domingo, 10 de abril de 2022

Leo Matiz: El “milagro mexicano”

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Fragmento del libro 

  • Colombia y México: entre la sangre y la palabra. Aproximaciones a la relación de dos regiones literarias (Ed. Palabra Libre, 2022) 

Por Juan Camilo Rincón


Leo Matiz en México

El “milagro mexicano” y un estallido cultural imparable

En los ratos de ocio que le dejaba su labor como fotógrafo para El Tiempo, además de El Espectador y la revista Estampa, el fotógrafo cataquero Leo Matiz pasaba sus tardes en los teatros de la ciudad asistiendo a las muchas películas mexicanas que deleitaban al público. En una de aquellas funciones entendió que su porvenir estaba en otro suelo y decidió entonces migrar al norte. Pasó por varias ciudades de Centroamérica en un largo recorrido hecho a pie, exponiendo dibujos, caricaturas, fotografías y pinturas, hasta llegar a México el 20 de agosto de 1940, día en que León Trotsky fue asesinado.

Ya en la capital de ese país se encontró con un poeta casi moribundo: Porfirio Barba Jacob, desquiciado incurable, le presentó la cultura local. Los vicios y la belleza que embriagaron a tantos artistas arrastraron también al fotógrafo recién llegado; los días se volvían noches en la bohemia mexicana y Matiz se veía envuelto por su encanto impredecible. Recuerda al santarrosano como aquel hombre que vestía de luto y quien le dio el mejor de los consejos: “Vete a los cafés, oye y observa y dibuja” ; gran lección para un futuro maestro del lente.

Con sus credenciales aún calientes como reportero gráfico de El Tiempo, en julio de 1941, Matiz −recién llegado− logró exponer en el Palacio de Bellas Artes bajo el título “Foto y dibujos”. Como lo indica la invitación al evento –cuidadosamente guardada por Matiz en un cuaderno de recortes que luego obsequió a su madre, este fue organizado por la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética de la Secretaría de Educación Pública y la Legación de Colombia en México. La tarjeta invitaba a 

la inauguración de la Exposición de Pinturas, Esculturas y Grabados de Artistas Colombianos Residentes en México. La ceremonia se efectuará en las Galerías del Palacio de Bellas Artes, a las 11 horas del domingo 20 de julio de 1941, día en que se conmemora el CXXXI de la proclamación de Independencia de Colombia. El poeta chileno Pablo Neruda llevará la palabra en el acto inaugural . 

De esta también hicieron parte Julio Abril, Luis Alberto Acuña, Juan Sanz de Santamaría y Rómulo Rozo

Durante sus primeros años en aquel país trabajó con las revistas Hoy, Nosotros y Así; a esta última llegó por recomendación de Barba Jacob y en ella colaboró en 87 números, de mayo de 1941 a noviembre de 1945. Sin embargo, como lo recuerda el curador de arte Eduardo Márceles Daconte, fue con las fotografías que tomó tras su ingreso encubierto a la cárcel de Mazatlán, con autorización del Ministerio del Interior, “donde realizó un reportaje gráfico sobre las condiciones de los reclusos, que se ganó el reconocimiento de la prensa mexicana y con ello su aceptación en los círculos más exigentes del país” . 

El 14 de enero de 1942 murió su poeta amigo, dejándolo con una sensación de orfandad. Como homenaje, tomó una foto a la máscara mortuoria hecha por Rodrigo Arenas Betancourt al maestro. El negativo original de esta se encuentra en la Fundación Leo Matiz como símbolo de una generación de nacionales que buscó hacer arte lejos de sus fronteras, en un país hermano que siempre extendió sus brazos a los foráneos. 

Para Matiz aquellos fueron años de intensa producción que le trajeron fama internacional. En 1942 se acercó a ese amor que había alcanzado a vislumbrar en un cine bogotano; fue seducido por su deseo de ser actor, pero al intentarlo se dio cuenta de que los micrófonos lo asustaban. Optó entonces por ponerse del otro lado de la cámara y trabajó como fotógrafo de rodaje con el apoyo de Gabriel Figueroa y Manuel Álvarez Bravo. Su labor con la foto fija se constituyó en una forma de acercarse al sueño del cine, y allí aprendió a manejar la luz. Trabajó en las películas El circo, La virgen que forjó una patria, Lo que va de ayer a hoy, El puente del castigo, Nuestros maridos, Las cinco advertencias de Satanás y en la estadounidense Fiesta brava. Con su cámara captó a personajes icónicos como Dolores del Río, Janice Logan, Cantinflas, Esther Williams, Gloria Marín, Fernando Soler, María Félix −con quien entabló una gran amistad− y Luis Buñuel. A este último le mostró las fotos de los marginados de la ciudad, material que inspiró al director español para crear su película Los olvidados. 

En 1943 llevó a cabo la exposición “Tipos y costumbres de México” con el apoyo del escritor Jorge Zalamea, embajador de Colombia y autor de El gran Burundún-Burundá ha muerto. A propósito de este, vale la pena destacar que sus dieciocho años de residencia en aquel país lo llevaron a escribir un texto prodigioso y cargado de afecto hacia esa patria, que llegó a sentir como suya: Dieciocho años es corto tiempo para conocer a México, para comprenderlo y amarlo. Tan variado es su paisaje, tan fabulosa su historia, tan profusa su expresión artística, tan esquiva y honda el alma que se fraguó en los siglos para recibir la herencia de cien encontradas castas. Para el corazón precipitado y el ávido entendimiento, llegar a México es como penetrar en una intrincada selva, resonante de muchas voces: insinuantes unas, amenazadoras otras, capciosas, tiernas, brutales, melancólicas, altaneras, maliciosas, enamoradas las que van alzándose a cada paso del forastero para disputarse su atención y atraerlo al recodo más placentero o más oscuro y escondido. La sola presencia física de México, de la tierra mexicana, es ya una sucesión de contrastes. Puede en su raudo el divino Quetzalcoatl pasar de las llanuras desérticas a los valles feraces, de las arenas sitibundas a las selvas henchidas de agua tibia, de las sierras calcinadas a los montes nevados, de las tierras del agua escondida a las comarcas de los lagos, de los llanos en que sólo prosperan el cacto y el esparto a las hondonadas de la cordillera en que se multiplican los frutos y una suave brisa menea la hojarasca de árboles que compiten en utilidad y belleza .

Volviendo a Matiz, su obra siguió apareciendo en los periódicos y su labor fue tan destacada que en 1945 se le reconoció con el premio a mejor reportero gráfico de esa nación por su “sentido artístico y humano, poco practicado en el medio” y por su labor que “relata hechos de la vida […] que se desarrollan y terminan en el punto preciso…” . 

En la bohemia pasada por tequila, hablaba sobre su patria con los coterráneos que iba encontrando en el camino. En los bares fraternizó con los escultores boyacenses Rómulo Rozo y Julio Abril, y con el es¬critor Manuel Zapata Olivella, quien actuó en varias películas como Canaima, junto a Jorge Negrete, y que en los malos momentos, fungió como su médico. Conoció a futuros maestros de la literatura mexicana como Elena Garro y Efraín Huerta… Supo bien rodearse de los mejores. Todo esto acrecentaba su fascinación por aquella tierra que no era solo un país, sino toda una gran civilización. Por ello, afirmó alguna vez: “Es que México tenía hasta pirámides”.

También tuvo contacto con la pintura mexicana a través de Frida Kahlo y los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros (quien años después le causaría uno de sus dolores más grandes), a quienes fotografió de forma magistral. Es particularmen¬te memorable el estudio que hizo a Diego Rivera donde este aparece bailando y con su familia tomando el sol; allí emerge Frida, con pelo muy corto y su belleza desenvuelta. Hay registros de un Orozco amistoso pero de ademanes adustos, haciéndose dueño de la cámara en sus espacios de trabajo, sin dejar que la ausencia de su mano izquierda lo restringiera. A Siqueiros se le ve jugando frente a la cámara, calmado y divertido, en una traviesa cercanía.

En una joya inédita del maestro, un libro de recortes de periódico que hizo para su madre, en el que conserva algunos fragmentos de sus logros, hay un grupo de fotos donde se le ve junto a Rivera y Orozco. Tomada de El Tiempo, la nota dice: “El maestro José Clemente Orozco acompañado de Leo Matiz, un buen amigo suyo, y quizá el único colombiano a quien distinguió con su estimación”. Al final de la hoja hay una foto de ambos con esta dedicatoria: “A mi amigo Leo Matiz. J. C. Orozco” acompañada por una caricatura donde aparecen los dos, hecha por el cataquero.

Siqueiros le pidió a Matiz trabajar juntos en un gran mural para celebrar la Revolución mexicana. Este decidió apoyarlo haciendo algunas fotos en estudio y en espacios abiertos que luego entregó al pintor, entre ellas una muy memorable de Siqueiros en ropa interior enseñando a los modelos cómo debían posar, y la de un perro rabioso que el artista replicó en El tormento de Cuauhtémoc (1950), hoy en el Palacio de Bellas Artes.

El proyecto representaba para ambos la posibilidad de fusionar técnicas de composición, iluminación y perspectiva de las dos artes; el mexicano también se vería favorecido, pues trabajar sobre las fotografías de Matiz le permitía obviar el uso de modelos y contar con una serie más amplia de elementos visuales. 

Por asuntos laborales, el colombiano viajó a Estados Unidos. Aunque uno y otro se comprometieron a dar los respectivos créditos del uso del material, a su regreso, meses después, Matiz se encontró con una exposición del muralista en varias de cuyas obras vio lo que consideró un claro plagio de sus fotos, por lo que decidió denunciarlo públicamente. Como respuesta, fue acusado de ser un peón del gobierno norteamericano que buscaba destruir el arte mexicano pues lo subestimaba. Recibió tantas amenazas que debió refugiarse en la embajada de Colombia y terminó abandonando, a los veintisiete años, su México amado sin llevar nada consigo; se vio obligado a buscar trabajo lejos de su tierra adoptiva, y justo cuando se encontraba en el momento más prolífico de su carrera. Gracias a su contrato con la revista estadounidense Selecciones del Reader’s Digest pudo conocer otras regiones del continente, siempre con un gran vacío en su corazón.
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Publicado por Revista Corónica
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autores. Revista Corónica es una publicación digital. ISSN 2256-4101.

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