Por lista de libros literatura colombiana

Sugerencias pre-navideñas (II)




En breve muchas familias colombianas se congregarán alrededor del pesebre para entonar los tutainas y recibir dulces. ¿No sabe qué incluir en la lista de pedidos al niño dios o a santa Claus? Antójese, varios lectores le recomiendan libros que merecen alcanzar la cima de los más vendidos.


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Daniel Ángel

Podría hacer un listado medianamente extenso de algunos libros que me gustaría ocuparan los primeros lugares en ventas, sin embargo muchos de estos libros [por no decir todos], ya ocupan dicha posición en el mercado, ya que sus autores son publicados por las grandes maquinarias editoriales, que a su vez invierten dinero y esfuerzos en la publicidad de sus libros, por supuesto, para que el negocio sea más rentable. 

Por eso, me parece loable y heroico que editoriales independientes publiquen obras de tan alta calidad para hacer contrapeso al fenómeno de la industria editorial, como ocurrió con Angosta editores y el libro Criacuervo del escritor cartagenero Orlando Echeverry Benedetti, una historia que relata un desencuentro y el posterior encuentro de dos hermanos de origen alemán en un pueblo recóndito de la Guajira colombiana. Una obra escrita con un lenguaje certero, sencillo, pero a su vez de una gran profundidad que logra serias reflexiones sobre la familia y lo efímeros que somos los humanos y nuestros recuerdos. Y el otro libro es Once días de noviembre del escritor ibaguereño Óscar Godoy Barbosa, publicada bajo el cuidado de la editorial Desde Abajo. Se trata de una novela polifónica, perfectamente estructurada que presenta unos giros narrativos sorprendentes que enriquecen el centro de la novela, que relata los días transcurridos entre la toma del Palacio de Justicia sin mayores subjetividades ideológicas que las dadas por los personajes, ni sentimentalismos históricos, hasta la erupción del volcán el Nevado del Ruíz. Con maestría, el autor entreteje los conflictos de un padre con su hijo, que se han distanciado por asuntos del pasado.

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Salomé Cohen Monroy

Me gustaría ver Azares del cuerpo, de María Ospina Pizano, en todas las listas de los libros más vendidos. No solo por la belleza de su lenguaje y las buenas historias que tienen estos cuentos, sino porque ofrecen una nueva mirada a las vidas de las mujeres. Alejadas de todo cliché, las mujeres que protagonizan estos cuentos ofrecen una visión profunda de temas como la guerra, el duelo, la obsesión por salvar a los otros, las relaciones de clase. Aunque vale la pena decir que no es un libro exclusivamente para mujeres. Es para cualquiera que disfrute de la buena literatura, más cuando esta aborda de forma original la historia y el contexto del país. Es una forma de volver al cuerpo, para escuchar todo lo que tiene por decir y contar.

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Fabián Buelvas

El libro que quisiera que todo el mundo leyera no se consigue en librerías. Tiene 58 páginas, es de una editorial barranquillera entre independiente y clandestina llamada Luna con Parasol, y se titula Mi última aventura. El autor es Aníbal Tobón, escritor, poeta, borracho, actor y titiritero, un tipo tan barranquillero, independiente, clandestino y flaco como este libro. Alguien fundamental para entender buena parte de la literatura de la ciudad en los últimos 20 años.

Aníbal murió el 17 de agosto de 2016. Como en vida dejó más amigos que obra, al año siguiente le hicieron un homenaje: un Celebratorio, le llamaron, para hacer un juego de palabras con uno de sus inventos que más hizo carrera: el Concervezatorio, la reunión de personas que concervezan. De ese homenaje salió Mi última aventura. Las primera parte resume las actividades del Celebratorio y solo hasta la página 29 aparecen sus poemas. Fueron escritos probablemente en 2016, con la muerte encima pero sin perder de vista la sabrosura que era para él estar en el mundo. “Morir cayendo o ascendiendo/en medio de una fiesta de botellas rotas”, dicen un par de versos suyos.

Los 15 poemas de Mi última aventura son prácticamente los únicos que hay de Aníbal en papel, con excepción de lo que se consigue en revistas como Puesto de Combate (78 y 82-83) y Viacuarenta. Un tipo que hacía tantas cosas al tiempo no se preocupaba por meter en algún formato su obra, que además era fundamentalmente oral. Milcíades Arévalo decía que todo lo que hablaba Aníbal era todo lo que escribía, y todo lo que escribía era porque ya lo había soñado. Yo le escuché decir alguna vez que los sueños y los recuerdos son la misma cosa, y que siempre, siempre, hay un recuerdo que nos vuelve locos.
El libro vale $10.000. Lo venden en la Fundación Luneta 50, luneta50@gmail.com 

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Álvaro Vanegas

Érik Zúñiga es un tipo de baja estatura, delgado y de cara bonachona que poco tiene que ver con lo que ronda su cabeza, y es que es difícil encontrar en nuestro país alguien que conozca más sobre el género del terror, en especial cuando de películas se trata. Zúñiga es, para resumir, una biblia del horror, el suspenso y todos sus subgéneros y vertientes.  Con esta base, un libro como Los monstruos no van a cine  se convierte en algo imprescindible para los amantes del género. En siete relatos y con tan solo 111 páginas, Zúñiga nos obsequia un extraordinario viaje por el pasado y el presente del género, acudiendo sin reparos a los monstruos clásicos, como los vampiros, los hombres lobo y los zombies, entre otros, sin dejar de lado que es un libro absolutamente colombiano y que se desarrolla casi todo en el Valle del Cauca, (departamento de origen del autor), con diálogos que reflejan todo el sabor y la cadencia tan propios de esta zona del país y salpicados de inocencia infantil y un humor fácil de entender que matizan con presteza cada cuento. A esto se suma una portada muy acertada y atractiva, que hace un bello homenaje al cine de Serie b, tan característico del cine de los años 50 y 60 en USA y que aún hoy cuenta con cineastas dispuestos a apostarle y un público fiel que lo ha convertido en un género de culto. En resumen, Los monstruos no van a cine es un deleite para chicos y grandes, para amantes del género y para neófitos, un libro que merece ser leído y que, además, posee las cualidades para llegar tanto a lectores avezados como principiantes, siempre y cuando tengan un objetivo claro: pasarla bien.

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Esther Tejada 

"Las utopías salen de los días más oscuros", replicó la historiadora Diana Uribe en su libro Contracultura, un ejemplar bonito y colorido que repasa movimientos sociales de los años sesentas y setentas. Cuando hablamos de contracultura viene a la cabeza esa imagen bonita, precisamente, de luchas e incluso idilios de universos no politizados. Cólera es una publicación que manifiesta lo contrario. Es un libro que entiende la contracultura como “una búsqueda de lo político fuera de la política”. Se cuestiona a sí mismo, critica la cultura dominante desde ‘el arte’ e incluye en su literatura modos de ver el mundo desde la autonomía. Este libro protesta contra las convenciones. Ilustra la homosexualidad y su relación con la vida social de personajes públicos del país, reinventa “lo correcto” y narra crudamente los efectos secundarios de un mundo globalizado.

Son varios los autores de este libro que, con ansias de reproducir lo pensado desde diferentes marginalidades, incluyeron esta publicación en AÚN 44 salón nacional de artistas, programa estatal de apoyo al arte contemporáneo. Una o dos dicotomías: el libro critica la exposición de lo marginal como mercancía y al mismo Estado colombiano, a la autoridad. Todo esto lo hace por medio de entrevistas a personajes de la contracultura colombiana involucrados en colectivos que trabajan a partir del cómic, el fanzine, el graffiti y el punk. El libro es una idea visual e incluso sonora de la contracultura colombiana. 

¿A quién regalarle este libro? ese amigo de lo bizarro, al que lo seduce la idea de recordar antiguos toques de punk en Chapinero, y otros desordenes varios, se lo agradecerá.

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Sara Zuluaga García

Un deseo caprichoso: que el libro más vendido del año sea ese que por azar llegó a nuestras manos un día y que ahora queremos que se propague, que circule como un afortunado descubrimiento. Dentro de las posibilidades voraces que fueron publicadas este o años cercanos, apelo a un criterio fugaz: un libro que haya causado lo que los demás no. 

La intención fue académica: algunos estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad del Rosario, decidieron a finales de 2008 crear un Seminario Internacional para discutir sobre el mal. El resultado fue un libro escrito por catorce autores, editado por dos de ellos: Ángela Uribe Botero y Camila de Gamboa Tapias. Fuentes del mal es una compilación de ensayos sobre las aristas humanas, históricas, religiosas y políticas que versan sobre la maldad. No es un libro sobre el conflicto, ni sobre terrorismo y narcotráfico; los debates escritos allí se enfocan en las acciones atroces sin fines claros. Hablan sobre la naturaleza de hombres tremendos de ingenio aterrador, en palabras de la periodista argentina Leila Guerriero: “Malos químicamente puros”. 

El libro no fue pensado con la frivolidad periodística de poner a las personas detrás de las cifras; tampoco con melodrama ni emocionalidad empalagosa. Los ensayos se preguntan sobre la existencia del mal moral, del mal genético; sobre la relación de Dios con la tragedia; la relación de Borges, Hannah Arendt y Pierre Bayle con la intención de causar daño; sobre el Mr Hyde de todos. 

El libro sugiere -y aquí lo más valioso-, que para hablar de la narración de un conflicto nacional -ya sea periodismo, literatura-, no basta con lo que creemos que basta. Fuentes del mal es un engranaje de piezas clave para la compresión actual de la maldad en Colombia. Quizá la preocupación por escribir la tragedia nacional se ha quedado en hablar de todo lo que rodea a los hombres, y no de los hombres. 

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Ángel Castaño Guzmán

Son tantos los títulos de nuestra tradición novelística que por razones distintas a la calidad literaria están fuera de circulación… Pienso, por ejemplo, en Olivos y aceitunos, la deliciosa novela cervantina de José María Vergara y Vergara, y en la ilustrativa Martín Flores, del incansable José María Samper. ¿No es Manuela, de Eugenio Díaz, una de las más interesantes ficciones del siglo XIX neogranadino? ¿Acaso en ella no encontrarían las feministas, los ambientalistas y demás radicalismos chic mucha tela para cortar? Diana Cazadora, el canto de cisne de Clímaco Soto Borda, anticipa, según Alfredo Iriarte, la ficción urbana en esta esquina del continente americano. Caín, de Eduardo Caballero Calderón, vigoriza la leyenda bíblica al hacerla palpitar en las tierras de Boyacá. Todos ellos y otros merecen subir entre aplausos y vivas a la cumbre de los libros más vendidos. Sin embargo, aquí se pidió que se recomendara una o a lo sumo dos obras y yo ya llevo cinco. Bueno, va la sexta. Casa de vecindad, de José Antonio Osorio Lizarazo, presagia en su historia el desmadre de una urbe que sueña con el metro pero a diario se atasca en busetas microscópicas. La novela fue hace poco reeditada por Laguna Libros junto a otras dos de Osorio L.

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J. J. Junieles

Ojalá todo aquel aficionado a los secretos sobre la forma de concebir y relatar historias pueda leer este libro. He aquí un tema que mereció quince años de trabajo investigativo, análisis, revisión y escritura. Es una maravillosa reconstrucción de la relación entre el joven aprendiz, García Márquez, con uno de sus maestros más relevantes y primer editor periodístico que tuvo, Clemente Manuel Zavala, en Cartagena de Indias. El libro se titula Cómo aprendió a escribir García Márquez, escrito por el periodista y poeta Jorge García Usta (qepd). Un documento pionero en el estudio de muchas fuentes de historias y diversos tratamientos por parte de Gabo. Aparecen ejemplos y modelos de estrategias (y criterios) para una sabia apropiación de recursos y herramientas narrativas y poéticas.

Este libro va por su tercera edición, esta vez en Collage Editores, y aunque alguno diga que no viene al caso, sería una deslealtad profesional no decir que  -según mi experiencia y la de otras personas-, Collage es una empresa que desmerece la confianza de los autores por su su irresponsable incumplimiento en varios aspectos. No recomendable a nadie que piense editar. Sin embargo, este libro que recomiendo, trasciende esta circunstancia terrestre. 

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Jerónimo García Riaño

Me piden que diga qué libro colombiano quisiera ver en la lista de los más vendidos en diciembre. Es un ejercicio que le permite a mi gusto darse el lujo de vencer a las librerías y a las editoriales que ponen a las obras más populares y de autores reconocidos encabezando listas, y limitando la posibilidad de explorar otras opciones no tan conocidas en el medio.

Así pues, aprovechando el permiso que me otorga la Revista Corónica, quisiera ver entre los libros más vendidos en diciembre la novela Once días de noviembre, del escritor Óscar Godoy Barbosa, porque es una obra, que además de tener en cuenta dos episodios ocurridos en la historia reciente de Colombia, contiene una narrativa que crea una serie de sensaciones en el lector que lo acercan a los personajes de la historia y a las historias mismas. Es decir, logra lo que una obra literaria, a mi juicio, debe lograr: que al cerrar un libro respiremos profundo y nos dejemos llevar por todas esas sensaciones que aparecen con lo que acabamos de leer. Eso lo logra esta novela, la conexión con la vida a partir de unos hechos históricos convertidos en historias gracias a la narrativa y a los personajes que corren por ella. Once días de noviembre es una obra que debe estar no solo en las librerías y en las listas de los más vendidos, sino en los anaqueles de las bibliotecas de los colegios para que la historia llegue a los estudiantes a través de la literatura. 

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Javier Zamudio

Instrucciones para matar un caballo es el libro con el que Adolfo Ariza Navarro obtuvo este año el portafolio de estímulos de la Secretaria de Cultura de Barranquilla. Fue publicado por Trópico Editores. Es un libro compuesto por diez relatos, cuya prosa cortante va destajando una realidad, por momentos, ensombrecida por el paramilitarismo. Estos relatos, atravesados por la violencia, no están exentos de humor, aunque sea negrísimo. Dos hombres que hacen una apuesta para adivinar quién será el primer asesinado en una futura masacre, una familia que se pelea la herencia de la abuela recién fallecida o un hombre que prefiere morir defendiendo a su caballo que cederlo a la mujer de un paramilitar, son algunas de las tramas que recorren sus páginas.

Este autor, que no he visto entre los más vendidos, es mi recomendado para este diciembre. No sólo su libro de cuentos. También sus novelas Mañana, cuando encuentren mi cadáver y Afuera estaba la noche, que obtuvieron el premio Juan Rulfo en 2009 y la bienal de novela José Eustasio Rivera en el 2006. Es un autor con una prosa precisa, que no se preocupa por florituras, y nos muestra una realidad que se revuelca en su reflejo deformado. Sus personajes destilan humanidad y su universo narrativo corre igual a un río en plena tormenta, con ganas de llevarse todo a su paso, de poner a prueba la capacidad de supervivencia de quienes lo habitan.

Adolfo Ariza Navarro nació en Avianca, Magdalena, en 1962. Además de narrativa, ha escrito poesía. Su libro Regresemos a que nos maten, amor fue premio de poesía ciudad de Santa Marta en 2008.

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Por Jose Hoyos

Contra el genérico profesor de literatura


Profesor de universidad que especula como escritor: usted se escuda en el revisionismo de autores para disfrazar su incapacidad de crear. Usted merodea como hiena alrededor lo que otros cazan. Es una lapa que chupa del pensamiento ajeno porque el suyo es un paisaje desértico. La casa de citas y el abuso de pie de páginas que conforman sus escritos son su llamado de auxilio, su pensamiento escuálido necesita ser defendido por autores pesados sin los que usted quedaría expuesto. Solito, sin citas, sin ideas ajenas, sin defensores, ¿habrá en su pensamiento fuerza suficiente como para crear?

Tuve la resistencia para leer uno de sus libros. Ni siquiera yo he escrito tan mal. Escribe usted en académico: una cosa muerta. Confunde escribir con redactar. ¿Se ha detenido a examinar objetivamente esas cuartillas intragables? ¿Alguna vez ha seguido el consejo de mirar, al terminar de escribir, ese bloque de palabras y preguntarse si están presentes la fuerza, el color, la seducción, el ingenio? ¿Ha conseguido doblegar su ego y leer sus borradores aplicando la fórmula de revisar lo propio como si fuera escrito por el peor enemigo? Intente al menos por una vez que sus narraciones no terminen contando solo la historia de sus emociones. Y si así lo quiere, recuerde que trasladar emociones al papel con absoluta fidelidad exige, primero, osadía, y segundo, honestidad para revelar miserias y confesar lo que a otros les avergüenza, reconocer lo poco que se llega a saber, cosas contradictorias con la dignidad de un reputado académico. Escribir con arrojo es lanzarse en parapente. A la escritura académica apenas le alcanza para columpio. Escribe realmente quien consigue crear algo tan verdadero y tan vivo como lo verdadero y lo vivo. ¿Por qué no toma, profesor, el honesto recurso de reírse de sí mismo?, así ya tendrá el cuero duro para cuando los demás se rían de usted. Sus escritos temen al humor como el agua bendita al diablo. No logra más que contrariarlo asignándole un concepto serio. Lo confunde con la comicidad ramplona y anecdótica de unos personajes salidos de moldes de cartón. Puedo verlo listo a darme una interminable cátedra de pesadilla sobre el señor que dijo que la risa se debe al contraste entre la inmensidad espiritual interior del hombre y su pequeñez y restricciones exteriores, pues parece una broma que una casa sea más grande por fuera que por dentro. Y usted, profesor, vive en la casa de afuera.

Tiene datos suficientes como para llenar enciclopedias, pero desconoce cómo ponerlos al servicio de la imaginación y de los sentidos, de la ficción. Saber el nombre de algo y saber algo son cosas diferentes. Sus fárragos están exentos de la palpitación de la piel y del hervor de la sangre. Pero considera que el secreto de la poesía le ha sido entregado solo a usted. Me refiero a la soberbia con que sentencia qué es y qué no es poesía. La niebla del retórico se opone a la claridad del testigo que calla y apunta. Si dejara de pontificar, ¿podría su obra hablar por usted?, ¿podrían sus libros defenderse? Imagino que además de escribir versos, la poesía es una presencia natural en su alma. Me pregunto cómo hace para que tanta ponencia, ceremonia, reunión de notables, proyecto, congreso, disertación y vitrineo le dejen tiempo y serenidad suficiente para detenerse al lado del camino y conversar con su alma. La filosofía personal (la más valiosa de todas) germina en los espíritus solitarios. En su prosa reseca y mercantil puede verse el resultado de tanto agite mediático. Su amor por la literatura ha superado su fuerza para escribir. Usted buscó escondite en hurgar, calificar y reprobar lo creado por escritores genuinos. Pregonar sobre ellos en realidad es pregonar sobre usted mismo, es exhibir su discursillo de aula. La mejor parte de sus escritos es la que usted no escribió. Ha vivido entre libros teóricos, algo admirable, lo sospechoso es que crea que en la teoría literaria está el secreto. Entre saber de teoría literaria y escribir bien hay la misma distancia que entre ver pornografía y tener sexo. Leyendo sin más pretensiones que alimentar el espíritu, pasando cada lectura por el filtro riguroso del pensamiento propio, borroneando, tachando, retirándose, volviendo, frustrándose, cuestionándose, solo así se caza al demonio. No hay día en que el sabio verdadero no tome por asalto sus propios atrincheramientos interiores. Cuando usted llama a alguien maestro, solo busca exhibir su propia genialidad para detectar la maestría. Usted no tuvo más remedio que dedicarse a cumplir la sentencia de que alguien se convierte en crítico literario igual que se convierte en espía quien no tiene el valor para ser soldado.

El admirable Harold Bloom se ha ganado un justo respeto porque además de estudiar autores y obras es un viejo sabio que exalta el valor de la palabra y del silencio, y escribe con alma. Son pocos los que critican con humildad y muchos los que se arrogan la importancia de lo que critican. Mario Vargas Llosa puede escribir los ensayos críticos que le dé la gana porque su océano de creación ya lo salvó. Y Ricardo Piglia tenía licencia para criticar y sostener cualquier teoría porque él no era de este mundo. Bienvenida la crítica bien escrita. En cambio la suya, profesor, es una contribución al vacío. Escribir una revisión de una obra siempre será más fácil que crearla. Usted pertenece al bloque de críticos que escribe para atacar o adular al autor. De modo que escribe pensando en el autor, nunca en el lector. Rebaños de profesores estudian con el propósito de enseñar, el problema es que a la larga olvidan su condición de estudiantes. Nunca existirá un hombre que no sea un estudiante. El acoso administrativo de la academia los convierte en un estómago al que no le queda tiempo para digerir los alimentos y termina arrojándolos crudos. Enseñar sin sabiduría, además de tramposo, es soberbio, ¿acaso usted se autoengaña? Aceptar flaquezas e ignorancias, improbable acto de contrición en un negociante que solo atiende el cálculo redituable de cada movimiento: el ascenso en el escalafón, el salario, su nombre en letras de molde. Existen personas sin coyunda, con una idea de saber por saber que no se compara con ningún título o dignidad, que diferencian el vivir de una cosa del vivir para una cosa. Querido profesor, permítame seguir su ejemplo y disparar con pólvora ajena. Diderot encontró que quienes enseñan arte no son los que lo comprenden y practican fervorosamente, dado que, en el caso último, no les quedaría tiempo para enseñarlo. Kafka nunca enseñó nada porque es el corazón del átomo y usted, profesor, un zángano electrón que le baila alrededor.

Vine al mundo a escribir esta diatriba. Un tipo de desparpajo libertario mueve mi mano. Tener puntos de vista no equivale a tener un sistema de ideas. A un miembro social le favorece tener puntos de vista porque puede ponerles un moñito y vendérselos al sistema. Lo que diferencia a un espíritu libre es la apropiación de un sistema de ideas que le rompa la piel. Hay una señora célebre, Berthe Trépat, con unos delirios de grandeza que dan lástima. Es soberbia, admiradora de sí misma hasta la ofensa, fervorosa integrante del club del autobombo, nunca para de confundir su pobreza artística con incomprensión. Alcanzó el nivel de artista de la misma forma que usted: la pobreza del medio en que se mueve hace que el hecho de tener publicaciones por volumen le alcance para sobresalir. La vara bajita se ha impuesto como estándar. Cantidad de libros y artículos de revistas que equivalen a mercancía de almacén, el reino de lo accesorio: nadie los lee, están ahí para la apariencia y el lucro. Eso sí, suficientes para endilgarse la condición de maestro y enseñar. Escribir y enseñar requieren pleno dominio de los dos oficios. Escribir bien encarna una exigencia totalitaria: hay que darle todo. Enseñar no obliga a un compromiso menor. Pocos han alcanzado la excelencia en ambas conjuras al mismo tiempo. La poltrona de la cátedra lo ha convertido en paralítico, profesor. Nunca olvide que los libros fueron pensados por otros. Las ideas brillantes de los grandes pensadores son indispensables como punto de partida, hay que conocerlas. Pero si se dedica a replicar pensamientos ajenos, no será más que una fotocopia, un facsímil de argumentario recalentado. Ser dueño de sí mismo aporta insumos para la creación de ideas propias. Haga un alto y respóndase: ¿hay en sus publicaciones algún vestigio de la azarosa felicidad de las ideas propias?, ¿o de la gloriosa lujuria de la duda?, ¿no estarán sus cuartillas encomendadas a la mera imitación? Y en el caso remoto de que haya ideas propias, ¿son lo suficientemente volcánicas para llamarse arte?

Sus clases, mi genérico profesor, giran sobre la órbita de la autoafirmación, están destinadas, lateralmente, a recordarle a sus estudiantes quién es el que sabe, el que exalta, el que discrepa, el que sentencia, el que aprueba. Incluso fuera del aula es incapaz de conversar con soltura y desinterés, siempre cree que está dando una clase. Hubo un tiempo —yo no lo recuerdo— en que se aprendía por asociación. Aprender casi sin darse cuenta es la más efectiva forma del conocimiento, así como saber sin saber que se sabe es la forma más alta de la sabiduría. Usted es un empleado. Y todo empleado, en mayor o menor grado, tiene miedo. Con miedo es imposible enfrentar al toro negro de la escritura. Una mano temblorosa no puede empuñar el carbón encendido. En el gremio docente universitario la sabiduría ha sido reemplazada por la mediocridad. Hablan de libertad de cátedra y por lo bajo terminan obedeciendo. Un contrato laboral es una mordaza. Las excepciones son pocas, poquísimas. Sin autonomía ni tiempo, el empleado se debe en absoluto a sus responsables políticos y a la administración. El proceso en el que usted está atornillado es simple: solo estando rodeado de mediocres puede el mediocre subsistir. Sujeción y mediocridad son las principales condiciones de acceso a los puestos universitarios. El mundillo académico es una comunidad pequeña y mezquina, donde todos se odian, se temen o se necesitan. Tal vez se odian y se temen porque se necesitan. Pero todos actúan como si se quisieran. En los pasillos de las facultades rueda por lo bajo una premisa, un mandamiento: «Cuanto más haga un profesor, cuanto mejores sean sus clases, peor para él, no se lo perdonarán».

Ese misterioso mecanismo por el cual la tierra se convierte en girasoles no está al alcance de su mano hipotecada y mecánica. Si usted, profesor, llegara a encontrarse de frente con un unicornio resplandeciente, no dudaría en calificarlo como fallido intento de ternero.

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Por Libros 2017

Sugerencias festivas (I)







Se avecina la época de los trineos de plástico, de la nieve sintética y de los barrigones vestidos de rojo: tiempo de tener cerca la billetera o la tarjeta de crédito. ¿No sabe qué obsequiar por estos días? Como los libros no tienen fecha de caducidad, revista Corónica invitó a algunos amigos a recomendarle uno para que quede de perlas con el ser querido. Acá está la primera entrega. ¿Listos el lápiz y el papel?

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Juan Felipe Gómez

Que un escritor laureado produzca un texto memorable para ser leído al momento de recoger su galardón debería ser una de las primeras condiciones en estos certámenes, si es que buscan reconocer a un autor verdaderamente íntegro. En tiempos en los que los escritores brillan más por lo vociferan en redes sociales y en los corrillos de eventos literarios que por el valor y la lucidez de su producción escrita, reconforta encontrarse con una compilación de discursos confeccionados con arrolladora honestidad por un creador en plena madurez. 

Pablo Montoya ha recibido en los últimos tres años dos de los reconocimientos más importantes de la literatura en nuestro idioma: el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, y el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso. Con motivo de las ceremonias  de  recepción de éstos, el santandereano redactó los textos Arte y desamparo, y Colombia: albergue horadado, respectivamente. Junto a tres textos más producidos para ser leídos en eventos académicos (incluida su posesión como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua), Sílaba editores presentó este año este bello y sobrio volumen que, necesariamente, debería encontrarse en la lista de los más vendidos para estas fechas de fin de año.  

Como dispositivo que mueve a la reflexión y nos sacude el polvo de la memoria histórica, en uno de estos discursos Pablo Montoya nos recuerda, con necesaria crudeza, que nuestro país “es un espacio lleno de espectros, de torturados, asesinados y desaparecidos”. Así mismo, saca a relucir que “Colombia, desde que existe como república, no ha cesado de hacerse la guerra a sí misma. Agresivas guerras de independencia y caóticas guerras civiles durante el siglo XIX. Uno de esos periodos, incluso, lo hemos llamado “Patria boba” como para decirnos, en un instante de sarcástica claridad, que nuestra historia libertaria está anclada en la estupidez”.    

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Jaír Villano

El libro más vendido en diciembre, preguntan y uno piensa en varias novelas, pero dado el momento histórico que atraviesa el país elijo El orangután con sacoleva: cien años de democracia y represión en Colombia (1910-2010). ¿Las razones? Bueno, por un lado, se aproximan las elecciones presidenciales y estoy seguro de algo: quien lea este libro ampliará detalles sobre la deficiencia histórica de la clase dirigente, lo cual es pertinente y necesario a la hora de sufragar (Ay, Vargas Lleras). Y de otra parte, porque el libro de Gutiérrez Sanín nos hace recapacitar como ciudadanos: ¿es esto una democracia? ¿Existe el Estado colombiano? ¿Por qué la misma clase que dirige y corrompe el poder se mantiene en él? (Ay, la paz; ay, Santos). Lo leí hace un tiempo y desde ahí lo llevo a donde quiera que vaya. Es un juicioso y argumentado estudio de las múltiples fallas de la institucionalidad nacional.  Le tengo especial aprecio, pues desde que pasé por sus páginas me convencí de lo siguiente: esto no lo arregla nadie. Ese no es el fin del libro, por supuesto. Pero hay que leerlo para entender mi perspectiva. La decepción fue tanta, que mi interés por los acontecimientos nacionales disminuyó radicalmente (y puedo decir con honor: "¡Para qué perder el tiempo!"), lo que de otro lado hizo que mitigara el estrés y el dinero que gastaba en periódicos y revistas ahora lo invierto en novelas. Alguien dirá que esas confesiones no vienen al caso (y de hecho, el editor me dijo que escribiera en breve), pero es que si hay algo interesante en las lecturas son las experiencias. Y es que la ficción no es la única que pesa... 

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(El novelista Carlos A Caicedo L)


Juliana Javierre

Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, la primera novela del escritor chocoano Carlos Arturo Caicedo Licona es, sin duda, un libro que merece ser leído, releído y estudiado. Editado en 1982 bajo el auspicio de la Empresa de Licores del Chocó, cuenta la historia de un pueblo en el que la vida se sucede de manera apacible hasta que un día las aguas se desbordan y una ola de fuego se eleva, consumiéndolo todo a su paso. Un ya octogenario Petronio, yerbatero y último descendiente de una tribu de cimarrones, es el llamado a redimir la tragedia, producto de una venganza por parte de los brujos de Viró-viró, pueblo vecino, molestos porque han vuelto inservibles sus árboles de chontaduro. Se le dice que tendrá un hijo y que este emprenderá un viaje a través del río hasta donde los brujos, a quienes deberá llevar explicaciones convincentes. Sin embargo, la travesía de su hijo, Benito, elevado a Santo, se ve llena infortunios, y al no poder cumplir con su propósito decide inmolarse para en vano intentar, así, evitar la destrucción del pueblo. Es esta una obra plagada de símbolos, construida desde un conocimiento histórico y cultural profundo, en la que el tiempo en apariencia lineal permanece en diálogo con el tiempo mítico y a la que no parece sobrarle una sola palabra. Caicedo Licona dice lo que tiene que decir; sabe cómo hacerlo, y lo hace además privilegiando siempre la libertad sobre la comodidad, firme en sus convicciones aun cuando estas constantemente se oponen al centro de poder. Por eso, tal vez, su nombre resulta desconocido incluso en el ámbito académico; por eso no se encuentra su obra en las librerías. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia es un libro que merece justicia, y que merece, sobre todo, una reedición.

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Mario Cárdenas

Me pidieron que escribiera sobre un libro que quisiera ver entre la lista de los más vendidos. Es una inutilidad hacerlo si el libro que intento recomendar no circula en librerías o su autor no dedica parte de su tiempo a promocionarlo o a enviarlo a un posible lector para que lo reseñe. Al autor, a Saúl Álvarez, solo le alcanza el tiempo para dibujar y escribir, para hacer textos y texturas. La promoción del libro queda fuera, excluida. Texto Textura, Ficciones y dibujos al aire libre es un texto portátil, con dos formas aparentes: una entre la texturas de los dibujos que el autor traza, que el autor marca mientras observa, texturas que son “… tal vez sombras, tal vez paisajes, tal vez presencias” como dice Álvarez. Texturas que son apenas contornos, una mezcla de líneas, de apariencias que no buscan identificar objetos. Muestras y probaturas de lo que sucede mientras aparecen los textos, la otra forma posible del libro. Los textos en cambio son el ruido destilado de conversaciones escuchadas, de conversaciones a medias. Los textos describen objetos y situaciones en lugares públicos. Los textos son el eco del ruido diario, de la espera en un parada de buses, del tedio en la filas, de sillas vacías y mesas con personas, de pasillos y espejos, de sombras, de hechos al margen. Texto Textura, Ficciones y dibujos al aire libre, la última Marginalia, un texto inacabado, un ejercicio que pone de frente al lector ante lo que sucede y pocos notan. 

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Jáiber Ladino Guapacha

Quizá porque las preguntas trascendentales de cada ser humano se originan por los desafíos cotidianos es que la literatura es la mejor forma de ejercer la filosofía y de ahí, el preciado bien de la autonomía. La lectura, como acción en la que se busca una imagen conocida, resulta liberadora por el poder que le entrega al lector, al nombrar aquello que, por la costumbre, no se ve. Margarita, la protagonista de esta novela, acostumbra ir al parque con Caliche, su perro, y allí los fragmentos de las conversaciones que escucha estimulan su pensamiento, cuestionan su día a día, sus deseos de evadirse, la recurrente pregunta para saber dónde está la vida, pues la rutina parece habérsela quitado.

Como en un juego de espejos, Margarita termina cuestionándonos a nosotros, sus lectores, cuando juzga los planes incompletos, los amores perdidos, los sueños olvidados al amanecer. Y lo hace con un ritmo juguetón pues entre el dato científico de la ubicación geográfica y el decorado mitológico traído a colación, nos hace el reclamo de ser como ese peñasco a la entrada del mar mediterráneo, peleado por españoles y marroquís: “Porque el destino del Perejil se decide en todas partes menos allí mismo, porque allí no pasa nada, no crece nada, nadie lo quiere para nada, salvo para decir que es suyo, nadie lo ama ni tiene gratos recuerdos de él, ni nostalgia por él, ni nadie quiere viajar allí de picnic ni de luna de miel ni siente deseos de ir a pescar ni de asistir a una fiesta en aquel paraje”.

Frente a ese peso existencial que podría determinar un final asfixiante, el recurso de la gratitud resulta reparador, pues como bien dice en la misma novela, de la felicidad nos damos cuenta una vez la hemos vivido.

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Liliana Guzmán

Soy una lectora lenta, dispersa y caprichosa. Me gusta comprar libros, observarlos crecer en pilas sobre mi mesa de noche, cargarlos como amuletos entre la maleta, y demorarme años en leerlos, incluso décadas. Sin embargo, este año he hecho un gran esfuerzo por actualizar mis lecturas, pues el 2017 ha sido un año lleno de novedades sobresalientes, como Animales del fin del mundo, de Gloria Susana Esquivel, o los cuentos del Cuaderno de entomología, de Humberto Ballesteros Capasso. Sin embargo, hay dos títulos que, según mis raros gustos, deberían estar en el top de las listas de ventas, en todos los árboles navideños, sobre todas las mesas de noche. Uno es La perra, la última novela de Pilar Quintana. La perra cuenta el universo caliente, húmedo y agreste del Pacífico colombiano con un lenguaje preciso, que es la estructura de una profunda reflexión sobre la maternidad y la muerte. La novela cuenta la relación entre Damaris, una mujer que no ha logrado “ser mujer del todo” porque no ha logrado tener hijos, y Chirli, una perra que sobrevive a una muerte segura durante sus primeros meses de vida, gracias a los cuidados de su dueña. Sus paisajes, las emociones descritas con fría contundencia, sus personajes esquivos, son asombrosos. Es todo lo honesto que puede ser un texto. El otro es Viaje al interior de una gota de sangre, de Daniel Ferreira, uno de los mejores autores jóvenes del país. Este libro no es fácil de leer. No es sencillo ser testigo de una masacre descrita tan cruda y cinematográficamente. El de Ferreira es un libro necesario, narrado de manera bella y cuidadosa, sobre el horror que este país vive y olvida en un enfermo círculo vicioso. Tanto Daniel como Pilar se consolidan como dos grandes voces, dos miradas desde un lente distinto y original que cuentan, con profundidad, a los habitantes de la miseria que solo salen en las noticias cuando protagonizan alguna tragedia. 

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Yenni Zulena Millán V


A menudo lo más vendido no encuentra parentescos con lo más leído, lo más necesario, mucho menos con lo más querido; causa un poco de escozor que la literatura, algunas veces, pueda llevar en hombros y con gusto la simpleza del celofán de las modas. Si nuestra decisión pudiera sobreponerse al tiovivo de la trata mercantil, mi deíctico recaería sobre la poesía. La poesía nos vuelve andróginos, nos pone el tiempo en blanco. Si la novela nos sitúa en las vidas de otros –yos anteriores o yos futuros– la poesía nos retiene con mayor fuerza que aquella Técnica de Ludovico que nos mostrara Kubrick; nos obliga a vivir en carne propia, de una vez, sin poder recurrir al simulacro.

Como el deseo a menudo es de amplio apetito mi selección para insertar entre las líneas que ya han sido medidas implica dos libros, dos poetas: Noticias de Gaza, de Carlos A. Castrillón, y Pájaro de piedra, de Bibiana Bernal. Como viejos conocidos, como reformadores de recuerdos, ambos libros cumplen la función secreta de mover el interruptor inalcanzable y encender el lector profundo, el viajero íntimo que toma nota antes de que el paisaje se extravíe. 

Los poetas nunca necesitaron coronas, pero la poesía precisa lectores: su legión nunca ha sido numerosa, pero requiere que los enlistados la tomen en serio; no en el sentido de rebanar algunos versos para ganar adeptos y abrillantar anécdotas, sino para poner en altavoz el alma silenciada de la historia que, en época de pantallas, por momentos se contagia de obsolescencia. Noticias de gaza nos adentra en una zona resistente a la inhumanidad, a la calma perfeccionada de los noticieros, a la estrategia paracetamólica de pensar que el mal siempre está demasiado lejos, que la muerte no nos completa demasiado pronto. Pájaro de piedra reúne nuestros miembros dispersos en una plegaria de ceniza y de viento.


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Por JUAN PABLO PLATA

Hay Circo para Todos


(Derechos Reservados. Copyright)



Hay Circo para Todos en Bogotá y Cali (Parque del Amor - Calle 69 Av. 4N # 88), Colombia. En una carpa blanca en la Estación de la Sabana de Bogotá (Calle 13 # 18-90) presencié el 2 de noviembre de 2017 un espectáculo divertido y mágico por partida doble. Ya verán: me hicieron llorar y pasar una de las mejores tardes de 2017 y de mi vida (Sin exagerar). Recuerdo que comencé a llorar y reír cuando desde la gradería un imitador de Jaime Garzón me imprecaba sobre la forma propia que tiene el pueblo Wayú de pedir el respeto a la vida y los demás derechos de los seres humanos según lo consignado en la Constitución de Colombia en su Artículo 12 ("Nadie será sometido a desaparición forzada, a torturas ni a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes.") y a su vez traducido y entendido por esta comunidad indígena con la ayuda de Garzón como: "Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente".

Evoco también a los disfrazados de soldados colombianos saltando en catapultas, los bailarines folclóricos, Remedios, la bella, ascendiendo al cielo, payasos, volatineros de varios tipos, etc., y la ausencia de animales. Si un animal hay es Burro Loco: un cuadrúpedo rescatado del maltrato de su anterior dueño por los del circo en Bogotá y por funcionarios de la estación del tren. El animal hoy pace tranquilo alrededor del circo y no hace parte de las funciones. ¿Ya vieron?

¿Dónde está lo mágico por partida doble? Pues en que la Fundación Circo para Todos (La misma de la Escuela Nacional Circo para Todos) da oportunidades vocacionales a jóvenes en estado de vulnerabilidad social desde 1995. Así, los hombres y mujeres que vi en su función de graduación eran antes estudiantes de las varias disciplinas del arte circense que bien podrían estar ahora en la calle, pasando hambre y abandono; en la delincuencia común, en un barrio jodido o sin ningún rumbo para sus vidas o sus aspiraciones profesionales díscolas y artísticas. Esta organización en alianza con el Estado Colombiano, el ICBF y los aportes privados, ampara a jóvenes para que se formen bajo el gran toldo y después hagan parte de los espectáculos (Limbo, Soy Colombia, entre otros) o bien se vayan a otro circo o fuera del país y finalmente acaben en el futuro como profesores y líderes sociales de otros jóvenes que quieran saltar a la arena central a divertir y conmover.

Estimado lector: esté atento a las próximas funciones y si puede apoyar con recursos o lo que sea a esta fundación, tenga en la cuenta que la diosa Alegría y las existencias de estos muchachos se lo agradecerán. Quiero aquí dar gracias y felicitaciones a los miembros de la fundación (A Marisol, Gloria, los profesores cubanos ...) y a los jóvenes graduados en noviembre y a los que los antecedieron como Xiomara. Gracias por devolvernos a los asistentes de hoy y ayer la fe en la especie humana y en la capacidad de nuestros corazones para reír y llorar al mismo tiempo ante ustedes. No vayan a cerrar ese circo ni la fundación por nada. Los queremos mucho y los necesitamos con su loable y hermoso trabajo social. 
Paz para todos y para Colombia.💓

El próximo show de graduación Soy Colombia de los alumnos de 4to año tendrá entrada libre: 3:00 P.M. 16 de Diciembre de 2017. En la carpa de La Escuela Nacional Circo para Todos de Bogotá. Estación de la Sabana de Bogotá (Calle 13 # 18-90).  🎪

















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Por STANISLAUS BHOR

Joan Didion, El centro cede


Está sentada en su escritorio. Lee en voz alta. Es un fragmento en primera persona. Habla del recuerdo de aquella casa frente al océano pacífico. La casa a donde iban a visitarla sus sobrinos políticos. La casa en el acantilado. Bajaban a la orilla para pescar cangrejos, dice. Luego dice que había una cueva a la que solo podía ingresarse siguiendo la marea. Escribir es como cruzar esa cueva, esperar el momento preciso en que lo permita la marea. Habían ido al océano pacífico porque ella no resistía más años en Nueva York (tenía 28). La vida y los recuerdos se van acumulando unos sobre otros hasta llegar a un punto en que no sabes qué hacer con todo eso. La fuga fue el intento de hallar qué hacer con eso. El cambio de espacio es también un cambio de pensamiento. Que su vida coincida con la eclosión del hipismo, la contracultura, el consumo masivo de drogas, los asesinatos de Charles Manson hará que sea un testigo insobornable de su tiempo y ahí radica la importancia de su retrato. La mano permanece apoyada en la frente. Parece sostener el marco de sus lentes, pero es el rasgo esencial de su carácter. Las manos están guiando solas siempre lo que dice y piensa. Son las manos y no el rostro las que dibujan su pensamiento. Las manos son más libres que el rostro dicen los fotógrafos. El que busca su retrato captura estas manos y los momentos de soledad. Hay una concha marina a su derecha (a nuestra izquierda) y un león o una quimera a su izquierda (nuestra derecha). Las conchas que buscaba en el pacífico con los sobrinos y la pericia del mar la sosegaron en seis meses. La fuerza conque renació y logró escribir y reinventarse su estilo tiene la vibración del rugido. En la costa oeste encontró el camino para llegar a la primera novela y el estilo que marcó los libros que vendrían. Es fragmentaria como su pensamiento. El fragmento es el mejor recurso de una narración ensayística, porque permite escribir (leer) con interrupciones, porque permite cambiar de temas sin apelar al acumulado de la memoria total que está rota (y a la memoria dispersa del lector). De modo que aquí está sentada la autora de El año del pensamiento mágico, en su espacio, la dueña de esa escritura llena de unidades que comienzan y terminan. Unidades que se juntan con otras para crear una estructura de estructuras. Ahí está su persiana cerrada y su escritorio. Las piernas diagonales debajo de la mesa. El cuerpo desprevenido, inefable. Es solo cabeza y manos. El rostro de mirada atenta esconde lo que en realidad piensa. Hay un retrato distorsionado de ella misma vigilante desde el pasado, como si su pasado contemplara este futuro. Su pasado es lo que nos ha traído hasta aquí en medio de la sobreoferta de películas de Netflix. Su pasado convertido en discurso. Didion es esta voz que repasa su historia frente al lector. Que permite imaginar cómo se siente la vida cuando te abandonan tus seres queridos. Ahí está el antiguo monitor y su gran cpu donde redactó parte de su obra. Unas botellas de líquido oscuro. Un atril abierto con un libro enorme que debe ser un libro sagrado para ella. Al fondo un afiche promocional de la primera edición de Harp, el libro autobiográfico de su esposo John Gregory Dune. No hay forma de saber qué diría de ella John si hubiera alcanzado a estar vivo para hablar de la mujer a la que mejor conocía en este documental. Pero podemos saber lo que pensaba en el pasado. Él la entendía, por eso renunció a su trabajo para no dejarla enfrentar la inmensidad del día a solas. Se casó con él porque era escritor, porque necesitaba la seguridad de estar en pareja, porque ninguno de los dos usaba la palabra amor, porque nadie que no fuera escritor la hubiera comprendido y aceptado tal como era. Anaqueles repletos. Dos sillas de época con diversa comodidad. De la muerte de su hija Quintana Roo dirá, o lo oiremos decir más adelante, mientras vemos sus manos de piel traslúcida cruzadas por venas oscuras preparar un sánduche de queso y rúgula, que nadie conoce el lugar del duelo hasta que llega ahí. Luego tomará una pausa para rascarse la barbilla, meditar y volver a su moderna computadora: escribió sobre aquel dolor porque era indecible, porque nadie le había dicho qué hacer con ello. El duelo de Joan Didion es un acontecimiento tan personal y tan expuesto y tan minuciosamente reconstruido que cualquiera que se aproxime habrá de revivirlo como una catarsis necesaria. Todos perderemos aquello que amamos, o aquellos que nos aman nos perderán irremediablemente.

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Por JOSE ALIAS

Entretanto, por Jose Alias

Entretanto (Tu nombre entre mis dedos) es el nuevo libro del poeta español Jose Alias, publicado por Turpin Editores. 

"Entretanto es ante todo un poemario, como indica el mismo autor, pero podría ser también, por su estructura, un texto teatral;  o, por momentos, un alegato contra la destrucción del mundo, o los remanentes de un ensayo filosófico, a veces, aforístico… Parafraseando al poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, el arte logra parar la gran rueda del tiempo y nos deja ver la herida abierta.
José Alias pertenece a estos artistas demiurgos, nos muestra la herida desde ese lugar central que es el yo y el tiempo, con la sana y optimista advertencia de Camus desde el epígrafe del libro: “La vraie générosité envers l’avenir consiste / à tout donner au présent” (la verdadera generosidad con el futuro es darlo todo en el presente).
Los poetas no hacemos otra cosa que hablar del tiempo; sea cual sea la atalaya de donde miremos, el tiempo es la medida del ser humano y del poeta. De allí la invitación, desde las primeras letras dirigidas al lector de este libro, para que viva el hoy intensamente como forma de contribuir con el futuro, desechando la abulia y la inercia. Pero, no se refiere a un desenfrenado Carpe diem, hedonista, bello, estético sino, sobre todo, a una existencia ética, bajo pena de terminar construyendo “un cadáver perfumado” como afirma el poeta. Es interesante, pero ya desde el epígrafe de Camus como desde el suyo propio, José Alias nos va dando pistas de los tonos expresivos que encontraremos en el libro, al menos de dos de los principales: una expresión metafórica, a veces, filosófica,  y un tono directo, más coloquial, para referirse al futuro del mundo que estamos construyendo.
El libro está estructurado a la manera de un texto dramático con una Obertura, un acto central que se identifica con el título del libro: Entretanto; un Entreacto que reúne un gran número de textos y un Acto final al que se le suma una Adenda."
                                                                                         
Sylvia Miranda para la presentación del libro en Traficantes de Sueños. Madrid 21 Noviembre 2017.

Texto completo 

La estética sin ética
es un cadáver perfumado

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No apresures más el paso
renace de tus cenizas
la lucha con el mundo
es una batalla perdida

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difícil asunto este del vivir y no morir
en el intento
a cada paso un repaso y la tristeza
que se cuela cómo un animal disperso
la noche bocarriba entre tibia y calavera
que escribí antes alguna vez en otra parte
ni el arte de la desilusión nos llena los versos
ni sabemos ya a qué atenernos
entre tanta zona boscosa asolada de turistas
las botas de siete leguas en el estante
a cada instante otra punzada
derretida por los polos
y el desierto cada vez más seco más cerca más inmenso.
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Relato del hombre desnudo

Me dijo el alcalde del pueblo que le habían dicho que
–Este verano han visto a un hombre desnudo en la
poza del monte, junto a los riscos.
–Eso no está bien, sentenció.
Le miré por un momento y le dije lo primero que me
vino a la cabeza:
–Y este otoño vieron a veinte hombres armados,
pegando tiros monte arriba a los fantasmas de una
cacería del siglo pasado.
Se le puso cara de póker, escupió en el suelo y dijo
dando media vuelta mientras se alejaba:
–Era una cacería autorizada.
Me quedé pensando un rato en aquellos recuerdos,
mientras me ponía la ropa junto a la poza, preguntándome cómo vendrían las lunas del próximo invierno.

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Precious memories

(In memoriam JJ Cale)

La esperanza es un tutú descolorido bailando a deshoras sobre el lago de los cisnes, se viste de amarillo en los estrenos y desafina blues como un borracho.
Ni esperanza de cielo, ni miedo al infierno, al cabo y
al fin todo y nada giran en el aire, como esa moneda
que cae acuosa sobre su dorado canto.
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A eso de la media tarde
me distraigo
me desbordo
me descentro
y nada me consuela
el mundo se hace inquietud
ni tu ausente presencia
me calma
me acalla
me acuna
entonces escribo
me deshago
me olvido
muero
y todo lo que me acompaña
desde que recuerdo
se olvida
y me encuentro sólo
cómo un ciego sordomudo
sin techo ni suelo
es la hora de la fiebre
decía mi madre
la antesala
de la agonía
el desvelo


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Noche de magos

si has sido malo te traerán carbón
si has sido bueno una piruleta
un globo
un puñado de lapiceros
para colorear el negro color del mal

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Revoloteos de nictálope

Me han nacido
tres nidos de golondrina
junto a la oreja derecha.
Algunos consideran que
es un problema.
Nada más lejos.
Durante el día
acunan pensamientos frescos
que vuelan sin detenerse.
Y en la noche
atentos y oscuros como un vencejo
se cierran sin rechistar.

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ayer
volviendo del rio
fresco del baño
bajo un sol abrasador
creí ver un espejismo
pero era cierto
un pequeño zorro me miraba
el silencio le hacía presente
miles de guerras
millones de muertos
cuenta la historia
qué mala memoria
seguir en lo mismo
matar al enemigo
destrozar los nidos
reventar el silencio
para dudar
de la mirada de un pequeño zorro
bañados en sangre
bajo el sol que nos calienta
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Al fondo del pasillo donde mi madre delira se bifurca la galería, a la izquierda los terminales, a la derecha locos sin fin. Y entre este laberinto de disturbios inconsolables, un páter de presencia apocada con aspecto de santo que tal vez esconda un sicario… pienso de forma automática mientras escribo:

En la planta de psiquiatría del viejo hospital
las ventanas están selladas
sin picaporte ni espera
Un ministro del Señor
se pasea indeciso
como un boxeador noqueado
entre las cuerdas
y los locos
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Saber de ti
tras largos abusos de ausencia
me pone tras la pista
y deshoja mi cáscara de limo
Me acomodo sin remedio
a unos versos de urgencia
Liana en la selva del mapa
territorios acotados al silencio

Saber de mí
otra vez despierto y saliva
anuncia las termitas
que devoran sin descanso esta vida
tras la muerte del péndulo parado
que imaginé en un camino

Justo a la vuelta
de tu regreso
cuando aún no has venido
y mis puñales sangran
riendo de pura vida.

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Al hilo de la luz

Dejé los libros al sol
con la peregrina idea
de borrar mis trucos recurrentes.
Tras largos inviernos
y veranos sin lluvia ni viento
quedaron en la tapa dos palabras,
apenas una sombra:
José Alias.
Entonces comprendí que era inmortal…
hasta el momento de mi muerte.

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