Por Keren Marín

El gato paracaidista


Una noche dejé entreabierta la ventana de mi habitación. Frente a ella, Urano -gato de rayas entrecortadas, ojos aguamarinos y patas de nieve- observaba el vacío mientras mecía salvajemente la cola. De repente, el sonido de su ronroneo cesó y se escuchó únicamente un maullido entrecortado: se había lanzado desde el cuarto piso, desde aquella ventana que llamaba sin querer a la aventura. El susto fue mayor que las consecuencias: unos cuantos raspones y una contusión pulmonar leve. En una semana estaría nuevamente vigilante tras el gris de los ventanales, a punto de perder otra de sus siete vidas.

Aquella manía gatuna por saltar de toda ventana, balcón y terraza es conocida como ‘el síndrome del gato paracaidista’. Usualmente la curiosidad es el detonante: una mariposa, un grillo o un pájaro llaman la atención del felino, este asume el riesgo y busca a toda costa atraparlo. Sin embargo, en medio de la travesía el animal pierde el equilibrio y cae. En este punto es donde la destreza y la agilidad son puestas a prueba, pues antes de tocar el suelo el gato debe rotar 180 grados alrededor de su espina dorsal para luego poder arquear la espalda y caer de pie. Aquel intrincado mecanismo que hacía de los felinos seres mágicos y excepcionales fue finalmente descubierto en 1894 por Étienne Jules Marey. Para ello, lanzó gatos bicolores, amarillos y manchados desde diversas alturas y capturó sus movimientos a través de la cronofotografía.

Este pequeño incidente no solo me reveló los principios básicos de la física. A su vez, me produjo gran inquietud sobre aquellos designios que guían nuestra existencia. Observar a Urano en el vacío cuestionó mi cobardía ¿por qué no era capaz de arriesgarme? ¿por qué seguía contemplando el vértigo desde la seguridad de la baranda? Quería, pese a todo consejo, abalanzarme contra las estrellas y deshacerme de la patria y el tiempo. Ser un árbol que ha dejado atrás sus raíces, gato indiferente que no necesita de nombre para existir. Sin embargo, saltar no es solo cuestión de valentía. Saltar es creer de nuevo en nuestra fantasía y desear alcanzar mediante el vacío aquellos infiernos paradisíacos que logramos inventar. Es arriesgar la tierra firme por un momento de ensueño, lanzarse por la ventana a sabiendas de que no caeremos de pie. Todo o nada: la rueda de la fortuna debe girar.

Al final los gatos serán nuestros maestros, pues al igual que el agua son serenos y simples. Existen para contemplar el mundo que los rodea y para arriesgar en cada ventana, una de sus siete vidas a cambio de libertad.

Fotografía: Étienne Jules Marey

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