miércoles, 11 de noviembre de 2020

El nervio óptico

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  • El nervio óptico, María Gainza, Laguna Libros, 2018.



Por Jéssica Toloza

De las paredes de mi infancia colgaban tres cuadros. Eran paredes austeras con breves notas de color por los almanaques que todos los años renovábamos, y por esas tres imágenes que hasta el día de hoy hacen parte de mi experiencia iconográfica. Llegaron con los comerciantes y vendedores ambulantes que todos los domingos nos encandilaban con una variedad de chucherías, así que no está demás decir que aquellas imágenes que adornaban mi casa, adornaban casi todas las casas del pueblo y entonces la monotonía de aquel lugar, que era su mayor atractivo, se acentuó mucho más con una homogénea estética doméstica. En ese tiempo la riqueza visual estaba afuera y ahora en la memoria, no sabíamos del arte y los museos, ¡quedaban tan lejos!, así que nuestra única formación visual fueron la televisión y esos tres cuadros que estaban en la infancia de casi todo mi pueblo.


María Gainza (Buenos Aires, 1975) ha dedicado gran parte de su vida al trabajo como crítica de arte, sus colaboraciones aparecen en The New York Times, las revistas Artforum y ArtNews y el suplemento Radar de Página/12. Varios de sus textos se compilan en su primer libro Textos elegidos 2003-2010, publicado en el 2011 en Argentina. Su mirada disconforme en el arte la llevó a tener una voz autorizada y personal, que sin embargo sería la misma que la llevaría a abandonar este mundo cuando le pidieron “críticas de verdad”.  


Yo quería escribir sobre El nervio óptico de María Gainza, pero tal vez termine contando otra cosa, tal como ella lo dice al inicio de su libro y lo hace con sus historias. Gainza recorta recuerdos, visiones y experiencias, luego los sostiene flotando en el mismo pozo de agua y uno nada o si no sabe, aprende a nadar con ella.  La experiencia íntima con el arte se escapa al límite del marco en este libro, y es así como uno logra apasionarse por las obras y artistas que Gainza va iluminando en cada página. Yo terminé googleando a todos y explorando parte de su obra, no sé si me hubiese pasado lo mismo con una simple reseña. Esa visita guiada que es El nervio óptico, no hace otra cosa que despojar a las obras de esa pátina que les crece en los museos y las galerías, que las inmoviliza y las hace tan susceptibles a los discursos, contrario a esto, Gainza estira la obra y la lleva hasta la vida: a las calles de buenos aires, a los secretos familiares, a la angustia de no pertenecer, al miedo a los aviones y a la muerte.


Sólo sobrevive uno de los cuadros de mi infancia, el más terrorífico, el que evitábamos ver antes de irnos a dormir.  Eran tres: un sagrado corazón de Jesús con una cara andrógina y carente de cualquier espíritu mesiánico, que nos sirvió mucho cuando con mis hermanos jugábamos a crucificar a Jesús, pues era nuestro modelo para darle forma a las sabanas que tratábamos de convertir en túnica encima de mi hermano más pequeño. El otro cuadro es una virgen del Carmen en el purgatorio, una imagen que se resiste al paso del tiempo y permanece en una de las paredes de la casa de mi madre. La virgen con un niño en el regazo mira totalmente indiferente a los hombres y mujeres que se queman en el fuego, mientras dos ángeles, que parecen equilibrar la crueldad de la situación y del espacio del cuadro, toman por los brazos a un par de pecadores sin lograr salvarlos del calor de la hoguera.  Para irnos a la cama teníamos que pasar por el frente de aquel cuadro, entonces, antes de caminar ese trayecto de la casa, nos tapábamos los ojos con las manos y corríamos hasta atravesar ese tramo del purgatorio, y si en alguna ocasión la imagen se coló por las hendijas que dejaban los dedos sobre el rostro, no había de otra que refugiarnos en la cama de alguien más. Esa imagen acentuó el miedo en mis hermanos y en mí, y nos hizo profundamente ascéticos y un poco más obedientes.


Su libro “atípico e inclasificable”, como lo han llamado algunos medios, es El nervio óptico.  Publicado en 2014 por Mansalva y más tarde por Laurel en Chile, ganó mayor acogida cuando en el 2017 lo editó Anagrama, lo que le supuso una plataforma mediática mucho más internacional y con esto un mayor reconocimiento.  El nervio óptico, dice María Gainza, empezó como una guía privada y caprichosa de sus cuadros favoritos, con la que buscaba remediar la brecha que había ahondado la crítica entre la obra y el espectador, a través de reseñas frías, barrocas y especializadas. Ella quería una visita sentimental, recordable; quería contar los elementos que iban surgiendo con la vista de cada uno de los cuadros, quería asegurarse de transmitir la mordida que le imprimía la obra a su cuerpo.


¿No son todas las buenas obras pequeños espejos?, se pregunta Gainza mientras avanza sobre una pintura en la que cree reconocerse cuando era niña, y se sujeta de ese reconocimiento para avanzar en la narración sobre su amigo más íntimo y sobre un pintor que veía fantasmas. Desde niña, acostumbrada a las grandes obras de arte, a los salones, los museos y los viajes; nutrió su visión hasta el punto de dejar de lado el protagonismo de la pincelada y empezar a hablar de ella misma, de sus pintores más entrañables y de la experiencia vital en un museo, o en una exposición, o frente a una reproducción colgada en el consultorio de un médico. Esa visión aguda es resultado del notable entrenamiento de una mirada, pero también de atreverse a fijar sus ojos en lo que casi nadie nota, que a veces es eso que crece entre el espectador y la obra, como un abismo que se agudiza y nos causa vértigo. En la distancia entre lo que nos parece lindo y nos cautiva, dice Gainza, se juega todo en el arte. 


Con este libro me pasa que quiero atravesar el espejo y habitarlo, quiero conocer de cerca la voz que narra y los lugares que describe, respirar el enrarecimiento de los apartamentos viejos y mugrosos, y las colonias de los visitantes a los museos. Siento un poco de envidia también, tan necesaria cuando se quiere crear algo parecido a otra cosa sin ser lo mismo, cuando esa voz logra lo que uno no intenta. Las bisagras que modulan cada uno de los relatos abre puertas a salas de estar, calles, mansiones en decadencia, entierros y herencias; también sirven para cerrar y dejar afuera el adorno, la clasificación y los géneros literarios. Esas bisagras tan bien puestas, situadas estratégicamente para abrir y cerrar las atmósferas y los tiempos, cuando la autora lo quiere, es lo que más envidio.   


El último cuadro de mi casa lo habitábamos mis hermanos y yo. Eran dos niños y una niña jalando una carreta repleta de flores por un camino amarillo, rodeados por un bosque que se parecía un poco a nuestro campo. Cuando era pequeña creía que mis hermanos y yo vivíamos en ese cuadro, que éramos niños en otra época o en otro mundo y que ellos (nosotros) nos veían a través del marco del cuadro.  Representábamos a menudo esa escena cuando no estábamos mirando la televisión. Teníamos todos los detalles del cuadro en casa, entonces nos sometíamos a poses lentas, en las que la posición de las manos y la contracción de nuestros rostros tenían que durar unos minutos y luego, bien despacito, ir moviéndonos por el camino con la carretilla vieja de la casa llena de pasto y de cuanto matorral habíamos encontrado por el camino, volver a parar en pose bucólica y manierista, continuar, pose, hasta que finalmente decidíamos cambiar de juego. Me imagino que el objetivo del juego era no abandonar el juego. El que abandona pierde.   


Ese cuadro de los niños fue el primero en desaparecer de casa como consecuencia de la humedad. No se nada de el, ningún detalle histórico ni rastro que me permita llegar hasta su autor y las razones de su reproducción en masa. Quizá Gainza tendría más pistas y datos sobre el arribo de este tipo de imágenes a las casas de los pueblos en el trópico, y de aquella filigrana que sostiene la experiencia vital de los artistas que continúa tejiéndose en sus obras y en las historias alrededor de ellos. Las imágenes que están atravesadas por la vida no nos abandonan así ya no estén colgando de un clavo. Gainza recupera sus propias historias y vuelve a la mirada infantil que solíamos tener mis hermanos y yo, jugando con el adentro y el afuera, con la pose y la vida, con la imaginación y la cicatriz, todo junto hasta revitalizar la experiencia de mirar. 


La enfermedad y su terror a los aviones no la dejaron asistir en 2019 a la entrega del XXVII premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz, entregado por la novela La luz negra, durante la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (México). Con la pandemia se ha acentuado el aislamiento al que se ha sometido, en parte por la enfermedad neuromuscular autoinmune que padece y por otro por el alimento sentimental que encuentra en su biblioteca y las paredes vacías de cuadros de su casa. La editorial Laguna Libros editó El nervio óptico en Colombia en 2018.

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Imagen: Portada de la edición colombiana, Laguna Libros.


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PUBLICADO POR Revista Corónica
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