Sorrentino se fue por un asunto discreto esta vez: hizo una película sobre un presidente, sobre su idea de presidente, el de la República de Italia, uno que opera bajo los preceptos constitucionales ficticios que abren la obra bajo el manto de aeroplanos que expulsan humo con los colores de la bandera, el director tomó esta vez una elección humilde. Ahora donde los liderazgos mundiales y el ascenso de las derechas están plagadas de personalidades atorrantes y déspotas, soberbias y grotescas el director agarra a un hombre destacado por su inacción, ladino para determinadas decisiones, apocado para sobresalir en su legado como mandatario, es decir, Sorrentino eligió ridiculizar al poder de la forma en la que solo él sabe hacerlo: con elegancia y oído, con el humor decadente con el que tapiza los dramas de cualquier índole pasándoles una estucadita de sofisticación, celos y melancolía. Sin embargo, creo que con esta, a diferencia de sus otras grandes películas, se fue por varios asuntos espinosos, y no por ello menos trabajados que sus motivos anteriores como lo hizo con Juventud, La Gran Belleza, Fue la mano de Dios o incluso Parthenope, que no me gustó tanto -solo la actriz, de hecho creo que fue un película hecha para adorar momentáneamente a la actriz-, aquí retoma también la vejez, la memoria, el peso del catolicismo, la seducción y los secretos y lo volvió a hacer con su actor favorito, Toni Servillo haciendo el papel de Mariano de Santis, el presidente de esa Italia quien está a pocos meses de dejar su cargo.
Con el tiempo los apodos, cada vez más cuestionables y prohibidos, desaparecen sin dejar mayor registro y siento que en esta película es el apodo el que destapa y agita al personaje, pero ¿Quién es Mariano de Santis? Una figura protocolar más que un jefe de Estado, un jurista, abogado penalista autor de un código infumable, viudo, padre, un hombre discreto, sin líos de corrupción que sale a fumar a escondidas de su hija Dorotea, otro gran personaje protagonizado por Anna Ferzetti, un tipo que a los seis meses de irse del palacio tiene en sus manos la decisión de aprobar - o no- la ley que permita la eutanasia y otorgar dos indultos por casos que el mismo ministro de Justicia le confiere. Me parece muy bobalicón leer reseñas gringas diciendo que esta es una película sobre el perdón (Grazia traduce del italiano indulto, perdón, amnistía) y esto sin duda va mucho más de ahí, es de hecho lo que germina después de que este mismo hombre se entera de que su apodo es “Hormigón armado”.
Mientras su gabinete lo alaba por su inacción, su hija lo acusa cada vez más para que considere hacer algo por fin para dar cierre a su mandato. Por otro lado uno pudiera pensar que Mariano es un estoico, que su inacción es una máxima colindante con el taoísmo “no hagas nada y tendrás todo hecho”, pero no, Mariano no es un filósofo es un abogado, es un jurista que pareciera ampararse no solo en las máximas de los códigos sino en las máximas de otros humanistas sátiros como la Giuseppe de Lampedusa en El Gatopardo cuando Tancredi, queriendo persuadir al tío de moverse del lado de la revolución le dice, hablando sobre el lugar del poder y la hegemonía que representa de la siguiente forma: “que nada cambie para que todo cambie”, Mariano está obsesionado con la verdad y la virtud como buen jurista que es y cree que solo las leyes pueden dar certezas, sin embargo vive envenenado por no saber con quién fue que su esposa muerta le puso los cachos hace cuarenta años y se siente aturdido por la pregunta de Dorotea cuando, retomando el tema de los dilemas y leyes a firmar le pregunta “¿De quién son nuestros días?”.
Vi la película días después de que la joven española Noelia Castillo pudo acceder a la eutanasia. En medio de las opiniones me resonó la de Leonor Silvestri. Un contexto antes: Noelia fue abusada sexualmente por su novio, luego se intentó suicidar y cuando se lanzó de un balcón, no murió, quedó parapléjica, los años que siguieron fueron un suplicio para ella, para sus padres quienes después de cinco instancias judiciales y luchas médicas pudieron apelar a esta medida, Silvestri, pensadora argentina, no solo defendía el derecho a terminar con la vida propia en este caso, y en todos los casos, decía que lo ideal sería que viviéramos en un mundo donde Noelia hubiera podido vivir, donde no hubiera sido abusada, donde no hubiera tenido ninguna razón violenta para acabar con su vida, donde no hubiese tenido que cargar con las secuelas de este agravio y que tampoco hubiese tenido que padecer la depresión que la lanzó al vacío, pero el patriarcado, la violencia, el machismo y el orden actual del capitalismo hegemónico necesitaban de ese sufrimiento para perpetuar múltiples mecanismos de control y vigilancia sobre los cuerpos de las mujeres, sobre cualquier cuerpo que pueda estar a merced de la farmacología, la moral cristiana y el sistema de salud revictimizante, a la pregunta de Dorotea, este caso me retumbaba, la respuesta parecería obvia, en la película para de Santis, implicó una visita al papa incluso, que obviamente le dio respuestas, como lo hace la religión.
Es difícil desligar la sombra de Fellini, Visconti o Resnais en esta película, la parte en la que se van a cenar con su mejor amiga la crítica de arte Coco Valori, quien dispara sentencias a la velocidad de un metralleta con humor, agudeza y precisión, la cámara se eleva sobre los comensales como los cuadro de restaurantes de Fellini en 8 y medio, yo no vemos a Marcelo Mastroianni elevarse por el cielo italiano sino que volvemos a la imagen conmovedora de un astronauta también elevado, pero en el espacio exterior, o pasamos por las imágenes de las cenas hechas en patios con jardines en espacios abiertos, camareros, etiqueta, glamour, un glamour triste, pero no menos engominado. Del lado de la imagen dejo a los comentarista de modas decir lo de siempre, sin embargo, del lado del sonido hay algo que amé. Me cautivó del trabajo de la dirección de sonido, a cargo de Emanuele Cecere y Mirko Perri, y es que en los planos donde Mariano se encuentra solo o acorralado por un dilema un zumbido se impone en el paisaje sonoro, baja el telón invisible de una estridencia que nos zarandea los tímpanos, algo rastrilla en a lengua, un jalonazo de tonos o raspones se nos cuela en la mandíbula, es decir, musicalizan ¿sonorizan? la duda, como si no bastara con meter al personaje en múltiples dilemas que lo lanzan contra las cuerdas, sino que crean un espacio para aturdir no solo al personaje sino al espectador junto al personaje. Este sonido eléctrico y chirriante como de tiza sobre el tablero, como de corto eléctrico, como de disco rayado no se me hace menor, la duda tiene cuerpo en la trama, se merodea por el palacio, por las noches y días de los personajes, por los animales, por las cárceles que visitan los personajes, la duda se contonea en nosotros a la par que lo hace en De Santis, así suenan las dudas, Sorrentino les dio color. Es roja, la duda es roja como los celos, como las cortinas del palacio, como ese sonido de rubí roto en las manos del reyezuelo.
El resto sigue siendo excepcional: los gestos, el tiempo tan desligado en cada rostro, los escenarios de Sorrentino (castillos, teatros, calles empedradas) y de hecho, para volver a esto del tiempo, también hay otra línea de fuga en ese asunto porque aunque el personaje mantiene monólogos con su esposa muerta cada que sale a fumar -el placer gestual de la cara de Servillo cada que se pega un plon es monumental- sentimos ese peso voluminosos no solo de la responsabilidad de su cargo, sino de un hombre que vive en el pasado, incluso que le confiere a sus celos una dimensión atemporal que lo lleva a las imbecilidades a la que lo llevan en la película, la película abre y cierra con el recuerdo de Aurora, por otro lado la hija, Dorotea, está más que nunca en el presente de su padre, es la acción y el coraje que le falta al mismo, es quien lo confronta, quien decide dejar de esconderse solo en los códigos e ir a la cárcel a ver y encarar a Isa Rocca, una de las mujeres que busca el indulto, la mujer que la escanea en cinco minutos de conversación, también está el personaje del Papa negro quien encarna el juicio de la iglesia sobre el órden y sentido de nuestros días, la moral de las formas mortales supeditadas a la lógica de la otra gran institución patriarcal: la santa iglesia católica que incluso le da una motico eléctrica para que no camine por los jardines papales sino que lo eleva sobre el suelo para hacerlo parecer una exhalación divina, la misma Coco Valori, el arrebato de esta mujer que al final nos da ese giro tremendo, el guardaespaldas, el caballo, el astronauta ¡Llamado Giordano! como el otro napolitano Giordano Bruno
Dos escenas me atraparon: la recepción del presidente de Portugal, repetí la película por esta escena, y la aparición del rapero Güe, quien tamiza es un gran contraste con este sonido del que hablo, el arrebato de la oralidad y su capacidad de improvisación entran al palacio presidencial cuando Mariano De Santis, hombre guiado por la verdad que le confiere la ley, comienza a dudar.