Tres poemas de Carlos Polo. Del libro Cantos azules y otras estaciones peligrosas. (Exilio, 2019)

viernes, diciembre 27, 2019Silver Editions



Carlos Polo (Barranquilla, 1973). Poeta, narrador y periodista, autor de los libros de cuentos Rapsodia para reclutas asustadizos (UIS, 2009), con el que ganó el Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Industrial de Santander y Las malas noticias llegan primero (Collage, 2018). Su novela Es de noche cuando los gatos son pardos (Collage, 2018) obtuvo el Premio de Novela Distrito de Barranquilla. Su último poemario, Cantos azules y otras estaciones peligrosas (Exilio, 2019), resultó ganador de la Beca de Poesía de la ciudad.


Holocausto

Aquí está mi corazón, lloviendo, sangrando.

Y la lengua de la luna en mis heridas y la baba de la noche en mi tristeza. El silencio del cielo, la risa del diablo

lunando en este vacío espeso y
los despojos del corazón y la sangre y la lluvia. Aquí está mi corazón.
¡Aquí está mi corazón!
Mordido por los perros, esperando, esperando.

Y la fiesta de puñales y su risa.
¡Aquí está mi corazón!
Observa el fino cristal en que lo envuelvo. Esta vez asegúrate incluso de comerte sus cenizas.

Canción de la lluvia

Ha vuelto la lluvia silenciando
las cigarras y su blues de mediodía.
Ha regresado el gris sobre los cerros,
el cielo empañado, las moscas y su gula,
la melancólica canción de los sapos nocturnos, 
la psicótica criminalidad de los zancudos,
la iracunda fatalidad de los arroyos.
Sí, ha vuelto la lluvia
y en mi corazón se desataron todas las tormentas.

Equipaje

Llevo los ojos descalzos, 
ciertas imágenes laceran la piel 
descubierta de la mirada.
Llevo por dentro una cosecha de miedos, 
por fuera el falaz antifaz que cuelga 
sonrisas mojadas en las madrugadas rojizas. 
Llevo las manos atadas,
degustando agrios sabores metálicos
que se purifican con tinta y palabra ciega. 
Llevo los oídos quebrados en caminos 
verdes y carreteras azules
por donde la oruga arrastra sus alas obsoletas.
Llevo conmigo algunas tristes certezas 
y ciertos claveles blancos
que no permito que envejezcan.
Cargo eclipses brillantes, bostezos siderales
y polvos burbujeantes que no son de estrellas.
Llevo un felino agazapado
para rasgar vestiduras hipócritas. 
Colecciono momentos moribundos 
que aún sostengo entre los dientes. 
Cargo pisadas que son silencios,
huellas, cicatrices ebrias, suspiros constelados, 
amazonas marchitas, contradicciones inmunes.
Llevo tanto pero tanto en mi espalda 
que busco afanosamente estaciones 
que me permitan amablemente 
despojarme de tan pesada carga.

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