Por ENCUENTRO NACIONAL DE ESCRITORES LUIS VIDALES

X ENCUENTRO NACIONAL DE ESCRITORES LUIS VIDALES EN CALARCÁ

El Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales llega a su X versión recargado. Bajo el lema "Literatura después de la guerra" se darán cita novelistas, cuentistas, académicos, cineastas, procedentes de todas las regiones del país. Entre el 4 y el 9 de septiembre de 2017 en Calarcá, Quindío acudirán reconocidos autores como Carolina Sanín, Santiago Gamboa, Pablo Montoya, junto a cronistas y académicos de la talla de Andrés Felipe Solano, Patricia Nieto, la directora del Museo Nacional de la Memoria y coordinadora del informe Basta ya! Martha Bello, el cuentista y columnista de Revista Corónica Jose Hoyos, los santandereanos Daniel Ferreira y el cineasta Iván Gaona (quien acompañará la exhibición exclusiva de su primer largometraje "Pariente"), autores con reflexiones y miradas profundas sobre la relación entre narración y formas de asumir la memoria, personalidades que entrarán en conversación con una hornada de intelectuales de la región: Sara Giraldo, Juan Guillermo Caicedo, Jose Nodier Solórzano, Catherine Rendón, Camilo Alzate, Juiana Gómez, Angel Castaño. La fundación Torre de Palabras continúa así la labor que inició hace diez años para homenajear al poeta quindiano Luis Vidales. Al encuentro se suman el traductor Juan Fernando Merino, la laureada Adelaida Fernández y la presentación especial de figuras destacadas como el novelista y dramaturgo Miguel Torres, la periodista María Paulina Baena de El Espectador que conduce la video-columna La Pulla y el poeta y dramaturgo canadiense Hemenegilde Chiasson. El evento que desarrolla cada año dos ciclos, uno pedagógico en los colegios y uno literario con mesas conversación y debate cuenta con el patrocinio de la Alcaldía de Calarcá y la gobernación del Quindío y apoyo de entidades públicas y privadas y se constituye como uno de los baluartes culturales de la región y un referente obligado en las citas literarias de Colombia. Este año la cita será en la Casa de la cultura de Calarcá. Revista Corónica celebra esta X versión y presentamos la parrilla de programación para que asista.








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Por STANISLAUS BHOR

Por qué escribo

Daniel Ferreira


Pareciera que el escritor y la persona son inseparables con el paso de los años. Como si la obra y persona se hubieran juntado. En este caso persona y obra se juntan después de la muerte. Muere en Madrid, en el apartamento de sus mejores amigos (no podría ser de otra forma, él que regresó la amistad en su literatura al justo estatus de la legión: un sucedáneo de la lealtad) murió de un infarto, tras un brindis de festejo por los diez años de vida de una revista bautizada por Octavio Paz y que defendía la idea de que el mundo entero podía ser una democracia. La democracia podía tener contradicciones, pero esas contradicciones eran subsanables justamente por vivir en democracia. Se había pronunciado en contra de los totalitarismos, de los políticos y de los teocráticos, reseñaba escritoras y escritores perseguidos por los fundamentalistas islámicos, cuestionaba a Günter Grass y a Saramago y a Berger por avalar el comunismo para los tercermundistas mientras ejercían su derecho al libre pensamiento dentro de una democracia Suiza, o alemana o portuguesa. En su declaración de principios empieza diciendo que escribía justo para eso: para ser diferente, porque se sentía diferente en un medio donde no conocía a nadie que quisiera ser escritor. Más adelante dice que se hizo escritor para robarle la máquina de escribir a su papá. Y poco después retorna para reafirmar su diferencia: quería ser un escritor diferente. Había comprendido muy joven, a los catorce años, que la singularidad era lo que hacía perdurar a la literatura. Y se singularizó a la inversa: en lugar de buscar el gran público y la escena cultural de los epicentros culturales, llevó el arte a su provincia, Zaragoza, en Aragón, una ciudad a medio camino entre las dos Mecas de la cultura española: Madrid y Barcelona. Su ciudad era también el centro del mundo. O podría serlo. Antologó autores de culto de provincia, contribuyó a fundar editoriales, hizo radio, televisión y en todos los ámbitos intentaba contagiar entusiasmos y animadversiones frente a las maravillas desconocidas y las contradicciones del mundo observado. Escribía columnas de prensa donde lo mismo podía celebrar la apertura de una línea aérea entre Zaragoza y Lisboa que su desprecio por el culturalismo que avalaba la ablación femenina por pertenecer a prácticas tribales inentendidas. Lo mismo podía expresar su afición por recorrer el mercado del rastro (mercados de pulgas) de cualquier ciudad y los hallazgos de baratijas que sublimaba como un potosí, o hacer un inventario de las librerías recónditas o multitudinarias de Túnez, Bilbao, Londres, Ámsterdam y países donde solo podía observar los libros sin conocer el idioma. Escondía escenas de su vida sentimental mientras hablaba de la búsqueda de una guía turística. Decía que lo que más le gustaba en el mundo era, en el orden de preferencias: su chica y luego los libros. Publicó 3 libros en vida: Dibujos animados, Discoteque, Amarillo. Y ya van 3 libros póstumos desde el octubre de 2011: Noche de los enamorados, Todos los besos del mundo y la compilación de columnas de prensa biográficas: Por qué escribo. El cine y la televisión, como todos los nacidos bajo su influencia, estaba en la base de su concepción de la narración de historias. Escribió sobre esta relación, sobre la televisión durante y después de una dictadura, sobre los límites de la regulación estatal de los medios que se convierte en censura y una novela que hace un collage entre la vida y la televisión: Dibujos animados. Escribió sobre el consumo demente antes de que existiera China en las estanterías de los supermercados. Escribió sobre Foster Wallace antes de que los grandes periódicos lo consagraran con necrológicas. Escribió sobre Peter Handke y sobre Ramón J. Senders. Escribió sobre su obsesión infantil por las piscinas y por los escritores que amaban el agua como Kafka y Jesús Moncada y los que rehuían de todo contacto con el agua como Susan Sontag y Thomas Bernhard. Creo, después de leer esas notas de prensa autobiográficas que su verdadera vocación estaba en hacer clasificaciones. Pero no como las de Linneo, sino clasificaciones que respondían a asociaciones innaturales de las cosas naturales. Clasificó a los autores extranjeros que habían escrito sobre su comarca. Clasificó calles amadas. Clasificó goles memorables. Clasificó inviernos por épocas y formas de sobrellevar el frío con recuerdos. Clasificó a los libreros de Madrid, su carácter, sus pulsiones, sus acechos. Se declaró incapaz de describir un olor, pero era capaz de captar lo permanente en medio de lo impermanente. Lo permanente eran las ciudades. Lo humano era impermanente. Amarillo es un libro muy extraño destinado a recobrar la memoria de su amigo Chusé Izuel que se suicidó en el apartamento que compartían tras una ruptura amorosa. Elige el punto de vista más difícil, la segunda persona del singular, para mantener la tensión de una obra, pero logra sortear su monótona reiteración del vocativo al dirigirse al amigo desaparecido con una clasificación de emociones y una simplificación de momentos. En Noche de los enamorados recobra una historia que se prometió desde los años que pasó en la cárcel por objeción de conciencia del servicio militar: la historia de su vecino de celda, Santiago Dulong, uxoricida, y su víctima, la mujer amada, Maria Isabel Montesinos, asesino al que trata con la misma ternura y compasión de una madre y al que intenta aproximarse con el respeto del amigo pero con la objetividad y distanciamiento del periodista para comprender los nexos internos del crimen, otro crimen, entre los crímenes más comunes, la violencia de género, en España. En una de esas notas de prensa que, sin saberlo, habrían de convertirse en su autobiografía, confiesa haber tomado la decisión equivocada: visto en perspectiva, el episodio de la cárcel era una derrota personal a causa de una obstinación juvenil. Sin embargo, la vida se vive hacia adelante y se comprende hacia atrás, y tal vez la experiencia de la cárcel le permitió ese grado de comprensión y empatía con los personajes trágicos, por su cercanía. Es fácil encontrar rastros del legado de Félix Romeo en internet, pero es más complicado encontrar las obras del autor en esta parte del mundo. Después de tres años conseguí un ejemplar de Por qué escribo, editorial Xórdica, traído de España. Releo en estas tardes de varicela tardía algunas columnas para imaginar su voz y su carácter. Releo de tarde en tarde mientras baja la fiebre, sus clasificaciones caprichosas pensando en qué se supone que hacemos cuando clasificamos. Clasificar es desintegrar para la mayoría. Para Félix Romeo la clasificación consistía en encontrar recurrencias y fijar interrogaciones. Desde la tumba sigue contagiando entusiasmos, porque encontré a Aloma Rodríguez siguiendo su rastro en la web. Lo que sigue es la entrevista a una de sus amigas más cercanas. Félix Romeo Pescador murió el 7 de octubre de 2011 en Madrid, después del brindis por los diez años de la versión española de la revista Letras Libres.

Félix Romeo. Foto: Aloma Rodriguez

Daniel Ferreira: Desde una perspectiva de tiempo, para ti: ¿Qué predomina de esos momentos vividos con Félix Romeo: su figura más literaria o los rasgos esenciales de su carácter?

Aloma Rodríguez: Félix Romeo y sus libros son inseparables para mí porque ya no está Félix: su muerte lo congeló para siempre. Ahora sus libros, las canciones que me recomendaba, las conversaciones, los paseos o su helado favorito forman parte de lo mismo: lo que queda de él. Por otro lado creo que a él no le disgustaría pensar que los libros de uno son parte de uno, no todo y no en cualquier momento, pero sí cuentan algo del escritor en el momento de escribirlos.

D.F.: Has dicho en varias entrevistas que Félix Romeo marcó tu vida y sobretodo tu decisión de ser escritora. Otros autores españoles señalaron el mismo impulso. Romeo fue una figura esencial de la escena literaria española entre finales de los años 90 y la primera década del siglo cuando ocurre su muerte prematura. ¿Cómo te guió Félix Romeo hasta enfrentar la decisión de ser escritora?  ¿Te impulsó de una manera precisa a tomar esta decisión? ¿Un consejo, un momento, una recomendación?

A.R.: Mucha gente que conoció a Félix Romeo puede decir lo mismo que yo: les marcó y les animó a escribir, hacer películas, fotos o pintar cuadros. La suerte que tuve es que lo conocí muy pronto, que era como una especie de hermano mayor, y que gocé de su consejo más tiempo. Empecé a escribir el blog que fue el germen de mi primer libro porque me lo sugirió él; el título de ese libro, París tres, también fue una idea suya, por citar solo algunos detalles concretos. También me recomendaba libros y me presentaba autores: Édouard Levé, Annie Ernaux o Valérie Mréjen, por ejemplo. Lo que hace de Félix Romeo que fuera tan importante para tanta gente son su inteligencia, su curiosidad y su generosidad: no se guardaba nada, todo lo compartía de manera entusiasta.

D.F.: Provienes de una familia de escritores. Tu padre y hermano mayor han escrito.  Al parecer es por la amistad de Félix Romeo y tu hermano que aparece el autor en tu vida. Uno de tus primeros recuerdos, has escrito, es el de F.R. entrando en tu casa cuando tenías siete años. Luego le dedicas una entrada en AlomaSimpe, llena de recuerdos de momentos vividos. http://alomasimpe.com/blog/?p=561
 Entrando en detalle, ¿en qué consistían esos momentos compartidos con Félix Romeo o por qué se daban esos momentos?

A.R.: Una de las cosas que fomentaba Félix Romeo era juntar a gente de diferentes edades y generaciones: él, diez años más joven que mi padre, era amigo suyo, pero también mío y de mi hermano, quince años más jóvenes que él. Uno de sus mejores amigos era José Antonio Labordeta, que podría ser su padre por edad, y les hablaba a los niños como a adultos, discutía con ellos si no estaba de acuerdo de la manera más alejada a la condescendencia que se pueda imaginar. No sé cómo lo hacía pero parecía que vivía más que los demás y lo bueno que tenía es que lo compartía: le encantaba que los demás disfrutaran, y eso podía pasar por una película, un disco, un escritor o un paseo.

D.F.: “Por qué escribo” es una selección de las notas de prensa más autobiográficas de F.R. Al leerlas en forma de libro uno se hace a la idea de los gustos, las pasiones, las ideas, la ética de F.R., la declaración de principios del autor y también se aproxima al interés de Romeo por la producción cultural de su región (Zaragoza, Aragón, España) ¿Influyó F.R. en situar a Zaragoza en el mapa literario de España como una geografía literaria propia con una tradición propia? ¿Cuál es tu percepción como escritora aragonesa?

A.R.: Por supuesto, Félix puso a Zaragoza en el mapa literario y reivindicó a muchos escritores aragoneses y zaragozanos de adopción: desde Braulio Foz, autor de Pedro Saputo, a Miguel Labordeta. También José Antonio Labordeta, José María Conget, Ignacio Martínez de Pisón, Ángela Labordeta, Manuel Vilas o Julio Antonio Gómez. Fue el caldo de cultivo para que surgieran escritores como Ismael Grasa, Rodolfo Notivol, Cristina Grande, Octavio Gómez Milián, Almudena Vidorreta, María Pérez Heredia o Eva Puyó, sin contar con los miembros de mi familia. Romeo me enseñó que se podía ser moderno y cool en Zaragoza y me obligó a quitarme los complejos y a huir de la queja.

D.F.: ¿Puedes recordar la última vez que viste a Félix Romeo?

A:R: Félix Romeo murió en mi casa, el 7 de octubre de 2011. La noche anterior habíamos cenado con unos amigos en una casa de comidas. Luego tomamos cervezas en la plaza Matute. La noche anterior cenamos en un italiano de la calle Cervantes. Lo recuerdo para siempre llamándome desde la calle Príncipe y yo asomándome al balcón para ver su sonrisa entre mis geranios.

D.F.: Conoces el libro de Jorge Martínez Lucena: Negro. Desde que te fuiste se nota el silencio (Libros del K.O, 2014). Si lo conoces, ¿qué juicio te merece esta obra?

A.R.: Sí, lo conozco. El autor entrevistó a mucha gente, a mí entre otros. No sé cuál era el propósito del libro, pero creo que falló al intentar hacer un retrato de Félix Romeo. Al leer el libro me daba la sensación de que Martínez Lucena trataba de hacer encajar a Romeo en la idea preconcebida que tenía de él. Por otra parte, el libro está lleno de inexactitudes. Algunas las recogió Daniel Gascón, mi hermano, en este post: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/notas-sobre-negro 

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Por Jose Hoyos

El Pilot


Ya sabemos que el Pilot Hi-Tecpoint V7 Fine es un lapicero de lujo. El nombre hace pensar en un modelo de avión no tripulado de última tecnología, o en un código de lanzamiento de misiles encriptado en un adminículo de aspecto común y que solo los espías mejor calificados pueden descifrar. Pues resulta que es un lapicero en apariencia normal que debido al espesor y calidad de su tinta han decidido bautizar con un nombre por demás original. Está hecho a base de una aleación de resina y xileno. La tinta contiene ácido tánico y una glucosa especial extraída del Shorea Costulata, un árbol exótico de las tierras altas del oeste asiático. Es todo lo que se sabe de su composición porque el fabricante —una trasnacional investigada por evasión y daños ambientales llamada Pen Corporation— mantiene la fórmula de la tinta en el más absoluto secreto. El fabricante garantiza que el Pilot escribe como los ángeles. La publicidad dice que se desliza sobre el papel como si tuviera patines. Incluso cuando quien lo está utilizando (que en adelante llamaremos manejador) tiene alguna duda para calificar un sustantivo, el Pilot saca una pequeña banderita donde hay una serie de adjetivos brillantísimos. La activación de este mecanismo se produce una vez superados los cien mil intentos. El fabricante instaló un sistema sensorial para que la banderita no aparezca cuando el sustantivo sea tan sustancioso que se baste a sí mismo.

El Pilot está provisto de un pequeño péndulo interior que cumple funciones de contrapeso: se dirige en sentido contrario al movimiento de la mano, la fuerza que ejerce contraría por completo el sentido izquierda-derecha de la escritura tradicional de occidente. Este aparente desperfecto logra corregirse cuando la mano del manejador es lo suficientemente potente y voluntariosa para imprimir una fuerza aún mayor. Se dice que no es tanto un desperfecto como una prueba de iniciación. El Pilot es de gran utilidad para inicios de novelas o finales de cuentos, porque enciende una lucecita verde cuando considera aprobada la originalidad de ese inicio o final. Contiene un minúsculo dispositivo automático que se activa 72 días después de verse suspendido en el aire frente a una hoja en blanco. Entonces desciende, se apoya al inicio de la página, y desliza una o dos frases de buena factura para que sirvan de punto de arranque. Frases del tipo “Ayer por la mañana descubrí la heroína”, o “Lo que nos atrajo de la casa fue la violencia de un vaso que se rompió en la oscuridad”, o “Cayó abatido después de descubrir con horror que había triunfado.” Cuando el manejador deja sentir en la mano un temblor como de sismógrafo, el Pilot reconoce ese síntoma y se pone alerta, hasta que llegue la segunda y definitiva señal: un sudor frio. Entonces el Pilot deja ver una cinta diminuta donde están escritas las instrucciones con las que el manejador puede procurarse el almuerzo. La cinta aparece muy, muy pocas veces. No conviene abusar de este recurso. La cantidad de funciones del Pilot sin duda irá asombrando cada vez más al manejador ya que cuando lo adquirió, el fabricante no le entregó ningún manual ni le habló de instrucciones, apenas se limitó a hacerle firmar la cláusula de rigor compuesta solo por dos ítems: 1) El manejador acepta usar el Pilot desde un lugar estético que también sea un territorio de compromiso existencial. 2) El manejador pasa a formar parte de un grupo que jamás estará constituido por más de una persona.

Además del sensor de fuerza capaz de determinar la potencia de la mano que lo empuña (sorprende la cantidad de manos que no pasan la prueba), el Pilot cuenta con un diminuto pero complejo sistema de avanzada. En eso reside su singularidad, en que está dotado de instrumentos de percepción similares a los robots de las líneas de producción, y procede con base en algo muy parecido al criterio propio. Gracias a un instrumento altamente sensible, detecta cuándo el manejador pasa más de nueve horas sin moverse de la silla, es ahí cuando empieza a deslizarse con total facilidad sobre el papel, y es el Pilot quien establece el rumbo del texto. Pero no todas las funciones son amigables. Cuando el Pilot comprueba que la mano del manejador va más rápido de lo recomendado (veinte centímetros por hora), como queriendo llenar o parecer algo, detiene de inmediato el flujo de tinta y cierra su depósito por 48 semanas. Se ha sabido de casos en los que jamás volvió a dejar fluir la tinta. Si es empuñado por una mano fría, el Pilot reduce su temperatura en cuestión de segundos hasta volverse casi un témpano de hielo imposible de sostener. Pero si la mano pasa la prueba de calor, el Pilot se le adhiere de forma casi natural y es entonces cuando demuestra toda su eficacia. Si detecta que el manejador lo está usando como medio y no como fin, bloquea de nuevo el paso de tinta, pues viene estrictamente dosificada y debido a su calidad el Pilot no permite que se malgaste o se utilice con fines rentistas. Los usos indebidos son frecuentes en muchos manejadores. El Pilot prefiere evitarlos. Se ajusta mejor a esos que pasan días y días bajo el control de un diablo. A los que siguen un plan simple: no deberse. Despliega todo su potencial solo en manos de manejadores de garganta chuzada que, por eso mismo, cuentan con una amplía cavidad interior y con puños como brasas de carbón.

Hay quienes aseguran que alcanzar la plena comunión con el Pilot puede llevar décadas. Cuando el manejador, ya elegantemente inseguro, se ha ganado entera su simpatía, el Pilot incrementa el rendimiento de forma exponencial y hace uso de depósitos alternos de una tinta diferente y escasa, la Premium. Eso lo determina a través del historial de calor que registran sus censores. Factores como el temple, fatigas, reincidencias y mordeduras lanzadas y recibidas también son registrados y tenidos en cuenta en ese historial. Cuando el andar barajando dos o tres mil formas diferentes de contar algo haya hecho adelgazar al manejador, entonces las ayudas empiezan a hacerse más concretas. Si durante esta etapa el manejador decide empezar un cuento con la frase: “Era un hermoso día de finales de abril”, el Pilot interviene por su cuenta y añade: “si aún hoy importan esas cosas.” Si durante el desarrollo escribe: “La mesa estaba limpia y organizada”, él completa: “todos somos raros.” En un diálogo al manejador le da por hacer decir a un personaje: “Sí, escuché la radio, informaron sobre el tráfico de hoy en la ciudad”, entonces el Pilot aporta la contestación: “¿Informe?, hubiera sido más preciso un parte de guerra.” Al manejador se le ocurre escribir: “El Imperio Romano era ciego y ambicioso”, y el Pilot correrá a rectificar: “El Imperio Romano se fue haciendo menos romano a medida que se fue haciendo más imperio.” El manejador escribe: “Muchachas empeñadas en mostrarse virginales”, y el Pilot lo arregla: “Muchachas tratando de ser púdicas a dos manos.” Digamos que cerca del final el manejador pone: “Hay días en que todo sale bien”, entonces el Pilot no dudará en agregar: “no hay que asustarse, esas cosas pasan.”

Para adquirir un Pilot hay que dirigirse al único lugar donde se vende y pagar un precio elevadísimo. Allí el fabricante ubica estratégicamente una serie de cámaras para determinar a qué candidatos se les permitirá tenerlo. ¿A quiénes no se les vende el Pilot? A quienes van vestidos de extraterrestres. Para adquirirlo basta con ir vestido de uno mismo. Aunque por lo bajo se habla de ciertas excepciones: se ha sabido de personas que no están a gusto con su propia piel (por tanto, sería imposible que reconocieran alguna ropa como suya) y por eso se les ha permitido adquirirlo. Hace poco, una denuncia anónima puso al descubierto un fraude perpetrado hace ya tiempo por el fabricante: mediante seguimientos y métodos varios de investigación se detectó una cantidad cada vez más creciente de reformadores profesionales, figurantes mediáticos, burócratas culturales y teóricos de las artes que aspiraban conseguir un Pilot. Entonces el fabricante produjo y puso en el mercado negro un lote de Pilots piratas tan parecidos al original que muchos de esos aspirantes, sino todos, se hicieron con uno y hasta hoy siguen creyéndolo original.

Una peculiaridad en su funcionamiento es que cuando el manejador se dispone a escribir la palabra “solo”, el Pilot suspende el suministro de tinta apenas terminada la primera letra. Se debe a que su sistema le ordena que para exponer con absoluto rigor ese estado, esa palabra es muy grande, con una letra basta. Tiene algo que ver con aquello de que cuando los censores del Pilot detectan la concurrencia del manejador en círculos culturales o camarillas de farsantes, decide suprimir las ayudas y cambiar de tinta, en adelante seguirá utilizando una de tipo soluble y volátil almacenada en grandes cantidades que a simple vista no se diferencia en nada de la Premium. La diferencia aparece con el tiempo. La glucosa especial de la tinta Premium del Pilot revela un brillo único, deslumbrante y resistente a los siglos, solo cuando el manejador cumpla con el requisito principal: tener encima sus buenas paladas de tierra.

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Por Jerónimo García Riaño

Fruko: La leyenda que cumple 50 años


         Después de dar rodeos por el teatro Jorge Eliécer Gaitán, pasando por el frente, por el lado, como un niño que quiere darle una chocolatina a la niña que le gusta, pero se queda solo dando vueltas viéndola jugar, decidí entrar al concierto que hubo en homenaje a los cincuenta años de la vida artística de Fruko, el músico tropical colombiano.   

Ya dentro, mientras este hombre y su orquesta interpretaban las canciones que lo hicieron popular aquí y afuera, me di cuenta de que aunque el sol le gusta más pasearse por los bordes de este país, toda Colombia es Caribe. La música que nos identifica, también aquí y afuera, tiene sabor a África y a América, a negros y a indígenas, a Cumbia y a Salsa. Esta música deliciosa tiene sabor a resistencia, surgió de la unión de dos culturas que en sus tiempos libres, cuando los españoles los dejaban divertirse un rato, unieron la flauta y el tambor, y con ello se inventaron un ritmo musical que nos ha puesto a bailar por muchos años, inclusive a aquellos que no tienen nada que ver con este gusto musical.

Julio Ernesto Estrada Rincón, o Fruko, es uno de los exponentes más destacados que ha tenido el país en el género tropical. El homenaje en el Jorge Eliécer Gaitán no fue solo para recordarlo como el gran salsero que logró posicionar este ritmo musical en otras dimensiones, al igual que otros artistas colombianos del momento como la orquesta de Washington y sus latinos o la Sonora Carruseles, sino como el músico que le puso su propio sello al género tropical, y creó e hizo parte de agrupaciones en donde él fue invisible, no asomó su cara como sí lo hizo con su banda Los tesos: La Sonora Dinamita (Ay Chavela, Chave; Se me perdió la cadenita), Afrosound (Salomé; La danza de los mirlos; Caliventura) y The Latin Brothers (Valluna; Las caleñas son como las flores; Buscándote). Toda esa música, junto con la voz de Wilson Saoco, puso a bailar a los bogotanos en medio de las sillas del teatro. La fría capital, a la que el sol a veces castiga con su ausencia, se calentó con la música de este gran bajista, pianista y timbalero colombiano.

Fruko no la tuvo fácil musicalmente hablando, desde los 14 años inició su carrera con los Corraleros de Majagual y luego armó sus propias agrupaciones, teniendo como competencia a otras orquestas salseras puertorriqueñas y venezolanas que también tenían gran acogida. El reto era poner a su música al mismo nivel que las de El Gran Combo de Puerto Rico, Los Melódicos, y de otras bandas que llevaban esos ritmos tropicales latinoamericanos por todo el mundo. Inclusive hizo parte de la orquesta Colombia All Star, haciéndole resistencia a la Fania o a la Alegre Records, que eran sellos discográficos que formaron orquestas grandes en el género salsa. Allí estuvieron los músicos colombianos Jimmy Salcedo, Juan Piña, Joe Madrid, Jairo Licazale, Piper Pimienta, John “Saxon” Gaviria entre otros, haciendo su propia música y buscando la manera de integrar la música en un solo sello, como lo hicieron los hermanos puertorriqueños… (Ver el vídeo de la cabecera).
Y el reto se logró, la música de Fruko, no sólo la salsa, sino su música tropical novedosa, incorporando acordes de guitarra eléctrica para hacer cumbia (en La danza de los mirlos, por ejemplo), se posicionó en otros países, logrando que este artista colombiano consolidara su carrera, una carrera que este año ya llega a sus bodas de oro.

Fue especial ver a este señor de 66 años que usa peluquín, interpretando el bajo y recibiendo los aplausos del público que estuvo allí, reconociendo su trabajo, su aporte a la historia musical de este país, porque seguramente pasarán muchas generaciones bajo el abrigo de su música, bailando y gozando, inmortalizando al señor gordo que se parecía a una muñeca de un comercial de una salsa de tomate.


Adenda: Bienvenidos los venezolanos, los españoles, y todos los nuevos acentos que llegan a este país. Las fronteras son necesidades políticas de otros, no del pueblo. Pluralidad, diversidad de pensamiento, de formas de ver y entender el mundo, eso es lo que necesitamos para dejar de estar sumergidos en tanta “godorria” y regionalismo que afecta a la libertad. 


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Por Keren Marín

En cualquier lugar, fuera del mundo

“Estoy aquí y nadie me conoce, soy un rostro anónimo en esta multitud de rostros anónimos, estoy aquí de la misma manera que podría estar en otro lugar, es lo mismo, y esto me hace experimentar un gran dolor y una sensación de libertad hermosa y superflua, como un amor contrariado”
Anywhere out of the world - Antonio Tabucchi

Siempre que llego a algún lugar por primera vez busco algún espacio que pueda convertir en mi refugio. Su elección depende únicamente del silencio: si puedo escucharme, es el lugar indicado. En este pequeño cuartel me esconderé cuando la tristeza sea más fuerte que la vida misma y el peso de la compañía se haga insoportable. Esta es una precaución que tengo siempre presente, pues de no existir salidas de emergencia ¿qué sería de (nos)otros?

Mi último viaje no fue la excepción. En un pequeño pueblo bordeado de ríos y llanuras, encontré una hermosa biblioteca rodeada de saltimbanquis infantiles. Entre sus estantes descoloridos y los carritos de plástico que rodaban bajo las mesas encontré mi refugio. Allí era posible regresar a la infancia y por ende a lo primigenio: el asombro y los descubrimientos. En alguna de estas jornadas, cuando el espíritu parecía perderse y divagar por los callejones de la angustia, encontré una colección de libros llamada Inmigrantes. Esta colección, editada por Peregrino Ediciones, la componen cinco textos en los cuales se relata la experiencia vital de sus autores en distintas latitudes: Breslavia (Polonia), Moscú (Rusia), La Habana (Cuba), Lisboa (Portugal), Buenos Aires (Argentina)

Cada uno de estos relatos es una reflexión a través de lo que implica el desarraigo, la peregrinación y el encuentro. La acción de viajar como posibilidad de transformación y reconocimiento, la mirada que cambia de perspectiva, el espíritu que reconoce en otros rostros alegrías semejantes. Además, los autores se posicionan desde diversas orillas: nos relatan sus conflictos emocionales sin dejar de lado las historias que se esconden en aquellas ciudades milenarias. Junto a ellos recorremos la ciudad y sus estrechos callejones, reconocemos los libros y la música que han hecho de sus habitantes seres melancólicos o lúcidos y exploramos la noche y sus excesos.

El primer libro de la colección al que llegué fue el de Thomas Sparrow. Mediante sus letras reconocemos a Breslavia, ciudad que después de la organización territorial de la posguerra pasó a ser parte del territorio polaco y cuyos habitantes llegaron de Leópolis (Ucrania) no sin antes llevar consigo toda la biblioteca Municipal: el Ossolineum. El traslado sucedió en 1947 y esta es la historia, según Sparrow, “de hombres y mujeres que decidieron en medio de la desesperanza y las ruinas de las ciudades, reubicar la historia escrita de un pueblo para que esté, privado de su territorio, no tuviera que empezar de cero. Siempre al fin y al cabo, existe la esperanza de un buen libro”. Breslavia se presenta así como una ciudad atravesada por la guerra pero a su vez por el ensueño: ni el ejército rojo ni el ejército alemán doblegaron su espíritu. El humor también es uno de sus fuertes: hay bares en que cuelgan imágenes de Lenin y Stalin y las meseras sirven la comida con un uniforme que dice claramente CCPP (abreviación cirílica de Unión soviética).

Esta imagen contrasta con el relato de Francisco Montaña sobre Moscú. En él reconocemos la Unión Soviética de la década de los ochenta y su devenir cultural: los libros editados clandestinamente y las disidencias basadas en la poesía y el arte. La influencia de los versos de Maiakovski en las juventudes comunistas y los legados cinematográficos de Dziga Vértov. Moscú se nos presenta como una ciudad de contrastes: sus calles repletas de árboles frutales y manzanas callejeras frente a su arquitectura básica y gris. Esta es también la ciudad de los susurros, en donde se conspira a través de la música, el cine y especialmente a través de la lectura. Ejemplo de ello es el viaje que emprende Montaña hacia Leningrado para conseguir Crimen y Castigo, pues Dostoievski había sido descatalogado por las autoridades por considerarse nihilista y burgués. Sí, la silenciosa oposición de los lectores.

Este legado socialista es redescubierto por Nicolás Ordóñez en la Habana. Primero a través de las Revistas Sputnik en donde los viajes a Siberia son promocionados como si fuese un destino caribeño y cuyas columnas sobre ajedrez y la carrera espacial nos devuelven a los tiempos de la Guerra fría y la imagen de Laika orbitando la tierra. Ordóñez también descubre a Cuba a través del ingenio de sus habitantes: las cadenas de nieve enviadas desde la URSS y adaptadas al clima tropical, la pericia de los campesinos, quienes frente a la prohibición de matar vacas, roban de noche parte de su carne y las dejan con vida y como no, el mercado negro de calzoncillos nicaragüenses en el vedado. Cuba es considerada en su alegría y tiempo, a través de las funerarias llenas de risas y el tono carmelita en los uniformes de los funcionarios públicos.



De repente, esta latitud llena de jolgorio y bailes empieza a desvanecerse cuando nos acercamos a Lisboa: ciudad alegre y triste. En ella, Felipe Cammaert nos advierte sobre las tágides, sirenas de agua dulce que adornan las aguas del Tajo y son la perdición de los marineros que llegan a la ciudad. Nos guía también a través de la saudade -como emoción y como vocablo- y sus múltiples significados y acepciones. Lisboa se nos presenta como un lugar triste y cautivador, cuna de poetas y de versos: desde Charles Baudelaire hasta Enrique Vila Matas se han dejado contagiar de su aire melancólico y sus antigüedades escondidas. Es un rinconcito blanco y resplandeciente, de ancianos en las aceras y nombres extensos. Ciudad de heterónimos y homónimos, pues solo basta contar cuantos Silva viven en una misma calle.

Finalmente, nuestra travesía como lectores termina en Buenos Aires (cerca al corazón). En ella Tatiana Andrade nos enseña el otro mundo porteño, el de los jubilados y los mercados chinos y el estudio salvaje y culinario del lenguaje bonaerense: el “tira más que una teta de carreta, cuídate de perro rabioso y de hombre sospechoso o quien nace lechón muere cochino”. Buenos Aires ritual y sensible: el mate, los amigos, las enharinadas cuando alguien termina la universidad y la forma particular de hacer las milanesas. Las marchas que se toman las calles y el subte, la política en todas sus formas y colores, las arengas contra la muerte y a favor de la esperanza y la utopía.

Esta colección es una magnifica travesía. Una puerta que abre en distintas direcciones y siempre logra sorprendernos. A través de ella comprendemos que el mundo es nuestro refugio y las letras, el modo de construir aquel escondite soñado.

Imágenes:
Map of the world 1883 (Pinterest)
La Diligencia Libros (Catálogo digital)

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Por CAMILA GARCÍA CUENTO

Mi madre compró una obra de arte

Bordado de Emily Barletta, animación de Camila García



Hace unos años sucedió en nuestra casa algo que en otras familias habría podido provocar el divorcio, en la nuestra creo que fortaleció el amor entre mis padres, no sin antes obligarlos a superar una serie de malos ratos. Vaya si fueron malos.

El triunfo de mi madre es el triunfo del arte frente a la economía, pero quizás también el del descalabro frente a la cordura. Pasábamos por una muy mala situación económica que nos imponía una vida austera. Mi padre había conseguido un trabajo que duraba sólo un mes y resolvía apenas un mes de esa muy austera vida que llevábamos. Mi madre había ido haciendo los ajustes necesarios, ahora era una excelente cocinera vegetariana, se las había arreglado para que comiéramos delicioso con muy bajo presupuesto, sabía siempre qué estaba en cosecha y qué era más barato, así como qué día eran las promociones en los supermercados. En lugar de leche tomábamos leche de alpiste, en lugar de carne berenjenas, eso, además de ahorrarnos dinero, nos garantizaba una buena salud. Cada uno de nosotros había hecho pequeños cambios o sacrificios que contribuían a una inteligente utilización de los recursos.

Mi padre trabajó juiciosamente ese mes. Cuando recibió el pago se lo dio a mi madre que siempre había administrado muy bien el dinero, era una maga, parecía que la plata se multiplicaba en sus manos. Una vez nos dijo que habían aparecido cien mil pesos más como por arte de magia. Todos sonreímos incrédulos, esas cosas tontas que creen las mamás, pensé. Bueno, como he dicho, mi padre le dio el dinero para que hiciera lo de siempre, pero en vez de eso ella se fue y compró dólares- que estaban altísimos por ese entonces -y se los envió por Western Union a una artista neoyorkina que estaba teniendo éxito.

Bordado de Emily Barletta, animación de Camila García 
A la semana llegó a la casa un paquete, mi madre salió feliz a recibirlo y lo desempacó delante nuestro, era un bordado sobre papel, lo abrió con una delicadeza maravillosa, pensé entonces en lo bellas que son las manos de mi madre. Estaba tan feliz que su rostro pareció rejuvenecer diez años. El bordado era una de esas cosas que sólo las mujeres pueden hacer, la artista tenía una motricidad fina asombrosa y había creado una obra de arte impecable. Pasado el alboroto que produjo aquel exquisito paquete llegado de Nueva York, mi padre le preguntó quién había enviado eso y por qué. Lo compré, dijo mi madre, cuánto te costó, preguntó él, 1.300 dólares. ¿De dónde has sacado el dinero? Usé todo lo que me diste y pedí prestado lo que faltaba.

Nos quedamos fríos. ¿Y el arriendo? preguntó mi padre. El arriendo lo debemos, dijo mi madre con una tranquilidad pasmosa. Se deschavetó, dijo mi hermano. Mi padre, que es un hombre muy decente, nos ordenó salir de la casa. Van a dar una vuelta por ahí, se van a comer un helado, tengan, dijo mientras nos alcanzaba cinco mil pesos. Cuando regresamos vimos que la discusión había sido fuerte porque mi madre no le hablaba, ignoró a mi padre durante tres días completos, tres días sin mirarlo a los ojos, y además lo mandó a dormir al sofá. Al tercer día mi pobre padre parecía un moribundo.

Hicieron las paces. Cada vez que alguno de nosotros hacía un comentario deprimente, mi madre nos decía que miráramos aquel bordado por unos minutos y alababa su belleza. Ese mes fue mucha gente a la casa y no había quien no alabara el cuadro de la artista neoyorkina. Al tiempo que nos consumía la angustia por la falta de dinero nos alegraban los elogios de nuestros amigos al cuadro, mi madre siempre decía que era de una artista neoyorkina que estaba teniendo mucho éxito y que en unos años esa obra de arte iba a costar un dineral. Vi la envidia en el rostro de algunas de sus amigas.

Para cubrir los gastos vendimos el televisor y un sofá, mi madre dijo que cualquier cosa que nos dieran por ese aparato era ganancia porque “la televisión de hoy es una porquería”, dijo también que en vez de ver televisión íbamos a leer o a ver películas por internet, sobre el sofá dijo que era feo, “es color caca y además es incómodo, no necesitamos un sofá incómodo que nos dañe la espalda”, mi padre le dio la razón, había dormido tres días en el sofá y sabía de qué hablaba.

El bordado sigue estando en la misma pared y alegra nuestra casa y nuestra vida, yo ya no vivo con mis padres, pero siempre que voy lo miro un rato  y pienso que si no fuera por él no habría entendido nunca el amor de mi madre por el arte.

*Vea aquí la animación que acompaña este cuento y acá la historia detrás de bambalinas. 



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