Tus libros favoritos de 2013

Revista Corónica pidió a un grupo de escritores, críticos y lectores agudos la lista de sus libros favoritos leídos en 2013. La respuesta fue positiva y aun siguen llegando. Los convocados y enlace a cada lista se irán activando a lo largo del mes de diciembre:

Cristóbal Peláez (Teatro Matacandelas, dir.)
Ana Cristina Restrepo (Periodista)
Enrique Vila-Matas (Escritor)
Fernando Araújo Vélez (Cronista)
Wendy Guerra (Escritora)
Pablo Di Marco (Escritor)
Harold Alvarado Tenorio (Poeta/Editor)
Luna Miguel (Poeta)
Elkin Restrepo (Editor/Poeta)
Stanislaus Bhor (Bloguero)
Camila Bordamalo (Escritora/Traductora)
Luis Cermeño (Escritor/Editor)
Marco Tulio Aguilera (Escritor/Editor)
L.C. Bermeo Gamboa (Crítico)
Alberto Bejarano (Filósofo/Escritor)
Juan Pablo Plata (Crítico/Escritor) 
Alejandro Torres Ocampo (Librero)
Ahmel Echavarría (Crítico/Escritor)
Gabriela A. Arciniegas (Escritora)
Winston Morales Chavarro (Editor/Poeta)
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Payaso metropolitano, por Joey Rego

"Cuando te casas, ya ni te dejan tener medias con huecos. Te lo juro que es así pana, te las botan, sin preguntar te botan las medias", así me lo juraba el chofer de un taxi que olía a humedad de vodka. Los vidrios no bajaban y el tráfico detenía el tiempo. Eran días de Carnaval y la mitad de la ciudad se iba a de viaje o regresaba de él. 
 |CRÓNICA



A los 45 minutos, decido que lo mejor sería bajarme del taxi antes de seguir escuchando al chofer hablarme de su esposa como si fuera Catalina La Grande. Lo dejo quedarse con el vuelto solo para evitar pasar más tiempo ahí adentro. Era como estar atrapado en la garganta ebria de algún integrante de La Sonora Dinamita.
El problema de Caracas, es que nunca sabes si tomaste o no una buena decisión.
Entraba la noche y pude ver una estación del Metro cercana, así que cualquier cosa parecía mejor que aquel taxi. Cuando entré a la estación, agradecí que fueran días de Carnaval, la mitad de la ciudad se encontraba arriba, en sus carros, en colas infernales de horas y horas. El Metro se encontraba prácticamente vacío; una pareja en una esquina, dos estudiantes compartiendo historias de sexo y uno que otro obrero con pantalones manchados de blanco. Me paré lo más lejos de todos, cerca de la franja amarilla que tanto nos protege y cuando la luz del gigante se acercaba, podía imaginar llegando a casa y olvidándome de todo. Después de encontrar a mi novia semidesnuda con mi mejor amigo y pasar más de cuarenta minutos en una botella de vodka con ruedas, solo quería llegar a casa.
Abordé el tren y creo fue de las primeras veces que me he podido sentar, traté de cerrar los ojos y reclinar la cabeza, sabiendo que me esperaba un viaje de diez estaciones por delante.
Habían pasado tres estaciones cuando desperté deseando estar en casa, aún faltaban muchas estaciones, me di cuenta que dormirme a esa hora y con todo tan solitario fue movimiento de caraqueño amateur, decidí abrir los ojos y estar alerta. Noté que el piso estaba lleno de confeti y empaques vacíos de chucherías que me recordaron que estaba, como dije, en días de Carnaval.
Llegamos a alguna estación cuando un escuché un escándalo cercano, pensé que tal vez una persona se había quedado atrapada en la puerta, quizás algún durmiente subterráneo como yo que despertó segundos antes de alejarnos de su estación. Pero noté que un grupo de personas corrían fuera del tren y  los gritos se acercaban.
Pocos minutos después, un grupo de payasos había entrado a mi vagón. Si, payasos en el vagón. Entre seis o siete hombres y mujeres, maquillados, con botellas y palos de madera. Ninguno era como Doctor Yaso, más bien todos parecían una versión dipsómana de Tim Curry. Como andar en el mismo infierno de Bob Gray. Saltaban de un asiento a otro y se mecían con las agarraderas escupiendo alcohol y empujando a los pocos que se encontraban en el vagón.
Entre las normas del Metro De Caracas, no hay nada sobre qué hacer si hay un ataque de Augustos y Contraugustos en un vagón. Traté de pasar desapercibido hasta que llegáramos a la próxima estación, aprovechando que desmoralizaban a una pareja, burlando al novio y manoseando a la chica.  Me vieron al final del vagón, corriendo hasta mí.
Por mi cabeza solo pasaba el taxi de vodka y Catalina La Grande. En Caracas nunca sabes si tomaste una buena decisión.
Entre cuatro payasos me agarraron por  los brazos y piernas, me levantaron y me lanzaron a lo largo del vagón. Corrieron hacia mí, me levantaron de nuevo y me sentaron. Trataba de defenderme lo mejor que podía, recordando mis días en el escuela del Shihan Yushu Ikura, pero tampoco había aprendido nada para un ataque de payasos. Logré estampar mi zapato en la cara de uno, mientras otros dos me golpeaban el estómago y uno me besaba la cara y me maquillaba, otro payaso, gordo y con tatuajes desteñidos en el brazo cantaba alguna canción para niños, de esas doble sentido que en verdad hablan de la Peste Bubónica.
El Metro sufrió algún tipo de retraso que ocasionó una parada de golpe y pude ver a los payasos caer al piso del vagón. Aproveché para correr y acercarme a la última puerta mientras el tren retomaba el viaje, esperando que llegáramos a la próxima estación antes que los payasos fueran por mi dignidad  de nuevo. Claro, el Metro nunca es lo suficientemente largo como para salvarte de un ataque de payasos.
Bozo y Ronald McDonald me agarraron por los brazos pero habíamos llegado a la estación, logré zafarme y al menos golpear a uno en la cara con un codo, salir del tren y tirarme contra la pared de las escaleras afuera del vagón. Buscando aliento y tratando de entender lo que había sucedido. Los payasos no saldrían del tren, su vaudeville no había terminado. Me miraban fijamente riéndose mientras el tren cerraba sus puertas y partía al este.
Subí buscando la salida, pensé en reportar lo sucedido pero golpeado y oliendo a Vodka, no lograría convencer a Seguridad de haber sido atacado por payasos.
Al salir, tomé un taxi a casa. El Chofer me preguntó por los golpes, le hablé de los Payasos y creo lo tomó metafórico; “Si, hoy en día hay muchos payasos en todos lados” y vaya que es así.
Al llegar a casa, mi madre me recibió escandalizada por mi apariencia. Traté de explicarle lo que había sucedido pero solo recibí caras de desconfianza mientras se alejaba murmurando que probablemente estaba ebrio llegando de alguna orgia, buscándole sentido al maquillaje en mi cara. Le hablé de los payasos, me respondió que el payaso era yo.
Tomé una ducha, me acosté desnudo en la cama adolorido. Recordé a mi novia con mi mejor amigo, y si, al final el payaso había sido yo.
En esta vida nunca sabes si tomaste una buena decisión.

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Ilustración especial para Revista Corónica por Andrés Espinosa
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Niños en piscina, con adultos de fondo: Pintar en el tiempo

Niños en piscina, con Adultos de Fondo es una película breve de Chiara Marañón que está disponible en esta entrega decembrina de Revista Corónica [Ver], en estreno mundial. Chiara es actualmente jefa de contenidos y programadora para UK de la plataforma Video-on-Demand, MUBI. [Reseña de la película por nuestro editor de Cine Corónica]


Niños en Piscina, con Adultos de Fondo comienza con una advertencia escrita en la pantalla por quien está detrás de la cámara: "Estoy filmando en video y lo que estoy filmando es un niño que hace tiempo no veía y que actuó en un corto que hice hace 3 años en 16 mm."

¿Por qué lo graba? Me pregunto, y yo mismo me respondo: lo graba porque ha visto el tiempo pasando en su cara y no quiere que se le escape.

La premisa tiene implicaciones filosóficas que la película resuelve con la sencillez de una tarde de domingo en la piscina. No quisiera ir más allá en esta reflexión porque creo que Chiara Marañón (Barcelona, 1984) asume esta complejidad: la del tiempo desvaneciéndose ante sus ojos, como un hecho fáctico, sin nostalgia, pero con conciencia; centrándose en lo que realmente le interesa: ese niño está acá con su padre.

El niño de su primer corto, El Globo Rojo (Cuba, 2009), es el mismo que estamos espiando, pero 3 años mayor. La cámara también ha cambiado, la de antes era de 16 mm y la de ahora es una pequeña cámara de video. El dispositivo también, el de antes era el set de un rodaje, el de ahora es ella sola tras la cámara con el zoom a tope en una tarde de domingo en la piscina donde se han encontrado por casualidad.

Como en El Globo Rojo, en este set/piscina también está el padre de fondo, y los ojos de Chiara siguen concentrados en Kevin, el niño que ahora ha crecido un poco, pero no lo suficiente como para dejar de jugar. ¿Y con quién quiere jugar? Por supuesto, con su padre. El padre se mantiene esquivo, siempre fuera del encuadre, reprendiendo en el momento justo, y sin animarse a jugar.

En El Globo Rojo, el niño, está pintando en su cuaderno durante casi toda la película, lo que pinta es lo que vio: un globo. Pero lo adorna, lo aumenta en su dibujo para de alguna forma trascender la realidad; se imagina más globos, aunque lo que ha visto, y los espectadores somos testigos, es sólo uno. Pequeño y lejano, y rojo.

Cómo el niño de su primer corto, Chiara también se imagina globos, y de lo que hasta entonces eran unos niños en una piscina, emerge algo más parecido a un cuento o a una fábula (teniendo en cuenta la cantidad de animales que aparecen). En la atmósfera cambiante de esa tarde de domingo, aparece, de repente y entre otras cosas, una amenazante araña “pelúa”. Los niños la ven, y la temen. Pero nosotros, los espectadores, es decir, Chiara, no la vemos de inmediato; primero vemos sus caras de asombro y de susto, luego los adultos, desterrados al fondo, hacen lo suyo: sacar a la araña del agua y llevársela lejos, proteger a los niños, enseñarles, darles galletas, estar pendientes de que no se caigan. ¿Y Chiara? Sigue detrás de su cámara, lo suficientemente infantil para asustarse a la par con la araña, y lo suficientemente adulta para no dejar de grabarlos.

La imagen es casi siempre la misma: niños, agua, piscina, palmeras, niños. El sonido también: adultos de fondo, niños en primer término, agua, viento. Como si nos enfrentáramos a un cuadro de Hockney que de tanto mirarlo nos sobrecoge, Niños en Piscina, con Adultos de Fondo de Chiara Marañón, es una pintura con duración, un retrato animado de una tarde de domingo cubana cuya profundidad está en la sencillez con que un niño se acerca a su padre, y su belleza no es de alta definición, no es “perfecta”, es torpe y curiosa como la infancia.

Esto sólo es posible con una cámara de video. Y, por supuesto, sólo con la paciencia de quien mira atento sin importar cuánto dure la escena, de quien es consciente de que el tiempo se le está desvaneciendo en los ojos, y sabe que lo más importante es capturarlo; ya luego encontrará la manera de animarlo y convertirlo en cuento, en fábula.

¿Cómo puede haber cambiado todo en tan poco tiempo? No me atrevería a embarcarme tampoco en esta cuestión. El cine está cambiando rápidamente, el cine hoy es como un niño en la pubertad. Cuando menos piensas tiene novia, le ha cambiado la voz y se afeita el bigote.

Londres, diciembre 15 de 2013
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La Alhambra y los placeres gastronómicos

La Alhambra y el Generalife son dos joyas arquitectónicas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, desde 1984. Están situadas  en la región de  Andalucía, España. Una visita gastronómica.

Por Lucrecia Botero

¡Di que es una fortaleza y a la vez una mansión para la alegría!
Poema sobre La Alambra.

La Alhambra es una ciudad de arquitectura nazarí rodeada de murallas, palacios y fortalezas  militares, su estilo arquitectónico es altamente decorado. Todo en esas construcciones tiene  un significado, una representación religiosa: el agua y las fuentes, los salones, las habitaciones, las terrazas, las puertas y ventanas de finas maderas, los pisos de mármol, los azulejos, la yesería: llenas de poesías, símbolos y leyendas.
Al ver estas construcciones uno piensa en cómo era la vida de lujos y refinamiento que vivieron los que las habitaron o visitaron; todo allí es suntuoso y de buen gusto,  diseñadas para el placer, el goce  y  la contemplación. Una cultura tan vasta, un arte tan refinado, tiene que tener una expresión gastronómica muy amplia y variada. La comida que se servía en La Alhambra y El Generalife, debió ser la recopilación de sabores venidos desde reinos lejanos, por personajes de origen árabe, asiático y africano, que habitaron estas tierras desde el 711 hasta 1492. Traían con ellos una cultura del amor por la belleza y desarrollaron el sentido de la vista, el olfato y el gusto.
En la edad media, en esta zona de España, convivieron tres culturas con tres religiones distintas que le aportaron, cada una, según sus preceptos y creencias, un sello especial a la comida. Fue una época de convivencia, tolerancia y respeto.
Las condiciones geográficas y climáticas de esta región y la agricultura desarrollada, unidas a los aportes que los inmigrantes hicieron de la cocina de esta época algo refinado y variado para las clases altas que vivieron en estos palacios; en investigaciones de historiadores podemos encontrar que las carnes, en especial las aves, los corderos y los animales de caza, se preservaban con técnicas como el salado o el ahumado y se cocinaban adobadas con especias como pimienta árabe, azafrán, canela, y plantas culinarias como cilantro, hierbabuena, perejil, tomillo, además de la cebolla y el ajo. Se hacían las carnes bien cocidas para relleno de pepinos, tomates y berenjenas y en las recetas estaban molidas o desmechadas debido a que no se usaban los cubiertos, casi siempre se comía con la mano y el pan, hacía las veces de cuchara.
Los platos eran preparados con buena cantidad de leguminosas, siendo la de más uso la lenteja, seguida por el garbanzo. Los potajes y salsas eran muy usados. En vegetales se cultivaban las berenjenas (preparadas en muchas formas) zanahorias, espinacas, puerros, perejil y pepinos. Es de destacar el uso del aceite de oliva, tanto en la alimentación, como componente de medicamentos y, para el alumbrado.
Las frutas frescas más consumidas eran la manzana, la naranja y la granada, también usadas en postres, unidas a frutos secos como almendras, dátiles, higos, uvas pasas y nueces, endulzadas con miel o azúcar y  aromatizados con esencia de azahar, agua de rosas, canela y cardamomo. Se bebía vino y aguas  saborizadas  (rosas, azahares  mentas, cardamomo). La leche se usaba para muchas preparaciones: mantequillas, quesos y yogures, utilizados para sazonar, adobar carnes y para salsas o sopas.
Los vinagres de vino y los ácidos (de naranja agria) se usaban para la conservación de alimentos. En su comida eran muy corrientes los encurtidos de nabos, remolachas, cebollas, ajos y otros. También conservaban en ellos las aceitunas, las cebollas y las alcaparras.
El agua fue traída a La Alambra por un sistema altamente tecnificado para la época que servía para el uso doméstico y para los jardines, cultivos y fuentes.
Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.


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En la biblioteca, por Gabriel Jiménez Emán



Por Gabriel Jiménez Emán

Estaba quieto, casi oculto, mirando desde la biblioteca el ambiente del cuarto de estudio, a medida que se iluminaba desde el exterior con los rayos del sol que empezaban a entrar por las ventanas entreabiertas. Una suave brisa matutina entró por los postigos de las ventanas y removió algunas hojas en los escritorios cercanos. La luz hizo un movimiento repentino y cubrió con fuerza casi todo el estudio, dejando ver los estantes de libros.
La puerta principal del estudio comenzó a abrirse, empujada por la mano del hombre que entró en ese momento, y entonces lo percibió de cuerpo entero. Se le quedó observando: le veía débil, cansado, quizá enfermo, incluso abatido. El hombre se sentó en la silla giratoria del escritorio principal y estuvo tentado a encender un cigarrillo pero lo dejó, triturándolo contra el cenicero sin encenderlo.
Tomó un control remoto que estaba cerca y lo accionó para encender el tocadiscos que estaba empotrado en la biblioteca, de donde surgió el sonido tenue de una música de guitarras. Fue hacia la ventana y terminó de abrirla, para respirar mejor el aire de la mañana y observar un rato el jardín donde había distintas flores, caminerías zigzagueantes y pinos  perfectamente podados. Se escuchaba a lo lejos el canto de los gorriones.
Se devolvió en dirección a una pequeña nevera, de donde sacó un vaso, le colocó un hielo  y vertió de una botella un chorro de whisky hasta la mitad, que luego removió con el dedo índice y probó, con gesto de satisfacción. Se quedó mirando las estanterías de libros y desde ahí detuvo la mirada justo en la que sabía se encontraba. Se acercó a ella y sacó sus lentes del bolsillo para verlo mejor.
Lo tomó y abrió. En ese instante el libro comenzó a leerlo.

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Ilustración especial para Revista Corónica por Camila Bordamalo García
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