Por Jerónimo García Riaño

La reencarnación de La Narváez

—¿Le gusta la salsa? —me preguntó mi amigo Joaquín, en el patio del colegio, en 1993.
—Sí, me gusta mucho —le dije.
—¡Es que tiene unos ritmos muy chimbas!, ¿ha escuchado “La Mafia”?
—Sí, claro. Tiene unas canciones muy bacanas.
—¿¡Ah!?, yo me refiero a la canción La Mafia, de La Narváez.
—Hummm, no, no la he escuchado.
A los pocos días, Joaquín me prestó un casete que tenía esa canción. Y me di cuenta que, mientras yo hablaba de la banda mexicana de balada pop de los 90 (vida yo te amo más que el aire que respiro, tengo el corazón abierto y sin yo no vivo/ Me estoy enamorando hoy de ti, pero perdidamente, yo que tanto decía que jamás me volvería a pasar…), Joaquín me hablaba de una orquesta de salsa que nunca había escuchado y que conocí con el casete que me prestó.
Y el ritmo, el golpe de la campana y la velocidad de las canciones, propias del género, me llamaron mucho la atención. Entonces, gracias a Joaquín, y a amigos como Johan Orozco, empecé a escuchar otras canciones de esa orquesta, y se fue convirtiendo poco a poco en una de mis orquestas preferidas. Además de La Mafia, escuché temas como Reincarnation, El malo, Obra del tiempo, Sabiduría… y otras más que se fueron quedando en mi memoria quinceañera y adolescente, como parte de esa música que marco esos momentos de mi vida.
23 años después, el año pasado, anunciaron que la orquesta Narváez, junto con otras viejas orquestas de la salsa, se presentaba en Medellín. No pude ocultar mi alegría y mis deseos de ver a esta orquesta en vivo, esa orquesta que había significado mucho para mí a mis escasos quince años. Entonces sin duda, compré la boleta para verlos, y así fue: el sábado 16 de abril del 2016, en la plaza de toros La Macarena, me encontré con mi pasado, con las melodías que me habían acompañado en esos años fogosos de la vida, que habían sonado en mi grabadora de doble casetera, en unos casetes que yo compraba todos los viernes con la plata que me sobraba de lo que mi padre me daba para las onces en el colegio, y que terminaba bien invertida en dispositivos de grabación análogos que perdían su virginidad los domingos en la mañana, de 7 a 12 del día, en un programa que se llamaba Salsa y Sabor.
La Narváez fue la orquesta que cerró el concierto, cuando vi a los músicos abrí mi celular y busqué fotos de ellos en Internet, trataba de comparar a aquellos músicos con afro y pantalones bota campana, con esos hombres, canosos unos y calvos otros, que estaban en tarima.
Y la música empezó a sonar: fue una orquesta tímida, insegura, no sabían qué suelo pisaban, se equivocaban por ocasiones… pero eso no importó, la gente celebró y gritó a rabiar cada una de las canciones que la orquesta interpretaba. Entonces La Narváez empezó a darse cuenta de la dimensión de lo que estaban haciendo, no se imaginaban lo importante que era para nosotros que estuviesen allí, la nostalgia que nos producía verlos en vivo, una especie de sueño inesperado, un regalo de la vida después de tantos años. Fue tanto su asombro que confesaron que se prepararon durante seis meses para esa presentación: era una orquesta que ya no existía (sólo grabaron un disco que los hizo famosos, Reincarnation, en 1975) y que esa noche volvieron a vivir, reencarnaron. Fue un concierto especial que, por mi parte, no puedo olvidar y que seguramente muchos de los presentes ese día, lo siguen recordando.
Este año, en una nueva edición de ese concierto hecho en Medellín, se volvieron a presentar, y volvieron a cerrar el concierto. Pero fue diferente, ya no era una orquesta tímida, por el contrario, era una banda mejor vestida, con luces que la iluminaban por todo lado, y de voces de ultra tumba que presentaron a la orquesta; con un número especial preparado como agradecimiento para Medellín y Colombia, por su renacer tipo ave Fenix. Con banderas de Colombia y Puerto Rico puestas en los trombones del director (Dewell Narváez) y del otro trombonista que acompañaba a la orquesta. Ya no fue una presentación sencilla sino un show que dejó ver a una agrupación fortalecida gracias a la nostalgia cultural, propia de nosotros los colombianos.
Lo que pasó con la Narváez es algo similar a lo que alguna vez mostró Malik Benjelloul, en un documental llamado “Buscando a Sugar man”, donde narra la historia de un genio del rock, Sixto Rodríguez, que en los 60 que no tuvo mucho éxito musical en su tierra, pero que en Sudáfrica era todo un ídolo. Y de ser un jardinero en USA, se convirtió, por unos días y después de muchos años, nuevamente en aquel gran rockero en una presentación que hizo en el país africano.
Pero lo de Narváez parece que será más próspero y duradero (seguramente buscará presentarse en otros escenarios en el país). Y lo pude notar porque su cantante principal, el original de los años 70, Armando Vázquez, llegó más gordo a esta presentación.
Comparto un video de Youtube con la canción Reincarnation, en su presentación en el 2016.

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