Por CUENTOS Ivan Racapa

Volver a casa

Por Iván Rácapa


La luz del fuego jugó con todos los pasillos de la prisión como juegan todos los niños en todos los pasillos vacíos.
Quién sabe porque pasan las cosas.
La chispa dio luz a un fuego y el fuego dio luz al comedor. No lo sobrevivió nadie. Murieron captores y murieron prisioneros. Quien sabe quien era inocente y quien no. A quien le importa. Al fuego no le importa, quizás le dice al mundo que siga su ejemplo. El fuego se esparció una noche. Todos murieron, todos, y hasta el perro que el cocinero escondía debajo del lavabo para alimentarlo de sobras de comida –un perro salchicha gordo, viejo y gris –ése perro también murió. Los hijos ocultos bajo las mantas y los violadores con ojos inyectados de sangre y los sacerdotes hincados y los burócratas de la prisión –en fin, todos murieron.
Quedó una montaña de humo dentro de la ciudad. Más grande que el mundo entero. Tuvieron que hablar a policías de otras ciudades para apagar el fuego. Llegaron policías de todo el mundo, todos los policías que puedas imaginar no bastaban para amarrar al monstruo negro de la nube de ceniza. Tuvieron que traer jinetes y mujeres policías también, para ponerle una silla de montar gigante con arneses en las vértices. De los arneses se sostenían cientos de policías que montaron la nube negra con el viento del norte. En el mar fue domada y la educaron a pastar en esas llanuras, donde nadie la vería y donde pudiera correr libre hasta morir por la falta de aire en éste mundo.
Claro que domar a la nube negra tardó semanas. No terminaban los hombres y las mujeres policías de trepar a la gran nube negra mientras, poco a poco, paso a paso, las moscas se fueron acercando a El Olor. El olor no era tan diferente al olor de un bisteck, pero había algo dulzón y maligno en él. El botulismo hecho pieza entrando en tu garganta. Era lento y cariñoso, abrasaba poco a poco.
Una fila enfrente de la prisión de personas que, una a una, se dan cuenta de que no estaban listas para entrar. Si querías recoger tu persona tenías que decir nombre, cerrar los ojos, tragar la garganta y entrar en el patio de juegos. Ahí los tenían a todos. Un espacio de medio metro horizontal entre cada uno y verticalmente los pies del anterior casi siempre tocaban la punta de la cabeza del siguiente. Unos eran rojos y relucientes, otros sólo eran fantasmas de lo que en otro tiempo fue una nariz. A lo lejos se veía la prisión chamuscada, una casa blanca y grande y negra quemada. Se veía tan pequeña y estúpida. Ellos estaban ahí enfrente, ¿para qué se molestaba la prisión en seguir de pie?
Como te decía, llegas al campo de juegos. Deambulas entre los cadáveres. No te dejes dominar por el olor ni dejes que las cenizas entren en manadas a tus ojos. Camina por ningún lugar, al principio ve hacía el gran edificio del fondo, después ve hacía el lado derecho desde la entrada. Ahora ve a la entrada de nuevo. Repite el proceso. Otras sombras: madres, periodistas tomando fotos, dan vuelta entre las líneas como abejas en una flor. ¿No lo recuerdas?
¿No recuerdas su rostro? Búscalo. Recuerda como se había reído. Tal vez sus dientes estaban separados en la parte de enfrente. Tal vez tenía manos y ojos y cejas y cosas que todos los hombres tienen. Yo no puedo saberlo, no me corresponde saberlo. El de enfrente no es, eso si te digo, era quizás más alto o más chaparro, no tanto como el de la derecha aún así…Un carbón –porque eso no puede ser un cadáver, no puede serlo, alguien tiene que haber traído un carbón gigante de su casa y se le ha de haber olvidado en medio de los cadáveres –tiene su tamaño exacto pero las manos no son exactamente el tamaño que debieran ser…
 Uno a cinco muertos de distancia tiene su pelo. Agáchate y toca su frente. Finge que puede darse cuenta. Recuerda las lágrimas y recuerda las risas. Recuérdalas y búscalas en la carne chamuscada porque el viento no las recuerda y la carne viva ya no está. Queda sólo vida carbonizada a todo nuestro alrededor.
El viento vuelve de repente. Aunque no tiene recuerdos. Siente el retorno del viento sin recuerdos.
Ríndete. Ríndete del mundo y del tiempo. Ríndete también a tus emociones si quieres y tienes el tiempo, pero lo que importa es lo siguiente que te notifico: no lo vas a encontrar. No lo vas a encontrar por más que busques. Te habían hecho pensar que sí, pero te mintieron. Ya nadie encontrará nunca a nadie más porque nadie tiene rostro. No se atrevían a decirte la verdad, yo sí. Por eso te digo que no lo vas a encontrar.
Escoge uno al azar.
Escogiste al primero de la fila número 247 contando desde el este.
Pasaste por su lado cuando entraste. Es irónico que no lo habías notado, ¿verdad? Ahora has decidido fingir que es la persona que buscas. Su cuerpo está intacto, pero el rostro es un hoyo negro. No es la persona que buscas. Pero fingiremos que sí. Porque no lo vas a encontrar, te recuerdo. Una vez que has tomado esa decisión, la sigues a sus límites lógicos y te tomas un momento para apreciar la ironía de no haberlo visto cuando entrabas.
Tiene un escapulario amarrado en el tobillo. A medias chamuscado, el escapulario ha sobrevivido. Reflexiona como ése escapulario fue de alguien vivo, alguien vivo que ahora es un tronco de carbón sin rostro. Imagina las risas, los llantos, los pecados, los amores, los fetiches, los chistes y las sonseras, los momentos llenos de significado y los momentos vacíos en medio de todas las cosas. Todo se ha perdido como lágrimas en la lluvia.
Queda un carbón.
Regrésate por donde viniste. Toma el camino más largo. Aún así, llegarás eventualmente.
Cuando llegues, di en voz alta “Regresé a casa”.
El viento es fuerte. Alguien que te estaba esperando te abrirá la puerta.

Imagen: El espejo, Tarkovski.

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