martes, 29 de diciembre de 2020

Nadando hasta el horizonte

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Por Marco Tulio Aguilera Garramuño*

Oh paradojas: este año de pestes ha sido el mejor y más productivo de mi vida. Aunque no asistí a ferias de libros, no dicté conferencias, no participé en competencias de natación (actividades en las que habitualmente participo año tras año) vi publicado un nuevo libro de relatos, Cuentos ligeramente perversos; también una nueva novela, Nostalgia del paraíso (en una editorial española), apareció una nueva edición de Formas del paraíso en Berlín. “Subí” 14 de mis libros agotados a la plataforma de Amazon. Terminé de escribir mis Memorias. Escribí una novela breve, Ladrillo. Escribí otra novela, El lado oscuro de la memoria. (Las dos anteriores pertenecen a un ciclo de nueve novelas seriadas pero independientes que he llamado EL LIBRO DE LA VIDA). 


Entiendo que esta logorrea literaria puede entenderse como exceso deplorable de autocomplacencia y autoaprecio, si consideramos que a Rulfo le bastó una novela… pero, amigos, tal es mi caso, y me disculpo de mis excesos invocando a Balzac, Stephen King y Corín Tellado a quienes les bastaba una semana para escribir una novela. No todo fueron fanfarrias y fuegos artificiales. Sufrí una severa infección urinaria. Me cayó una bacteria que me mantuvo vomitando, con diarrea y falta de apetito, dos semanas. Bajé diez kilos. Me luxé una rodilla, lo que me inmovilizó tres meses. Además hubo más malas noticias: mis libros se vendieron muy poco, casi nada, incluso el de cuentos infantiles, que año con año me da por lo menos dos aguinaldos jugosos. Terminé el guión de la película basada en mi novela La honesta lujuria, que espero hagamos pronto con el gran Fabrizio Prada. Cumplí 71 años y ya quiero tener 72. Espero la publicación de un libro de cuentos infantiles en Berlín. ¿Perspectivas para el 2021? Jubilarme, instalarme con mi esposa Lety en Playa del Carmen y… seguir viviendo…. si el virus lo permite. Estaré pues preparándome para el Campeonato Panamericano de Natación en mayo en Medellín.


Las terribles paradojas: los males se acumulan, las tragedias se suceden unas tras otra, escuchamos de muertes cercanas, se acumulan los obituarios en los periódicos, murió el amigo que tomó 200 fotos de mi matrimonio con Lety (con mi flamante esposa sobre mis rodillas, en mis brazos, abrazando las estatuas de las Cuatro Virtudes, ella a sus diecisiete, yo con más de 30); murió Luis Sepúlveda (autor de Un viejo que leía novelas de amor, compañero de debut literario en Editorial La Flor de Buenos Aires: nació el mismo año que yo, en el mismo mes, fue tan prolífico como yo, pero con más éxito; éxito que disculpo y compadezco: la historia de su muerte tiene relación muy estrecha con el éxito: asistió a recibir honores, como había recibido muchos otros en varios países; en la Feria del Libro de Lisboa lo pescó el Coronavirus y se acabó su gloriosa vida que él mismo cantaba bucólica al lado de su esposa en Asturias y difundía en Facebook: meses antes nos habíamos celebrado el uno al otro a la distancia (él en Asturias, yo en Xalapa, compartiendo cada quien fotos que exhibían nuestros libros dedicados); murió en Xalapa Manuel Munguía, erudito veracruzano, locutor amigo de todos, con quien hice varios programas; murió la gorda y alocada Paty, quien estuvo presente el día que conocí a Lety; murieron su esposo y sus hijos, contagiados por Paty; sobrevivió al virus Alejandra Macchia, amiga de Facebook que era y es (afortunadamente) un generador humano, una anti-ortodoxa, una bailarina de danza africana, una apreciable escritora y editora, una guapura de mujer; se contagiaron veinte o treinta presidentes; sobrevivió el petulante e insoportable de Trump, quien no cree en el cambio climático y en la igualdad de los seres humanos.


Pero… fuera de las fronteras de mi casa todo sigue pareciendo anuncio del apocalipsis ... es decir: lo normal desde hace varias décadas es sentir que el mundo entero va rumbo al despeñadero. 


En enero terminaré el sabático que me otorgó la Universidad Veracruzana escribiendo la segunda parte de Memorias. Y, finalmente, estoy pasando el último mes de 2020 en Playa del Carmen, sometiéndome a entrenamientos intensivos en el mar: participando en travesías de entre 1000 y 3000 metros al lado de muy buenos y ¡jóvenes! nadadores.


En síntesis: aunque el mundo se esté acabando hay que seguir bailando. Lo confieso: no aspiro a arreglar el mundo. Eso se lo dejo a Dios o a quien corresponda. Yo sólo cultivo mi parcela y espero que lo que yo siembre alimente a alguien más allá de mis fronteras. No quiero morir después de una larga y sufriente enfermedad y agonía sino nadando hacia el horizonte. A ver si con mi romántica y novelesca desaparición espero que nunca se encuentre mi cadáver y que pase con mi posteridad lo que le sucedió a Ambrose Bierce, uno de los mejores cuentistas del mundo: dijo a sus amigos que se iba a unir a las fuerzas de Pancho Villa, viajó a México y ya nunca se volvió a saber de él.

Playa del Carmen, 30 de diciembre de 2020

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*Marco Tulio Aguilera: escritor colombiano radicado en México. Autor de Historia de todas las cosas.

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