daniel rivera manuela espinal solano

Los reyes llegan con oro, incienso, mirra y libros...

viernes, enero 05, 2018Revista CORONICA




Ojalá este año los reyes magos traigan en su equipaje muchos libros. Acá seguimos recomendando algunos, no necesariamente publicados hace poco.








Daniel Rivera Marín


Me ha escrito el editor de no ficción de esta revista digital, me preguntó cuáles son esos libros colombianos de los últimos años que yo quisiera ver entre los más leídos para la festividad de Reyes. El editor se llama Ángel Castaño y tenemos una relación de alegre complicidad literaria, así que no tuve otra opción más que escribir esta pequeña columna. En el primer libro que pensé fue en Cuaderno de París, de Pablo Montoya. Exaltar los libros de Montoya se ha vuelto un cliché, como si alguien dijera “Aquí está un gran autor que ahora todos celebran pero que, zas, yo había leído antes”. No es mi caso y hablo de este libro porque lo leí con espíritu voyeur. ¿De qué trata? Sucede que a través de cortas postales Montoya cuenta sus días en París, donde estudió un doctorado y vivió por casi diez años. Hay una añoranza permanente de Colombia y una lejanía escrupulosa: el escritor ve los horrores de su patria en discotecas parisinas, en las historias macabras del África más profunda. En segundo lugar está Nadie mató a Colmenares, del periodista José Monsalve, libro condenado desde el principio: fue retirado de las librerías, tachado de mentiroso por el papá del joven Colmenares, pisoteado por periodistas radiales. Fue todo un escándalo que alguien pudiera contradecir a la Fiscalía y a los medios de comunicación. Algo de este libro me hizo recordar a Janet Malcolm, la prestigiosa escritora tan frecuente en las páginas de la revista New Yorker. Lo que me hizo recordarla es que Monsalve se atrevió a poner el dedo en la llega de las noticias: ¿qué pasa cuando no hay culpable en un hecho de sangre pese a que los medios y la sociedad —fruto de esos medios— pide uno a todo grito? Finalmente, un poema: “Donde dejé mi brazo / dónde mi cabeza / qué disparo voló mi dedo / qué plomo se llevó mi ojo / qué perro se cargó mi hueso”. Firma Horacio Benavides en el poemario Un huésped en el jardín dormido, publicado por la pequeñísima editorial Frailejón, que nadie conoce, que nadie lee, sería bueno que un día vendieran mucho ese poemario temible y maravilloso.

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Manuela Espinal Solano

Todos los días nos vemos en otras personas. Vemos en otras caras ciertos rasgos, en otros cuerpos ciertos movimientos que nos recuerdan a nosotros mismos. Nos encontramos constantemente con nuestra propia imagen sin andar buscándola. Esto pasa, sobre todo, con la familia. Las personas más cercanas son las que más se nos parecen, las que andan pidiendo prestados nuestros ademanes, nuestra manera de andar, de vivir. Eduardo Peláez Vallejo sabe bien de esto y, como forma de cobrar lo mucho que él mismo se repite en su descendencia, pide prestada la historia familiar, la biografía, los recuerdos, lo tan íntimo, y escribe sobre esto en Aves de Paso.

El libro es completamente emotivo, nostálgico y, para mayor descaro, contiene fotografías familiares que, se supone, ayudan al lector a ver realmente los rostros, los paisajes. Pero Peláez tiene la facilidad de describir con tanta precisión que las fotografías se vuelven, mas que la revelación de un rostro desconocido, el elemento final que afloja las lágrimas.

Aves de paso es la cuarta novela de Peláez. Se publicó este año por Alfaguara. Y, como es costumbre del autor, tiene como tema central a la familia. La variante de esta vez es el encuentro de una sobrina que nunca antes había conocido, de la que ni siquiera sabía que existía y en la que encuentra –con una nitidez que proviene de la nostalgia, de las ansias por ver una vez más a una mujer que amó— el retrato de su hermana y madrina Marta Luz. Los viajes, los paisajes, las sensaciones, los sentimientos: París, Colombia, la dicha, la tristeza, el sentir que se llegó tarde, la frase que intenta aliviar: al menos se llegó; el cansancio, la ansiedad. Todo es tan claro en las palabras de Peláez. Todo es, por fin, tan real. 

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