Por Jerónimo García Riaño

El último traje o el primer amigo


   Siempre he pensado que una de las tareas del arte, sino es su responsabilidad, es la de crear sensaciones en quienes lo perciben y lo aprecian. Esa, además de tener la capacidad de plasmar las expresiones humanas y transgredir la realidad, es la razón de la existencia del arte.

  Y lo comprobé hace unos días en cine, cuando, después de ver algunos buenos comentarios, decidí ir a ver El último traje, el filme argentino dirigido por Pablo Solarz.

  Es una película que narra el viaje de Abraham Bursztein (Miguel Ángel Solá), un viejo relegado de su familia, con el destino de sus últimos días puesto en un ancianato, y encuentra en el pasado la esperanza de salvarse de esa vida que le espera, llena  de olvido y con una pierna que está a punto de perder.

  Este personaje inicia su viaje con la única idea de encontrar a su viejo amigo, a su primer amigo, que le salvó la vida y con el que compartió, por ser judío, la historia trágica del holocausto nazi en Polonia.

  Y de eso se trata la película.

  Pero lo más especial no es el viaje, sino lo que implica hacer el recorrido con los recuerdos que reviven en la memoria de Abraham, en las personas que se encuentra en el camino, en la alegría y en la tristeza que viajan con él. En las manifestaciones de afecto de un hombre golpeado por el pasado, en las formas que este viejo, renqueando su pierna, como si fuese el peso que lleva de su vida, afronta las vicisitudes que se le van presentando en el camino.

  Esta es una película llena de tanta humanidad, la que nos hace tomar decisiones para salvarnos, la que nos muestra la compasión que muchas veces sentimos por otros, la que revela el dolor de lo vivido con la frialdad con la que se trata a los otros, la que miente, la que ríe, la que llora, la que nos permite perdonar.

  Al final, Abraham llega con su último traje a Polonia en busca del recuerdo que quiere que se convierta en su presente, en lo que queda de su futuro, en la esperanza de la vida que aún no se le termina.

 ¡Recomendada!

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