión. Una gota de frío sudor tocó su mano temblorosa. Se sintió débil y se desvaneció en seguida sobre el mosaico blanco.

Una pálida luz acompañó sus delirios.
•••

Al volver a la consciencia tiritó fuertemente. Su mejilla izquierda estaba pegada al suelo y había un poco de saliva alrededor. De su ensueño recordaba aún a ese desconocido que, armado de un palo macizo, lo perseguía en medio de la neblina. Vestía una boina negra que contrastaba con la desnudez de sus pies y su gran mostacho rojo. El lugar era semejante a la antigua carretera que conduce hacia la vieja vereda del pueblo. Su principal temor no era la inminencia del extraño individuo sino la constante fricción del palo contra el pavimento. Un insoportable carraspeo que calaba más hondo que su dolor en la espina dorsal.

Pero Juan se tranquilizó al comprender que todo eso había quedado atrás. Se incorporó, volvió a las literas y comenzó a llenar su mochila para partir en seguida.

•••

El sol del atardecer era inclemente a esa época del año. Aunque el machete hacía las veces de bastón y el saco no era muy pesado, el dolor no lo había abandonado del todo. Los pocos camiones que pasaban por la vereda seguían derecho sin reparar siquiera en Juan. Además, su aspecto no lo favorecía mucho. Sudaba, su camisa estaba hecha un andrajo, tampoco tuvo tiempo de afeitarse. Agotado, se sentó junto a un frondoso ciprés que daba a la encrucijada. Allí sentado, se lió cuidadosamente un cigarro de tabaco negro que luego encendió con un fósforo de madera.

De repente, el hombre del mostacho rojo se le acercó. Juan se levantó lentamente, ya resignado. Cambiaron un par de palabras. El desconocido le dijo que no había nada que hacer, que una promesa era una promesa. El último sonido que escuchó Juan fue el del palo arrastrándose cada vez más lejos y perdiéndose en lo alto de las lomas mientras un fino hilillo de sangre le salía por la oreja.
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Tres poemas de Eduardo Sabugal

Eduardo Sabugal Torres (Puebla, 1972). Escritor de cuento y guión. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Actualmente es Catedrático de Filosofía y Literatura en la Ibero Puebla. En 2010 la Secretaria de Cultura del Estado de Puebla publicó su primer libro de cuentos Involuciones. Su segundo libro Liquidaciones se publicó en el 2012 en el Fondo editorial Tierra Adentro (CONACULTA). Ganador en 2014 del 14vo Concurso Nacional de Cortometraje del IMCINE. Es productor de radio, y colaborador de la Revista Crítica, editada por la BUAP.




Enjambre

Los ruidos vuelan en enjambre hasta mi rostro
perturban esta frágil paz sostenida como un río
veladura invisible, telaraña de luz, paz líquida
el mundo, con su fractura diaria, se mete aquí,
entre las comas, en la sincronía que antes nos movía,
entonces me descompongo, la geografía es una herida
y el tiempo pasado un arco en tensión, un perro con rabia;
los tendones de los pies se rompen, la tarde se vacía
y un taladro cruel perfora la última escafandra.
Las palabras se liquidan y son hormigas temblando
en la selva del vicio solitario, selva nocturna, insomne
y se quedan a la deriva, buscando refugio, hormiguero.
El vendaval fue implacable, ya no hay velas encendidas,
el veneno del mundo dejó de ser en dosis controladas
y la mente sigue al alma, desbocada, sin dirección posible,
electrocutada por los abandonos y la ciega interferencia,
quedan sólo desperdicios, pabilos inutilizados, cenizas;
a veces los enjambres son el miedo pánico, total, funesto,
el cosmos se reduce a una vaga brecha ignota y derruida
que hay que atravesar cojeando entre charcos de orina
diminutos lagos dorados donde el inmenso sol se descuartiza
y las nubes raídas avanzan heridas, llenas de presagios grises
dibujando insectos que nos recuerdan la muerte, la caída.



Estuvimos

Estuvimos contemplando una ventana rota
huesos de bailarinas fracturadas
calcio rupestre de la danza postnuclear
letreros que nos vendían el mal a plazos fijos.
Estuvimos en una calle hermosa y purulenta,
buscando chapulines, queso, cacahuates y mezcal
ahí la desnudez fue flama en el tacto, alambre con púas
catedral de piedra verde, una forma de no rendirse.
Estuvimos acariciando un gato ronroneando su veneno
los montes blancos y las pirámides nos fundían
las puertas de las casas nos parecían fotografiables
las muertes y desarmes parecían entonces aplazables.
Estuvimos parados dentro de un círculo, uno frente a otro
y nos dejamos acuchillar por la espalda y sangramos alegres
todo el miedo que nos inundaba, y ahí morimos de pie
como árboles urbanos que se dejan destruir por el paisaje,
por el aire obsceno que los ahoga, los enreda y asfixia.
Un día estuvimos así, en pasado, construyéndonos futuro.


La grieta de sol

Me acuesto en una cama que naufraga
palabras púas gravitan sobre mí, memoria, olvido
las viejas direcciones están rotas, sin manecillas
el destino bipolar enrojece manos y murallas
frases salitres y de fuego  golpean las paredes
sumergida en la neblina hallamos nuestra cruz
ahí colgamos ofrendas despreciadas de aire y polvo
anclajes lascivos y nocturnos nos atan en lo oscuro
me acuesto sobre la hierba incendiada, desaparezco
una voz boscosa me llama entre bellas avispas suicidas
mi herida hecha bosque, humo, panal
en los molinos de las tres o cuatro de la mañana
la yugular del amanecer nos exprime como uvas
triturados, observamos un mundo oxidado, erosionado
nuestros padres mueren en silencio, y no se van
aunque las marchas y los tatuajes los desmientan
desiertos florecen a destiempo y a destiempo morimos
hablamos con idiomas inconexos, intraducibles
indiferentes y silenciosos, borramos huellas dactilares
el rencor es alborada en otros, mi herencia nada
manejamos con el velocímetro averiado, desnudos, solos
y solos, con ojos vacíos, erramos en nuestro miedo
con argumentos paranoicos sepultamos espejos
y sepultamos huesos cósmicos, copas rotas, llaves
puertas vaginales, espectros de una fauna visceral
en el retrovisor empañado el humo cobija el pasado
instantes hundidos en dunas tóxicas regresan
los planetas se desalinean, recuerdan la soledad
el corazón del sol prende praderas que nadie observa
me acuesto en el gran desierto sepia y ermitaño
una grieta se metamorfosea en letra, duermo.


Cholula, Agosto 2014
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El sol en el lomo

Por, Andrés Felipe Yaya


En las tardes, en las orillas del río, las canoas una tras otras se mecen, bajo el acoso de un sol, cuya luz hace que los mangos, con sus manchas trazadas a ciegas, estallen de luz,  mientras en el aire una mariposa se hace polvo. Amarillo es este río en las tardes, donde  el tiempo de escuchar el chillido de los alcaravanes, se esfuma; donde el muerto se revuelve, recorre, curva a curva, el camino con un mismo gesto. Antes, mientras todos dormían, noche tras noche, lanzaban cuerpos a estas aguas azuladas de olvido. Me cuenta un arenero que, antes de lanzarlos, abrían sus cuerpos y los llenaban de piedras, mezclándolos con aliento de tierra, para que en la travesía no flotaran. Invisible, el finado, vuelto escombro, se desprendía rodando. También me dice: a otros les  hacían una incisión desde el cuello hasta el ombligo: extraían los órganos uno a uno, concluyendo en un vacío palpable. Luego, los arrogaban, esta vez, el agua entraba y salía en ellos, sin nunca llenarse, como una ronda infinita, donde la posibilidad de vacío no existe. De esta forma el cuerpo no flota, agarrado del agua, con pequeños giros, busca, raro, apedreado, el corazón lanzado a las bocas del abandono.
Don Pablo, arenero de oficio, conoce el Cauca y sus palabras son historias.  Sube a la canoa antes del amanecer, con la espalda desnuda, curtida, y en la nuca, como una geometría, entre círculos, el latido del sol permanece. Un calor suave, con olor a pescado  sobre cada poro, le brota de los brazos, del pecho, del rostro apagado, imprimiendo la imagen de un animal que sufre en silencio, recogido, estrecho por dentro. Inició el recorrido, río arriba, a través del concierto de grillos, rema con movimientos precisos, lentos, monótonos.  El río, dormido, gime quedamente con su vaivén, con olor a pantano, repleto de estrellas resignadas a contemplar la lluvia desde la casa de las aguas. De pronto, don Pablo se detiene, dando manotazos al viento, para tratar de espantar los zancudos. Dueño del río, asciende a través de las aguas, llevando un balde de hierro, como una luna vieja que desaparece en las albercas. Por momentos, desaparece; queda en la canoa, como las huellas del retorno, una camiseta y el radio viejo, donde las canciones se cortan y la nostalgia tiene un mismo tono. Y, poco después, cuando crece el eco de las palabras que nos habitan, a un lado de la canoa, sale don Pablo en un sobresalto. Su figura se erguía, ahora, sobre el bote cargando el balde lleno de arena. Se mira, por encima de su cuerpo, chorreando agua. Su rostro empapado: el mentón sin rasurar,  la frente limpia, arrugada, sin más adorno que unas gotas de agua que se advertían. Entonces, con un dulce abrigo  seca el cuerpo, de frente al sol, sin prisa, delante de un tiempo amplio y propicio.
De regreso, bajo el traje amarillento del sol que apenas aparece, me habla del pasado. Recuerda esos años infantiles —donde el rostro se teñía con achiote y las nubes, con la fragilidad de los hojaldres, tenían las formas de un tiempo que, con poco tacto, difumina el rostro—. “Esos  años son una maravilla” —dijo él, remando, tan monótono y triste,  luego de ponerse la camiseta, y tomar, excelso en su costumbre,  un trago de tinto. El río nos hacía descender y descender, sin prisa, sueltos los brazos, hacia la orilla, donde es la zona de descargue. Allí, lentamente, como las garzas que llegan de tarde en tarde a la caña brava, comienzan a llegar los areneros, con una pala y un líchigo que cuelga del hombro; dentro de un desorden van encontrando los lugares, junto a la sombra de los guayacanes, entre los pilones de arena, para tomar el desayuno, empujados por la costumbre de no soportar el estómago en soledad. Mansamente, en el reflejo del río, se contemplaban esos pellejos mordisqueados alguna vez, con deleite, por el untuoso sol de todos los días. De una estaca, don Pablo amarra el bote, que sobresale 10 centímetros por encima del agua: la carga —arena mojada—, hace que la mitad y un poco más desaparezca. A menudo, don Pablo llega a este punto antes de las siete de la mañana, para descargar, presenciando la llegada de las primeras volquetas. Negocia su primera carga, en medio de voces y humo, a veces, entre algarabías, vende su viaje. Pero, antes de regresar al río, desayuna, y en el radio, sentado en la raíz de un almendro, escucha las noticias del día: las mismas de otras veces. Ante la visión del río, sólo descifrable para él, en aquellos días, habla consigo mismo, buscando en las aguas la escritura invisible de los muertos. Habían muertos, ciertamente; un gesto que lo hacía mirar el tránsito de las aguas. Pero, al considerar las historias de lo sucedido; al admitir que casi todo en él había sido pasado; al sentirse ajeno a esas muertes —esa muerte lejos de aquí, vista en el estruendo de una noche—, sentía toda la culpa de una época, una ajena a sus ojos. Entendía el río, entendía el sol, las fábulas de los hombres confinados a un viaje, difícilmente, orientado a desembocar en el olvido. Por instantes, se integra en la soledad de arenero, llena de posibles maravillas que nunca serán, con las entrañas a la vez adoloridas y ahítas, yendo de la felicidad a la resignación de sentirse el mismo todos los días.

Imagen: Antonio Florez
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