Por PREMIO DE NOVELA BELLAS ARTES DE MÉXICO 2017

MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO, PREMIO DE NOVELA BELLAS ARTES DE MÉXICO 2017

Formas de luz, de Marco Tulio Aguilera Garramuño, colombiano afincado en México, ha sido seleccionada con el Premio Nacional de Bellas Artes de Novela 2017. El autor, residente en México desde 1978, trabaja en la Editorial de la Universidad Veracruzana como académico y creador literario. Desde su llegada a ese país Aguilera se ha hecho merecedor a una treintena de premios en Colombia, México, Costa Rica y España, además ha publicado 35 libros, ha sido honrado por el Estado de Veracruz como Creador Artístico Emérito. Revista Corónica presenta en exclusiva el cuarto capítulo de la novela galardonada.

FORMAS DE LUZ 


(EL SENTIDO DE LA MELANCOLÍA)

Por Marco Tulio Aguilera Garramuño



Llegará un tiempo en que los hombres temerán mirarse al espejo y lamentarán haber nacido

A las cuatro de la tarde Ventura le dijo que era hora de ir a la  oficina.
      —Me vale madres — dijo francamente iracunda—. Te sientas y me escuchas hasta que yo quiera.
      ¿La razón de su enojo? El vuelo de una mosca cerca de su territorio, afirma Ventura. Y ahí siguió sentado, en el banquillo de los acusados, semidesnudo, apenas en calzoncillos, la tormenta lo había sorprendido con las velas arriadas a medio camino entre la sala del segundo piso y el baño, y ahí lo tienen, señores, al poeta del cuerpo perfecto, escuchando toda la historia de su canallada, dieron las cinco y seguía el rosario, a las seis comenzó a elevar el tono de su  voz, Ventura huyó rumbo a su cuarto y tras él iba la bella princesa oriental convertida en arpía, a las siete ya estaba gritando y lo tenía acorralado en su cama, en el rostro de Atanasia una expresión de siniestra alegría, casi de demencia, comenzaron a llover los golpes, le tiraba puñetazos a la cara, al bajo vientre, lo golpeaba en la cabeza con la chancleta de madera, quería romperle la nariz, partirle la boca, hacerle todo el mal posible. Yo la dejaba hacer apenas esquivando los golpes y me mantenía en mi posición: puedes hacer lo que quieras, que ya estoy bien y no me voy a volver  a enfermar. Salí de  cinco horas de acorralamiento mentalmente ileso y físicamente apenas con una mano sangrante. Llegó Ático y se calmó la tormenta. Permaneció un instante de pie, inmóvil, enmarcado por el quicio de la puerta, mirándonos. Su expresión parecida a la de un san Sebastián.  Después se retiró sin decir una palabra. Luego le comenzaron los dolores de espalda. Atanasia tomó medicinas una tras otra en vano.  Le di una frotación del alcohol y se le calmó un poco. A las dos de la mañana seguíamos despiertos y estaba más sosegada. Comencé a acariciarla y terminamos dándole gusto al cuerpo, por primera vez en dos años. Se arqueaba y gemía, se entregó a unos leves espasmos. Luego dijo que no había sentido nada. Absolutamente nada. Mi firmeza no fue gran cosa pero la sostuve casi hasta que logré que ella disfrutara. Por lo menos eso quiero creer. Finalmente nos dormimos, a eso de las tres y media, para levantarnos a las  ocho treinta. Era necesario ir a los exámenes médicos. Salió limpia de corazón y pulmones. Lo tuyo sólo es un enfriamiento, mija, dijo el doctor Johnson, que es verdaderamente un hombre de caricatura, un tipo con bonhomía casi rayana en la santidad. Desayunamos en Vip’s en santa paz y pasamos el resto del fin de semana reconciliados, casi amorosos. Fuimos a misa el domingo. Horas antes yo había ido a la cancha de básquet, donde derroté al enemigo grande  tres partidos a uno a uno. Víctor Mariscal refunfuñaba como un animal herido de muerte. No puede soportar ser derrotado. Es una auténtica bestia, un rudazo. Huele como mil demonios y siempre está frotando entre sus dedos  índice y pulgar una cruz de oro que lleva al cuello. El básquet es mi termómetro: si gano puedo entender que el mundo comienza a marchar aceitadamente hacia algún tipo de apoteosis.
Atanasia a sus cuarenta es una mujer de hermosura sosegada. Es como  un rayo de sol en el agua pura. Asume, ante el mundo, no conmigo, una actitud de bello optimismo, de simpatía, es amable, cariñosa y tiene unos aires de inocencia que impulsan a todos a protegerla. Y es que a pesar de que le han caído las siete plagas de Egipto, Atanasia ha vuelto a levantarse, ha florecido, no se ve demacrada. El hecho de que haya bajado de peso hasta los 48 kilos la hace parecer una adolescente, particularmente porque su selección de ropa es siempre primaveral. Es una chica Palacio, Miss Clairbone, la reina de la pasarela. Su selección de ropa sería envidiada por la princesa Mata Mari. Su colección de perfumes es inacabable. No usa maquillaje porque sería absurdo. Ella misma es un efluvio de vida, de gracia. Todo en su expresión es serenidad, el óvalo de su rostro es perfecto, su piel de una tersura inconcebible, sus ojos  evocan lo más agradable de la creación. Su voz es ligeramente infantil, mimada. Una criatura que suscita amor, confianza, complicidad a primera vista. Tantos encantos, aunados a un cuerpo menudo, esbelto y a unos pechos privilegiados que en vano quisiera ocultar, todas las mañanas antes de ir a la oficina se prueba frente al espejo mil combinaciones, se disgusta con sus senos de diosa griega y termina por aceptar lo inevitable: hombres de toda condición estarán en torno a ella esperando una sonrisa, una mirada, una palabra… que ella no podrá dejar de conceder: Dios, cómo quisiera ser malvada y fatal, mandar al diablo a todos los machos que me perrean. Dice.
   Pero poco tiempo duró este esplendor, este regreso. Sucesos imprevistos y aterradores arrasaron con lo que quedaba de tranquilidad en esta casa. Es difícil, casi imposible, relatar los hechos, no hay palabras lo suficientemente siniestras. Nadie puede concebir que exista una maldad tan refinada, tan satírica, tan mordaz, tan perversa como la que hizo presa de Atanasia. Una noche, después de un día difícil, Atanasia dijo que iba a salir y que regresaría dentro de cinco minutos. Dos horas más tarde no había regresado. Yo, conociendo sus rumbos caprichosos y su voluntariosa libertad, no le di importancia al asunto. Súbitamente, a eso de las doce de la noche, sonó el teléfono. Ático corrió a responderlo, e inmediatamente me pasó la bocina con un gesto extraño, sobrecogedor. Es mi mamá. Algo le pasa. Sólo escuché gemidos, llanto, luego palabras entrecortadas. Me secuestraron. Estaba hablando desde su celular. Se cortó la llamada. La llamé. No hubo respuesta. Insistí varias veces hasta que logré comunicación. Seguía llorando. Le pregunté dónde estaba. Dijo que en la carretera, manejando. Insistí dónde estás. No sé, dijo, no sé. Estoy en un camino y avanzo sin saber para dónde. Todo es oscuro. Creo que estoy en el infierno. Se volvió a cortar la comunicación. Minutos después volví a tenerla en la línea. ¿Dónde  estás? No sé, en una carretera, estoy siguiendo a un ADO. No puedo ver sino sus luces. Hay mucha niebla. Tengo sangre en mi blusa, tengo la ropa desgarrada. ¿Dónde estás?, insistí. No sé, gritó, no sé. Vi un letrero pero ya se me olvidó lo que vi. No sé para dónde voy, tengo mucho miedo, tengo mucho miedo, hay sangre por todas partes. Se volvió a cortar la comunicación. Llamé al 066, pedí que se comunicaran con la Federal de Caminos, que localizaran una camioneta BMW plateada en los alrededores de la ciudad. Pensé salir en el coche pero no tenía idea del rumbo. Sólo había una posibilidad de desenlace positivo: que Atanasia encontrara la dirección adecuada. Pero cómo iba a hacerlo si me había preguntado en qué ciudad vivimos y cuál era nuestra dirección, si me preguntó cuál era mi nombre y me gritó que dejara de perseguirla. Fumé como desesperado hasta terminar la cajetilla. Súbitamente Ático dijo: ya llegó. Corrí a abrir la puerta. Lo primero que me dijo fue: Que no me vea Ático, que se vaya a su cuarto. Nuestro hijo estaba tan asustado que obedeció inmediatamente. Traía la blusa blanca, su blusita Liz Clairbone de lycra, que entallaba su busto de Atenea, teñida con un enorme y húmedo manchón de color rojo destellante, la falda rota, la ropa interior en la mano, desgarrada. Lo que le sucedió es tan espantoso, tan absurdo, que no me atrevo a contar sino el inicio: cuando iba a bajar de la BMW a comprar una botella de agua, sufrió un empellón. Pásese al asiento del copiloto. No me mire. Si lo hace la mato. El agresor portaba una navaja y se la puso en el cuello. Amarró a Atanasia con enormes pañuelos rojos de ranchero. Ató los tobillos, las muñecas, le cubrió los ojos con cinta canela. Hizo que se tirara en el suelo y comenzó a conducir mientras le decía obscenidades y recitaba estrofas de mis poemas eróticos. Decía que era amigo mío y que compartíamos aficiones. Entonces, ¿por qué no compartir mujer? Manejó durante más de una hora, diría días más tarde Atanasia. De lo que sucedió después sólo puedo decir una cosa: si mi esposa salió con vida del asalto, fue porque el individuo le amarró las manos adelante. Si se las hubiera amarrado atrás ahora sería nada más carne en descomposición y pasto de las fieras en el bosque. La salvó eso y la tremenda furia, esa rabia que yo tantas veces he sufrido, y que le ha permitido sobrevivir a tantas agresiones del mundo.
Días después encontré en el apartado postal un anónimo escalofriante, en el que un individuo relataba minuciosamente lo que pensaba hacerle a Atanasia. La carta estaba fechada quince días antes del asalto, lo que daba indicios de que todo había sido perpetrado con cálculo desmedido, que el individuo tenía sometida a espionaje a Atanasia y que estaba acechando el instante de atacarla. El colmo del cinismo es que anunciara el ataque al propio marido, tratando de hacerlo cómplice del asunto.
Los días y noches siguientes han sido infernales: sin sueño, con discusiones, llanto, quebrantamientos de ella y míos. Tengo miedo, lo confieso. Quisiera llorar pero no puedo. Ático está escondido en su cuarto y no quiere salir. No sé qué hacer. Lo más asombroso fue que al día siguiente, todavía sangrante, Atanasia quisiera ir al cerro a correr, y que el domingo tuviera ánimo para ir a misa y sonreír a sus familiares.
A veces me despierto cuatro veces en una noche y me quedo con los ojos abiertos mirando la oscuridad de mi alma. Será difícil abandonar un vicio de cuarenta años. El fumar (segunda vía de escape) es una de las pocas cosas que daban interés a mi existencia ahora que he perdido las ganas de vivir.  La intención de no fumar me duró quizás dos horas. Fui a sacar  furtivamente un cigarro del estudio de Atanasia. Mi mujer atribuye mis problemas al poco afecto que me dio mi madre. Dice que ella estuvo muy ocupada con sus hombres y sus trabajos para ocuparse de sus siete hijos. Yo le escribí su novela a mi madre, No me arrepiento de nada. Con ella rasguñé el premio grande, Grand Prix de París. Sin duda mi madre es una obsesión en mi vida. Soy un enconado Edipo.  Hay que aceptarlo.
— En realidad lo que hiciste en ese libro fue justificar y hasta celebrar la vida disipada e irresponsable de tu madre.
Cuando la escucho hablar por teléfono con sus amigas oigo que les dice que los zopilotes ya la están rondando. Pienso con frecuencia que Atanasia se está suicidando lentamente. Se sostiene al borde del abismo. Por lo menos no falta la comida en casa. Yo no hago otra cosa que deambular por la mansión de Bruno Díaz. Así la llamó Cesáreo Victorino, el escritor más premiado y becado, el eterno viajero, el reseñista de las estrellas de primera magnitud, el prologuista de los jóvenes talentosos, el miembro de todos los comités del Sistema Nacional de Creadores, el pequeño capo histérico de la mafia local, un Truman Capote que ha pasado su vida adulando a cualquier cucaracha coronada. Blanco, casi albino, con un bigotito de mosca, un eterno cigarrillo humeante que no sé cómo logra mantener entre sus labios mientras habla, su inalterable sombrero canotié, usa su homosexualidad como bandera, es de una amabilidad empalagosa y de una hipocresía de puta cara —escribió Ventura. Es el  típico intelectual corrupto mexicano, adulador de los funcionarios culturales, escribe reseñas en las que prodiga frases ditirámbicas “cuando ya se pensaba que la novela había muerto en México, XX nos ofrece La Obra Maestra del Siglo”, “el espíritu de la poesía ha vuelto a encontrar su nicho perfecto en XY”, “una asociación perfecta entre un alto lirismo y una abismal cala en la naturaleza humana”. Desde la edad de los 25 años ha recibido ininterrumpidamente las becas del Sistema Nacional de Creadores y las seguirá recibiendo hasta su muerte, pues ya es Creador Emérito. Tiene cincuenta años y un cuerpo fofo, desmadejado y tembloroso. No puede resistirse a emitir una risilla de conejo a manera de signo de puntuación de todas sus frases, que pretende memorables. Es como si a cada instante se estuviera emocionando por la gran aventura de vivir y de ser Cesáreo Victorino, ni más ni menos.
— Yo también tengo una casita bastante inmodesta. Yo también la he construido con mis premiecillos — eso dijo torciendo la boca en un tic que se ha eternizado en su rostro.
Renán Trigueros, que es mi amigo, y el hombre más chismoso de la parroquia (he conseguido con el chisme y el infundio lo que no he podido con la literatura, que a fin de cuentas no es más que vanidad objetivada,  dice) afirma que Cesáreo Victorino es más degenerado que Calígula y el Divino Marqués, asegura que hace frecuentes tríos con Escato y Mesalina, dice bajando la voz que lo tuvieron que internar en el Hospital Civil tras una orgía de locos en Las Ánimas porque se le había atorado una botella de Coca-Cola en el culo, murmura que tiene relaciones equívocas con su perrita Marta (especie bestial por cierto ya muy trillada, que ha usado también para infamar a Aurelio Ficino, a quien llama Nuestro Hombre en Estocolmo, por el hecho de que es el único en nuestro rancho que podría aspirar al Nobel).
Veo como única posibilidad de escape el hecho de que pueda regresar a la oficina cuando termine la incapacidad actual. Leo: Quiero que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada que suspira y hace hervir la superficie. Metidas en el lodo dicen: Estuvimos siempre melancólicos bajo el aire dulce que alegra el sol, llevando en nuestro interior una negra humareda.
Sigo rezando el Padre Nuestro constantemente. Creo imposible recuperar el afecto de Atanasia. ¿Qué me queda, qué queda de esta familia? Sólo me resta un nirvana (tercer consuelo de los desesperados): el que encuentro en los sueños, bienaventuranza que es interrumpida por la resequedad de la garganta y los ruidos del mundo. Escucho todo, absolutamente todo lo que sucede en esta casa, en la calle, en la ciudad, en el mundo: la llegada de los vecinos a sus casas, los ronquidos de Atanasia, el tintineo de las pesas en el cuatro de Ático, voces de personas que hablan en Lázaro Cárdenas, el paso de los tráilers, exactamente a las cinco de la mañana el estrépito del tren que hace vibrar los vidrios de las ventanas, escucho el crepitar del fuego de las estrellas. Me visitan en desfile implacable las  mujeres con las que tuve relación. Anoche fue la navidad más triste de la vida de Ventura y su familia. Quiso acercarse a Atanasia, que estaba envuelta como en una crisálida en su edredón de lujo hasta la nariz, sentada en el sillón reclinable, y le dio un beso en el cuello.
Yo quería vivir toda mi vida contigo, dijo, y Ventura supo que iba a comenzar el discurso completo, de modo que el escritor del cuerpo perfecto fue retrocediendo, tomó su pastilla para dormir y se metió a la cama. Permanecí en la oscuridad quizá media  hora con todo el pleito de perros y gatos que tengo en la cabeza, imaginando a los buitres flotar como una aureola en torno al cuerpo yacente de mi esposa, y luego me entró la obsesión de que se me había olvidado tomar el tafil y que la solución para alcanzar la beatitud del sueño era tomar la pastilla con té. Lo medité un rato y luego fui abajo. Té, tafil, cigarrillo y a dormir. Ático había escapado de casa otra vez, su salvación es huir, pasa todo el tiempo posible fuera,  y seguramente estará toda la noche en la calle con sus amigos o en casa de sus primos.
— Son tan pobres los primos que a veces comen sólo frijoles y tortillas, pero se la pasan todo el día riéndose, y nosotros, mira qué desesperación, tenemos una mansión digna de Al Capone, no nos falta nada, sino lo más importante. 
 Atanasia también despareció un día completo sin decir nada y Ventura no supo sino más tarde que había estado en el hospital del puerto, sufriendo su tratamiento de radiaciones. Regresó coja, lívida, y tardó un día en recuperarse. Y hoy, temprano fueron a tratar de emplacar los coches. No pudieron. Desayunaron, medio desayuno cada uno, en Enricos. Luego Ventura pasó horas inmóvil sobre la cama en el estudio mirando el techo y pronunciando en mente la palabra nada, nada, nada. Maremoto de dimensiones apocalípticas en el Océano Índico arrasa parte de India, Bangladesh, las Maldivas, Tailandia, Sri Lanka y desplaza la isla de Sumatra, sacude a la Tierra y acelera su velocidad de rotación en 3 milisegundos, 150 mil muertos, aproximadamente. Y Ventura se preocupa por Enriqueta, su guacamaya, a la que saca cada mañana a su árbol después del tomar altrurine, café, comer un pan y fumar (a escondidas, cerca del bote de basura, desde donde está seguro que el humo no llegará al cuerpo yacente de su mujer en la sala de arriba). Desde hace varios días no escribe nada en este repertorio de lamentaciones. Su desánimo crece, pasa horas acostado en el tercer piso, en la cama del estudio, tratando de no pensar en nada. Lleva así tres días. Atanasia ha puesto a la venta los coches. Si vende uno Ventura quedará desarmado y tendrá  que hacer las compras en autobús. Ya se ha difundido la noticia. Se dice que tengo la enfermedad incurable, que estoy recluido en un manicomio, sedado día y noche, con una camisa de fuerza. Eso me ha aplastado aún más. Algo se está pudriendo dentro de la caja inexpugnable de mi cráneo. ¿Podré regresar a la oficina y a mi existencia de escritor, si no famoso, por lo menos activo, o seguiré con este ritmo desesperante de vida, convertido en vegetal, en una especie de ostra aferrada a un cuerpo moribundo,  obstaculizando la vida de todos?
En el intervalo en que no he escrito pasaron otras navidades y el año nuevo. He perdido la noción del tiempo. Mi cerebro parece tener atajos inexplicables. Creo que llevo ya tres años encerrado en esta situación. Cada día es peor que el anterior. Cada año es peor que el anterior. Nunca pueden estar las cosas tan mal que no sean susceptibles de empeorar.

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Por Libros del Fuego Mario Cárdenas Rodnei Casares

La edición literaria no tiene fronteras







Mario Cárdenas


Por mucho tiempo Venezuela se preció de tener dos de los proyectos editoriales insignia de Latinoamérica: La Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila editores. Ambos, contribuían al fortalecimiento y desarrollo de la herencia histórica del continente. Estos proyectos han perdido su rumbo, en parte, por la reciente crisis política. A pesar del panorama hostil, pequeñas editoriales continúan trabajando en tiempos revueltos, abriendo fronteras y aprovechando el intercambio cultural dado por las migraciones recientes.

La circulación editorial entre países América Latina es precaria, resulta difícil que un lector colombiano lea a autores publicados por editoriales de países vecinos. En muchas ocasiones, para que los libros de un escritor venezolano se lean en Colombia, necesitan pasar primero por España. Sin embargo, la diáspora que ha sufrido Venezuela ha hecho migrar a escritores y editores en busca de espacio en países cercanos. Rodnei Casares, uno de los editores de la editorial independiente Libros del Fuego, actualmente reside en nuestro país y conversó un poco con nosotros.

Libros del fuego nace en 2013: la crisis en Venezuela ya estaba avanzada ¿Por qué deciden fundar una editorial independiente en esos tiempos revueltos?
Nos movía las ganas de ser una alternativa dentro del mercado editorial venezolano, poder dar a conocer nuevos autores, pero también traer plumas de trayectoria que se entusiasmaran con el proyecto y con lo que proponíamos. Sabíamos que hacerlo podía hacer crecer nuestro mercado local frente a otros países, ya que por razones económicas y políticas hemos sufrido una suerte de aislamiento del mundo editorial en Latinoamérica, y poco a poco nos hemos dado a conocer.

Venezuela tuvo la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila editores; el premio Rómulo Gallegos se ha aplazado este año ¿Qué tanto ha cambiado el sector editorial en Venezuela en los últimos años?

Estas dos editoriales fueron referencia en América Latina, por ahí pasó lo mejor de lo mejor. Hoy lamentablemente Monte Ávila no es ni la sombra de lo que un día fue. Ayacucho vive de glorias pasadas. El premio Rómulo Gallegos fue aplazado porque no hay presupuesto para que se lleve a cabo, ya en la última edición hubo un pequeño escándalo por todo el tiempo que tardaron en pagarle a Pablo Montoya.
Cuando comencé como librero en el año 2000, las casas editoriales más importantes tenían sede en Venezuela, las que no, tenían distribuidores autorizados. Pero eso comenzó a cambiar cuando en 2003 se aplicó un control cambiario. A partir de esa regulación comenzaron los problemas, los primeros afectados fueron los distribuidores, el mercado no sintió el golpe porque estaban todas esas casas editoriales y ellos suplieron y abarcaron ese mercado, hasta que les tocó a ellos.
Hoy somos un mercado pequeño que se alimenta principalmente de la producción local.

Muchas librerías han cerrado en Venezuela, algunos grupos editoriales han levantado sus oficinas, hay un mercado fracturado, hay  escasez en papel y en otros materiales básicos para la edición ¿cómo hacen para  sobrevivir en el negocio?

Es verdad que se han cerrado muchas librerías pero también se han abierto nuevas. Se han ido las grandes editoriales pero se quedó Planeta y contra viento y marea ha hecho todo para quedarse. Hay escasez de papel y entonces nos adaptamos y hacemos libros con los materiales que tenemos, libros que han sido capaces de ganar el II Premio Latinoamericano de Diseño Editorial que se otorga dentro del marco de la Feria del Libro de Buenos Aires.
Hacer libros a diferencia de otros negocios, es una tarea heroica y romántica, pero no crítica, ya que hablar de crisis en el mundo editorial es redundante, porque desde los tiempos de Gutenberg y la industrialización de este oficio, siempre hemos estado en una infinita cuerda floja derivada de los costos que acarrea hacer un libro, el papel, la tinta, la impresión. Sobrevivimos convirtiéndonos en una editorial latinoamericana, seguimos a pesar de todo porque pensamos que editar también es resistir.




En 2017  trasladan parte de su trabajo a Colombia, tratan de abrir un espacio en Medellín ¿Cómo ha sido trabajar en Colombia? ¿Han encontrado oportunidades editoriales en este país?

Fue una suma de circunstancias. En el año 2016 fuimos invitados a mostrar nuestra propuesta en el I Salón de Editoriales Independientes en el marco de la 10ª  edición de la Fiesta del Libro y de la Cultura. La segunda y más evidente fue la de crecer como proyecto editorial. Hasta ahora hemos participado de varios eventos en la ciudad, nos hemos reunido con distintas personas del medio con la intención de mostrar lo que hacemos.
Las oportunidades la estamos buscando, afortunadamente pudimos ser parte del Comité Salón de Editoriales Independientes y Encuentro de Profesionales, un espacio donde estamos conversando con los encargados de la Fiesta y con editores independientes de Medellín, el siguiente paso es comenzar a editar a autores del patio. Actualmente estamos también en Chile. La razón de que fuesen estos países es que dos de nuestros socios se mudaron a Medellín y a Santiago de Chile.  Fue el momento y la oportunidad precisa para apostar dar un paso adelante y soñar con un proyecto venezolano con presencia latinoamericana.

Para ustedes la edición es un trabajo sin fronteras, uno puede encontrar Libros del Fuego en Chile, Argentina, Perú, en Colombia, ¿cómo han logrado la circulación de sus libros y  sortear esas fronteras infranqueables?

Esta pregunta es muy interesante porque precisamente a raíz de las reuniones del comité me he dado cuenta que los editores colombianos por alguna razón no ven hacia los colegas que tienen cerca, hasta ahora nadie ha sido capaz de preguntarse por qué estamos aquí, supongo que creerán que somos unos migrantes más empujados por la crisis de nuestro país. Nada más lejos de la realidad.
Este año hemos participado en tres ferias internacionales, Buenos Aires, Bogotá y Lima, en más de tres ferias de editores independientes, nuestros libros se exhiben en Buenos Aires, México, Miami, estamos cerrando trato con un  distribuidor en Chile y tenemos un contrato firmado con la ACLI en Colombia.
Y no somos los únicos venezolanos que están mostrando sus libros en otros países, Kalathos y Madera Fina tienen presencia en España, Letra Muerta ha presentado sus libros en NY, Editorial Ígneo, Dcir ediciones no se quedan atrás. Las crisis sacan lo mejor y peor de todos, nosotros preferimos pensar en hacer lo mejor.

La literatura y sus escritores carecen de fronteras. La edición también.

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Por JUAN PABLO PLATA

#Colombiatieneescritoras: Colombia tiene más escritoras: #colombiatienemásescritoras


¿Por qué nadie ha hablado del centralismo en la literatura colombiana con eso del asunto de las mujeres que no llevaron a París, Francia (Dentro de los eventos Colombia-Francia 2017 en Maison de la Poésie de París, '10e Salon du livre de Cayenne'  y visitas y lecturas a Bibliotecas Públicas de París)?


Si vamos a poner a volar la mierda para el zarzo: que sea de una vez y para siempre. Hay mucho de amañado en ese cuentico y protesta feminista porque no llevaron simuladores de cultura a un intercambio binacional ni los tradujeron.

¿Solo importa Sanín, Posada, Quintana, Andújar y el grupito ya canónico, cuasi bogotano, de pacotilla y centralista? En un manifiesto que han puesto a circular las escritoras centralistas, canónicas y que se creen las más autorizadas - the big voices of the voiceless- y un video que medio se ha viralizado, hablan y firman sin pensar más que en su propia fortuna (No haber viajado y no tener sus textos publicados y traducidos en Francia) y no en el eterno femenino, en la mujer como algo general o en los escritores hombres excluidos también. Ni en el video ni en el manifiesto están todas las escritoras que son. Esto es lo que quiero decir para que no se combata una exclusión con otra: la exclusión de las mujeres combatida con la exclusión de un titipuchal de escritoras y escritores colombianos en activo, en ejercicio, vivos, que también merecen viajes, lectores y réditos del presupuesto del Ministerio de Cultura de Colombia y cualquier otro tipo de oportunidades.

Está más que bien que se proteste por la exclusión y opresión femenina literaria y en todos los aspectos sociales, de la vida, pues, pero de manera efectiva y no para acabar ensalzando y protegiendo lo centralista y que se quiere canónico por unos cuantos que quieren que se tome la parte por el todo. Como con el listado Bogotá 39 promovido por el Hay Festival: un festival inglés exportado y las editoriales y el centralismo haciendo canon a la brava.

Recomiendo sobre el asunto la columna El tercer sexo de Santiago Gamboa. Haga clic en esta frase para leerla. 

Aquí abajo refiero unas cuantas escritoras que no han salido en los titulares de la protesta y el escandalito

Clara Schoenborn

Carolina Alonso

Liliana Carbone

Gabriela Santa Arciniegas

Mónica Lucia Suárez

Camila (Bordamalo) García

Tania Ganitsky

Cindy León

Juanita Echeverri

Marga López

Luisa Fernanda Lopera

Andrea Salgado

Sara Giraldo Posada

Catherine Rendón

Karen Marín

Sara Zuluaga

Amparo Osorio 

Olga Behar

Andrea Cote Botero

Albalucía Ángel

María Paz Ruiz Gil 

María Clemencia Sánchez

Virginia Mayer

Vanessa Londoño

Lauren Mendinueta

María Castilla

Alexandra Cardona Restrepo

Dhyana Dada

María Claudia Rueda Gómez

Clemencia Sánchez 

 Anabel Torres

Lucia Estrada 

Daniela  Lesmes 

Margarita Mejía 

Patricia Lara Salive

Carolina López Jiménez

Yeni Zulena Millán

Liliana Guzmán Zárate

Mariela Zuluaga García

Cecilia Caicedo Jurado,

ETC. 

y no solo las que quieren presentarse como excluidas únicas, autorizadas e imperdibles para los franceses y todo el orbe.

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Por CAMILA GARCIA

Hay cosas que es mejor que no se sepan




Hace años leí El hombre duplicado de José Saramago, una novela en la que el protagonista, un profesor de historia, descubre que existe su doble, luego de que un colega le recomienda ver una película en la que actúa un tipo idéntico a él. Lo que sigue después es la búsqueda del doble y el encuentro, pero no voy a hablar del libro- del que recuerdo muy poco-, sino de los dobles. Hasta hace poco esa idea de que el doble de uno anda suelto por ahí en el mundo me parecía fantástica, ficticia, una ocurrencia más de la imaginación. Resulta que no es así, es perfectamente posible que su doble exista en Vilnius o en Cafarnaúm o en cualquier lugar de este atribulado planeta, tan así que existen páginas web y aplicaciones en las que uno puede subir su foto y esperar que aparezca su doble como por ejemplo Twin strangers.

Hace poco la compañía para la que trabajo desarrolló una función en la que la gente que quiere encontrar su media naranja puede subir su foto o la de una celebridad y esperar por el doble, parte de mi trabajo consistía en buscar los dobles de gente que no tenía ni idea de que a alguien en el mundo le estaban pagando para que encontrara a su doble, supongo que después, si el resultado era sorprendente, mis anónimos jefes procedían con su plan, un plan del que nunca supe nada porque no me gusta preguntar. Por supuesto no resistí la tentación de subir mi propia foto y aunque obtuve resultados impresionantes, ninguno de ellos fue una prueba tan contundente como la que vería después, en vivo y en directo, acá en Colombia; porque si lo que he dicho hasta ahora no los convence de la existencia de dobles, lo que me dispongo a contarles no tiene refutación posible.

Sucedió en Salento, durante un paseo familiar, en el Willy en el que nos subimos para ir al Valle del Cocora. Mi mamá y mi tía se fueron adelante viendo que sería más cómodo, yo me hice atrás, espichada entre un poco de turistas, al frente mío se sentaron dos extranjeras que hablaban en inglés y después, casi en el último momento, otras dos mujeres que parecían haberse conocido hace poco, en el hostal seguramente, y hablaban en italiano. No saludaron a las otras dos, por lo que asumí que no se conocían ni se habían visto antes. Una vez arrancó el Willy y cuando ya no quedaba más remedio que mirar a quienes tenía al frente, descubrí que la chica que hablaba italiano era idéntica a la que hablaba inglés, la única diferencia estaba en su corte de pelo, una tenía capul y la otra no, detalle que ocultaba el increíble parecido. Estoy segura de que ante una mirada descuidada este simple detalle bastaría para ocultar la asombrosa paridad de sus facciones, pero la mía no fue una mirada descuidada porque no tenía para donde más mirar durante los próximos 45 minutos.



Una de ellas estaba ligeramente bronceada y la otra no, eso y el capul eran las únicas diferencias, lo demás era idéntico, la boca, la nariz, los ojos…todo, son hermanas gemelas, pensé, pero como no se hablaron en todo el camino y nunca hubo ningún indicio de que vinieran juntas y una de ellas hablaba en italiano y la otra era a todas luces una angloparlante y no una italiana que hablaba inglés, descarté esa posibilidad. Por un momento pensé en decirles que eran igualitas y preguntarles si eran hermanas, pero desistí, preferí disfrutar el viaje en silencio, la idea de quedar como la nativa ridículamente amigable que considera que los viajeros son interesantes solo porque son extranjeros me provocó náuseas, recordé lo jarto que me parecía en mis viajes tener que responder la eterna pregunta Where are you from? y fingir un interés del todo inexistente por el otro. No, no tenía ningunas ganas de entablar conversación y menos aún de hablar en inglés.

Al cabo de un rato, tras mirarlas una y otra vez, no pude evitar comentarle al pasajero de al lado, que las miró y dijo impresionado: son idénticas, y tal como me temí creyó que yo andaba buscando amigos y empezó con las preguntas típicas. Cuando llegamos a nuestro destino las dos parejas de mujeres se fueron cada una por su lado, nunca dieron señales de conocerse, por lo que deduzco que no eran hermanas. Habían estado tan ocupadas hablando con sus respectivas amigas que ni se vieron, la gente se pierde de muchos descubrimientos por andar acompañada. Me pregunté si al verse se hubieran dado cuenta de que eran idénticas o si habrían caído en la trampa del capul, me pregunté si eran gemelas y las separaron para darlas en adopción en países distintos y justo habían coincidido en sus vacaciones en Colombia, ahí en ese Willy destartalado. Me sentí poderosa por haberme dado cuenta y más todavía por no haberles dicho nada, hay cosas que es mejor que no se sepan, pensé, también tuve la sensación de que eran dos chicas muy estúpidas, pues cómo es que pasaron casi una hora sentadas a menos de un metro de distancia la una de la otra y no se dieron cuenta.

Imagino a Eva Casado cuando su primo le dijo por teléfono: qué calladito te lo tienes, fuíste a la tomatina y no nos dijiste nada, la imagino diciéndole que no fue a la tomatina y a él: pero si vi tu foto en la revista del avión. Recuerdo una historia que me contó alguien de cómo estando en la India vio una procesión en la que llevaban un ataúd y cómo uno de los hombres que cargaba ese ataúd era idéntico a él. Después de todo esto El hombre duplicado no me parece una novela descabellada y ocurrente sino pasmosamente posible.

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Por Jerónimo García Riaño

La literatura y lo políticamente correcto



Como escritor y docente, que busca entre el ejercicio de la educación dejar una huella en los jóvenes universitarios sobre la importancia de la equidad, del respeto y el reconocimiento del otro, basado en la ética, y en fomentar las buenas relaciones humanas, rescato y aplaudo sin parar, la protesta en forma de manifiesto que algunas escritoras colombianas (porque faltan más, sin duda) han hecho por la ausencia de mujeres dedicadas a este oficio en el evento que se realizará el próximo 15 de noviembre en París, con motivo del año Colombia Francia. Me parece inaudito, realmente inaceptable, sobre todo por parte del Ministerio de Cultura, que no tenga en cuenta a las mujeres que pueden muy bien representar al país como las grandes escritoras que son (por estos días estoy leyendo a Margarita García Robayo y estoy fascinado con su historia en la novela Tiempo Muerto). El Ministerio, como ente público y sobre todo regido por la constitución que busca precisamente eso, equidad, entre otras cosas, es quien más tiene la responsabilidad de que exista representación tanto masculina como femenina en sus eventos (todo ello mediado, por supuesto, por la calidad de la obra de los escritores elegidos, no solo es un asunto de mera representatividad) . Así que sin duda alguna es un desatino completo lo ocurrido con la lista de solo hombres que representarán la literatura colombiana en Francia.

Sin embargo, dentro de las muchas cosas que he leído, entre estados en Facebook, notas de prensa, etc., me encontré hoy con un artículo escrito por Catalina Ruiz-Navarro, en el que además de destacar a las escritoras colombianas que han publicado sus obras este año, también resalta el machismo que, para ella, se ve reflejado en las obras de algunos autores. Dice ella:

            “Basta observar por un segundo a las mujeres que construye en su literatura nuestro adorado Gabriel García Márquez para ver que todas son musas, mozas o madres. Gabo habrá sido muy buen escritor, pero eso no quita lo machista. Que no se nos olvide que en Cien años de soledad a Remedios Moscote la casan cuando sólo tiene nueve años y muere luego de que Aureliano Buendía la viola (a esa edad, es violación) y la preña. Sobre Remedios la Bella se podría escribir un largo ensayo sobre la mirada predadora masculina y el acoso”.

Y hace otro par de alusiones a Gabo como hombre machista de la literatura.

Y es aquí donde no estoy de acuerdo. El hecho de que dentro de una obra literaria se incluyan  situaciones en las que ocurren actos violentos y abusivos hacia la mujer, no significa que por ello un autor es machista. La narrativa, como género, se construye bajo la mirada dentro de un contexto en una historia, de unos personajes que se desenvuelven de ciertas maneras bajo ese contexto. En mi libro de cuentos que publiqué este año hay historias que resaltan el amor de dos lesbianas, como también existe una historia en la que un hombre convence a una mujer para que tenga sexo con él, a cambio de una promesa que él nunca cumple. Es un cuento de engaño y abuso. Y no por eso yo soy una persona machista o que denigre de la mujer. Esto no debería decirlo, por ser reserva del sumario de las ideas de un escritor, pero lo diré de igual manera, estoy escribiendo una historia de una mujer, doctora de un hospital psiquiátrico, que abusa sexualmente de uno de los enfermos del hospital. Entonces bajo ese contexto, ¿qué soy ahora? ¿Un autor que reivindica a la mujer porque ella es ahora la violadora? Si se hace un ejercicio de ejemplos de estos casos, seguramente necesitaremos muchas líneas para hablar de ellos. Serían casi infinitas, como la cantidad de mujeres que se dedican a escribir.

De la protesta justificada de las escritoras a decir que un escritor es machista por lo que escribe, hay una diferencia importante. Pero también existe un hilo muy delgado que puede, entonces bajo ese contexto, convertir la literatura en un asunto políticamente correcto, lo que se debe y no se debe decir en los libros. Un autor que reivindique los valores de equidad se debe leer, y otro que tenga personajes sórdidos y humanos, y que denigre de hombres y mujeres, entonces no se debe leer, ni siquiera publicar.

La literatura es la humanidad puesta en letras. Y la humanidad viola, humilla, maltrata, arrasa, atropella, golpea, ofende, pero también ama, sonríe, se solidariza, es tolerante, glorifica, lucha por sus ideales, perdona, etc. Todo eso es humanidad, y de eso se compone la literatura.

Y el arte en general también.

Quiero ser claro de que hablo de la obra y de los personajes de la obra, no del autor y sus actos. Catalina Ruiz-Navarro también menciona a Neruda y dice de él que “en sus memorias confiesa una violación “casual” que el escritor comete cuando ve a la empleada que le arregla el cuarto y “le dan ganas””. Que le den ganas es un acto humano. Pero si esa sensación de Neruda se convirtió en un acto, entonces ahí sí estamos ante un asunto de otras dimensiones en las que hay un abuso sexual y una violación. Una acción que debe tener un juicio. Ese ya es otro cantar.

La literatura, y el arte en general, es una manifestación de la vida con todo lo que trae. Trasciende y agrede a la norma, pues de eso se trata precisamente su existencia, de ser resistente a eso que nos impone un sistema, unas leyes, unas reglas que no son las mejores. Si no fuese así, a los escritores, y a los artistas en general,  los verían como personas normales, que van por la vía correcta, y no como unos rebeldes muertos de hambre e inútiles que desperdician su vida entre cuentos, novelas y poemas.

 Pues siendo así, ¡que vivan los muertos de hambre, políticamente incorrectos!


 ¡Y que vivan las escritoras colombianas!


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Por RODRIGO BASTIDAS

El apocalipsis es lenguaje que se disuelve


Por: Rodrigo Bastidas P.

El 23 de septiembre, por una razón que nunca entendí, muchas personas esperaban de nuevo el apocalipsis. Al terminar el día, cientos de comentarios en internet hablaban de la decepción que flotaba en el aire por una nueva catástrofe esperada, que nunca llegó; pero el mundo sí terminó, solo que no prestaron atención. El apocalipsis apareció en detalles, en un segundo de cotidianidad que cambia, en el rayo de luz que se difracta en un ángulo diferente. Eso lo aprendí cuando era pequeño, cuando viví el fin del mundo todos los días, durante dos meses. Nací en una ciudad construida al pie de un volcán; cuando el volcán entró en fuerte actividad, mi familia tuvo que poner al lado de la puerta un kit de supervivencia: una linterna, silbatos, agua, comida enlatada, pilas, un radio. Todas las noches revisábamos la bolsa negra e imaginábamos un pequeño desenlace funesto que cada noche, antes de dormir, era más tangible. Cada objeto contenía en sí mismo un fin del mundo posible, una explosión en potencia, una supervivencia que incubaba en su interior la semilla de la muerte. Desde ese momento, perseguí el apocalipsis en libros, en películas, en dramas, en pinturas; y en mi búsqueda hallé Atlas de ceniza de Blake Butler, y descubrí que el fin del mundo también puede ser perfecto.

Blake Butler nació un primero de enero, quizá eso lo llevó a imaginar el inicio de los ciclos como posibilidad narrativa: empezar un libro como emprender una vida. Pero, antes de iniciar un lapso, es obligatorio (como lo sustentó Frank Kermode) terminar el anterior. Así, en este libro de extraña catalogación, Butler apuesta por un relato apocalíptico que se rehúsa a repetir la clásica estructura de la destrucción de lo comunitario y lo social, y decide inclinarse hacia la posibilidad de la inestabilidad del lenguaje como herramienta de lo aterrador. Atlas de ceniza se compone de 26 relatos de diferente extensión que cuentan variadas formas en las que el mundo puede terminar; cada una más terrible que la anterior. Al igual que ocurre con algunos apartes de Life after god de Douglas Coupland, el apocalipsis no aparece en su grandilocuencia, y explosión catastrófica, sino en detalles que conforman el contexto de los personajes. Mientras en Coupland aparecen descritos, con una naturalidad casi bromista, los pensamientos de aquellos que están a punto de morir por un sol negro; en Butler la descripción se traba, es difícil, avanza de manera casi críptica en medio de un apocalipsis que parece nunca decidirse por ser absoluto. Así, el mundo termina una y otra vez, y con cada final, el desgaste es mayor. Pareciera que a medida que el libro avanza, el mundo tiene que hacer menos maniobras para derruir, carcomer, oxidar, a todo ser que viva sobre su superficie. Y así como los elementos actúan menos, el lenguaje empieza a perder su significado, se convierte en un objeto raro, incomprensible y supremamente denso; al terminar el libro, se llega a un punto en que la descripción es imposible y solo queda internarse en la mente de los personajes para precisar un sentimiento que queda reducido a una página llena de paréntesis: signos que se chocan entre sí, como velando y develando algo que es innombrable.

Los textos apocalípticos anteriores a Butler se podrían enmarcar en un proceso de transformación de la episteme del mundo que según Parkinson Zamora se concretan en dos formas de entender la historia, y por lo tanto el fin de los tiempos. Al primero de ellos lo nombra como “orgánico” y lo relaciona con Cien años de soledad; es un fin del mundo atado a las construcciones estructurales de los mitos religiosos y al final como un corte radical. Al segundo tipo el crítico lo llama “mecánico” y lo relaciona con la obra de Thomas Pynchon; este fin del mundo no hay un corte sino un desgaste constante, con el que se intenta insertar la entropía como eje alrededor del cual se construye una posibilidad de fin que no ofrece un renacimiento posible. El libro de Butler no contradice o supera las dos propuestas indicadas por Parkinson, sino que logra unirlas y convertirlas en una nueva poética simbiótica en la que la entropía y lo mítico, se recentran en el lenguaje. Entonces, mientras en lo orgánico hay un fuerte lazo con lo mítico como estructura, y en lo mecánico se sustituye lo religioso por lo científico (la ley de la termodinámica como centro); en Butler ese desplazamiento se realiza hacia lo discursivo: la literatura se convierte en la razón por la que el mundo se destruye. Butler inserta lo religioso (que aparece como parodia, como referente, como recuerdo que se quiere olvidar, como base estructural resquebrajada), pero no le importa el mito como tal, sino lo que permite la existencia de un poder supremo como discurso. Así lo religioso aparece inicialmente como una razón tácita de lo causal: el fin del mundo ocurre por un sentido, debe tener una lógica; pero ese sentido se devela como imposible (y también como innecesario y como ilógico) cuando en medio del desgaste (la termodinámica), las líneas de comprensión no son de causa y efecto, sino que ocurren por algo similar al principio de incertidumbre de Heisenberg. Así, Butler une las dos formas de fin del mundo propuestas por Parkinson para mostrar que las dos tienen una teleología de fondo, que no es funcional dado que es lo que las novelas pretenden y nunca logran aprehender. Al superponer las dos categorías, muestra que la teleología no es más que una estructura discursiva más en todo relato apocalíptico.

Pero si para Parkinson las formas en que se construyen los apocalipsis indican las epistemes de la historia, entonces ¿cuál es esta forma de entender lo histórico en Butler? La respuesta parece estar más cercana al concepto que Walker Percy trabaja en “Notes for a Novel about the End of the World” en la cual la función de la obra apocalíptica posmoderna es evitar que el mundo se termine, narrándolo continuamente. Entonces, mientras las obras orgánicas y mecánicas intentan contener en el lenguaje un mundo que se termina, en Butler pareciera que el mundo solo empieza a destruirse cuando se nombra su deterioro: la realidad referencial solo puede existir como ruina. Esta conjunción entre la narración y la ruina hace que el deterioro deje de ser solamente estructural y se convierta en una forma en que el lenguaje empieza a convertirse en el elemento que en verdad permite que lo apocalíptico exista. Es quizá este continuo desgaste del lenguaje lo que hace que muchos cataloguen este libro como una novela construida de cuentos; no porque haya una linealidad argumental que una los diferentes relatos, sino porque no es posible entender la propuesta de Butler en cada uno de los relatos de manera individual, sino que existen como muestra de la degradación constante del lenguaje. Si bien se podría leer cada relato como una “postal apocalíptica”, los relatos toman otro sentido en conjunto: muestran un caos que se construye cuando el lenguaje se deteriora. En los primeros relatos aún es posible narrar, contar, entender, intentar encontrar un sentido; al final la destrucción desborda al lenguaje que lo ha creado y se convierte en horror puro, en máquina de lo inenarrable.

Por ello, es posible ver cómo los discursos y las narraciones que aparecen como borradores imprecisos de algo que se imagina, siguen un camino de desgaste que las convierte en artificio puro. En “Agua”, primer relato, el personaje narra en primera persona, en pasado, un fin del mundo que se contempla y que se cuenta en un noticiero: es posible narrar, a pesar de que no haya nada para ver: “nos pasábamos incontables veladas horribles sin nada que mirar, más que los unos a los otros” (p.14). Ya para “Leche de televisión”, la transmisión televisiva es apenas un discurso del pasado que permite la supervivencia de la narradora (la salva de la voraz depredación caníbal de sus hijos) porque no hay otras historias de las que aferrarse: no existe la proliferación de la narración (como en Scherezada), sino la repetición infinita de una linealidad posible. En “Estática”, la señal desaparece: “la transmisión gris/blanca/negra de los canales desaparecidos” (p.83); y se traslada a la percepción del sujeto, la narración empieza a tomar la forma del caos que es nuestro pensamiento. Ya en “El niño devastado”, la televisión es pura estática por fuera (en la televisión) y por dentro (en la mente de la madre); no se puede distinguir un discurso de otro, la linealidad se ha terminado, la narrativa no existe, la causalidad se ha perdido: solo hay puntos que se mueven de manera aleatoria y forman una imagen sin imagen: “Aunque las cadenas de televisión llevaban meses sin emitir, él todavía la observaba bastante a menudo viendo la tele, normalmente con la nariz a pocos dedos del bulbo de cristal, tarareando al compás del ruido.” (p.134). Así como ocurre con este discurso, cada uno de los temas, elementos, personajes, y nociones; se van desdibujando a medida que el libro avanza: la infancia, la memoria, los recuerdos, la familia, el arte. En medio de esa desintegración constante, los personajes luchan por seguir narrando, por intentar hallar una narrativa en medio de una historia que no corresponde a sus expectativas: preguntas que no se encajan con las respuestas (“Cuestionario para reclamar por daños”), objetos que solo existen como referentes que se olvidan (“Tour por el vecindario sumergido”), imágenes como fotos que se modifican con la humedad (“Fotos dañadas por el agua de mi casa antes de que yo me fuera de ella”), recuerdos que solo se comprenden antes de la muerte (“Atlas de Flores”).

El Atlas de ceniza de Blake Butler, entonces, se conforma como un libro que tiene un juego narrativo doble: por un lado, presenta la búsqueda de un significado en medio de un mapa en licuefacción; por otro lado, se configura como una teratología de una humanidad a punto de disolverse. ¿Cómo lograr, entonces, narrar estos dos elementos cuya característica es el cambio, la descomposición? La respuesta que da Butler a este interrogante es desde un lenguaje fragmentado, con metáforas basadas en la alusión, con diálogos sin referente, con puntos de vista que tienden a complejizarse y desbaratarse sin lógica aparente, con la sinrazón como arma narrativa poderosa. Por ello desde el título (El Atlas: el mapa que guía; y la ceniza, lo arrasado: un objeto que solo existe como recuerdo [la ceniza como contagio que parece llegar como eco a novelas como Quema de Ariadna Castellarnau]) el autor plantea que nada tiene una dirección, que no podemos creer que existe una columna vertebral que dé un significado. Al igual que hace Clarice Lispector en La hora de la estrella, Butler plantea una serie de posibilidades de títulos que se desgranan a medida que el libro se desarrolla: “Atlas de ceniza, un manual con retraso”, o “En el año del quiste y el temblor”, o “En el año del gusano y el marchitarse” u “Obliteratia”, o “Una flor de moho azul en el espinazo”… etc.; deja al libro como un objeto insustancial, el cual no se puede intitular (no se puede describir), que queda, al igual que los mundos que cuenta, como un movimiento de disolución.

Atlas de ceniza es un libro de terror, de la angustia de la lentitud, del horror de la entropía, de la consternación de la falta del significado. El 23 de septiembre terminé de leer este libro y, a medida que leía noticias sobre el fin del mundo que nunca ocurrió, notaba que el lenguaje que se quejaba de un nuevo apocalipsis postergado estaba cortado, casi críptico, vacío. Y en la narrativa de la negación, descubrí lo que estaba ocurriendo: el apocalipsis se construía en el lenguaje, desde el lugar en que la significación perdía su norte. El apocalipsis ocurrió porque todos se quedaron esperando ese marco que les daría posibilidad de creer que vivimos en historias con finales, que nuestra vida tiene un significado, un posible cierre. El apocalipsis es que creamos en los mitos, en la religión, en la entropía como fuerza creadora, en la mecánica como orden posible; cuando dejemos de creer en un dictamen, y aceptemos lo absurdo de la narrativa, la tierra no nos tragará, no podremos narrar la historia y tendremos que recurrir a la existencia del sinsentido como motor y como búsqueda (como lo hace el personaje de “Baño o Barro o Reclamación o Entrada/Salida”). Dejaremos de poner bolsas negras con linternas y radios al lado de la puerta, y entraremos en el calor violento de ese volcán a punto de explotar en el que nos hemos convertido.

El atlas de ceniza. Blake Butler. Alpha Decay. Barcelona. 2009. 189 págs.

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Por Keren Marín

Danza voluminosa

Bastó tan solo un segundo para que Juan Miguel Mas saltara al escenario y desafiara, ante una multitud escandalizada, los prejuicios del ballet clásico. El incómodo atuendo de arbusto no fue impedimento alguno para que realizara algunos plies, pirouettes y arabesques. Su cuerpo había encontrado finalmente su ritmo y ni él ni nadie habría de acallar nunca más aquella música dentro de sí.

El sueño comenzó en su niñez: en medio del calor sofocante de la Habana Juan Miguel danzaba frenéticamente por todos los espacios de la casa familiar. Con las túnicas de su abuela ideó algunos atuendos para sus coreografías y en medio del bullicio y el desorden caribe, comprendió que bailar era el único modo de hallarse en el mundo. Ante aquella revelación todos sus esfuerzos se encaminaron a lograr lo imposible: aprender ballet. Sin embargo, su cuerpo era el impedimento pues, contrario a las figuras esbeltas y el talle perfecto, Juan Miguel era un joven de contextura gruesa, voluminosa.

Al principio varias escuelas de danza le negaron la entrada a sus claustros. No obstante, Juan Miguel siguió empecinado en su sueño, hasta que en 1989 logró entrar en la Compañía Nacional de Danza y aprender de la mano de Lorna Burdsall, bailarina y coreógrafa norteamericana, la magia del ballet. Tras estos primeros aprendizajes siguió sus estudios en Danza Contemporánea de Cuba. Allí conoció a Ramiro Guerra, director artístico y coreógrafo cubano, que creó para Juan Miguel un papel acorde con su contextura: el bebé gigante. Sin embargo y pese a la formación adquirida, las apariciones de Juan Miguel en el escenario eran mínimas. Solo le era permitido actuar a través de papeles marginales pues la forma precedía la esencia. Ante el desencanto fundó en 1996 su propia compañía: Danza Voluminosa. En ella, Juan Miguel desafió y mostró al mundo entero que bailar dependía únicamente del ritmo que se llevase consigo en el corazón, no de la forma.

La tarea no fue fácil. La primera coreografía de la compañía, titulada Corazón sonoro, se presentó en la Casa de las Américas ante un público escéptico. En el escenario, Juan Miguel junto a cuatro bailarinas y una cantante, todas ellas de cuerpos robustos, actuaron con alegría y entusiasmo pese a las risas y rechiflas de los espectadores. Poco a poco y sin proponérselo, Danza Voluminosa fue ganando mayor espacio y reconocimiento a nivel nacional e internacional, pues su propuesta desafió de principio a fin las tradiciones artísticas y la idea de belleza asociada al ballet clásico.

Para comprender la ruptura que supuso Danza Voluminosa, basta exponer la idea dominante en torno al ‘deber ser’ del cuerpo de un bailarín: el ballet, al tener amplio desarrollo durante el neoclasicismo francés (S. XVIII), asocia la belleza con lo etéreo, es decir, con el alma. Ante ello, el cuerpo es objeto de perfeccionamiento y racionalización, siendo la danza un medio a través del cual este puede ser delimitado, dominado, rehecho. En ese sentido, el ballet incorpora imaginarios sobre lo valorado estética y socialmente, siendo el cuerpo el lugar donde estos mundos culturales, materiales y simbólicos se construyen, reafirman y expresan.

Ahora bien, frente a estos estereotipos y disciplinas corporales, rebelarse contra ello requiere ser capaz de habitar el mundo de manera particular; es decir, reconstruir nuestra subjetividad a partir de la corporalidad y dotar a esta de nuevos significados. Juan Miguel hizo ello al considerar el cuerpo como un vehículo a través del cual se percibe, se explora y se habita. Para él la esencia prima sobre la forma, y la danza, como expresión del alma y su ronroneo continuo, hace de nuestra corporalidad un medio para transformarnos en aquello que queremos ser, no en la imagen que esperan de nosotros.

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Por Jose Hoyos

Piso 50


Un hombre cae involuntariamente desde el piso 50 de un edificio, y mientras atraviesa el vértigo de la caída, mientras va dejando atrás cada piso, se repite: “Hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien, hasta aquí todo va bien” …

***

Un hombre nace heredero de una gran fortuna. Es joven y apuesto, se dedica a vivir al límite, le gustan las mujeres, el vino, los placeres, no valora a las personas, es superficial y engreído. Sus matrimonios se destruyen, malgasta su fortuna, se entrega a la bebida y al juego, se ve envuelto en delitos, y de pronto un vacío existencial empieza a consumirlo, nada le satisface, en el alma se le abre un hueco del tamaño de la vida. Se descubre solo, desdichado y vacío, entonces decide quitarse la vida. Sube a la terraza del piso 50 de un edificio y cuando está por saltar, Dios le habla: “¿Qué pasa contigo? Eres un cobarde. Todo lo que te di lo malgastaste, eres una vergüenza. Empezarás de nuevo, anda, pero esta vez harás las cosas bien.” El hombre decide empezar una nueva vida.  Trabaja, es ahorrativo y honesto, es prudente y valora a las personas, se casa y forma una familia, es humilde y cauto, es un hombre bueno, nunca hace nada mal. Pero llega un día en el que descubre que está tan solo y desdichado y vacío como la vez anterior, o tal vez peor, y nada lo alivia. Sube al piso 50 del edificio, y cuando está por saltar, Dios le habla: “No hay nada qué hacer, eres un caso perdido, salta”.

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Por JUAN PABLO PLATA

Subasta de libros antiguos en Bogotá





La galería y casa de subastas Bogotá Auctions se ha consolidado como un espacio clave para conocer los talentos emergentes en artes plásticas en Colombia y como un centro cultural donde aficionados, expertos y curiosos asisten a la exhibición y remate de piezas de arte, mapas y afines. También se hacen allí permanentes avalúos de estos y otro tipo amplio de textos raros, impresos; incluidas primeras ediciones, atlas, libros de viaje, historia natural, fotografía histórica, revistas, archivos de autores y colecciones privadas. En muchas ocasiones las obras artísticas o los materiales bibliográficos traen cartas, autógrafos, marginalias, dibujos, adiciones a cuadros, por ejemplo u obras literarias inéditas. Todas las obras y materiales se muestran en vistosos y cálidos espacios de madera, mientras se ofrecen en subasta en físico, es decir, en vivo y también por medio de subasta en línea por internet a potenciales compradores en el mundo entero

Grupo en Facebook de Bogotá Auctions

¿Cómo comprar en la subasta?


Hay que reconocer que el mercado actual del arte y de los anticuarios en Bogotá es más realista ahora en comparación a décadas pasadas cuando hubo una burbuja comercial. También hay que dar gracias a Charlotte Pieri, Timothée de Saint Albin, Ángela Espitia y a todo el equipo de Bogotá Auctions por dar una nueva vibración positiva a la escena cultural y de objetos artísticos.

Quedan invitados.

www.bogotaauctions.com



Video con entrevista a Charlotte Pieri. Directora de Bogotá Auctions.



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