featured Keren Marín

Soñar entre el fuego

lunes, febrero 24, 2020Keren

Dibujo tomado de "Te cuento mi historia, palabras de niñas y niños colombianos refugiados en el Ecuador"


Una vez escuché decir que en medio de la guerra, las comunidades Emberá del alto y medio Chocó enseñaron a sus niños y niñas a salir del sueño. Este aprendizaje, documentando por la antropóloga húngara Anne Marie Losonczy, surgió a partir de la irrupción paramilitar en los territorios indígenas a finales de 1997, periodo durante el cual los Emberá fueron víctimas de desapariciones y asesinatos a manos de las Autodefensas Unidas de Colombia- AUC. Estos actos violentos no solo dejaron huellas materiales sino que, además, quedaron plasmados en el ensueño de los más jóvenes, quienes solían ver a los malos muertos de camuflado, con sus rostros desfigurados y el cuerpo lívido.  

Estos malos muertos -nombrados así por los Emberá- son la manifestación espectral de aquellos que mueren de manera violenta y que ante la imposibilidad de partir, se transforman en presencias chamánicas sin control. Según relata Losonczy, la manifestación reiterativa de estos espíritus en los sueños derivó en el suicidio de varios jóvenes a inicios del 2000, pues algunos soñadores -explicó la comunidad- no lograron salir de aquella pesadilla profunda y distanciar lo real de lo fantasmagórico. Por ello, abuelos y abuelas enseñaron a sus niños y niñas a despertar antes de que el recuerdo de la violencia se los tragase. 

Sin embargo, no todos han encontrado la forma de escapar de estas apariciones. Casimiro Puerta, campesino oriundo del Tolima y fundador de la vereda el Bore en la Sierra de la Macarena, le cuenta sus pesadillas a conocidos y extraños, pues “lo que se dice en voz alta, suele no cumplirse”. Sus sueños suelen remontarse al 2002, época en la cual Macarena fue escenario de violentas arremetidas entre el Ejército Nacional y las FARC EP en el marco de la implementación del Plan Colombia y la ruptura de los diálogos de paz del Caguán. Cuando rememora aquellas épocas siente un frío súbito en su espalda, como si su cuerpo yaciera en un sepulcro. Debe ser por la fuerza de su memoria que logra traer de vuelta los cadáveres atrapados en los esteros e incluso los rastros dejados por los soldados alrededor de lo que alguna vez fue su hogar.  

Son estas sombras, dice Casimiro, las que le impiden conciliar el sueño. Vive en permanente vigilia, temeroso de que en algún momento la puerta de su casa se venga abajo. Hay noches en que desearía doblegarse ante el cansancio, permitir que el cuerpo ceda a los dolores, pero por más que lo intenta no puede. ¿Qué tal que vuelvan a asomarse por las ventanas los ojos enrojecidos de aquellos hombres? El tiempo lo cura todo, le escuchó decir alguna vez al párroco de la iglesia, pero así hayan pasado décadas aún recuerda con claridad el olor de la pólvora, la forma serpenteante de la sangre sobre la tierra árida. Por eso evita cerrar los ojos: en sus sueños, dice para sí mismo, vive de nuevo cada uno de sus infortunios. 



Dibujo tomado de "Te cuento mi historia, palabras de niñas y niños colombianos refugiados en el Ecuador"



Este dolor de pensamiento -como a veces le llama Casimiro- también lo padece Nora, una mujer delgada y de expresiones lacónicas que aprendió a vivir con su silencio. Su familia, oriunda de Santander, llegó al Guaviare a finales de los setenta buscando como tantos otros un refugio contra la guerra. Por aquel entonces tenía trece años y solía recorrer los pastos de la finca familiar con la ternera Celia. Una mañana, entretenida en seguir el rastro de un tapir, olvidó regresar con prontitud a su hogar. Lo siguiente que recuerda es estar sepultando a sus padres y hermanos, sentir el peso de su maleta en los hombros, comenzar una vida errante.


Cuando le preguntan por lo sucedido, Nora suele describir una misma imagen. En este sueño, que es también un recuerdo, se ve a sí misma retornando a casa. Mientras lo hace vislumbra a lo lejos unas siluetas multiformes. De repente algo le persigue, la obliga a correr desesperadamente y asustada se interna en la selva, tropezando a cada paso con las ramas podridas de los yarumos. La escena finaliza con el humo levantándose entre las copas de los árboles: han incendiado el caserío. En ese momento trata de encontrar los rostros de los responsables, pero no logra distinguir si son hombres o bestias. Solo sabe que van uniformados, que portan fusiles en sus cuerpos deformes. 


Estos sueños, recurrentes en quienes han experimentado los vejámenes de la guerra, suelen ser para los soñadores anticipación de acontecimientos futuros, pues la violencia al ser capaz de inscribirse en múltiples registros rompe las nociones de lo verosímil y entra a ordenar la vida social desde el ámbito de lo fantasmagórico. Dicha obliteración puede comprenderse a través de Saturno devorando a su hijo, pintura de Francisco de Goya que representa a Cronos, titán del caos y personificación del tiempo según la mitología griega.

En esta imagen Cronos aparece como un anciano de aspecto abyecto que destroza entre sus fauces un cuerpo humano. La expresión en el rostro del anciano es de terror, como si quisiera detener aquel acto caníbal y fuese incapaz de hacerlo. Y es allí, en esta imposibilidad, donde reside el poder de la violencia: ella -al igual que Cronos- es un fenómeno que devora el porvenir y aparece ante nuestra mirada como la única realidad posible e imaginada, pues su horror y presencia ordena los diversos registros temporales de la experiencia humana en una especie de pasado eterno, es decir, posiciona el sufrimiento social tanto en el presente como en el futuro.

Este carácter simbólico de la violencia supone entonces, pensar en posibles formas para sanar aquellas heridas dejadas en el inconsciente individual. Para ello es necesario inscribir estas ensoñaciones en un entramado colectivo capaz de producir una significación que reconozca a las víctimas en su dignidad y resistencia. De no hacerlo, estaremos atrapados en una experiencia fragmentada y difusa de la muerte que hace de nuestra comunidad política un público incrédulo ante el horror o ¿acaso nos hemos preguntado qué sueñan quienes viven entre el fuego? 

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