Por CUENTOS JULIO MEZA DIAZ PERU

Correspondencia

Julio Meza Díaz (Lima, 1981). Ha publicado el libro de cuentos Tres giros mortales y la novela Solo un punto. Ha publicado también los poemarios Lugares comunes y Matemáticas sentimental, con el cual obtuvo el primer premio del Concurso de poesía Universidad Cayetano Heredia, 2010. Relato.


–¿Qué está buscando, usted? –le dijo el Comandante General al Cabo.
–Lo mismo desde hace tiempo: salir de esta guerra. Vivir mi vida. Nada más.

Estimada Señora Madre del Oficial de Tercera 
del Batallón Furia de los Marinos:
Por encargo de la Comandancia General debo comunicarle el sensible fallecimiento de su bien amado hijo. 
El Oficial de Tercera del Batallón Furia de los Marinos fue un soldado como pocos. Entregó su vida por la defensa de la patria en circunstancias heroicas. Mientras dirigía un pelotón de vanguardia tuvo la mala fortuna de ser sorprendido por elementos terroristas. Las balas silbaban por encima de su cabeza pero la cobardía jamás lo tentó. Pudo rescatar a cinco compañeros heridos y dio muerte a una docena de adversarios. En gesto glorioso prefirió recibir una ráfaga de metralleta en el pecho antes que dejar caer la bandera nacional al piso. Gracias al favor de los santos y de Dios Todo Poderoso que nos ama con misericordia eterna desde el cielo (y gracias también a su chaleco antibalas) el Oficial no sufrió ninguna lesión por este ataque. 
Lamentablemente, horas después de la gresca armada, una pepa de mango le impidió la respiración hasta acabar con su vida.  
Sus compañeros de armas siempre lo recordaremos con afecto. 
Dios la bendiga a Ud.
Cabo de la Sección de Comunicaciones del Ejército.

–Hasta yo me lo creo, carajo –dijo el Capitán, palmeándole el hombro al Cabo–. Ahora sí nos vamos para arriba.
El Oficial de Tercera no murió luego de un acto memorable. Los manuales bélicos detallan el uso de la violencia contra la población civil para que, inmovilizada por el miedo, no se atreva nunca a colaborar a favor del bando contrario. Siguiendo esta indicación, el Oficial de Tercera había secuestrado a una menor de edad. La desvistió usando la bayoneta, descubrió su verga enhiesta y lacrimosa, se tendió sobre ella alardeando una sonrisa y se detuvo en sus labios. Carnosos, sedientos. Parecían rogar una mejor suerte.
El grito del Oficial de Tercera ahuyentó a las palomas que moraban en los árboles del cuartel. Cuando la guardia entró corriendo a su oficina, lo hallaron desangrándose por entre sus piernas. La menor había tragado un sucio bolo alimenticio.
–Te jodiste –se dirigió el Teniente al Cabo, mientras caminaba de un lado a otro de la celda de torturas–. Has cometido graves delitos: tráfico de drogas dentro del cuerpo militar; deserción en pleno campo de batalla y desobediencia al superior jerárquico… Es decir, tú no solo eres una mierda, sino una reverenda mierda.
–Uno hace lo que puede, señor.
–Y para colmo, payaso.
–Eso mismo me dice su esposa, señor.
–Guardias, métanle agua y corriente otra vez. Hasta que aprenda.

Estimado Señor Padre del Oficial de Segunda
del Batallón Furia de los Marinos:
Por encargo de la Comandancia General debo comunicarle el sensible fallecimiento de su bien amado hijo. 


–¿Por qué te metiste al ejército? –el Capitán se acomodó en su escritorio y sacó una botella de aguardiente–. Se ve que no es lo tuyo.
–Por la visa, mi Capitán –dejó de teclear el Cabo.
–¿Para qué la quieres? Mi país es el más mierdoso del mundo. Siempre estamos en guerra.
–Lo sé. Pero a veces uno sigue los peores consejos.

El Oficial de Segunda del Batallón Furia de los Marinos fue un paradigma de soldado.

A mitad de la noche, sobre una mesa del comedor de la tropa, vació los cien kilos de heroína sustraídos a los socios narcotraficantes del enemigo.

El sufrimiento de sus compañeros debía ser aliviado y decidió donar la mayor cantidad de sangre que podía. 

–¡I`m Tony Montana!– gritó, luego de inyectarse una dosis violenta.

Pero, cuando sus venas albergaban ya el cuarto pinchazo, tuvo que interrumpir su gesto caritativo. El fuego de los morteros terroristas había empezado a golpear el campamento.

Sintió pasos discretos y voces sospechosas que se distribuían por la noche. Había llegado la hora de dar batalla. Se introdujo en un tanque, cerró la escotilla y revisó la mira. Sus compañeros se acercaban preocupados.

El Oficial de Segunda reaccionó con bravía y pundonor.

–¡Say “hello” to my little friend!– dijo y apretó el gatillo del cañón.

Acabó con la vida de treinta elementos subversivos y lesionó de gravedad a otros veinte. 

–The world is yours– susurró, antes de que explotara una granada que sus amigos introdujeron en la cabina del tanque, para detenerlo.

Volvió a donar sangre. Esta vez para todos los heridos, fueran de nuestro cuerpo o del contrario.
Hundiéndonos en el pesar, murió días después a causa de una diarrea galopante.
El capellán ora siempre por el descanso eterno de su alma.
Dios la bendiga a Ud.
Cabo de la Sección de Comunicaciones del Ejército.


–Yo soy un simple capitán. Pero tengo mis contactos. Eso es lo bueno de tener una prima culona y ligera.
–Le agradezco su intención, sobre todo su amistad.
–Gracias a ti esta oficina recién avanza. Tienes talento, Cabo. Te lo mereces.
–Eres una mierda. ¡Una verdadera mierda! –el Teniente le pegaba rabiosos puñetazos a una de las paredes de la celda–. ¡No es broma! ¡No es broma!
–Ella es enfermera de la base, señor. Y a usted le gusta mucho el fútbol, señor.
El Teniente desenfundó su pistola. Apuntó al Cabo. Los guardias que lo acompañaban se pusieron lívidos.
–Usted prefiere ver el fútbol, señor; y olvida darle su merecimiento, señor. Ella me dice payaso, mi payasito, señor.
La cabeza rapada del Teniente se erizó de venas en tensión.
–Alto, mi Teniente –llegó un mensajero.
–Y uno de mis clientes, uno que disfruta mucho de la marihuana, me salvó. Luego me buscó un traspaso a la Sección de Comunicaciones, que es en donde ahora me encuentro.
–Cabo, usted sí que le trae problemas al ejército –dijo el Comandante General, con gesto divertido y relajándose en su sillón–. Es un travieso por naturaleza.


Estimada Señora Esposa del Teniente del Batallón Furia de los Marinos:
Por encargo de bla-bla, bla-bla, bla-bla. Ya lo sabes, se suicidó el infeliz de tu marido.
Dime, ¿qué harás el sábado por la noche? ¿Todavía guardas el disfraz de caperucita roja?
Dios la bendiga a Ud.
Cabo de la Sección de Comunicaciones del Ejército.


–Una pariente del Capitán, con la que tengo, digamos, relaciones profesionales, me habló de usted –dijo el Comandante General–. Me resultaron simpáticas sus aventuras. Y me gustó su talento con la pluma.
–Es usted muy amable. No creo merecer sus elogios.
–Le daré lo que busca. Saldrá de esta guerra sin problemas legales. Pero eso sí, antes escribirá mi biografía.
–Lo haré con placer. Pasará a la historia en letras de oro.
–Muy bien. Ahora, por favor, consígame un par de botellas de wisky y tres líneas de talco. Al rato llegarán unas vedetes y quiero estar a tono.

***

El Cabo salió de la oficina del Comandante General. Contempló los tanques; la marcialidad de la tropa que corría a lo largo del perímetro de la base; los helicópteros que, a medida que iban perdiéndose en el horizonte, tomaban la figura de abultados moscardones; una bandera que bien hubiera servido de tela para sombrilla de playa.
Entonces, adelantándose al resto de la obra, el Cabo escribió en su cabeza el último párrafo de la biografía del Comandante General: “Terminó su existencia en una orgía de sexo, drogas y rock and roll. En su sangre había una cantidad industrial de cocaína y su ano abrazaba un consolador oxidado. Inerte, colgaba de una transversal por su propia correa. Al parecer había practicado la hipoxifilia”.

Ilustraciones: Camila Bordamalo García

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