Javier Zamudio

Generalidades de una enfermedad

lunes, mayo 28, 2018Revista CORONICA






Javier Zamudio


Veo, sorprendido, que casi todos los días se lanza un libro. Creo (puedo estar equivocado) que nunca se habían publicado tantos libros como ahora, entre reimpresiones y novedades. Según estadísticas leídas a vuelo de cometa, durante el 2015 se publicaron en Iberoamérica más de 190 mil libros. Muchísimos más de los que podemos leer todos mis conocidos, amigos y familia juntos al año. Nunca tantas personas habían tenido esa necesidad imperiosa de decir y de convertir lo dicho en objeto de culto. Creo, también, con riesgo a equivocarme, que nunca se había leído tan poco. Nunca tantas personas habían tenido tan pocas ganas de escuchar la imaginación del otro. Me refiero, por supuesto, exclusivamente al campo literario. No a una lectura en redes sociales, al repaso dispendioso de memes y mensajes de WhatsApp.

Esto, por supuesto, me lleva a preguntarme: ¿para qué seguir escribiendo? ¿Para qué continuar aportando a la acumulación de libros que, en la mayoría de los casos, nunca serán leídos? ¿Produce la escritura tal placer que no pueda suplirse con la lectura? ¿La lectura no es una forma de escritura? Voy a tratar de responder a estas preguntas como los cangrejos, avanzando hacia atrás.

Hay libros que resultan en descubrimientos. No de tierras nuevas o extrañas, sino de piezas ocultas en lo profundo de uno mismo. Hace unos días terminé de leer Infancia de J. M. Coetzee, que me enseñó más sobre mis primeros años, mi relación con mi madre y mi padre que mi psiquiatra. Juventud, del mismo autor, me llevó a lo largo de mis búsquedas literarias y esas preguntas iniciales sobre lo que significa convertirse en un artista. Devolviendo mis pasos sobre mis lecturas, Guerra y paz, de León Tolstói, puso de manifiesto la geografía de emociones que componen nuestra naturaleza humana. En mí tintinea, como una campana fantasmal sobre la cúspide de una iglesia en ruinas, la culpa de la princesa María, quien, en medio de la tristeza por la muerte de su padre, no pudo escapar al sentimiento de satisfacción de verse liberada. Ella, por ejemplo, me recordó las tardes de mi adolescencia en que me preguntaba qué significaría para mí si todos los que amaba murieran y si la melancolía asociada a la tragedia podía abonar a una posible carrera de escritor.

Así que, no se necesita escribir para que los demonios emerjan y les veamos la cara. Basta con leer. La lectura, entonces, puede ser una forma de escritura: la del texto que ha perdido su origen y lo reencuentra en una conciencia nueva.

Quizá la respuesta a la pregunta de por qué sigo escribiendo se encuentra en el placer. Esto me pone a pensar en John Kennedy Toole, autor de la Conjura de los necios, su vida estuvo rodeada de tribulaciones asociadas a la escritura. Su muerte, terrible, me permite imaginar un ser enmohecido por la angustia, obsesionado con la palabra. No es el único al que la escritura, placer extraño, ha pasado una factura demasiado alta. J. D. Salinger es otro ejemplo. Virginia Woolf, cuyo suicidio no está asociado a la escritura, no encontró en ésta un alivio a su depresión. Tal vez una compañera, de la que pudo despedirse mientras guardaba piedras en los bolsillos de su abrigo.

Puede que haya escritores que encuentren en la escritura un placer benévolo, no mortífero. No es mi caso. La escritura de este texto ha tardado meses. Ha causado algún dolor. Entonces, ¿para qué seguir escribiendo? ¿Para qué continuar aportando a la acumulación de libros que, en la mayoría de los casos, nunca serán leídos? Llego con mis pasos de cangrejo a las primeras preguntas. No hay una razón para seguir haciéndolo, no una de peso. La escritura literaria, en muchos casos, es un alma en pena metida en cuerpo ajeno. Pienso en una bacteria que debilita por momentos y, en breves instantes, permite vivir epifanías, como en una fiebre muy alta. Esa enfermedad, cuyos síntomas pasan desapercibidos, se manifiesta como una necesidad. Ya alguien lo ha dicho: se escribe porque no puede dejar de hacerse. Supongo que hay una cura, que hay otras formas de escritura. Pienso en Rimbaud y me digo que ese pudo ser su caso. O, quizá, continuó escribiendo en silencio, guardando para él sus versos. Yo he intentado dejar de escribir varias veces, pero siempre fracaso, regreso a la rutina, robo tiempo a mi trabajo, al amor de mi familia. Tengo la esperanza de que esta obsesión que ha matado a tantos no acabe conmigo.

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