viernes, 23 de abril de 2021

La fiesta, los amigos, los años 20, Jake, los toros, Hemingway y el sol

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Portada, The sun also rises, The Hemingway Library Collection        Fuente: Hemingway House, Cayo Hueso                 

A los 19 años, mientras prestaba servicio como enfermero voluntario en una ambulancia militar, en Italia, durante la Gran Guerra (1914-1918), Hemingway fue a repartir raciones en el río Isonzo cuando llovió fuego de mortero austriaco. Recibió metralla en la pierna y aun así llevó a cuestas a un soldado italiano malherido hasta un refugio, luego regresó y los austriacos abrieron fuego de metralleta y volvieron a darle en la misma pierna. De modo que fue enviado a un hospital de campaña en Milán y allí se enamoró de su enfermera. Lo demás está fabulado en la novela Adiós a las armas (1929).

Por Daniel Ferreira

En Fiesta (1926) el héroe, Jake, fue herido durante la guerra y en la convalecencia se enamoró de su enfermera, Brett, pero al enterarse de que debido a la secuela de las heridas sería siempre impotente sexual, renuncia a seguir con ella. La novela en su lengua original alude desde el título a todos los amaneceres del mundo, es decir a la esperanza de levantarse cada día con el sol, The sun also rises, ese milagro cotidiano que se vuelve esquivo en la guerra. Pero en castellano la titularon Fiesta, y así se quedó, tal vez por ser la traducción que mejor se acomodaba al viaje a España donde se resuelve la novela. Sin embargo no se ha propuesto un nuevo título más cercano al original como traducción.
 
El narrador no expresa mayores datos sobre la intimidad sentimental y sexual que tiene con Brett. Se sabe que, para el momento en que ocurre la novela, la guerra ha quedado atrás y ella es una mujer que se ha divorciado de un aristócrata. Manifiesta desear estar siempre cerca de Jake y a él nada parece importarle tanto como Brett, ante quien se muestra solícito y protector y acude en su ayuda y respaldo cada vez que ella lo necesita. Pero más allá de una amistad incondicional, el vínculo afectivo que mantienen hay que deducirlo de detalles, sugerencias, frases con doble sentido que ocultan el conflicto real: las secuelas de la guerra. 

Son pocos datos los que Jake ofrece para reconstruir su pasado y solo se deducen de diálogos que establece con amigos y desconocidas en la noche parisina. Por momentos hay exaltaciones del narrador por las descripciones detalladas de paisajes y espacios como si se extasiara con el entorno. Si bien los espacios en que transcurre la acción en Fiesta parecen dar preponderancia a la fastuosidad de la vida urbana europea, los bares, los restaurantes, las salas de redacción, los guetos de artistas; también hay una exaltación del paisaje español, las plazas de toros, los hoteles, las playas de veraneo, los medios de transporte de época, los taxis, los trenes. 

Todos los personajes son escritores. Al menos así presenta Jake a los amigos: Robert Cohn, un escocés frustrado en la escritura de su segunda novela (y obsesionado con la literatura de viajes y aventuras de Henry Hudsoen Argentina), presa de burlas constantes por su origen judío; Bill Gorton, también escritor con reconocimiento y aficionado a los viajes y a la pesca con quien Jake irá a pescar truchas al río Irati, en España; Mike Campbell un sibarita en bancarrota incapaz de dejar de gastar y quien en la primera parte del libro está por casarse con la bella Brett. Y Lady Brett, que ha sido novia y amante de todos, pero se decide finalmente por un torero de 19 años, Pedro Romero.

Jake Barnes cuenta los encuentros, fiestas, amores, viajes y dificultades materiales y taras que atraviesa ese grupo de amigos intelectuales en aquel París de los años 20. Jake y sus amigos son extranjeros que conforman la bohemia parisina. Escoceses, ingleses, norteamericanos, se han quedado en el exilio de París tras la guerra mundial. Allí se vive una fiesta constante y cosmopolita,  pero Europa está siendo modernizada y recubierta de acero. Lo que atrae es su leyenda y su pasado, que conservan también Roma y los pueblos de España, pero que ya no se encuentran en el ruido de fondo de la modernidad de Londres y de Nueva York, al menos de eso se quejan Bill y Jake. Llegadas las vacaciones, Jake y sus amigos se trasladan, por separado, a Pamplona, España, donde las tradiciones siguen vivas. Jake describe el viaje en tren con la minuciosidad del extranjero, pero en esas pinceladas se intuye a Hemingway explorando ya la literatura de no ficción que va a desarrollar en Muerte en la tarde (1932) y Las verdes colinas de África (1935). Una vez cruzada la frontera entre Francia y España, el viaje continúa a la pesca de la trucha en el río Irati, luego a Pamplona donde el grupo se disolverá: Brett se irá con un torero, el aristócrata en quiebra a la Riviera francesa, el judío a intentar recuperar a su primera novia, el pescador Bill Gordon a Nueva York, Jake a las playas de Biarritz y finalmente a los hoteles de la gran vía en Madrid, donde la historia concluye con el reencuentro entre Jake y Brett. Un grupo muy similar al de estos personajes fue el que acogió al autor en los años 20 en París después de la guerra

Hemingway y Pauline pfeiffer en San sebastian,1927                                     Fuente: Traveler

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l menos una tercera parte del libro transcurre en las fiestas de San Fermin, los encierros y las corridas de toros de Pamplona. Cuando dejan París para dirigirse a España, Brett-Ashley viaja con su prometido desde San Sebastián y en Pamplona se reúne con todos: su ex novio Cohn y su amor imposible, Jake, pero en plena fiesta abandona a los tres por irse con un torero menor que ella, el matador de la temporada taurina, Pedro Romero. 

Cuando Jake presenta a Brett con el joven torero Pedro Romero, ella le toma la mano y Romero le pide que le pronostique el futuro. Ella dice que ve muchos toros y que vivirá mucho, y el torero le dice que los toros son sus amigos. Ella inquiere si él mata a sus amigos, a lo que el torero responde que por supuesto, para que no lo maten a él.  Los bueyes son más simbólicos que los toros, porque Jake es como ellos. Ni siquiera es un competidor. Jake es un toro manso en medio de ejemplares pura sangre: sus amigos.  A todos les ha presentado antes a Brett. Y todos se han enamorado perdidamente de ella. Pero Brett sólo desea ahora a Pedro Romero, el torero que reúne rasgos dispersos en las anteriores parejas: la protección, la valentía, la elegancia, la virilidad. 

Lady Brett-Ashley es uno de los personajes femeninos memorables de Hemingway. Ostenta y aprovecha un título aristocrático obtenido de forma morganática (al casarse con un lord inglés), es culta, sibarita, ávida de amantes, se codea con la aristocracia intelectual y con la bohemia de los extranjeros, su belleza descresta a los hombres, ella los enamora y prescinde de cada uno de los amigos de Jake y salta de una aventura a un matrimonio anhelando encontrar al hombre que sustituya su amor no consumado por Jake. Brett-Ashley se convierte simbólicamente en el toro que castrará al siguiente matador, un torero de verdad, Pedro Romero. El torero es más joven que ella y quiere convertirla en lo que no es, de modo que también lo abandonará. Se muestra siempre a Brett exaltada por el alcohol y luego sumida en el aturdimiento, harta del asedio de los hombres y en constante insatisfacción; una insatisfacción que se expresa y se evapora cada vez que está en los brazos de Jake, su eunuco preferido, observador y confidente. 

Las mejores escenas del libro son las que transcurren en España. Allí se concentra la tensión dispersa en las demás escenas: el alcoholismo, las frustraciones materiales y artísticas y los eternos enamorados viendo escenificada la prohibición de su amor y el duelo de machos en la arena de la plaza de toros y en las plazas atestadas de borrachos en Pamplona. 

En otras escenas no parece tan evidente la castración simbólica del héroe como en esa donde Jake explica el toreo a Brett en términos descriptivos. El desfile de los toros hacia la plaza donde presencian el apaciguamiento de la agresividad de los de lidia al juntarse con los bueyes castrados y mansos. Jake es sólo el reportero, sólo el aficionado; o bien el buey castrado, el que no participa del rito; siempre el espectador. 

Más adelante se quedan en silencio en medio del bullicio folclórico, observando en el miedo de Pedro Romero y en la miopía la bestia su propio drama reflejado: atentos al miedo del matador, a la respiración y excitación de la bestia, al sacrificio inútil de los caballos picadores, al cuerpo que danza entre los movimientos hirientes de los cuernos, a las martingalas del capote, a la muleta que esconde la espada, a lo que grita el público. En la tauromaquia hay un desafiante de la muerte y hay una bestia que muere. La guerra es para Jake un escenario parecido: El sentido de conservación de la vida es instintivo, aunque la noción y concepto de muerte sea solo humano, sugiere Jake. Durante la faena el resultado final puede cambiar, como en la guerra. Así Jake explica el rito taurino a su amada Brett como una representación de la muerte donde el espectador no es el ni el matador ni el matado. ¿Comprende el toro a la muerte cuando cae de rodillas el rol que ocupa en el rito? Allí están de nuevo, el Minotauro y Perseo enfrentándose de nuevo en la arena, mientras la pareja imposible solo puede compartir unas copas de brandy con hielo y observar.

La soledad de Jake Barnes en Fiesta surge de la imposibilidad de corresponder al amor de Lady Brett-Ashley, un fracaso corporal, secuela de la guerra, y el conflicto de ella, una mujer libre pero frustrada e insatisfecha, también consecuencia indirecta de la guerra. A Jake la guerra lo volvió un impotente sexual. Esa limitación, sin embargo, le permite desarrollar relaciones distanciadas y abiertas con las mujeres, porque la intimidad ya no parece mediada por la tensión sexual.  De modo que la fiesta es una fiesta aguada por las tensiones que no permiten el disfrute cabal de la fiesta. Lo mismo ocurre en París: cuando la fiesta se pone interesante, a Jake siempre le da sueño y se va a dormir, pero no duerme, fuma, piensa, lee, acaso escribe esa historia sobre la noche parisina o sobre sus recuerdos trasladados a héroes aventureros que viven lo que a él le ha sido negado. 

Ahí reside la paradoja. En la elipsis, lo que está oculto: que Jake está impotente debido a la herida de guerra (se sabe sólo porque se lo dice a una chica a la que invita a bailar en Paris), y luego se sabe que no pudo consumar el amor con Brett-Ashley y que se aman y se consideran el complemento del otro, pero prefirieron ser confidentes antes que amantes ya que no pudieron conocerse en la intimidad.

Desde la barrera de la plaza de toros de Pamplona, Jake está más presente y atento a la vida que en Paris. En medio del influjo constante de la bohemia, parece distanciado. Se mueve como un ser dividido en dos planos. La diversión no lo satisface del todo, es una diversión incompleta, aunque Jake nunca se queja de lo que le acontece ni de su secuela. Está en una suerte de vida contemplativa, percibe como un artefacto extraño que le fue devuelto después de la guerra: los paisajes, la fiesta, su trabajo, su cuerpo averiado, un objeto inservible, como un carro lujoso que ya no anda, como un buey o un toro matado en la arena. En ocasiones suelta algún recuerdo sobre ese pasado, o sus amigos hacen alguna alusión en clave de humor negro y el efecto que provoca hay que imaginárselo. Jake es un héroe “castrado” en sentido simbólico (nunca es explícito). 

Hadley Richardson y Hemingway con su primer hijo, 1926                         Fuente: Traveler

L
os primeros héroes masculinos de Hemingway eran los jóvenes que querían ser escritores como Jake Barnes de Fiesta y Nick Adams en sus cuentos. Ambos son sobrevivientes de la guerra y regresan con secuelas que marcan el carácter, la tendencia a la evasión y la relación que establecen con los demás. Luego aparece su alter ego Frederick Henry con el cual reconstruye la experiencia de la guerra en Adiós a las armas

Ricardo Piglia, quien fuera editor en español de los cuentos reunidos con el mismo protagonista, Nick Adams (Nick Adams, Emecé, Buenos Aires, 1974) descifró algunos rasgos estilísticos de algo que se va cristalizando en lo propiamente característico de la escritura magra de Hemingway desde sus primeras obras: la levedad al narrar la superficie de los hechos y ocultar los conflictos que motivan a los personajes, mostrar la debilidad para ocultar la fortaleza, el laconismo para aumentar el peso de la información que permanece en la zona de penumbra de lo nunca dicho, la fugacidad de la acción y la integridad de lo real (que se consigue yendo no más allá de la acción enunciada, vivida, por el protagonista) y que alcanza maestría en los recursos delimitados del cuento breve; la regla de no recurrir al pasado, ni anticiparse a lo que viene luego para tener como consecuencia una elipsis donde lo oculto soporta toda la tensión de la doble historia (el iceberg). El héroe de esos primeros relatos se sitúa en lo que Piglia llama presente puro. En los primeros cuentos y en Fiesta es donde mejor está expresada esa escritura hecha de sustracciones (de información y de conflictos ocultos) y en presente puro. 

Dice Piglia en su diario de comienzos de los años 70:

“Ni el ensayo histórico ni la literatura propiamente dicha han logrado registrar los cambios microscópicos de la experiencia en el interior de la vida privada. El narrador habla de sí mismo en primera persona, como si se tratara de otro, porque habitualmente construye su vida desde el final de la sucesión que está narrando, es decir, desde el presente de la escritura. Lo mejor del género son los borradores o restos o los proyectos de una autobiografía futura que nunca se escribe. La vida es un impulso hacia lo que todavía no es, y, por tanto, detenerse a narrarla es cortar el flujo y salir de la verdad de la experiencia. Por su parte la literatura es un modo de vivir, una acción, como dormir, como nadar. ¿Le quita esta idea el sentido de construcción deliberada que tiene la literatura? No lo creo, el error es buscar las cenizas de esa experiencia en el interior del libro, cuando en verdad hay que buscarlas en las pausas, en los fragmentos, en las formas breves.”―Piglia, Diarios de Emilio Renzi, Los años felices.

El Nick Adams de los primeros cuentos y el héroe castrado de Fiesta, Jake, ya maduro pero impedido, fueron los primeros personajes masculinos de Hemingway. En las novelas largas posteriores a Adiós a las armas, Hemingway echó mano de la digresión y la tercera persona y rompió las secuencias lineales, pero mantuvo en la sombra los conflictos, aunque la crítica no fue tan benevolente con el autor de Por quién doblan las campanas o Al otro lado del río y entre los árboles. Cuando publicó Fiesta, siendo un veinteañero, el estilo directo lo convirtió en un maestro de los diálogos y su precisión en las escenas en un autor minimalista y los conflictos ocultos en genio de la elipsis. 
Hemingway con Harold Loeb, Duff Twysden, Hadley Richardson, Donald Ogden Stewart y Pat Guthrie en un café en Pamplona, (julio, 1925)               Fuente: Hemingway House, Cordon press

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he sun also rises (Fiesta) fue publicada en 1926 y convirtió a Hemingway en un autor afamado, un norteamericano en el centro de la literatura en lengua inglesa. Con una prosa de estilo directo depurada en el periodismo, se mantenía lejos de los juegos lingüísticos y los galimatías en que se debatían los vanguardistas herederos de Joyce, como Gertrude Stein, o las exploraciones técnicas muy sofisticadas como en las obras de John Dos Passos. Su prosa sería una de las grandes influencias de las generaciones venideras y Fiesta sería la novela emblemática de la llamada Generación perdida, compuesta básicamente por artistas y escritores que habían sobrevivido a la guerra. 

No fue sino hasta la publicación póstuma de París era una fiesta (1964), cuando se pudo asistir al trasfondo biográfico de novela en clave, y disfrutar de la imbricación entre autor y narrador: se podía vivir bien y comer bien y estar de fiesta constantemente en el París de los años 20, siempre que ganaras en dólares y tuvieras una esposa abnegada y si eras un blanco occidental con talento y deseos de engullir el mundo (debido a la crisis económica que provocó la guerra). 

Fiesta se gestó en medio de los San Fermines, pero también coincide con el nacimiento de su primer hijo con Hadley Richardson, las vacaciones en San Sebastián y en Antibes, y el triángulo amoroso entre sus dos primeras esposas. Sus biógrafos advierten que solía usar modelos de personajes femeninos en sus esposas y amantes. Una novela de Naomi Wood (Las señoras Hemingway, 2014) explora literariamente la vida matrimonial del escritor que tuvo cuatro consortes y construye un relato vívido y lleno de ecos y correspondencias con la biografía y el estilo de Hemingway. Biógrafos como Antony Burguess y Norberto Fuentes apuntan a que la influencia más determinante acaso fue la madre. La fuerte personalidad de la madre, los gestos que tuvo de considerarlo niña hasta los cinco años, enviarlo a la guerra para aplomarlo y obligarlo a estudiar medicina y el narcisismo de ella para con su padre suicida. Para Fiesta se basó en las andanzas con sus amigos en los San Fermines de 1925.

En 1928, ya divorciado de Hadley Richardson, Hemingway abandonó París, vía La Habana, para instalarse en Cayo Hueso, Key West, en la casa de campo de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer donde remató el tema de la Gran Guerra con una novela extensa: Adiós a las armasque se publicaría al año siguiente. El crack del 29 tocaría los últimos acordes de los locos años 20. La fiesta había terminado. 
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Publicado por @stanislausbhor
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

1 comentario:

  1. ¡Qué gusto recordar al primer Hemingway! Hay que leerlo en inglés para recibir los jabs de sus frases cortas. Es uno de los padres del nuevo periodismo, de Truman Capote e influencia inevitable del realismo mágico a través del cual nutre a todos los escritores en habla hispana. Me gusta pensar en Hemingway como lo describe irónicamente y a destiempo Tomás Gutiérrez Alea en "Memorias del subdesarrollo": "Hemingway cazaba, boxeaba, pescaba y presumía borracho en los bares. Hemingway debía ser un tipo insoportable".

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