John Better

MOTHER MONSTER

domingo, mayo 12, 2019Revista Coronica


Mi madre acaba de encontrar un gramo de cocaína dentro de un muñeco de cerámica con la forma de Petete, un abominable recordatorio de mi fiesta de ocho años. Apoyada en su muleta se aproxima hasta mí.

—¿Qué es esta porquería? —pregunta ella con voz angustiada.

Miro la pequeña bolsa de plástico y su níveo contenido, entonces me acuerdo de las palabras de la chica que me la dio: “esconde bien esa mierda”. Me gustaría decirle a mamá que no es ninguna porquería, que es merca de la más alta calidad, pero eso la pondría de un humor todavía más terrible.

—No sé qué es eso, ma —respondo.

—¿Crees que soy estúpida? —dice ella.

Mi madre no es estúpida y su pregunta lo es menos.

—Es por ese muchacho, ¿verdad? —insiste.

Desde mi ruptura con “ese muchacho” mamá nunca volvió a llamarlo por su nombre. Le contesto que no, que ya eso es un asunto del pasado, que le eché fuego encima como quien incendia un campo de maíz y no quedan en pie ni el espantapájaros ni los cuervos que picoteaban su cabeza llena de paja. Y además le explico que J, “ese muchacho”, como ella lo llama, está muerto. Entonces mamá abre sus ojos hasta el límite y se queda como exigiendo una explicación.

—Sí, ma, J es un muerto que camina, un muerto de los miles que se levantan a diario, defecan, se lavan los dientes, comen cereal y, en su caso, se va luego a la fosa común que sus padres administran hace años, ese fétido almacén de chécheres para el consumo de la clase media. Allí “ese muchacho” lleva la contabilidad, digita números todo el día, es el mejor en eso, según sé. Luego, caída la tarde, sigue siendo un muerto que camina y se va a una universidad cementerio a recibir cátedra para gente como él, gente que sueña con el triunfo aunque estén muertos, aunque él no tenga alma, como los cachivaches electrónicos que venden en su almacén.

—Yo a eso lo llamo tener una vida, aspiraciones a un trabajo de verdad, labrar un destino. Deberías seguir su ejemplo, no estar empecinado en esos libros y esas cosas que escuchas y que escribes, no es nada, no representa nada —dice mi madre con algo de ironía, es buena en eso.

Le reprocho que nadie labra un destino, que eso es imposible, que ni los nobles jornaleros están exentos de que después de la siembra una granizada o un montón de alimañas arruinen sus cosechas.

—Eso es mala suerte, como la mía al tener un hijo como tú, porque algo sí te digo: si hubieras sido como el resto de los hombres no estarías pasando por esto, ya me habrías dado nietos. Es que desde aquella vez que te encontré ese cuaderno con la loquera esa del niño cisne debí hacer algo al respecto, y no estaría pasando todo esto, yo sabía que no estabas nada bien desde entonces.


* * *

El día que mi madre se enteró de que yo, su único hijo, el dador de sus futuros nietos, no era como el “resto de los hombres”, mi casa se llenó de tías y vecinas que trataban de consolar a mamá, quien corría como una cabrita loca y coja, de los cuartos a la sala, de la sala a la cocina, de la cocina al comedor rumiando que le trajeran una botella de aguardiente, porque ella lo que quería era emborracharse para olvidar tan dolorosa noticia. No recuerdo bien si le trajeron la botella de licor o no, pero aún hay días en los que puedo ver en su mirada la resaca  de aquel trago amargo que representó el que yo no fuera como el “resto de los hombres”.

—Pero no te hagas el marica y te quieras escabullir por las ramas, dime, ¿desde cuándo estás en esto? —interroga mamá al tiempo que agita la bolsita de coca.

—¿En qué, ma?


***

No sé por qué la noticia los tomó por sorpresa a todos, pues yo era un chico visiblemente amanerado. Me crie en un ambiente femenino, donde la figura de mi abuela Melba fue el pilar de una familia constituida casi toda por mujeres: Edith y Gladis eran mis tías. Mis primas fueron mis amigas y compañeras de juego en los primeros años de mi vida. Con las mujeres siempre me sentí seguro, y hasta el día de hoy sigue siendo así, por lo menos de ellas nunca fui víctima de ningún tipo de burlas o ataques, como sí lo fui en mi época escolar, cuando muchos niños se mofaban de mis maneras suaves y algo quebradizas. En el barrio Las Nieves, donde viví hasta cumplir mis diez años, recuerdo una familia de cienagueros conformada en su mayoría por muchachos jóvenes, vagos de esquina que no perdían la oportunidad de gritarme todo tipo de improperios al verme pasar. A mamá le mortificaba el asunto, y en más de una ocasión enfrentó a los vecinos para que pararan con sus burlas, pero todo era inútil. En 1987 nuestra familia decidió vender la casa de Las Nieves y mudarnos. A lo mejor mi madre creyó que saliendo de allí las cosas irían a cambiar, pero yo ya tenía las cicatrices de las risas en mi espalda.


***

—Insistes en tomarme por idiota, pero ese vicio te viene por el lado de tu infeliz padre, en la familia de ellos es que siempre hubo estas cosas.

—¿El qué? ¿Lo de ser marica?

—No me tomes más del pelo, que si tu papá fue un malnacido que no tuvo nada que ver contigo, bien hombre sí era. ¡Te hablo de esto!, ¡de esto! —gritó mamá poniéndome la bolsita blanca en la nariz y alejándola de inmediato—. Nada más mira la cara que haces, qué vergüenza, Dios, además de borracho, ¿ahora esto, hijo? ¿Ahora esto? Por eso fue que “ese muchacho” se alejó de ti, ya puedo estar segura.

—¿Alejarse, ma?, si vive aquí a unas cuantas cuadras. Es más, veo casi todas las mañanas al muerto ese, hace poco lo tropecé y me dio la mano, la tenía helada como un cadáver, bueno, es obvio, está muerto.


—Sí, pero será del miedo que te tiene, ¿o es que ya no recuerdas todo lo que le hiciste a “ese muchacho”?

Mamá ahora habla como un cuervo. Un cuervo que saca a picotazos hebras de paja desde lo más profundo de mi cabeza de espantapájaros, las saca y las lleva hasta mis ojos.

—Sí, ma, sí recuerdo…


***

Es una calle del centro de la ciudad. “Ese muchacho” llora y ruega que lo deje ir, su rostro está hinchado por los golpes que le he propinado. Lo arrastro conmigo hasta un bar. Es un chico de apenas diecinueve años, fácil de amedrentar. Lo obligo a sentarse junto a mí mientras me tomo varias cervezas y lo insulto con las más estridentes vulgaridades. “Déjame ir”, repite él una y otra vez. Lo dejo ir no sin antes reventarle una botella en la cabeza.



***

—Ma, ¿te acuerdas de aquello que hice cuando era niño?, ¿te acuerdas del día que atrapé a un ratón y lo metí en un frasco al que luego le eché una mecha de papel periódico encendida? ¿Te acuerdas de que cuando me sorprendiste el pobre animalito ya estaba asfixiado? Así me siento ahora, ma, así me siento.

—Estás mal, hijo —dice ella y se va a la cocina, pero antes deja la bolsita de perico sobre la mesa del comedor.


***

Mamá es la tercera de los hijos de Melba Roncallo y José Daniel Armel, mi abuelo, hijo natural de un inmigrante italiano del que sólo heredaría el apellido. Dennis Beatriz fue el nombre que escogieron cuando la bautizaron. Era una niña rubia, de piel blanquísima, orgullo del abuelo, quien la hizo su favorita desde que nació. Ella fue la niña de sus ojos, a quien consintió hasta hartarla. Como él era zapatero, le fabricaba a su pequeña zapatos a la medida de sus colores favoritos. El abuelo la tomaba en sus brazos con el mismo cuidado con el que se retira una muñeca de porcelana de un estante de exhibición.
Durante su infancia mi madre debió ser tratada con medicinas especiales debido a intensos ataques nerviosos que sufrió en aquella época. Estos se originaron a causa del alcoholismo de mi abuelo, quien se convertía, literalmente, en un demonio cuando estaba ebrio.

Un día en medio de la borrachera, mamá, quien dormía, se levantó y vio cómo el abuelo se abalanzaba contra mi abuela con un cuchillo en la mano. Allí empezó todo. El vacío y el silencio se apoderaron de ella.

Con los años, la niña fue creciendo, y por decisión de la familia la enviaron a vivir a Ciénaga, Magdalena, a casa de unos parientes adinerados donde la criaron como una señorita de clase alta. Mamá estudió parte de su primaria y el bachillerato en La Presentación, un colegio de monjas. Luego de una década regresaría hecha una mujer a su casa paterna en Barranquilla. El 19 de junio de 1969 murió el abuelo, entonces mi abuela Melba tomó las riendas de la familia.

En 1977 mi madre sufrió un accidente más traumático que el que tendría seis años después, cuando un conductor ebrio la atropelló. Ese accidente fue conocer a Roberto, mi padre. Enamorada, mi madre abandonó la casa materna y se fue a vivir con el que ella creía era el hombre de su vida, pero el destino tenía otros planes. Ella volvería a su casa materna sólo siete meses después con algo creciendo en su vientre. Ese algo era yo. Nací el 18 de marzo de 1978. Fui un niño escuálido y enfermizo. Estuve al borde de la muerte varias veces por mis constantes enfermedades.

Tengo dos recuerdos indelebles de mi infancia. Uno es el primer día de clases en el colegio: dos maestras tratan de controlar el ataque de histeria al que me he entregado. Del otro lado de la reja mi madre me dice que todo va a estar bien, que me quede en la escuela, que ella volverá al rato por mí. Entre lágrimas veo cómo se aleja. En ese instante sentí que la perdía para siempre. El otro es en el despacho de la psicóloga del mismo colegio. Tendría ya unos siete años de edad. No sabía qué hacíamos allí. En mi recuerdo la psicóloga me toma de la mano y me dice que me siente en el suelo mientras ella habla con mi madre, pero antes de dejarme solo, vacía una bolsa con una montaña de juguetes de todas las formas y colores: muñecas, carritos, utensilios de cocina en miniatura, trompos y más. De inmediato supe que algo andaba mal, y a pesar de que mi madre y la terapeuta fingían hablar, intuí que aquello no era más que una trampa: alguien quería descubrir el secreto que aleteaba en lo más profundo de mi ser. Y aunque aquella muñequita de ojos azulados y pelo como el oro me seducía para tomarla en los brazos y arrullarla, opté por un cubo Rubik. Nunca había visto uno en la vida. El asunto fue que en un par de giros lo tenía armado.


***

—¿Te acuerdas de eso, ma?

—No —responde ella y luego se queda en silencio y no dice más nada.

** *

Mamá parece haber olvidado muchas cosas, o prefiere olvidarlas. Una de esas es aquella tarde en que le confesé el secreto que desde niño aprisionaba el pecho. No fue fácil para una mujer criada en los años cincuenta, en un hogar recalcitrantemente católico, que su hijo asumiera una orientación sexual diferente a la del resto de los chicos. Aquella situación parecía haber revivido los años en los que era presa del pánico siendo apenas una niña. Después de que salió la verdad a la luz había días en los que mamá no hablaba, se quedaba en su mecedora mirando un punto fijo, como lo hace en este momento, sin decir una palabra. Los meses pasaron, los silencios entre los dos se hicieron cada vez más largos.

La enfermedad la ha reducido al máximo, mamá me recuerda a Agnes Skinner, la insufrible madre de Seymour, el personaje de Los Simpson. Ella suele decirme que cuando muera vendrá del más allá para hacerme pasar un buen susto en caso de que esté haciendo las cosas mal, y le creo. Hemos tenido momentos difíciles, nos hemos hecho daño mutuamente, nos herimos con el filo de las más terribles palabras. Lloramos y reímos juntos.

Después de que muera sólo me quedarán los recuerdos. Los cuervos llegarán de vez en cuando a remover la paja del interior de mi cabeza o yo mismo llevaré mi mano hasta el cogote y extraeré algún momento memorable, como ese Halloween de hace más de veinte años en el que me disfrazó de payaso, y luego de dibujar dos enormes parches redondos de colorete sobre mis mejillas me miró  y dijo: “Ay, hijo, eres el payasito más triste que he visto en este mundo”.


***

—Hijo. —Luego de un par de horas sin hablar por el asunto de la coca, por fin mi madre ha abierto la boca.

—Dime, ma.

—¿Dónde está el trapo rojo con el que cubro el retrato de tu padre?

—Donde siempre lo dejas —respondo.

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