domingo, 17 de mayo de 2020

Frankétienne

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Un artista como Jean Pierre Basilic Dantor Frank Étienne D’Argent podría darse la gran vida a punta de repetir anécdotas en cuanta feria, exposición, congreso o conversatorio tuvieran a bien invitarlo. El haitiano más genial de la historia —dato afirmado por él mismo y algunos amigos que dan fe de su obra y milagros— nació el 12 de abril de 1936 en la villa de Ravine-Sèche, al sur de Puerto Príncipe. Es hijo de una niña de 13 años violada por su padre adoptivo, un estadounidense sesentón que huyó para siempre, y nieto de una mambo que oficiaba ceremonias para pedirle a los loas intersección ante Bondye, a ver si aquel dios se apiadaba de ellos y les concedía una vida menos miserable.

La única cosa que Jean Pierre tenía para recordar a su padre era la piel, blanca como la de un gringo más. Una especie de regalo siniestro que lo hacía diferente a sus hermanos, un boleto para salir de la pobreza que él, excéntrico como es, prefirió mirar a la cara por el resto de sus días. Y es que solo alguien así es capaz de desestimar su biografía, es decir, rehusarse a elaborar una historia ordinaria o maravillosa con su nacimiento, parentela de sangre o una serie de anécdotas —acaso graciosas, acaso trágicas— que expliquen frente al mundo sus virtudes y defectos. Un tipo como él no tiene problemas, digamos, en cambiarse su nombre a Frankétienne y fundarse a sí mismo bajo la certeza de que la vida y el universo son caos incomprensibles, aunque funcionales. Alguien así diría: “no me preocupa saber lo que escribo”.

Fue la primera línea que leí de Frankétienne: “No me preocupa saber lo que escribo. Muy sencillamente, escribo”. Conseguí su libro el año pasado en la Feria Insular del Libro de San Andrés. Frankétienne de antología, se llama, aunque eso de antología es impreciso porque este tipo cree que todo lo que hace es importante, así que es más bien un resumen. “Muy sencillamente, escribo —continúa él—. Porque es una necesidad. Porque me ahogo. Escribo cualquier cosa. No importa cómo. Se llame como se llame: novela, ensayo, poema, autobiografía, testimonio, relato, ejercicio de memoria, o nada. Yo ni siquiera sé”.

Frankétienne no puede saberlo porque el mundo es un caos, ya se dijo. Lo creo también, como creo en sus versos de narciso y en su megalomanía inofensiva. Me aferro en estos días a ese libro de poesía, dibujos, autoentrevistas y fragmentos de diario porque se me hace que él y yo y ustedes somos islas y estamos encerrados entre dolores, deseos profundos e ilusiones, islas como habitaciones, en una especie de exilio interior que, sin embargo, no nos impide encontrarnos en los demás.

El párrafo de Frankétienne que leí por primera vez termina así: “Lo que escribo no me es ajeno. Nadie logrará decir mucho más de lo que haya vivido”.

Frankétienne. (2016). Frankétienne de antología. Bogotá, Colombia: Lasirén.
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PUBLICADO POR Fabián Buelvas
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