Por J S de Montfort LECTURAS DE 2015

Lecturas de 2015 por J. S. de Montfort

J. S de Montfort (España, 1977). Escritor y crítico literario. Autor de Fin de fiestas, ed. Suburbano 2014. Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid) y Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona). Editor en Revista Hermano Cerdo.

Creo que leí bastante este año pasado. Y bueno. Al menos lo que recuerdo. Es difícil siempre llegado este final de ciclo pensar en su totalidad en conjunto. Así que empecemos y a ver de qué me acuerdo.
Recuerdo con viva sorpresa y un agrado excitante ese compendio sobre la gestualidad y la literatura que son las piezas escénicas de Aproximación a nada (Culturama, 2014), del escritor colombiano Darío Rodríguez, de quien ya había leído -con sumo gusto- uno de sus libros anteriores: Observaciones desde una ventana (Garcín editores, 2013). Recuerdo también los relatos de Eduardo Jorda, contenidos en Yo vi a Nick Drake (Rey Lear, 2014), unos textos de factura clásica y aliento viajero. Recuerdo la sorpresa de leer a Carlos Yushimito (Los bosques tienen sus propias puertas, Demipage, 2014), a quien -por alguna razón- me había resistido a leer. Y mal que hice, me alegro de recordarlo ahora, pero también de haberlo leído (y de querer seguir leyéndole) sus historias extravagantes y su experimentación expresiva. Y hablando de relatos me quedé un poco al estilo coitus interruptus con Nueve (Demipage, 2014, de Rodrigo Hasbún, ya que esperaba un libro completo de relatos nuevos. Y no. Una emoción -truncada- parecida a la que tuve con Liliana Colanzi y su libro La Ola (Montacerdos, 2014). Espero que pronto podamos leerles ambos sendos libros nuevos de relatos. Ah, y leí también Los afectos (Random House, 2015), de Hasbún. Una novela. Buena. De expresividad seca, pero feliz.
Leí con enorme delectación Coronel Lágrimas (Anagrama, 2015) de Carlos Fonseca. Y la desaparición del paisaje (Periférica, 2015) de Maximiliano Barrientos, así como Ornamento (Periférica, 2015), de Juan Cárdenas, uno de los escritores contemporáneos que más me agradan y cuyos libros siempre suponen un interesantísimo desafío crítico. Descubrí con una emoción vibrante al escritor Pablo Ramos, con su novela La ley de la ferocidad (Malpaso, 2015), una novela que me dejó completamente loco (en enero se publica la tercera parte de su trilogía autorreferente: En cinco minutos levántate María; yo ya la leí y os puedo decir que es una potentísima novela breve, Ramos es uno de los grandes escritores argentinos de hoy día). Otro libro en esta línea es La Pecera, de Juan Gracia Armendáriz, de quien no había leído nada y de quien, después de la Pecera, quiero leerlo todo. Rumbosa y también feliz fue la lectura de Caracaos (Melusina, 2015), de Marc Caellas, un tipo apacible que, sin embargo, porta adentro un incendio que se desparrama siempre - sin renunciar al humor- en sus creaciones (sean en forma de libro o en forma de obra teatral, performance o lo que sea que se le ocurra hacer).
En cuanto a libros de poesía me sorprendió enormemente la versión de las Elegías de Duino (Sexto Piso, 2015) de Juan Rulfo y un librito precioso llamado En mi pradera, de Fredéric Boyer, también editado por Sexto Piso. Y qué decir de Eso, de Inger Christensen (de nuevo Sexto Piso). Eso es una barbaridad. Un libro explosivo y total. Casi indresciptible. Me gustaron también dos libros de El Gaviero, de jóvenes poetas (a los jóvenes poetas hay que leerlos siempre, y leerlos no viéndoles las flaquezas sino hipotetizándoles la gloria): la antología Mil novecientos violeta y el libro de Gabby Bess, Post Coño.  
Quería destacar también La línea de producción de la crítica (Consonni, 2014), del crítico de arte Peio Aguirre. Un libro que propone una discusión perentoria: el modo en el que la crítica puede -y debe- beneficiarse de la publicidad y el marketing.
¿Qué más? La primera novela de Maria Virginia Jaua: Idea de la ceniza (Periférica, 2015), un libro bellísimo que habla del modo de mantener un amor en vilo, de la potencia de la escritura y de la telequinesis del afecto. Pero también del duelo y de la teoría crítica. Un libro para mi muy especial. Y también lo es, de especial y único, La herida se mueve (Tropo Editores, 2015), de Luis Rodríguez. Un libro desconcertante, raro, ineludible para todos los amantes de la literatura más arriesgada y, al tiempo, desgarradora.
Ah, y Lydia Davis y Ali Smith (adoro a Ali Smith, su libro How to be both es espectacular: una pieza reversible, magistral). Y he leído y releído a Nabokov, a Sherwood Anderson, a Josep María de Sagarra, al escritor catalán Toni Sala, a Tabucchi y a Blanchot. No quiero olvidarme de Sarajevo (Malpaso, 2015), del periodista Alfonso Armada, un libro que me hizo llorar y me dio mucha tristeza, pero, al tiempo, entendí que debía leer y me hizo bien leerlo.
Por último, mi gran descubrimiento de este año: Stephen Dixon. Soy ya un fan total de Dixon.
En estos momentos leo a Sergio de la Pava (Personae), la 4ª (Lupercalia, 2014), de Mario Crespo y un librito fantástico que encontré esta tarde en una librería de viejo: Una tarde de monsieur Andesmas (Seix Barral, 1971), de Marguerite Duras, de quien tambén leí hace poco Destruir, dice (Tusquets, 1991).
Eso es todo, creo.
No, uno más: Young skings, de Colin Barret, un libro de relatos extraordinario de un narrador joven muy prometedor.
Y ahora sí, ya, dejo el recuento que se hace tarde y otros tienen que venir también a contar sus lecturas.
Que todos Vds. disfruten de un 2016 cargado de muchas y -esperemos- buenas lecturas.

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