domingo, 20 de diciembre de 2020

Fanzine Crack Vol.7: El furbo, por Santiago Noero

1

El fanzine Crack es una publicación digital que oscila entre el fútbol y la literatura.  Editado desde 2015 por un grupo de escritores aficionados al fútbol, dedica su número 7 a Diego Armando Maradona. Revista Corónica reproduce uno de los textos del especial 2020. Escriben en este número:

Pablo Manzano / Sico Pérez / Paula Baldrich / Javier Cozzolino / José De Monfort / Jenny Valencia Alzate / Darío Rodríguez / Ignacio Concha / Santiago Noero / Rubén Hurtado



El furbo 

por Santiago Noero


1.

E

n el Caribe hay siete países en los que hablan igual, bailan igual, comen igual, juegan béisbol y dominó, les gusta el boxeo, oyen salsa, maman gallo y hacen la siesta. Entre ellos hay sólo dos ciudades que, aun cumpliendo todo lo anterior, tienen también tradición futbolera respetable: Barranquilla y Santa Marta.


Aparte del boxeo, Colombia en los setenta era un país de perdedores. En cambio, Cuba ganaba en todo en lo que competía; los cubanos eran unos dioses. En el Mundial Amateur de Beisbol de 1976 fueron campeones cómodos. Cuando Armando Capiró la puso en la pared del Estadio 11 de noviembre –yo lo vi-, nadie dudó que podía llegar a las Grandes Ligas si defectaba; sacaron cuentas y la mitad del equipo podía jugar en los Estados Unidos. 

Los cubanos tenían un garbo que no había visto antes Cartagena, algo relativo al nivel más sublime de los caribeños, más que a la bacanería, más que a la vocación irrenunciable por el goce desordenado: una presencia magnifica parecida a la del torero, aunque sin la afectación porque tenían swing. Un convencimiento de grandeza, pausa y desgaire que los colombianos no teníamos (no tenemos); y ciertamente parecían sobrados, pero no se les notaba el esfuerzo, con lo cual parecían buenas personas. 

Llegado el Mundial del 78, y solamente porque no encontré el equipo entre las páginas del álbum, me enteré de que no participaría Colombia. Entonces, ¿quiénes, sino los que se parecían a los cubanos podían ser mis favoritos? Ya no era el lanzamiento de la bola en el béisbol, o el agacharse en el momento preciso cuando han calculado el bound de la bola al apararla, como si conocieran el futuro, ya no mediarían las manos. Ahora eran las medias blancas hasta las rodillas, en ese girar de zancadas no tan largas, resueltas, detrás de la bola, seguras de que ella va a seguir ahí delante, despejada de la gente, aunque estuviera cerca. 


2.

Yo tenía una camisa amarilla quemada que me ponía para ir a misa, pero que fue fácil degradar para jugar al futbol en la calle. ¿Y la pantaloneta azul? Bueno, todos la teníamos. Las medias no, nosotros jugábamos descalzos. Yo miraba las medias de Zico, en esa época la televisión no dejaba ver más. Si Clive Thomas, el árbitro del partido contra Suecia, hubiera dejado que la jugada del tiro de esquina siguiera, habría sido gol de Zico, su primero en los mundiales.  Pero el partido quedó empatado y Brasil pasó de segundo en el grupo, y le tocó jugar cruzado en la siguiente ronda en un grupo con Argentina y Perú. Y empatado también quedó el que jugaron Brasil y Argentina, en la cancha de Rosario, empantanada, altiva, grosera y resbalosa; un partido mal intencionado y feo, lleno de recelo y resentimiento; nadie jugó bien, salvo Zico, que entró muy tarde. Cuando pienso en Maradona y su pelo largo agitado con impostura, pienso en ese partido, pienso que su espíritu adolescente malcriado tuvo que haber salido de ese potrero. El empate fue una victoria para Argentina, que luego fue comprar el 6-0 con Perú.

Me quedaría para el resto de mi vida la imagen de Zico metido en la portería junto con su gol anulado y su cara de sincera desesperanza, y me imagino lo que pudo haber sido si le hubiera tocado en el otro grupo. Al final, Zico se jugó un mundial injusto en el que no era el favorito del técnico, Claudio Coutihno. He de ser, entonces, por siempre fanático de Brasil, inclusive por encima de Italia, dónde nació mi abuelo, y enemigo de Argentina, así a veces no se lo merezcan.


3.

Cuatro años después, Argentina llegaba de campeón a España 82, con el que decían era el mejor jugador del mundo. En la segunda ronda le tocó de nuevo con Brasil, el de Zico, Sócrates, Toninho y Falcao. «Juegue, maestro, juegue, que lo están marcando en zona», dijo Edgar Perea, el narrador deportivo de Barranquilla, en su voz gruesa y pendenciera, refiriéndose a Maradona. Le bajábamos el volumen a la televisión y subíamos el radio. Nadie era más Caribe que Perea, nadie los odiaba más; les tenía un risible desprecio. Los equipos de Barranquilla y Santa Marta, para jugar bien, traían a los brasileños, para marcar y destruir, a los argentinos. Brasil bailó y aplastó a Argentina en ese partido, y Zico puso uno y marcó uno. Hacia el final del partido, Galván le pegó un hachazo argentino de mal perdedor a Zico, y lo sacó del campo. Tele Santana mandó a Batista con la instrucción de cobrarle a Galván, y poco después deja el pie arriba, de pura casualidad, en la cara del argentino; al menos así lo narró Perea. Galván se tomó la cara con algo de resignación, pero Maradona, como salido de un cubículo de un baño en una fiesta de quince cualquiera, se le vino a Batista con una patada voladora, y salió expulsado. No podía haber sido un día más perfecto. En ese amanecer, ya acabada la fiesta, aquella cachetada se la había dado Maradona a Zico por haberlo quitado la que le gustaba. 

Por una casualidad improbable en el deporte, tres errores defensivos fueron tres goles de Rossi e Italia le ganó a ese Brasil, el mejor equipo de todos los tiempos, y el mundo de los ilusos lloró la victoria de lo grácil práctico sobre lo bello sobrio. A Zico, la mejor defensa de todos los tiempos, la misma que anuló a Maradona, le partió la camiseta en el área, lo raspó y lo arrastró sistemáticamente sin que pudiera contenerlo. Después de un partido bien jugado como un héroe, con las ganas de vivirlo unos minutos más -sólo porque sabíamos que ese baile sagrado no se iba a repetir nunca-, pasamos por el sopor del enamorado abandonado; quedó la ilusión de lo que pudo haber sido.


4.

«En las horas de recreo cuando las olas cristalinas de la droga estallaban contra él, penetrando sus pensamientos con resplandor y transformando la menudencia más mínima en un milagro etéreo, anotaba con esfuerzo en una hoja las distintas medidas que pensaba tomar para averiguar el paradero de su mujer.» Nabokov, Una cuestión de suerte. 


5.

Maradona salió del encerrado con su amigo Cilo, el que lo acompañaba para todo -hasta en el inodoro del camerino-, se pasó el dedo índice por la nariz y respiró de nuevo con fortaleza, blandiendo ese pecho engreído y echando la cabeza hacia atrás. Miró a Bilardo, que todo lo arregla, y éste ordenó que salieran; ya Diego estaba listo para el segundo tiempo.

Se sentía él mismo, no como la noche anterior, en la que se había quedado un buen rato despreciándose, acaso pensando en alguna mina, o acaso el Napoli y lo cerca que estuvieron de quitarle el campeonato a la Juve, aunque hubieran terminado terceros.  

Los ingleses lo vieron correr, no tenía ese ímpetu en el primer tiempo, no soltaba la bola; llegó al borde del área y se la pasó a Valdano, que la puso en globito, muy fácil para que Hodge la tratara de pasar atrás a su portero, pero Maradona sigue corriendo detrás del balón, de un balón perdido que nadie persigue porque es un pase hacia atrás, son casi reglas; salta Shilton, no lo creé, piensa que lo puede estrellar y tiene algo de aprehensión, aunque sabe que Maradona no le llegará. Saltan ambos y piensa en la confianza extrema que tiene este tipo para creer que llega al balón por encima de sus puños, y encima de su cara, ya a punto de colisionar, y mira la mano enfrente y oye el golpe del balón; el tipo mira al árbitro y se mueve indignado, luego grita y sale a correr.

Cuatro minutos más tarde, se la entrega Enrique, Beardsley lo ve girar y piensa que nadie puede tener tanta energía a esta altura del partido: la tendrá que pasar. Reid le ve la cara y se entretiene con la manera como tenía el labio por encima de los dientes, tiene los dedos estirados; Butcher oye cómo resopla, ya a esa altura debe pasarla, imposible que crea que puede llegar hasta el arco, no puede ser tan arrogante,  Fenwick piensa que va por fuera porque no se le ocurre que sea tan directo, le ve la cara de elación, ve otro estado de ánimo; Butcher se acerca de nuevo y Shilton espera a ver si se la pone a un compañero, piensa «No puede ser tan merecido».  Se demora un poco, Maradona lo engaña de nuevo.


6.

Yo había tratado de que me gustara, quizás, así como llegué a admirar a Mohamad Ali, después de odiarlo por cambiarse el nombre, pues Cassius Clay me parecía un nombre mítico. Consideré abandonar a Zico, hasta que lo vi celebrar el segundo gol, con su cara satisfecha y merecida, y me sentí de nuevo en las fiestas: uno bien vestido de saco y corbata, para que llegaran los crápulas de aquella calle, volviendo en gavilla del parqueadero oscuro, directo a sacarlas a bailar, tan seguros de sí mismos, tan felices, picaros, bailarines y habladores, ¿qué les contaban, si acaso podían hablar? En la más helada impotencia, los bandidos se las llevaban. 

Cuando estalló el escándalo en Nápoles, se preguntaron cuánto llevaba en eso, que una cosa era su vida personal y otra la deportiva; era su vida, digo yo, su vida de facineroso; de furbo, me dijeron allá un poco después, un po’ come siamo noi.

7.

furbo

/fùr·bo/

aggettivo

Di persona che riesca a cavarsi d'impaccio o a farla franca, giocando d'astuzia: è stato più f. di te; spesso come s.m. (f. -a ): un f. matricolato, un f. di tre cotte; estens. : occhi f., vivaci e maliziosi.

GENERIC.

Accorto, scaltro, astuto.



8.

«Como en el Caribe», y agregaron que la relación de nosotros con el interior es la misma que la de Nápoles con el Norte, y así justificaban la treta de Maradona en el Mundial del 90, cuando quiso que el estadio San Paolo apoyara a Argentina y no a Italia, la Italia del Nord. Esa turba que estaba encantada por su frenetismo, su melodrama y su culto al yo señalado de culpable, también esperaba que los redimiera (no que les consiguiera justicia) del Nord superior que se ha desarrollado –dicen- a expensas del Sud. Y luego el cuento de la furbizia (no la tienen los pollentoni simples del Nord), de la que se enorgullecen, y la viven y la consideran más importante que la inteligencia o el esfuerzo. 

Me callaron y me hicieron recordar la furbizia que me rodeó y me apabulló, y me pregunto si era muy diferente a la de Maradona. Pero más que todo ahora me pregunto con remordimiento por qué no evadí su pragmatismo y su círculo difuso de euforia.

Entonces veo a sus compañeros de selección reírse un poco a la fuerza cuando les rememoran la confesión burlesca de Maradona sobre el agua con Rohypnol que le dieron a Branco en el partido con Brasil en el 90; otra de las tretas de Bilardo, quien por acá le daba agujas a sus jugadores para que pincharan a los del otro equipo. Veo a Batistuta -ese monstruo-, triste y asumiendo la culpa de que los eliminaran en el 94 cuando a aquel furbo lo cogieron con efedrina, porque a él hay que tolerarle todo, como al adolescente problema. Veo que, a diferencia del béisbol, en el que a los jonrones de Barry Bonds -el Maradona del béisbol- le ponen un asterisco, en el futbol indulgente miran para otro lado y le cuentan dos goles en el partido de Inglaterra, como si las reglas no fueran importantes, como si el pitazo equivocado del árbitro lo hubiera borrado todo, igual que en la metafísica inverosímil de aquella muerte que cargó con todos los pecados; los míos también.

Por aquellos caballeros como Batistuta, Riquelme y Gareca, por la admiración que me causa saberlos por siempre bajo su sombra, la que cargarán con una sonrisa discreta, hice las paces con Argentina. Pero, sobre todo, por Messi y su caminado ondulante de barrio, su falta de garbo, su pecho angosto y su soledad. Y prefiero a Di Maria que a Neymar -¡un brasileño!, debe ser porque se parece a Belmonte. 

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Santiago Noero (1965). Es ingeniero civil de la Universidad de los Andes. Ha sido constructor, minero, narrador, inventor y columnista. Actualmente tiene como ocupación ir al supermercado.

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1 comentario:

  1. Muy buenas las líneas donde se describe el segundo gol de Maradona a los ingleses. Otras líneas en cambio decepcionan, por ejemplo: "El empate fue una victoria para Argentina, que luego fue comprar el 6-0 con Perú." Parece copiado de un comentario de Youtube. Y ya que el cuento habla sobre enorgullecerse de ser tramposo, habría sido interesante profundizar más. Porque Maradona, como argentino, se enorgullecía tanto de la trampa que confesó algo que no se hizo, que fue lo de envenenar a Branco. Basta con ver el partido completo para saber que es un mito, el mismo utilero argentino Galindez lo desmintió. Pero los propios argentinos pusieron a circular esa mentira y tuvo una gran aceptación popular en ese país, como si ellos mismos se esforzaran en hacerse mala fama y coquetearan con una vileza impostada. Un país raro, sin duda.

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