miércoles, 10 de junio de 2020

Edgardo Civallero y la memoria de América Latina

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Edgardo Civallero es licenciado en Bibliotecología y Documentación por la Universidad de Córdoba (Argentina), y tiene formación en Biología y Ciencias del mar. Desde 2004 Civalllero escribe en blogs, el primero fue Bitácora de un bibliotecario, uno de los primeros weblogs sobre bibliotecas en Latinoamérica donde publicó durante varios años. Desde 2015 publica en el blog Bibliotecario, un espacio que cuenta con una cantidad considerable de entradas sobre temas que van desde las bibliotecas, las humanidades digitales, tradiciones orales, servicios bibliotecarios para pueblos indígenas, hasta la recuperación de sonidos y lenguas amenazadas.

A inicios del 2018 Civallero empieza a publicar en su blog crónicas de un bibliotecario en las islas Galápagos, pues desde ese año trabaja como coordinador de la biblioteca de la Fundación Charles Darwin. En estas crónicas se pasea con los vivientes de estos lugares, trabaja con el archivo de la fundación y va creando un proyecto de recopilación de la memoria tradicional de estos lugares que está en diálogo permanente con otros lugares de Latinoamérica como Colombia y Argentina, y además un proyecto de conservación de la biodiversidad, la sostenibilidad y la divulgación científica.

Gran parte de su trabajo que va desde las entradas en blog hasta artículos académicos y conferencias está en acceso abierto, lo que permite que éste pueda ser ampliamente leído por muchas personas que tienen sus mismos intereses sin ningún tipo de restricción de pago o acceso. Encontramos en su archivo la recopilación de todo el material de memoria que ha trabajado durante años. Parte de ese material es como un diario, una ruta de viaje de un hombre inquieto. En este diario hay descripciones de viajes a lugares inhóspitos con observaciones muy precisas de los grupos con los que trabaja. Hay también en proyectos como Un sur de sonidos o Casa de palabras, textos donde habla, en el caso del primero, de la música tradicional de América Latina y del segundo de la lengua, un análisis de palabras de diferentes pueblos de América Latina. Así mismo, hay apuntes críticos sobre la construcción de ciudadanía, sobre la labor bibliotecaria, sobre la militancia sociopolítica y la resistencia cultural y colectiva.


Edgardo Civallero, quien desde este mes empezará a colaborar como columnista en Revista Corónica, responde este breve cuestionario sobre su labor que sale más allá de las bibliotecas y que se expande hacía el trabajo colectivo y de divulgación. Le preguntamos sobre la conservación de la memoria y la preservación de prácticas de pueblos indígenas y campesinos. | Por Catherine Rendón*

Civallero:
Mi trabajo —no podía ser de otra manera, me temo— es una suerte de mezcla de mi formación y mis experiencias de vida. Soy bibliotecario, pero también músico, artesano o agricultor, he trabajado con muchas sociedades indígenas latinoamericanas y he aprendido sus lenguas y tradiciones, y me he pasado un buen puñado de años habitando comunidades rurales a ambos lados del Atlántico. Todo lo que he vivido tiene una fuerte relación con la memoria (y el olvido) y con las distintas formas, canales y métodos de atesorarla y expresarla. Eso abarca la tradición oral y otras expresiones culturales, la música y el canto, los distintos idiomas, dialectos, instrumentos musicales y variantes empleados, los libros y los códices, los manuscritos y las pinturas, los saberes campesinos de los ritmos de la tierra y de las nubes... De modo que mi actividad profesional y académica se dirigió, durante las últimas dos décadas, hacia ese horizonte temático: el de la memoria.

En cuanto a las acciones a tomar con respecto a la memoria, más que recuperarla y preservarla, personalmente opino que el objetivo debería ser identificarla, comprenderla, protegerla de las muchas agresiones externas que sufre, y hacerla visible. Guardar patrimonio intangible en un archivo o en un museo no tiene más sentido que permitir la supervivencia de la sombra de la sombra de una expresión cultural que, probablemente, esté amenazada. No digo que no sea útil: simplemente me parece mucho más valioso apoyar a los cultores de esas tradiciones, darles las herramientas que necesiten, el reconocimiento que merecen y la visibilidad que precisen, para que sus formas tradicionales de hacer, decir, pensar y vivir no desaparezcan, ni se conviertan en un artefacto de museo o en algo "minoritario".

En relación al panorama regional, hablar de estas prácticas y de su protección en un contexto latinoamericano sería bastante pretencioso por mi parte: el escenario es muy complejo, varía de país en país y de región en región, y tiene muchos grises, muchas luces y sombras. En términos terriblemente generales, creo que los latinoamericanos somos muy conscientes de nuestro patrimonio intangible, de nuestras herencias culturales. Lo somos para bien y para mal: para intentar borrar pasados que odiamos o realidades que preferimos evitar, o para rescatar aquello que nos enorgullece... o que creemos vendible ante el mundo. Hay, pues, excelentes experiencias de apoyo y salvaguarda de patrimonio, y muchas ausencias y descuidos notables. A ello contribuyen también los distintos niveles socio-económicos y situaciones políticas de cada país de la región.

Finalmente, con respecto al tipo de prácticas conservadas, diría que las visuales y sonoras suelen ser las que reciben una mayor atención: arte, música, canto, danza... Otras, como la historia oral, las lenguas, la literatura hablada y la memoria social, no suelen obtener tanto apoyo, quizás por falta de recursos o de interés, o quizás por una suerte de neo-colonización que prefiere darle importancia a los aspectos más "folklóricos" y "pintorescos" y dejar silenciadas aquellas voces que puedan rememorar determinados sucesos o mantener vivas determinadas cuestiones, poco cómodas para los poderes dominantes.

¿Crees que hay una preocupación reciente por recuperar tradiciones propias de cada región? 

La pregunta tiene dos caras, y es preciso señalarlas, porque el hecho de que existan puede ser riesgoso. Todas las culturas de Abya Yala se han preocupado siempre por mantener sus tradiciones, especialmente en los tiempos en que veían sus identidades amenazadas y sus realidades comprometidas. Sin embargo, cuando hablamos de "recuperar tradiciones" en la actualidad, en general no estamos hablando de las propias, sino de las ajenas. Solemos estar hablando desde la perspectiva de un sector o una institución de la sociedad dominante que recoge, recupera, guarda y exhibe uno o varios fragmentos de memoria de "el Otro".

Entre las sociedades "subalternas" y los sectores sociales y grupos humanos "minorizados" de América Latina existió y existe el interés natural por preservar las expresiones culturales, la memoria histórica y social y las expresiones culturales propias, a pesar de que la terrible presión cultural y la discriminación a la que muchas de esas personas se han visto sometidas las hayan forzado a abandonarlas. Esos grupos precisan de apoyo, de herramientas y de espacios para poder hacer visibles sus identidades y culturas y, sobre todo, necesitan que dejemos de ponerles palos en la rueda, de invisibilizarlos, de estudiarlos, de interpretarlos, de explicarlos... Aquí me estoy refiriendo a sociedades indígenas y comunidades campesinas, pero también a grupos y sectores urbanos como trabajadores, mujeres, ancianos, sindicalistas, habitantes de sectores periurbanos y de "bajos fondos", movimientos alternativos, "tribus".

Creo que desde algunas instituciones académicas y gubernamentales se ha comenzado a tomar consciencia de las problemáticas de "recuperar" y "conservar" la memoria del otro, y de los riesgos de "explicarla". Entiendo que hay un movimiento entre archiveros, museólogos, bibliotecólogos y otros profesionales de la gestión de la memoria en cuanto al respeto, el desarrollo de base y la decolonización. Y supongo que, dentro de un tiempo, ya no estaremos hablando de recuperación de tradiciones de cada región, sino de fortalecimiento de identidades y divulgación de memorias propias o colectivas.

¿Cómo vinculas tu trabajo entre la bibliotecología, la música, la oralidad y un poco también la biología? ¿Las ves y las trabajas por separado? 

Como comentaba al principio, me es imposible ver cada elemento por separado. Cada uno aporta algo a mi visión de los asuntos con los que trabajo, a mi abordaje de los temas, a mi búsqueda de caminos y soluciones. La bibliotecología es un campo muy poco desarrollado en términos sociales y críticos: personalmente, he tenido que abrirlo transdisciplinarmente y enriquecerlo con otros elementos. Y conectarlo con la oralidad, con la transmisión y codificación de saberes y contenidos que no siempre tienen a un libro como soporte. Siempre he defendido la idea de una biblioteca como un espacio en el que usuario e información entran en contacto, y esto puede suceder con palabra que se habla en un rancho de una comunidad rural andina, por poner un caso.

La música se integra muy fácilmente a la oralidad, y viceversa: son aliadas, y en muchos casos, su simbiosis es necesaria para su mutua supervivencia. Y la biología me ha ayudado a tener una visión (eco)sistémica, a ubicar nichos y vínculos, y a aplicar conceptos como los de biomímesis al mundo de la información.

Hay unas brechas entre la divulgación científica, donde entra también la académica con la divulgación menos especializada. Desde tu trabajo, que está en acceso abierto y es más divulgativo, ¿cómo crees que se pueda romper esas brechas de divulgación? 

Mi trabajo siempre se ha intentado enfocar en la divulgación, aunque dentro de mi producción haya muchos artículos y conferencias académicas. Pero siempre he buscado que lo que hago esté al alcance de todos: por eso he apostado desde un principio por el open access (cuando el acceso abierto todavía no era demasiado conocido entre bibliotecólogos y archivistas). También he apostado por investigaciones más descriptivas que explicativas, revisiones bibliográficas, estados actuales de la cuestión o textos explicativos y divulgativos, columnas, entradas de blog, difusión en redes sociales, etc. El gran problema de este tipo de "política de publicación" es que si yo hubiera querido desarrollar una carrera en la academia, toda mi producción no me hubiera valido de nada, debido a las (en mi opinión perjudiciales) tendencias dominantes en relación al impacto de las publicaciones.

En principio, a la hora de divulgar, es preciso querer hacerlo, tener ese objetivo y esa intención. El estilo de escritura cambia, evidentemente: sin perder en absoluto su base científica, un texto divulgativo debe ajustarse a otra estructura (más cercana a la crónica, el ensayo o la entrevista), cambiar el vocabulario (lo cual no implica "simplificarlo" en el sentido de "escribir para dummies", sino hacerlo más accesible) y buscar la conexión con aquellos que, sin tener la formación adecuada para entender un texto científico, sí tienen el interés por aproximarse a sus contenidos. Como hemos demostrado los muchos que nos hemos dedicado a la docencia, la divulgación, la investigación descriptiva y las revisiones bibliográficas, se trata de una labor muy importante, totalmente posible, y que brinda unos resultados y unos retornos francamente admirables.

¿Cómo haces la investigación para recopilar las palabras, en el caso del proyecto Casa de palabras o Palabra indígena? 

Palabra indígena nació en 2017, junto con el proyecto Casas de palabras (antes "Observatorio de bibliotecas y pueblos indígenas"). Tras un periodo de prueba, estuvo offline un par de años, hasta que lo reactivé a principios de 2020. Se trata de un blog de Tumblr en el cual, de manera semanal y en formato bilingüe, recupero una palabra "curiosa" de una lengua indígena latinoamericana, y la presento en una imagen, junto con su definición. Además, agrego información complementaria sobre el pueblo que usa esa lengua, su ubicación geográfica y el número aproximado de hablantes.

Para ubicar las palabras reviso diccionarios. Decenas de diccionarios, que conservo en una biblioteca digital personal sobre lenguas de todo el mundo, con miles de volúmenes, grabaciones, diccionarios y cursos. Soy un apasionado por los idiomas, he estudiado y manejo unos cuantos, y nunca dejo de curiosear. Y esta curiosidad me llevó a adentrarme en el mundo de las hablas nativas de Abya Yala, y a sorprenderme con este o aquel vocablo, y a anotarlo, y a coleccionarlo. Es esa colección, y mi asombro, y mi curiosidad, lo que comparto en "Palabra indígena" cada semana.

En la investigación por la conversación y preservación de la memoria de los pueblos indígenas, hay que hacer un trabajo de campo. Muchas veces este trabajo se realiza con unas prácticas poco amigables para las comunidades porque algunas de estas investigaciones ven a las personas y las comunidades tan sólo material de estudio. ¿Cómo trabajas tú? y ¿cómo se deberían realizar este tipo de investigaciones?.

Yo empecé trabajando exactamente de la forma equivocada. Nadie me había enseñado, nadie me había explicado, y hace veinte años las comunidades indígenas eran, para la Academia (y con honrosas excepciones), lugares para ir a hacer una tesis. Mi experiencia de campo me hizo ver las injusticias y desigualdades, y así me fui dando cuenta, en la práctica, de cosas que años más tarde sociólogos como Boaventura de Sousa Santos expresarían en teorías como las "epistemologías del Sur". Me di cuenta del extractivismo académico tiempo antes de que hubiera un nombre para ello, y de tantos otros errores y fallos, muchos de los cuales cometí yo mismo.

El aprendizaje y el ensayo-error me llevaron a corregir mi orientación. En la actualidad trabajo desde una perspectiva de desarrollo de base. En general trabajo con bibliografía (manuscritos, documentos de todo tipo...) pero cuando lo hago en el campo intento que mi labor implique un trabajo con y junto a la comunidad, desde una perspectiva de desarrollo de base. No busco implantar ni implementar nada, solo ofrezco mi colaboración y las herramientas profesionales de las que dispongo por si la comunidad cree que pueden ser útiles, y, de serlo, diseño con ellos, a través del diálogo, las estrategias a seguir y las acciones a implementar. Y que conste que muchas veces el que más aprende del proceso soy yo.

Así como no busco llevar "los avances de la cultura y la civilización" a nadie, tampoco busco dar voz a nadie, ni explicar ni interpretar la vida, las acciones o los pensamientos de nadie, como hacen numerosos (etno)musicólogos, antropólogos, sociólogos, etnólogos e historiadores, entre muchos otros. Dado que no me siento en posición de explicar siquiera mi propia vida y mi propia realidad, mucho menos lo estaría de "explicar" la de alguien que vive en una realidad y con unos códigos muy distintos a los míos. Solo puedo observar, disfrutar, e intentar describir lo que percibo y aprendo para que otros como yo sepan y descubran, y se aproximen, y se interesen.

Y en cuanto a dar voz... ¿es que son mudos? ¿No seremos nosotros, con nuestra presencia, interponiéndonos en sus caminos, los que les tapamos la boca?

¿Cuál es la biblioteca ideal para ti? 

La que no pone impedimentos en la conexión entre el usuario y la información. Como dije antes, para mí una biblioteca es cualquier espacio, real o virtual, en los que una persona entra en contacto con un determinado fragmento de conocimiento, una parte de esa memoria humana de la que venimos hablando desde el principio de la entrevista. Ese encuentro puede darse en cualquier parte, y por eso una biblioteca puede estar en el patio de tierra de un rancho en las sierras argentinas, o en una canoa en un río de la Orinoquia, o en la casa de algún vecino de un barrio popular de alguna de nuestras abarrotadas ciudades, o... Allí donde haya información organizada (escrita, hablada, dibujada, tejida) y alguien que quiera acceder a ella, y un lugar en donde hacerlo, allí habrá una biblioteca, fija o móvil, con estantes o sin ellos, con muros o sin ellos.

El problema aparece cuando se levantan barreras que impiden o dificultan ese encuentro. Barreras puestas por la sociedad, por el Estado, por los bibliotecarios, por las empresas, por los poderes hegemónicos. En ese caso la biblioteca, ese espacio de conexión, deja de existir.


¿Cómo ves el panorama de las bibliotecas actuales respecto a los avances tecnológicos y ahora, con las dificultades que enfrenta, en este caso, en medio de una pandemia? 

Las herramientas tecnológicas son eso: herramientas. Un medio, no un fin. En mi opinión, con la aparición de esas TICs, las bibliotecas deberían salir fortalecidas. Ese espacio de encuentro del que acabo de hablar, ahora puede ser virtual. Los usuarios aumentan, la información también... Si bien una parte nada despreciable del colectivo bibliotecario se sintió amenazado por la aparición de las TICs y las vio como una suerte de competencia destinada a desbancarlos, en la actualidad ese temor en buena parte se ha desvanecido. Y si bien existen problemas y conflictos (una bajada sensible en las tasas de lectura y de comprensión lectura, un viraje político neoliberal que ha buscado reducir costes públicos —incluyendo bibliotecas— y ha tratado de monetizarlas, la aparición de formas de nuevas formas de acceder el conocimiento), las bibliotecas han demostrado ser capaces de lidiar con ellos. En cuanto a la pandemia, me temo que ha descolocado a todo el mundo. Confío en que el universo bibliotecario aprenda las lecciones a aprender y salga reforzado. En realidad, confío que todos los hagamos.
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Catherine Rendón* Es editora de Revista Corónica
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PUBLICADO POR Catherine Rendón
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