jueves, 31 de diciembre de 2020

El año del pecado triste

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Ilustración de María José Porras Sepúlveda

                                                                                  Por Jhon Isaza


Si al finalizar cada año nos pidieran organizar en un pódium nuestras emociones, con todo y lo desigual e injustas que las premiaciones son, quizá este año sea la tristeza la que se lleve el triunfo de la pasión mayor. No sólo porque es la primera vez que un mismo sentimiento le sucede a tantas personas al  tiempo, sino quizá porque es la primera vez que ese mismo sentimiento sucede a cada una tantas veces.
 

El asunto no debió ser fácil para el jurado hipotético: angustia, desesperación, incertidumbre, rabia, desolación, impotencia y miedo peleaban como fieras por trepar, pero la tristeza puede más por vieja que por fiera. La tristeza ha batallado combates que las otras pasiones no, y ha merecido lugares especiales en los intentos de los humanos por hablar de aquello de lo que más valdría callar. 

Antes de ser considerada un pecado, la tristeza era una enfermedad. Fue más o menos en el siglo IV a.C., que Hipócrates de Cos, el médico griego, ofreció al mundo la teoría humoral. Quería explicar cómo funcionaba el cuerpo humano y entendió que estábamos compuestos por cuatro líquidos (humores) que representaban a su vez a los cuatro elementos naturales: aire, fuego, tierra y agua eran, en el cuerpo humano, el equivalente a sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema. Hasta bien entrada la edad moderna la medicina atendió a los principios humorales para explicar ciertas disposiciones corporales de las personas. Se creía que alguien estaba bien cuando los humores funcionaban adecuadamente, y es a esto a lo que se referían cuando decían que alguien estaba de buen humor. Pero lo contrario era lamentable: un exceso de bilis negra, por ejemplo, causaba tristeza, abatimiento y congojas insospechadas, dicen que la etimología de bilis negra es melancolía, el exceso de la tierra en nosotros, el imperio de una realidad que es como un hachazo seco en el cráneo.

Después de Hipócrates vino el pecado. 

Los siete pecados capitales primero fueron ocho. Se le debe a Evagrio Póntico, el monje y asceta cristiano del siglo IV d.C., su institución. Gula, lujuria, avaricia, tristeza, vanagloria, ira, orgullo y apatía eran la cabeza de la que se desprendían todos los pecados. Para el monje la tristeza es pecado porque quien la sufre “no conoce el placer espiritual”, y tiene el alma abatida, y ambas cosas nos alejan de Dios, no sólo porque es un insulto el descontento con un mundo creado y planeado por un ser perfecto y bueno y justo, sino porque es muestra de egolatría y vanidad suponer que somos más importantes que los acontecimientos. No se puede agradecer por lo bello y bueno y justo, ni se puede alabar con alegría a Dios en la tristeza, así que no quedaba más remedio que prohibirla. Un siglo después, Gregorio Magno combinó apatía y tristeza en uno solo, y así llegó a nosotros el pecado de la pereza, la tristeza se camufló en su gesto, y se redujo a sus consecuencias: a Dios se le alaba haciendo y se le insulta en la quietud que no se gasta en oración y gratitud, y ambas cosas son imposibles en la ausencia de ánimo, de alma, y bien sabemos que la tristeza es el reino de los cuerpos vacíos. Quizá por eso siglos después Tomás de Aquino sugirió remedios para salir del letargo y la abulia, y justo estaba yo recordando uno de esos remedios cuando se me ocurrió escribir esto para hablarles de un cuento de Anton Chéjov. El cuento se llama La tristeza: 

La capital estaba envuelta en las penumbras vespertinas, la nieve caía lentamente en gruesos copos, giraba alrededor de los faroles encendidos, extendiendo su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, y entonces Chéjov dirige la mirada a un punto fijo y nos presenta a Yona, que estaba todo blanco y tieso, como un fantasma disecado. Yona era un cochero, vivía como podía del poco dinero que el coche, su caballo y las exiguas fuerzas que aún le quedaban le podían proveer. Estaba sentado “en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanecía inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.” Lo que le pasa al viejo cochero es que la muerte se había equivocado, no lo había querido a él, sino a su hijo, y ahora el viejo estaba solo, y buscaba simplemente a quién contarle su pena. Veía en cada pasajero la oportunidad de vaciarse, y cada que intuía una pausa en las personas que les contaban sus asuntos del día, iniciaba: “Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada…”, pero justo en esos instantes era interrumpido por algo de mayor importancia, y así pasó el día Yona, con la nostalgia en la punta de la lengua, y tenía que guardarla, como un aguijón, para dentro de sí. Yona sólo pide ser escuchado: “Quisiera hablar de su desgracia largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro… Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo!” 

Hay una idea del poeta Petrarca que tiene mucho que ver con el silencio al que está condenado Yona: 

“El que puede decir cómo arde, sólo vive una pequeña pasión”. 

Séneca también dijo algo que se le parece:

“Leves, las penas se expresan, grandes se callan”.



No sé bien si sea porque nos avergüenza hablar de nuestras enfermedades, o porque aún hay entre nosotros gentes que temen pecar, o si les creímos a Petrarca y Séneca aun sin conocerles, pero parece que somos el resultado de una combinación de todo eso: hemos tenido meses de desgaste de la palabra, nos hemos contado tantas veces la angustia, la incertidumbre, la novedad de este desasosiego generalizado que hemos reconocido que ya no hay palabra que abarque el tamaño de estas pasiones, y entonces hemos tenido meses de silencio, no nos cabe tanto mundo en nuestras tristezas, y también las hemos disimulado, las pusimos a perder y las reemplazamos por otras pasiones que merecían menos pero que llenaban más, y vamos cerrando el año del pecado triste con una especie de melancolía vigilante. 

Al final, Yona está con su caballo, incapaces de dormir ambos, por el hambre y el frío, y entonces le dice que qué se le va a hacer, que él es demasiado viejo para conseguir dinero suficiente, que si su hijo estuviera vivo las cosas serían distintas, y… “sí, amigo… ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera…”. Y entonces la tristeza de Yona se le fue saliendo para inundar el mundo. Ahora creo que eso que le pasó al cochero ruso hace más de cien años es todo lo que nos queda: quizá Petrarca tenía razón, es imposible reducir a palabras las cosas que arden, entonces quizá hablar sobre las cuitas que nos hacen tristes no sea hablar de la tristeza, que es imposible, sino recurrir a la única cosa que tenemos para disimular la soledad en la que nos sumen las tragedias. Quizá este año hayamos ganado algo: por cuenta este tiempo, cuando vemos a las gentes en las calles, cuando se nos acerca alguien a quien queremos o cuya vida nos interesa, aunque sea un poco, más temprano que tarde debemos preguntar por sus tristezas, estar dispuestas a ser el caballo de Yona, sostener la mirada fija al suelo, parpadear lento, y entender que no entendemos pero que por cuenta de esa tristeza hay dos, hay miles, que ahora estamos menos solos. 

Y qué más da si la realidad es incomprensible o el lenguaje insuficiente, todo lo que sabe hacer la mosca es batir las alas y azotarse contra la ventana.


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