DESTACADOS

El mundo aparte, por Ángel Castaño

Angel Castaño Guzmán. Editor en Revista Corónica.

El 2015 fue un año muy movido en el ya proverbial combate entre los académicos y Colciencias. El primer jab lo conectó el organismo estatal al formular la serie de requerimientos de la convocatoria 693-2014, que dejó de una pieza a muchos. La otra parte no tardó en contestar el golpe: Los docentes del Departamento de Literatura de la Nacional soltaron la bola de nieve: según ellos Colciencias desconoce la naturaleza de las humanidades. El inconformismo llegó al punto de quiebre: no someter el trabajo de sus semilleros al peritaje de Colciencias. El coraje de los literatos fue bien recibido por no pocas personas. La ruptura motivó, incluso, el apoyo de otras universidades, tanto públicas como privadas. Luego, ya es costumbre, el asunto perdió el interés del público y terminó en un punto muerto. El debate apenas duró un parpadeo: el mundo no da tiempo para detenerse a mirar en detalle las cosas. También, y es una de las mejores ironías del capitalismo, las cosas se reciclan para desaparecer de inmediato: así, en breve, volverá a ocupar la parrilla informativa otro altercado entre los púgiles que no se animan a noquear al otro, a dar el golpe final.

Minucias mediáticas aparte, el viejo recuerdo me sirve para traer a la palestra unas inquietudes: ¿hay pensamiento humanista en las aulas de clase y en las oficinas de las dependencias universitarias? ¿Las universidades son, en el fondo, fortines de la burocracia o reservorios de las ideas y los conceptos? ¿Acierta quien emplea el término humanistas para referirse a los catedráticos? En un principio, sí. ¿Acaso no merecen dicha distinción Pedro Henríquez Ureña, Harold Bloom, George Steiner, Rafael Gutiérrez Girardot, insignes botones de muestra del humanismo y a la par docentes de prestigiosos claustros? ¿Hay hoy por hoy humanistas en la Universidad colombiana? ¿Qué elementos debe reunir una persona para merecer el calificativo? ¿Basta dar clases en una facultad de humanidades para serlo?

Soy claro: creo inoportuno amén de injusto llamar humanistas a todos los doctores y magísteres que vegetan en las facultades de humanidades, bendecidos con suculentos salarios – La República publicó el año anterior un informe interesante: en Colombia los profesores universitarios con estudios de posgrado pueden ganar entre 9,3 y 30 millones al mes, una cifra, la verdad, nada despreciable si se tiene en cuenta lo obvio, los índices de pobreza del país–. Dejo de lado las odiosas cuestiones monetarias pues, dice la comparsa de Perogrullo, nadie gana tanto como cree merecer. Voy a lo importante: la producción académica y sus repercusiones en el diálogo social y cultural. El humanista con su labor intelectual eleva el debate público, ofreciendo luces e incógnitas. Ahí están los casos de Sanín Cano y Gaitán Durán, personajes cuyo magisterio estuvo más bien vinculado a las páginas de los periódicos y a la vida de la imprenta: el primero aportó una mirada novedosa a la crítica literaria, distinta a la impuesta por la escuela conservadora; el segundo, por su parte, le abrió las puertas del mundo europeo a una hornada de colombianos. ¿Hacen algo parecido los docentes de educación superior? Sí, pero no… En otras palabras, lo hacen unos cuantos, las famosas ovejas descarriadas. Y, lo peor, lo hacen en contra de las normas, del espíritu institucional de la Universidad que bendice a los conformes, a los sacerdotes de la mediocridad. Un repaso a vuelo de pájaro a los catálogos virtuales de las editoriales universitarias y a los índices de las revistas indexadas –me limité a ojear los datos relacionados con la literatura por aquello de la frase popular: zapatero a tus zapatos– deja una conclusión en borrador. Los profesores olvidaron una regla elemental de la cortesía literaria: la claridad beneficia la salud de los argumentos. De un tijeretazo, cortan toda posibilidad de réplica o controversia. Quien se le mida a la tarea de leer muchos de esos “ensayos” –las comillas, por dios, no son gratuitas– se topará con acertijos a modo de títulos y prosas indigestas. Van ejemplos de los trabalenguas –ojo, no en el espíritu travieso de Cabrera Infante–:

1)       Sobre las políticas de los cuerpos y las emociones para la construcción del proyecto de nación en la novela María de Jorge Isaacs (1868) y en la prensa* de 1900 a 1920 (El asterisco está en el original).
2)       Literatura y existencia: hacia una hermenéutica literaria basada en los presupuestos de una filosofía existencial.
3)       De una sujeto femenina a una sujeto mujer-crítica. Pedagogías del cuerpo en Languidez y Ocre de Alfonsina Storni
4)       El sentido religioso de la historia y valores eternos. Motivos religiosos, místicos y apocalípticos en La guardia blanca de Mijaíl Bulgákov.
5)       Una teoría del cielo para el neobarroco: interpelaciones entre la 'ficción autobiográfica' y el biografema.

No hace falta el olfato de un sabueso de Scotland Yard para darse cuenta que algo de cierto hay detrás de la cantinela según la cual la Universidad vive de espaldas a la sociedad, en una especie de pecera teórica. La jerga de especialista aleja sus trabajos de donde se cuecen los huevos: la agenda de opinión nacional. Encerrados en el estrecho círculo de las especulaciones abstractas, casi siempre terminan siendo glosas del pontífice de turno, llámese Lacan, Bajtín o Derridá. Los artículos académicos, en su mayoría, no responden a las lógicas del debate sino a las de la indexación, soslayando, de paso, la responsabilidad de los miembros del Alma Mater de construir una crítica cultural sesuda y al tiempo al alcance de los lectores. Ya es momento de dejar atrás el prejuicio de la ignorancia de la audiencia y de confundir la hondura con la aridez. Las ventas de El Capital del siglo XXI, no comparables a las del fenómeno E.L. James mas al fin y al cabo significativas, demostraron, entre otras cosas, el interés ciudadano en temas que escapen de la ligereza de los medios masivos y de las redes sociales. El éxito editorial de los volúmenes de Alain de Botton, de Michel Onfray, de Enrique Krauze o de Cristopher Hitschens está, en buena medida, cimentado en una escritura digerible cuando no estimulante.

El problema, sin duda, no se reduce a la falta de elegancia prosística de los profesores. Ellos –muchos de ellos– cayeron en la trampa de la docencia burócrata, se convirtieron en oficinistas del conocimiento, petimetres hábiles para atornillarse en sus mullidos puestos de comisiones curriculares. Condenan los eruditos la banalidad del discurso social y lo califican de síntoma preocupante. No obstante pocos salen de la molicie del otro mundo, como con malevolencia no desprovista de agudeza el presidente Lleras Restrepo llamaba a la academia.

Imagen: Panoramio
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El recolector de fresas

Camilo Rodríguez (Bogotá, 1987): Profesional en estudios literarios (Bogotá, 2010) con maestría en letras francesas (Toulouse, 2014) y comunicación (Toulouse, 2015), Camilo colabora en diferentes revistas literarias con traducciones, relatos cortos y poemas. Actualmente reside en México D.F., donde trabaja para el servicio de cooperación universitaria de la embajada de Francia en México. Cuento.

¡Yo no sé si ese mundo de visiones 
vive fuera o va dentro de nosotros; 
pero sé que conozco a muchas gentes 
a quienes no conozco!

Gustavo Adolfo Bécquer

Después de sacar la séptima canasta de fresas, Juan sintió un leve dolor en donde termina la espalda. No le prestó mucha atención, pues el fuerte trabajo del verano siempre le dejaba algunos malestares. De todas maneras, solo le quedaban cuatro días para terminar la temporada. —En la cosecha del año pasado, un torpe peón irlandés de esos que apestan a whisky diariamente, le había aventado una caja de abono sin avisar. Como consecuencia, su hombro izquierdo sufrió una grave lesión y el irlandés fue despedido al anochecer.

Ocho canastas, nueve canastas, diez canastas. La producción era rigurosa y acompasada. Las carretas iban llenas y regresaban vacías. Los hombres hablaban poco. Los capataces vigilaban a caballo e instruían de tanto en tanto a los nuevos recolectores. La hacienda estaba orquestrada con precisión, al igual que el clima, que ofrecía el mejor sol de Agosto.

La semana en que sufrió el golpe, Juan tuvo que usar una lámina de yeso sobre el hombro y quedó invalidado para cualquier tarea pesada. Lo único que pudo hacer en la hacienda fue alimentar a los perros que cuidaban las gallinas y regar una parte del cultivo por las tardes, antes de ir a misa de seis.

Al repique del sol sobre el verde de la montaña, el capataz sonó el silbato para anunciar el fin de la jornada. Los arrieros, recolectores y demás campesinos dejaron sus herramientas en el depósito del galpón para luego reclamar el sueldo y, probablemente, irse a la taberna o al casino. Sin embargo, Juan se sentía indispuesto esa tarde. Se excusó con sus compadres y se fue directamente a las literas. Antes de recostarse sobre el camastro, sintió otro agudo picón en plena espina dorsal, pero el cansancio que traía era tal, que apenas le dio importancia.

•••

Hacia la medianoche, Juan se dirigió al baño de los trabajadores. Cerró la puerta con seguro, se quitó el sombrero, el chaleco, la camiseta. Se giró delante del espejo. Constató que no estaba inflamado ni había tampoco algún indicio de contusión. Una gota de frío sudor tocó su mano temblorosa. Se sintió débil y se desvaneció en seguida sobre el mosaico blanco.

Una pálida luz acompañó sus delirios.
•••

Al volver a la consciencia tiritó fuertemente. Su mejilla izquierda estaba pegada al suelo y había un poco de saliva alrededor. De su ensueño recordaba aún a ese desconocido que, armado de un palo macizo, lo perseguía en medio de la neblina. Vestía una boina negra que contrastaba con la desnudez de sus pies y su gran mostacho rojo. El lugar era semejante a la antigua carretera que conduce hacia la vieja vereda del pueblo. Su principal temor no era la inminencia del extraño individuo sino la constante fricción del palo contra el pavimento. Un insoportable carraspeo que calaba más hondo que su dolor en la espina dorsal.

Pero Juan se tranquilizó al comprender que todo eso había quedado atrás. Se incorporó, volvió a las literas y comenzó a llenar su mochila para partir en seguida.

•••

El sol del atardecer era inclemente a esa época del año. Aunque el machete hacía las veces de bastón y el saco no era muy pesado, el dolor no lo había abandonado del todo. Los pocos camiones que pasaban por la vereda seguían derecho sin reparar siquiera en Juan. Además, su aspecto no lo favorecía mucho. Sudaba, su camisa estaba hecha un andrajo, tampoco tuvo tiempo de afeitarse. Agotado, se sentó junto a un frondoso ciprés que daba a la encrucijada. Allí sentado, se lió cuidadosamente un cigarro de tabaco negro que luego encendió con un fósforo de madera.

De repente, el hombre del mostacho rojo se le acercó. Juan se levantó lentamente, ya resignado. Cambiaron un par de palabras. El desconocido le dijo que no había nada que hacer, que una promesa era una promesa. El último sonido que escuchó Juan fue el del palo arrastrándose cada vez más lejos y perdiéndose en lo alto de las lomas mientras un fino hilillo de sangre le salía por la oreja.
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Tres poemas de Eduardo Sabugal

Eduardo Sabugal Torres (Puebla, 1972). Escritor de cuento y guión. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Actualmente es Catedrático de Filosofía y Literatura en la Ibero Puebla. En 2010 la Secretaria de Cultura del Estado de Puebla publicó su primer libro de cuentos Involuciones. Su segundo libro Liquidaciones se publicó en el 2012 en el Fondo editorial Tierra Adentro (CONACULTA). Ganador en 2014 del 14vo Concurso Nacional de Cortometraje del IMCINE. Es productor de radio, y colaborador de la Revista Crítica, editada por la BUAP.




Enjambre

Los ruidos vuelan en enjambre hasta mi rostro
perturban esta frágil paz sostenida como un río
veladura invisible, telaraña de luz, paz líquida
el mundo, con su fractura diaria, se mete aquí,
entre las comas, en la sincronía que antes nos movía,
entonces me descompongo, la geografía es una herida
y el tiempo pasado un arco en tensión, un perro con rabia;
los tendones de los pies se rompen, la tarde se vacía
y un taladro cruel perfora la última escafandra.
Las palabras se liquidan y son hormigas temblando
en la selva del vicio solitario, selva nocturna, insomne
y se quedan a la deriva, buscando refugio, hormiguero.
El vendaval fue implacable, ya no hay velas encendidas,
el veneno del mundo dejó de ser en dosis controladas
y la mente sigue al alma, desbocada, sin dirección posible,
electrocutada por los abandonos y la ciega interferencia,
quedan sólo desperdicios, pabilos inutilizados, cenizas;
a veces los enjambres son el miedo pánico, total, funesto,
el cosmos se reduce a una vaga brecha ignota y derruida
que hay que atravesar cojeando entre charcos de orina
diminutos lagos dorados donde el inmenso sol se descuartiza
y las nubes raídas avanzan heridas, llenas de presagios grises
dibujando insectos que nos recuerdan la muerte, la caída.



Estuvimos

Estuvimos contemplando una ventana rota
huesos de bailarinas fracturadas
calcio rupestre de la danza postnuclear
letreros que nos vendían el mal a plazos fijos.
Estuvimos en una calle hermosa y purulenta,
buscando chapulines, queso, cacahuates y mezcal
ahí la desnudez fue flama en el tacto, alambre con púas
catedral de piedra verde, una forma de no rendirse.
Estuvimos acariciando un gato ronroneando su veneno
los montes blancos y las pirámides nos fundían
las puertas de las casas nos parecían fotografiables
las muertes y desarmes parecían entonces aplazables.
Estuvimos parados dentro de un círculo, uno frente a otro
y nos dejamos acuchillar por la espalda y sangramos alegres
todo el miedo que nos inundaba, y ahí morimos de pie
como árboles urbanos que se dejan destruir por el paisaje,
por el aire obsceno que los ahoga, los enreda y asfixia.
Un día estuvimos así, en pasado, construyéndonos futuro.


La grieta de sol

Me acuesto en una cama que naufraga
palabras púas gravitan sobre mí, memoria, olvido
las viejas direcciones están rotas, sin manecillas
el destino bipolar enrojece manos y murallas
frases salitres y de fuego  golpean las paredes
sumergida en la neblina hallamos nuestra cruz
ahí colgamos ofrendas despreciadas de aire y polvo
anclajes lascivos y nocturnos nos atan en lo oscuro
me acuesto sobre la hierba incendiada, desaparezco
una voz boscosa me llama entre bellas avispas suicidas
mi herida hecha bosque, humo, panal
en los molinos de las tres o cuatro de la mañana
la yugular del amanecer nos exprime como uvas
triturados, observamos un mundo oxidado, erosionado
nuestros padres mueren en silencio, y no se van
aunque las marchas y los tatuajes los desmientan
desiertos florecen a destiempo y a destiempo morimos
hablamos con idiomas inconexos, intraducibles
indiferentes y silenciosos, borramos huellas dactilares
el rencor es alborada en otros, mi herencia nada
manejamos con el velocímetro averiado, desnudos, solos
y solos, con ojos vacíos, erramos en nuestro miedo
con argumentos paranoicos sepultamos espejos
y sepultamos huesos cósmicos, copas rotas, llaves
puertas vaginales, espectros de una fauna visceral
en el retrovisor empañado el humo cobija el pasado
instantes hundidos en dunas tóxicas regresan
los planetas se desalinean, recuerdan la soledad
el corazón del sol prende praderas que nadie observa
me acuesto en el gran desierto sepia y ermitaño
una grieta se metamorfosea en letra, duermo.


Cholula, Agosto 2014
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El sol en el lomo

Por, Andrés Felipe Yaya


En las tardes, en las orillas del río, las canoas una tras otras se mecen, bajo el acoso de un sol, cuya luz hace que los mangos, con sus manchas trazadas a ciegas, estallen de luz,  mientras en el aire una mariposa se hace polvo. Amarillo es este río en las tardes, donde  el tiempo de escuchar el chillido de los alcaravanes, se esfuma; donde el muerto se revuelve, recorre, curva a curva, el camino con un mismo gesto. Antes, mientras todos dormían, noche tras noche, lanzaban cuerpos a estas aguas azuladas de olvido. Me cuenta un arenero que, antes de lanzarlos, abrían sus cuerpos y los llenaban de piedras, mezclándolos con aliento de tierra, para que en la travesía no flotaran. Invisible, el finado, vuelto escombro, se desprendía rodando. También me dice: a otros les  hacían una incisión desde el cuello hasta el ombligo: extraían los órganos uno a uno, concluyendo en un vacío palpable. Luego, los arrogaban, esta vez, el agua entraba y salía en ellos, sin nunca llenarse, como una ronda infinita, donde la posibilidad de vacío no existe. De esta forma el cuerpo no flota, agarrado del agua, con pequeños giros, busca, raro, apedreado, el corazón lanzado a las bocas del abandono.
Don Pablo, arenero de oficio, conoce el Cauca y sus palabras son historias.  Sube a la canoa antes del amanecer, con la espalda desnuda, curtida, y en la nuca, como una geometría, entre círculos, el latido del sol permanece. Un calor suave, con olor a pescado  sobre cada poro, le brota de los brazos, del pecho, del rostro apagado, imprimiendo la imagen de un animal que sufre en silencio, recogido, estrecho por dentro. Inició el recorrido, río arriba, a través del concierto de grillos, rema con movimientos precisos, lentos, monótonos.  El río, dormido, gime quedamente con su vaivén, con olor a pantano, repleto de estrellas resignadas a contemplar la lluvia desde la casa de las aguas. De pronto, don Pablo se detiene, dando manotazos al viento, para tratar de espantar los zancudos. Dueño del río, asciende a través de las aguas, llevando un balde de hierro, como una luna vieja que desaparece en las albercas. Por momentos, desaparece; queda en la canoa, como las huellas del retorno, una camiseta y el radio viejo, donde las canciones se cortan y la nostalgia tiene un mismo tono. Y, poco después, cuando crece el eco de las palabras que nos habitan, a un lado de la canoa, sale don Pablo en un sobresalto. Su figura se erguía, ahora, sobre el bote cargando el balde lleno de arena. Se mira, por encima de su cuerpo, chorreando agua. Su rostro empapado: el mentón sin rasurar,  la frente limpia, arrugada, sin más adorno que unas gotas de agua que se advertían. Entonces, con un dulce abrigo  seca el cuerpo, de frente al sol, sin prisa, delante de un tiempo amplio y propicio.
De regreso, bajo el traje amarillento del sol que apenas aparece, me habla del pasado. Recuerda esos años infantiles —donde el rostro se teñía con achiote y las nubes, con la fragilidad de los hojaldres, tenían las formas de un tiempo que, con poco tacto, difumina el rostro—. “Esos  años son una maravilla” —dijo él, remando, tan monótono y triste,  luego de ponerse la camiseta, y tomar, excelso en su costumbre,  un trago de tinto. El río nos hacía descender y descender, sin prisa, sueltos los brazos, hacia la orilla, donde es la zona de descargue. Allí, lentamente, como las garzas que llegan de tarde en tarde a la caña brava, comienzan a llegar los areneros, con una pala y un líchigo que cuelga del hombro; dentro de un desorden van encontrando los lugares, junto a la sombra de los guayacanes, entre los pilones de arena, para tomar el desayuno, empujados por la costumbre de no soportar el estómago en soledad. Mansamente, en el reflejo del río, se contemplaban esos pellejos mordisqueados alguna vez, con deleite, por el untuoso sol de todos los días. De una estaca, don Pablo amarra el bote, que sobresale 10 centímetros por encima del agua: la carga —arena mojada—, hace que la mitad y un poco más desaparezca. A menudo, don Pablo llega a este punto antes de las siete de la mañana, para descargar, presenciando la llegada de las primeras volquetas. Negocia su primera carga, en medio de voces y humo, a veces, entre algarabías, vende su viaje. Pero, antes de regresar al río, desayuna, y en el radio, sentado en la raíz de un almendro, escucha las noticias del día: las mismas de otras veces. Ante la visión del río, sólo descifrable para él, en aquellos días, habla consigo mismo, buscando en las aguas la escritura invisible de los muertos. Habían muertos, ciertamente; un gesto que lo hacía mirar el tránsito de las aguas. Pero, al considerar las historias de lo sucedido; al admitir que casi todo en él había sido pasado; al sentirse ajeno a esas muertes —esa muerte lejos de aquí, vista en el estruendo de una noche—, sentía toda la culpa de una época, una ajena a sus ojos. Entendía el río, entendía el sol, las fábulas de los hombres confinados a un viaje, difícilmente, orientado a desembocar en el olvido. Por instantes, se integra en la soledad de arenero, llena de posibles maravillas que nunca serán, con las entrañas a la vez adoloridas y ahítas, yendo de la felicidad a la resignación de sentirse el mismo todos los días.

Imagen: Antonio Florez
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El “Médico de los libros”

Por, Fredy Avila Molina

Su misión es salvar libros, lograr que el conocimiento siga transmitiéndose a nuevas generaciones. Un veterano de la conservación de textos antiguos y exponente de una profesión que se conserva a sí misma.

Carlos Barrera ya perdió la cuenta de los “compañeros” que ha visto salir avante de delicadas cirugías y de prolongados períodos en la unidad de cuidados intensivos. Durante días, semanas y hasta meses, ha curado sus fracturas, ha fortalecido sus lomos, ha rejuvenecido sus cubiertas  y ha logrado disimular muy bien sus rasgaduras.
Con la paciencia que lo caracteriza, este boyacense de 61 años,  nacido en Santa Rosa de Viterbo, pareciera tener en sus recias manos la formula secreta para detener el proceso de envejecimiento, tan natural, en aquellos objetos orgánicos, que lo han acompañado en las últimas cuatro décadas de su vida: los libros.
Aficionado desde pequeño a las manualidades, Carlos, descubrió su pasión por la conservación de libros y documentos al llegar a Bogotá a mediados de la década de los setenta. Sin nada más que una maleta, en la que guardaba uno de sus más grandes legados: una edición de bolsillo de Carlomagno, de 1882,  obsequiada por su padre, Carlos fue aprendiendo los secretos de una técnica  que le ha permitido prolongar la vida de centenares de libros que hoy reposan en los anaqueles de la Biblioteca Nacional de Colombia.
“Inicié como encuadernador exactamente el 13 de septiembre de 1976. En ese entonces, la Biblioteca contaba con unos talleres que funcionaban en unos antiguos sótanos que eran compartidos con Inravisión. Tenía algunas nociones de encuadernación pero lógicamente no era un experto”,  comenta.
Con serrucho y segueta en mano, el “conservador” de libros como prefiere que lo llamen, empezó a dar sus primeros pasos en una profesión que por aquel tiempo le era ajena: la conservación.
 “Se realizaba una labor muy mecánica. Las portadas y cubiertas originales de los libros no se respetaban. Si se hallaban en mal estado se quitaban y se remplazaban por tapas de cubierta rígida y uniforme para todas las publicaciones. Era lo que había en ese momento y así se hacían las cosas”, nos cuenta con una leve sonrisa, como de quien ha cometido pequeños errores y luego con el paso del tiempo ha aprendido a subsanarlos.
En las primeras encuadernaciones se le hacían dos perforaciones a cada libro o volúmenes de periódicos que se unían con un cordel a través de una costura llamada “diente perro”, señala. Un día, decidió experimentar con la edición de bolsillo de Carlomagno  que recibió como regalo a sus doce años. “Lo traje al taller y en mis ratos libres me dedicaba a intervenirlo, le cambié la encuadernación y me fui muy orgulloso con el libro nuevo”, recuerda mientras su expresión alcanza a reflejar algún sentimiento de culpa.
Afortunadamente para él y “sobre todo para el patrimonio de la nación”, recalca Carlos, obtuvo una beca a comienzos de los noventa en la Biblioteca Nacional de Caracas, Un año que le bastó para revaluar parte del aprendizaje adquirido en los sótanos y que le permitió descubrir el tema de la conservación de los libros y guardar un profundo respeto por  las costuras y los materiales originales.
“La conservación bibliográfica y documental es multidisciplinaria, hay que saber algo de química, antropología, arqueología, física. Conocer la composición de la obra, analizar su estructura, la calidad del papel, su encuadernación y valorar las técnicas utilizadas que hacen de un libro, un testimonio fiel de determinada época”.
Aprendió por ejemplo, que los mejores papeles son los que tienen buena calidad de celulosa y que normalmente se extraen de las coníferas como pinos, abetos o  la morera, con alta dosis de fibra y bajos en lignina, sustancia que con el paso del tiempo produce que el papel se torne amarillento. Aprendió además que a toda obra hay que hacerle su propia “historia clínica” en la que se consignan los deterioros que “afectan al paciente” tanto en su cubierta  como en el cuerpo del texto.
Con materiales como cueros, acrílicos, telas, cartulinas, agujas y papeles de buen gramaje  como el Japonés, el Kimberly o el Canson, este veterano de la encuadernación, ha recuperado auténticas joyas como el Atlas de Abraham Ortelius, que data del siglo XVII, documento que “salvó” respetando cada uno de los  mapas, con el fin de que fueran digitalizados, sin interferencias ni hilos en el doblez de cada pieza.
“El Ortelius”, como lo llama, producido en Amberes y considerado como el primer atlas moderno y todo un éxito editorial entre los nobles y los ricos mercaderes de Europa, ávidos de exploraciones, descubrimientos y conquistas alrededor del mundo, le tomó seis meses de trabajo. “Tocó desencuadernarlo completamente para cambiarle las cartivanas (tiras de papel que se ponen en las hojas sueltas para encuadernarlas), las cuales estaban rasgadas”. Así logró ponerle los refuerzos, prensar, coser y recuperar su cubierta.
Su especialidad hoy son los libros antiguos, como los de Rufino José Cuervo y Anselmo Pineda, que hacen parte de aquellas bibliotecas particulares de grandes escritores y personalidades de la vida del país que conforman actualmente las colecciones de la Biblioteca Nacional.
Publicaciones que por lo general presentan el normal desgaste de los libros. Afectaciones en lomos y cubiertas, que requieren de un proceso de limpieza  y desinfección, además de la corrección del abarquillamiento, efecto producido por la humedad. “Esto se refiere a las famosas “orejas de perro”, que se producen cuando se doblan las puntas de las hojas de los textos. Así como sucedía con las cartillas de la escuela", agrega, evocando sus años de primaria en la Concentración Santa Teresa en Tibasosa, Boyacá.

Por el tiempo que dedica a su labor, se podría pensar que Carlos alcanza a leer casi todo lo que pasa por sus manos. Sin embargo, aclara que desafortunadamente no es así. “Ya quisiera yo, poder leer buena parte de los libros que se encuentran en este taller”, señala mientras se consagra con extrema precaución a recuperar uno de los 700 volúmenes que conforman el archivo histórico de José Manuel Restrepo, labor exclusiva para la que fue llamado de nuevo a la Biblioteca en 2013, luego de haber recibido su pensión, tres años antes.
En estos últimos meses dedicados a la recuperación de este archivo que da cuenta del proceso de la Independencia de Colombia, Carlos ha fijado su atención principalmente en los manuscritos que allí se conservan. Sin saber mucho de paleografía ha logrado descifrar en algunos momentos libres que le quedan, cartas de Simón Bolívar y Santander, en las que se informa sobre el estado de los ejércitos, la cantidad de cargamento, las raciones disponibles y hasta los pagos o las bonificaciones especiales como minas para su explotación, que debían recibir algunos militares por sus ascensos.
Con la experiencia acumulada, este “medico” de los libros no cree en complejos  trasplantes para recuperar partes del documento, que por una u otra razón desaparecen. “Cuando la información se ha perdido, ya sea por el uso, hurto de los usuarios o “accidentes” en la encuadernación, esta ya es imposible de recuperar. Se podría conseguir el documento en otra parte y aplicar un injerto  pero el documento pierde su validez  y originalidad”, indica.
Tesis que es compartida por Sandra Angulo, Coordinadora del Grupo de Conservación de la Biblioteca. “En nuestro trabajo no pretendemos tapar la huella del tiempo. La mano del restaurador debe contribuir solo a evitar el normal deterioro de las publicaciones, los microorganismos o los efectos del medio ambiente, pero sin ocultar totalmente los rastros del paso de la historia, que son los que le dan un valor único a cada libro como objeto de uso”. Una titánica labor en una entidad que es considerada como el disco duro de la nación y donde se conservan más de 2 millones seiscientos mil volúmenes, según su más reciente inventario.
En esta área donde diariamente se busca frenar el proceso de deterioro de las publicaciones, las obras son sometidas a un largo proceso en el que resulta frecuente oír hablar de consejos médicos, en los que expertos toman decisiones prácticas en aras de la conservación de los libros y documentos. Juntas en las que se tienen en cuenta los detalles que hacen de un libro un testimonio vivo y reflejo de la estética de una época.
“Muchos de los libros antiguos, por ejemplo, se hacían con tapas de madera o con pieles. Se usaban técnicas para la iluminación de las cubiertas, y se utilizaban hierros o unas decoraciones de momento, como sucedía en los siglos XV, XVI o  XVII. Todo eso hay que respetarlo en el proceso completo de la restauración e ir remplazando  los elementos  que comienzan a degradarse”, dice Sandra.
Por este “hospital de libros” han pasado pacientes que han dejado huella como  las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra, escritas entre 1590 y 1612, en cuyo proceso de conservación, se innovó en tecnología., al incorporales tela en lugar de piel, para recuperar grandes porciones ya desgastadas en sus cubiertas, por el paso del tiempo. También fue sometida a intervención la Biblia del Oso, impresa en 1622, la cual hacía parte del índice de libros prohibidos por la inquisición, y que presentaba manchas, desgarros y sus tapas convertidas en manuscritos.
*****
Para Carlos Barrera, no hay mejor satisfacción que poder recuperar un libro y que este conocimiento perdure y se transmita a las nuevas generaciones. “Muy seguramente_ comenta_ vendrán otros conservadores, que podrán analizar si se hizo bien la labor o se cometieron errores. La conservación, es como la medicina. Todo es cambiante y lo que hoy estamos utilizando, de pronto mañana ya no se usará. Es una ciencia que esta evolucionado y que exige investigación”.
Algo en lo que coincide Sandra, quien afirma que uno de los principios de la conservación es la reversibilidad. “Hoy y siempre nos vamos a estar replanteando lo que estamos haciendo. Las técnicas y materiales pueden tener por ejemplo reacción a los cambios climáticos, por lo que se debe actuar rápidamente frente a un procedimiento”.
Es el caso del libro de bolsillo de Carlomagno, y que tiempo después de su primera intervención, fue sometido  a una drástica cirugía. Con el conocimiento adquirido y la práctica que solo dan los años, Carlos le fue modificando la encuadernación, le puso unas guardas de protección y le cambió la cubierta, por una más acorde de finales del siglo XIX. Poco a poco, todos los daños que le había causado en esa primera operación, los fue enmendando, hasta el punto de que hace algunos meses el “paciente” finalmente pudo ser dado de alta.


Fotos: Sebastian Arias Espinosa 
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Corónica: mayo 2015 - Diciembre 2015

Revista Corónica 
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Iniciando sesión, un cuento de Gerónimo García Riaño
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Cuento
El último sermón, por Francesco Vitola
http://www.revistacoronica.com/2015/10/el-ultimo-sermon-francesco-vitola.html

Cuento
Conocí al máximo jefe de la mafia, por Camila Bordamalo
http://www.revistacoronica.com/2015/10/conoci-al-maximo-jefe-de-la-mafia.html

Ensayo
El archivero y el demiurgo, por Josue Castillo
http://www.revistacoronica.com/2015/10/el-archivero-y-el-demiurgo.html

Cuento
Volver a casa, Ivan Rácapa
http://www.revistacoronica.com/2015/10/volver-casa.html

Libros
Donde mueren los payasos, de Luis Noriega, por Stanislaus Bhor
http://www.revistacoronica.com/2015/10/donde-mueren-los-payasos-luis-noriega.html

Cuento
Barton Fairbanks, escritor, por Alejandro Nájera
http://www.revistacoronica.com/2015/10/walton-fairbanks-escritor.html

Ensayo
Un juego infinito de frases inconcluso, por Juan Pablo Plata
http://www.revistacoronica.com/2015/12/un-juego-infinito-de-frases-inconcluso.html

Memoria
Cumplidos los cincuenta, por Harold Alvarado Tenorio
http://www.revistacoronica.com/2015/12/cumplidos-los-cincuenta-por-harold.html


Lecturas de 2015
por

Renson Said
http://www.revistacoronica.com/2015/12/lecturas-de-2015-por-renson-said.html

Jordi Corominas
http://www.revistacoronica.com/2015/12/lecturas-de-2015-jordi-corominas.html

Ricardo Abdahllah
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Omar Ortiz
http://www.revistacoronica.com/2015/12/lecturas-de-2015-omar-ortiz.html

Marco Tulio Aguilera
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Darío Rodriguez
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Angel Castaño
http://www.revistacoronica.com/2015/12/lecturas-de-2015-por-angel-castano.html

Andrés Mauricio Muñoz
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Berta Lucía Estrada
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Juan Miguel Álvarez
http://www.revistacoronica.com/2015/12/lecturas-de-2015-por-juan-miguel-alvarez.html

Lucía Donadío
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Eduardo García Aguilar
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David Betancourt
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Pablo Di Marco
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Stanislaus Bhor
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Alejandro Torres
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Víctor Sampayo
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Orietta Lozano
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Margarito Cuéllar
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Katherin Velandia
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René López Villamar
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Fabián Buelvas
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Gabriela Aleman
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L.C. Bermeo Gamboa
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J.S. de Montfort
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Carpio, Alejandro. "África para dummies". En http://www.revistacoronica.com/2012/05/africa-para-dummies.html/ Revista Corónica (en línea, ISSN 2256-4101) www.revistacoronica.com/ Mayo 201



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Ejemplo:
Carpio, Alejandro. "África para dummies". En http://www.revistacoronica.com/2012/05/africa-para-dummies.html/ Revista Corónica (en línea, ISSN 2256-4101) www.revistacoronica.com/ Mayo 201



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